Prólogo
Me desperté tres veces en la oscuridad previa al alba. La primera vez con tristeza, después con alegría, y la última, en soledad. Las lágrimas de una profunda pérdida me despertaron lentamente, humedeciendo mi rostro como el reconfortante tacto de un paño húmedo en manos consoladoras. Volví la cara hacia la almohada mojada y navegué por un río salado hacia las cavernas del recuerdo de la pena, hacia las profundidades subterráneas del sueño.
Después me desperté con gran júbilo y el cuerpo arqueado por los últimos jadeos de la unión física, con su tacto fresco sobre la piel desvaneciéndose por mi cuerpo a medida que las olas de placer se extendían desde mi centro. Me dejé llevar por esa sensación, volviéndome otra vez, buscando el aroma intenso y cálido del deseo satisfecho, en los brazos reconfortantes de mi amante dormido.
La tercera vez me desperté solo, más allá del tacto del amor o de la pena. La imagen de las piedras estaba aún viva en mi mente. Un pequeño círculo de piedras verticales en la cima de una empinada colina verde. Se llama Gwanggyosan: la colina de las hadas. Algunos dicen que está encantada, otros, que está maldita. Todos tienen razón. No obstante, nadie conoce ni la función ni el propósito de las piedras. Excepto yo.