Capítulo 2.
—Mamá, mamá, ¿vas a ver al administrador del Duque para pagar el arriendo de nuestra casa? — decía Sandrine al momento que llegaba corriendo donde su madre. Esta, sujetándola en el aire para que no cayera debido a la velocidad con la que la había abordado, le respondió:
—Sí, voy para allá. Pero recuerdo haberte dicho más de una vez que no debes correr por este lugar porque hay maderas en mal estado por doquier y puedes lastimarte. Así que mejor vuelve adentro y cuida de tus hermanas que yo regreso luego.
La pequeña niña que recién había cumplido diez años, frunciendo su respingada naricita, replicó:
—Pero madre, ¿no ves que tenía que alcanzarte para que lleves una carta para mi futuro esposo? Es muy importante mamá — agregó la niña con solemnidad.
La mujer que no tendría más de treinta años de edad, pero denotaba más por lo mucho que la vida la había golpeado desde que ignorando los consejos de su madre contrajo nupcias con el hijo del herrero, miró a su hija recordando cómo sus padres ya le habían advertido que la paz en los alrededores no traería nada bueno a personas que vivían de forjar, sobre todo artículos de guerra. Por lo cual también le aconsejaron entonces que si deseaba casarse lo hiciera con el hijo del panadero del lugar, o al lechero. Sin embargo, ella, en aras de un amor que hoy ni siquiera estaba segura sí existía; o existió alguna vez, desoyéndolos, se casó con el padre de sus hijas con los resultados que tenía delante: tres pequeñas delgaduchas y pálidas que a duras penas se alimentaban. Las cuales sin duda serían hermosas en otras circunstancias. En las actuales daban pena. La amargada mujer queriendo poner freno a las negras recapitulaciones de sus infortunadas decisiones dijo con ternura, pero con evidente desaprobación:
—¿Qué es tan importante que te lleva a correr descalza pequeña mía? A pesar de que te he advertido más de una vez lo impropio que es eso para una dama.
El herrero, acercándose a su señora, le dijo con evidente fatiga:
—Déjala, mujer, qué va a saber la niña cuál es el comportamiento de una dama siendo la simple hija de un herrero, que, por causa de la paz, a duras penas tiene para alimentar a su familia y para pagar esta casa destartalada.
Rena Bennet sin molestarse en disimular su amargura le respondió a su esposo:
—¿Qué hago de malo al decirle a mis hijas que se esfuercen por cultivarse para que no sufran mi destino? ¿Es pecado acaso que yo quiera otra cosa que no sea esto para ellas? —Le gritó la joven mujer a su esposo, al momento que le señalaba con desdén el lugar que sin duda inspiraba lastima. La casa en la que vivían era de troncos enteros cortados en tablones, que por la falta de mantención estabas mal oliente y con moho. Tenía una puerta destartalada en el centro y dos ventanas, una a cada extremo de la misma. Todo sin una pizca de pintura porque no tenían dinero para eso. Y el administrador del duque cuando le solicitaban mejoras decía que no quería gastar
en vanidades. Derredor había árboles en hileras, muchos de el os que servían para sombra y para leña en el invierno. A unos 30 metros había otras casas en las mismas condiciones y otras distanciadas entre sí formando hileras bastante deprimentes.
La señora Bennett, señaló después a su hija, diciendo con pesar:
—No quiero que mis bebés sean como esto— mostrando a sus tres pequeñas, descalzas y prácticamente harapientas con los vestidos remendados que hace mucho les habían regalado en el pueblo.
El señor que no llegaba a los cuarenta años, alto, tal vez de un metro ochenta de estatura, de tez blanca, ojos verdes parecidos a los que sus hijas habían heredado de él y sonrisa gentil, que hoy no aparecía en su rostro melancólico, le preguntó:
—¿Por qué te casaste conmigo, Rena?
—Por estúpida —gritó sin piedad, pero al ver la aflicción en su rostro agregó—. Y porque te amaba.
Él, cómo masticando sus palabras, repitió:
—Me amabas... ¿me amabas? ¿Significa eso que en el pasado me amaste? ¿Entonces ya no me amas?
La mujer, que ante el mundo a veces podría parecer cruel pero sus hijas y esposo sabían que era una devota madre, esposa, y cristiana con un gran corazón a la cual la vida la había torturado hasta casi hacerle perder la fe, secando las lágrimas que habían bañado su rostro sin que se percatara, dijo aún con rabia:
—¿Crees en verdad que aún puedo amarte? ¿O amarme después de hacerle esto mis hijas? —Le preguntó señalando a sus pequeñas las cuáles, excepto Sandrine por su edad, no comprendían lo que sucedía—: Ellas no se merecen esta vida, y nosotros no teníamos derecho de traerlas al mundo para darles tan poco. ¿Por qué no puedes entenderlo, Emeterio? Me siento culpable, y no puedo vivir por los remordimientos que eso me genera —Después de decir aquel o vio a su esposo partir evidentemente derrotado por la amargura de la mujer a quien juró proteger y hacer feliz toda la vida.
Mientras, Rena Bennet se quedó de pie en el mismo lugar, afligida por la ingrata vida que el destino les obligaba a llevar. Sin percatarse cuánto tiempo transcurrió, hasta que sintió a su primogénita Sandrinne asirla de las manos con insistencia diciéndole esperanzada:
—Mamá, tienes que darle la carta al administrador, él la entregará a Lord Colleman y éste vendrá por mí. Sé que soy pequeña pero no importa —decía la niña, reflexionando como para sí— Nos ayudará y cuando crezca nos casaremos y ya no llorarás más.
La niña se mostró tan convencida al afirmarlo, que enterneció a su madre. Quién poniéndose de cuclillas le pidió al momento que le sujetaba el rostro:
—Sandrine, basta ya. Deja de soñar, pequeña, tienes que comprender que la vida no es color de Rosa y mi lord Colleman es para ti, más lejano que una estrel a fugaz. —Suspiró al ver la cara de incomprensión de su pequeña, se puso en pie encaminándose a su destartalado hogar, en donde guardó la carta en un cajón de su vieja cómoda.
Luego fue a la cocina por más dinero. Pues decidió que les haría a su esposo e hijas, un pastel que seguramente les permitiría imaginar la felicidad por unos minutos. Claro que la humilde y triste mujer no se percató que su pequeña y soñadora hija, había tomado otra vez la carta, misma que guardó junto al sobre con el dinero para el administrador, que se encontraba en la cesta de dulces que la noche anterior había horneado para este. Luego silenciando a sus hermanas con un gesto de dedos en sus labios le dijo a una de ellas:
—Lord Colleman, hermanita, él nos salvará, así que no te preocupes.
La pequeña Saphire, confiando ciegamente en la sabiduría de su hermana mayor, asintió con una cabezadita, para acto seguido salir juntas al patio donde siguieron jugando sus sueños de infancia.
Su madre después de despedirse de ellas partió hacia la casa del administrador. Al llegar a la hermosa mansión tipo colonial que habitaba la familia Ferruson, anunció su llegada a la austera mujer que fungía de ama de llaves para que esta a su vez fuera a informarles a sus patrones que ya estaba allí.
Rena Bennet espero paciente el regreso del ama de llaves, mientras observaba su entorno, la vista que ofrecía aquel lugar era privilegiada.
Había un amplio jardín con Rosales, cardos y azucenas. Que eran las flores favoritas de la señora Ferruson. Al lado derecho se veía una hermosa fuente con un cupido en el centro, a la derecha un camino empedrado que daba a las caballerizas, a la izquierda del jardín otro camino empedrado que daba a una hermosa colina con un riachuelo cerca. La hermosa señora Bennet no se percató que un anciano elegante se había acercado a ella y la miraba con aparente ternura. Era un hombre alto, de tal vez un metro ochenta de estatura, ojos pardos extremadamente grandes, una piel muy blanca que contrastaba con su cabello aún negro y lucía un traje sastre tipo italiano que evidenciaba el alto cargo que tenía. Éste, sonriendo amablemente, dijo:
—Querida, qué gusto verte, entra por favor que hace mucho sol y no nos gustaría que te insolares
—Luego poniendo un brazo sobre su hombro la empujó ligeramente hacia el interior de la casa.
Obviamente a la joven mujer, que era muy reservada. Le incómodo el contacto, aunque hubiese sido aparentemente inocente. Por lo que instintivamente se alejó del caballero, lo cual no le pasó desapercibido a este qué sonriendo le dijo:
—Lo siento, querida, no quise faltarte el respeto. Sabes que para mí eres como una hija y por ello quizás puedo parecer un poquito atrevido. Perdona a este viejo loco por favor.
Ella, sonrojándose por haber mal entendido la actitud del caballero, se disculpó, diciéndole:
—Discúlpeme usted, señor administrador. Es que tengo tan poco trato con el mundo exterior que a veces tiendo a desconfiar. Pero le agradezco sus deferencias.
La esposa del señor Ferruson apareciendo en el umbral también, dijo intentando mantener una sonrisa forzada.
—Querida, me preguntaba qué los entretenía.
La joven mujer le sonrió tímidamente a la anciana. Pero fue el esposo de ésta quien le respondió:
—No seas celosa mujer, que ya íbamos adentro. Sólo me entretuve comentándole a Rena lo mucho que la apreciamos.
Luego palmeó la mano a su señora con delicadeza. Quien obviamente sonrió con disimulada perspicacia y dijo:
—Claro que eres querida para nosotros.
—Ustedes también son muy queridos para mi familia y para mí. —Acotó Rena Bennet.
La anciana rio diciendo:
—Aclarado ese punto, dinos qué cosas ricas nos trajiste.
La joven sonriendo respondió complacida:
—Muchas cosas, porque en verdad nos quedó rico todo, hicimos unos panes dulces, pastas, bombones alfajores entre otras cositas, y el rompope que le gusta al señor administrador.
—¡Qué delicia! — exclamaron al unísono la pareja de ancianos.
Rena Bennet después de entregarles el canasto qué les traía, se retiró mientras ellos vaciaron el contenido del mismo en la mesa para ver bien lo que allí había. Por supuesto el señor Ferruson no se sorprendió al encontrar en el canasto de productos horneados por la señora Bennet, otra carta de la primogénita. Y como siempre la abrió para saber su contenido, en ella Sandrine decía: Querido Aitor Drake, Duque de Hughes.
De mis consideraciones.
Han transcurrido ya dos inviernos desde que le envío mis cartas, sin embargo, no tengo respuestas Supongo que es por sus múltiples ocupaciones las cuales, por supuesto comprendo, pero necesito que venga por mí.
El anciano administrador sonrío ante la infantil inocencia de la pequeña y después de beber un sorbo de leche tibia continuó la lectura que decía:
Como ya le contado mi familia pasa muchas penurias y dado que un día será mi esposo lo encuentro innecesario e injusto. Así que a pesar de lo pequeña que soy le ruego venir por mí.
Se despide de usted, quien lo amará por siempre.
Sandrine Bennet.
Después de leer la carta, el maduro hombre la devolvió al sobre del que la hubiera sacado, sellándola como las otras misivas que le antecedieron. Para acto seguido guardarla en el mismo cajón que las otras. No podía negar que la ocurrencia y seguridad de la chiquilla lo sorprendía tanto como cuando leyó la primera carta que versaba así: Señor Aitor Drake, Duque de Hughes.
De mis consideraciones.
Querido Aitor, discúlpeme que lo l ame así. Comprendo que es impropio ya que solo tengo 8 años, y además es usted un duque mientras que yo solo la humilde hija de uno de los arrendatarios de su vil a.
Pero no pude resistirme a contarle algo que sin duda nos cambiara la vida. pero para que me entienda le contaré desde el comienzo. el otro día mi hermanita enfermó tanto, que creímos que moriría y mi madre enloquecida de dolor culpo a mi padre porque por casarse con él somos pobres.
Después mejoró. Gracias a Dios, pero me dormí l orando porque creo que nadie debe morir por ser pobre mientras hay ricos que ni se enteran y viven en la opulencia. Fue entonces que soñé con usted, no el de ahora si no con el Duque que en el futuro usted será. El de un futuro a mi lado.
Comprendo que suena loco, pero desde ese momento sé que usted y yo nos pertenecemos, y aún sin una explicación racional tengo la certeza que un día usted y yo seremos uno y compartiremos unja hermosa vida juntos, y su mayor anhelo será que yo sea feliz... Pero ¿cómo podría serlo si mis hermanitas mueren de hambre, y mis padres se odian por esta triste existencia que nos tocó vivir?
Por el o me atrevo a rogarle que no me niegue su socorro, pues sé que usted es el hermoso hombre que un día nos salvara de este negro destino para ser juntos felices por siempre. Entonces no demore. Apresures a venir por mí pues es imperativo. Recuerde que en Yorshire hay un corazón que lo esperara por siempre.
Suya sin remedio, Sandrine Bennet







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triste 😥
Espero que el final le parezca que valga la pena.
una pregunta, es mi aplicación o no está publicado el primer capítulo?