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El mago sin rostro (Kookmin)

Summary

By Kenkey Davidson Lo protegerá con su último aliento… hasta que se convierta en su próximo objetivo. Las ambiciones de Jimin solían ser simples. Proteger al principe. Ocultar su magia. Esperar encontrar a su familia. Pero todo eso cambia cuando su Rey le exige que use sus habilidades únicas para espiar al Reino rival de Garimore. Solo, lejos de casa y viviendo una mentira que se vuelve más peligrosa cada día, la tarea de Jimin se complica por su enemigo más peligroso hasta ahora: El asesino enmascarado conocido solamente como el Cuervo. Todos en los Cinco Tronos le temen, pero el Cuervo no es lo que Jimin esperaba. Tan silencioso como letal, provoca su curiosidad tanto como su miedo y esconde secretos que está decidido a conocer. Cuando su ya precaria misión da un giro mortal, Jimin debe evadir al propio Cuervo si quiere tener éxito. Nunca se había hecho antes, pero Jimin es muy terco. Y si él no se convierte en el primero en escapar de su espada, todo su Reino pagará el precio con sangre. -Atención- Esta era una historia hetero, por lo que puede que en ciertas partes hablen de cosas femeninas como el embarazo, etc. y edite lo mejor posible pero algunas no pude eliminarlas del todo. Recuerden que es una historia de fantasía por lo que no tiene que regirse por las reglas del mundo que conocemos, así que agradezco que simplemente sigan adelante leyendo la historia. Gracias.

Status
Complete
Chapters
25
Rating
5.0 (1 review)
Age Rating
16+

Prólogo

Se despertó en la oscuridad. Aplastante y total.

Lo último que recordaba era correr por la nieve. Jadeando de cansancio. Huyendo de algo, con sangre corriendo por su brazo.

Levantó una mano para comprobar la herida y encontró sus dedos rígidos, difíciles de mover. No, no rígidos, encerrados en un guante rígido. Un guante.

Él nunca usaba guantes.

Esa misma mano cayó sobre su pecho y encontró más armadura. Una coraza. Pesada e incómoda.

Al sentarse, sintió el peso de la misma tirando de sus hombros, y sintió la presión de algo incluso contra su cara. Lentamente, levantó ambas manos hacia su mandíbula, de alguna manera sin sentir dolor por esa herida recientemente sufrida. No sintió ningún tirón de los puntos. ¿Había soñado la persecución? ¿Soñó los riachuelos de sangre que bajaban por su brazo?

Pero olvidó la cuestión de la sangre cuando sus manos con guantelete tocaron su cara y sólo encontró metal duro y liso: una máscara. Que se extendía desde su frente hasta el cuello, donde se unía en un collarín.

El pánico se apoderó de él. Rasgó los bordes de la placa que le cubría la cara, pero ésta no se movió. Los guanteletes, la pieza del pecho... nada se desprendían.

Intentó ponerse en pie y se encontró con una orden en una voz firme pero desconocida.

—Siéntate.

Se sentó. Sin pensar ni preguntar.

¿Pero por qué? Quería estar de pie. Quería arrancar la jaula desconocida de esta armadura y descubrir qué había pasado desde aquel recuerdo de sangre y nieve.

Así que intentó de nuevo ponerse de pie y recibió otra orden.

—Túmbate. —Obedeció.

La siguiente orden no resonó en el aire, sino en la confusión que crecía en su cabeza.

Ponte de pie y abre los ojos. Y lo hizo. ¿Cómo no se había dado cuenta de que sus ojos seguían cerrados?

La luz entró a toda prisa, tenue y parpadeante, visible sólo a través de estrechas rendijas en la máscara que parecía atada a su cara. Estaba en una habitación redonda sin ventanas. Había tres mesas contra la pared, cuyas superficies estaban completamente cubiertas de cristalería, papeles, libros y otras herramientas de magia.

Sí, magia. También parpadeaba tenuemente a su alrededor. No relajante y natural que daba vida, sino aquella que chirriaba contra sus nervios.

No te muevas.

Y entonces, simplemente no pudo moverse. Ni un músculo. Ni siquiera para parpadear.

—Parece que funciona —dijo una nueva voz, joven, masculina y cansada. También sonaba más que un poco enfadada—. Sólo te sugiero que no des órdenes generales como ‘No te muevas’, o podrías descubrir que deja de respirar y todos tus esfuerzos serán en vano. Ahora, ya hice lo que me pediste, y tú tienes lo que quieres, así que vete y déjame en paz.

Puedes moverte, pero quédate quieto. La orden lo liberó para parpadear. Para poder respirar.

—¿Dónde estoy? —estalló—. ¿Quién eres tú? ¿Qué me has hecho?

Al menos, eso es lo que intentó decir, pero su lengua estaba congelada. Su garganta se apretó, pero no surgió ningún sonido.

—No me iré todavía —La primera voz de nuevo. También era masculina, pero sonaba más antigua—. Debes asegurarte de que mi control sea absoluto.

—¿O qué? —preguntó despectivamente la segunda voz—. ¿Con qué podrías amenazarme que no hayas hecho ya? —Sonaba como si fuera poco más que un niño malhumorado.

—La verdad —respondió fríamente la voz mayor—. Siempre puedo asegurarme de que todo el mundo sepa la verdad.

—¿Y quién sufre más por eso? ¿Yo? ¿O tú? —Las palabras se pausaron.

Entonces la primera voz volvió a hablar, con un tono suave y amenazador. —Tal vez tú creas que las consecuencias valen la pena, pero ¿lo creerá ella? Si me desafías, me veré obligado a explicar exactamente quién tiene la culpa de su sufrimiento.

Risa amarga. —Sí, hablemos de la culpa. Oigamos cómo planeas poner esta abominación en mi puerta.

—¿Cuántas veces tengo que repetirlo? ¡Tú sabes por qué esto es necesario!

—Sé que estás obsesionado.

—Haz lo que te ordeno, o los dos sufrirán las consecuencias — gruñó la voz mayor—. Recuerda que su vida y su futuro están en tus manos.

Intentó girarse. Intentó ver quién hablaba. Intentó gritar. No pudo.

Sólo podía esperar órdenes.

Sólo pudo seguir a su captor mientras salían de la misteriosa sala subterránea a la luz de un día sin fin.

Ese día y el siguiente y el siguiente. Sólo pudo esperar, mientras el horror y el odio se acumulaban en su interior.

Esperar, mientras sus manos y sus dones se ponían al servicio de otro.

Esperar, mientras la vida se convertía en un momento interminable de amenazas, terror y sangre, sólo parte de ella era suya.

Esperar, no por la esperanza, sino por la venganza.

Al final, eso era lo único que le quedaba. Era su vida, su aliento, su razón de ser. Esperaría, y tendría su venganza.

Todo el mundo comete errores eventualmente.

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