Te encontrare 3 - Saga Guerreros

Summary

El señor Jeon Jungkook y sus guerreros son atacados por unos villanos mientras descansaban en el bosque cercano al castillo de Jujangseong, pero una misteriosa banda de encapuchados, liderados por un jovencito al que los aldeanos llaman «Ángel», consigue salvarlos. Jimin es el menor de los hijos del señor Park Sung Woong. Todo el mundo cree que es un muchacho débil, temeroso de los caballos y que tiembla ante el acero. Cuando Jungkook lo conoce, la actitud tímida del joven, su torpeza y su sentido del pudor ante su caballerosidad y galantería llaman su atención, sin saber que él es el encapuchado al que anda buscando. Juntos conseguirán desenmascarar al codicioso cuñado de Jimin, Kim Myung Soo, quien ha tramado un plan terrible que cambiará para siempre el futuro de los habitantes del castillo de Jujangseong. ________ … _________ • KookMin • Jungkook Activo / Jimin Pasivo • Menciones de otras parejas NamJin VHope • Esta es una adaptación solo para entretenimiento y sin fines de lucro • La temática y los personajes no me pertenecen, los créditos son para su autor original • La historia tiene variaciones en su trama original Pd: Este tercer libro se basa en el personaje de Taemin de los dos libros anteriores, algunes personajes secundarios cambiaran sus nombres para poder adaptarse al KookMin. Bienvenidas

Genre
Romance
Author
Juliana
Status
Complete
Chapters
61
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

Prólogo

Castillo de Jujangseong, 1312

En el castillo de Jujangseong, cercano al reino de Baekje, sus habitantes tristes y desolados lloran la terrible desgracia que se había cebado con el clan Park. El día anterior, en una de las cuevas del bosque aparecieron los cuerpos sin vida de las hijas del Señor Park Sung Woong, Ji Hyo y Irene, de trece y catorce años respectivamente, y los de su amada y dulce esposa Da Hyun con la pequeña Da Min.

Habían salido a dar un paseo por el bonito bosque el día del cumpleaños de Jimin, otro de sus hijos, pero poco después las hallaron desmembradas, lo que llenó de desolación a todos los habitantes del castillo. Él único que se salvó de ese cruel ataque fue precisamente el pequeño Jimin.

En el momento en que ocurrió, el alegre niño había ido a coger unas hierbas medicinales que su madre le había ordenado ir a buscar para la tos de su padre. Cuando regresó, al no encontrar a su familia donde los dejó, los buscó hasta dar con ellos.

Sin entender lo que había ocurrido, corrió hacia su madre, que, tendida en el suelo, se movía extrañamente, y, arrodillándose a su lado con los ojos anegados en lágrimas, el pequeño Jimin llamó:

—Mamá… mamá…

Al oírlo, la mujer tosió y una bocanada de sangre salió de entre sus labios.

—Tienes que ser fuerte, mi amor… —susurró, agarrando a su hijo.

—Mamá… levántate…

—Tienes que ser valiente, Jimin —insistió ella—. Cuida de tu padre y tus hermanos y, cuando seas mayor, enamórate y prométeme que disfrutarás del amor.

—Mamá… mamá, vamos, levántate —gimió el niño entre lágrimas. Da Hyun, su madre, se estremeció y, con un hilo de voz, dijo:

—Mamá os quiere a todos. Busca a papá y dile que lo espero.

Y, sin más, cerró los ojos y dejó de respirar. Jimin, sin saber qué hacer, permaneció varios minutos abrazado a ella. La llamó, la zarandeó a la espera de que le dijera algo más, pero su madre nunca más habló.

Sin parar de llorar, se acercó a sus hermanas. Las zarandeó también, pero ellas tampoco reaccionaron. Al final, horrorizado y con las manos llenas de la sangre de los suyos, corrió al castillo en busca de ayuda.

Esa noche, tras recuperar los cadáveres, se habló de un ataque salvaje de los lobos. Pero quienes vieron aquellos cuerpos y los cortes que tenían comprendieron que aquello sólo lo podían haber hecho aceros manejados por ladrones y villanos.

Con gesto sombrío, el señor Park Sung Woong escuchaba el rezo del padre Han por su familia, mientras sus otros hijos, Seokjin, de quince años, Yoon Gi, de doce, y el pequeño Jimin, de diez, lloraban desconsolados. No podían creer lo que había ocurrido. Su encantadora madre y sus hermanas ya no volverían con ellos nunca más.

Mientras el padre Han continuaba con la oración, el señor miró a sus hijos, a aquellos tres caballeritos a los que amaba con todo su ser, y apretó los dientes para no llorar. Él no podía, no debía hacerlo, tenía que demostrar entereza.

Volvió a mirar a sus hijos y reprimió las lágrimas. Nunca olvidaría el gesto de terror e incredulidad de él pequeño Jimin al llegar al castillo. Él había visto lo que ningún niño debería ver nunca: la muerte más salvaje y sin piedad. Hundido y atormentado, volvió a fijar la vista en los tartanes que cubrían los cuerpos sin vida de su mujer y sus hijas. Pensar en Da Hyun, en su sonrisa, su valentía y su dulzura le rompió el corazón y de pronto recordó la promesa que él le hacía cada vez que nacía uno de sus hijos. Una promesa que sabía que en un futuro podría traerle problemas, pero que iba a respetar, aunque fuera lo último que hiciera por su esposa.

Jimin, aún conmocionado por lo ocurrido, miró a su padre y, poniéndose de puntillas, acercó la boca a su oído y, sorprendiéndolo, susurró a media voz:

—Mamá dijo que tenía que ser valiente y cuidar de ti y de mis hermanos.

Al oír eso, el señor esbozó una triste sonrisa y, levantándolo del suelo, lo abrazó y dijo:

—No te preocupes, mi niño. Papá os cuidará siempre.

Tres días más tarde, el clan atrapó a unos villanos con las pertenencias de los fallecidos. El señor Park Sung Woong los mató uno a uno sin piedad, mirándolos a los ojos y maldiciendo sus almas para toda la eternidad, mientras murmuraba:

—Muerte por muerte.

Esa noche, tras vengar a su familia con toda la rabia del mundo, les dio un abrazo de buenas noches a sus tres queridos hijos y, cuando llegó a sus aposentos, dio rienda suelta a su pena, su amargura y su dolor. Desesperado como nunca en su vida, lloró a los pies de su vacía cama conyugal, mientras repetía una y otra vez:

—Mi cielo, no puedo vivir sin ti. Mi cielo, espérame…

No era consciente de que el pequeño Jimin lo observaba como un ratoncillo asustado desde detrás de la puerta entreabierta, musitando:

—No llores, papá. Yo seré valiente y os cuidaré.

A partir de ese día, la vida de todos los moradores del castillo de Jujangseong y alrededores cambió. Nada volvió a ser igual, porque el señor Park nunca dejó de sufrir por amor.