PROLOGO
MEW
A los doce años.
—¡Siempre llegas tarde! ¿Qué estás haciendo cada noche? Dices que estás trabajando hasta tarde, pero ¿cómo se supone que te crea?
—¿De verdad vamos a hacer esto otra vez? ¡Estoy tan cansado de ello!
¡Todos los días me estás renegando por cualquier motivo! Soy el único que está trabajando aquí, por si no te has dado cuenta. ¡Estoy haciendo esto por ti y por Mew!
Cubrí mi cabeza con una almohada, tratando de oprimir el sonido de mis padres discutiendo. Pensarías que me habría acostumbrado a este punto. A veces no era tan grave, a veces era peor. Constante era lo único que era, es decir, que podía contar con que pasara por lo menos tres veces a la semana.
La mayoría del tiempo me preguntaba por qué estaban juntos. No parecía que se gustaran mucho. Había oído a mi mamá hablar con su amiga en el teléfono, una vez, diciéndole que no solía ser así. ¿Qué había cambiado? Todo lo que sabía era que no quería algo así. No quería nunca ser miserable con la persona con la que estuviera casado. Quizá nunca me casaría.
—No hagas eso. No metas a nuestro hijo en esto —añadió mamá— ¿Por qué no dices lo que está pasando realmente? No quieres estar a mi alrededor. Nunca quisiste casarte en primer lugar. Esta no era la vida que querías, y ahora te estás apartando de nosotros.
Mamá y papá habían estado saliendo por un año cuando mamá quedó embarazada de mí, pero habían sido amigos la mayor parte de sus vidas. Habían crecido a unas cuantas calles del otro, y luego habían regresado después de la universidad.
—¡Cómo te atreves! No finjas que no estoy tan metido en este matrimonio como tú lo estás. ¡Soy el único que está luchando cada día para hacerlo funcionar!
—¡El dinero no es lo que se necesita para mantener a una familia feliz, Edward! —gritó ella de vuelta.
Esto era suficiente para mí. Odiaba escuchar esto, así que me fui hasta la ventana de mi cuarto y la deslicé para abrirla. Estaba frío afuera, una señal de que la lluvia se venía al sur de Oregón pronto.
No me molesté con los zapatos mientras escalaba hacia afuera, y una vez que la ventana estuvo firmemente asegurada nuevamente, me encaminé a la casa de al lado—vivíamos en este barrio viejo alineado de casas estilo rancho—y fui directamente a la ventana detrás del arbusto de rosas que estaba lleno de abejas todo el verano. Toqué dos veces, esperé, sentí un extraño revoltijo en mi estómago que realmente no entendía.
Justo cuando levanté el puño para tocar nuevamente, ahí estaba él—Gulf, mi mejor amigo. Nos habíamos mudado de nuestro viejo apartamento y al lado de él cuando tenía dos años. No recuerdo un momento de mi vida que no tuviera a Gulf en él. No recordaba un momento que no buscara el confort de su hogar cuando mamá y papá estaban discutiendo. Bueno, no había podido escaparme cuando era más pequeño, pero me ponía los audífonos y me imaginaba que estaba con Gulf. Estar con él siempre volvía las cosas mejor.
Él no preguntó qué estaba haciendo o qué había pasado, solo se frotó los ojos con las palmas de las manos, con el pelo negro desordenado y todo en punta.
—Entra —dijo en voz baja. Escalé para entrar y Gulf cerró la ventana.
Mientras buscaba la manta doblada que siempre guardaba para mí debajo de la cama, Gulf dijo: —Mamá la necesitaba. Mi primo se quedó a dormir y todavía se orina en la cama, así que debe tener una extra para él.
—No puedo creer que mamá K se haya llevado mis cosas —bromeé—¿No tienes otras? —Cuando este negó con la cabeza, dije: —Está bien. No necesito ninguna.
—Simplemente duerme en la cama conmigo.
La luz de la luna y las luces de la calle iluminaban su habitación lo suficiente como para que pudiera verlo. Se encogió de hombros como si no fuera gran cosa, y tenía razón. Sin embargo, el cosquilleo en mis entrañas aumentó. Genial, eso era todo lo que necesitaba: que me diera una gripe o algo así.
—No tengo piojos —dijo Gulf, subiéndose a su cama. Estaba contra la pared, por lo que se desplazó, pero yo solo me quedé allí por un minuto. Tenía puesto un pantalón de pijama. Yo llevaba un par similar, pero también una camiseta. No sabía por qué se me hacía raro meterme en la cama con él. Sabía que los chicos mayores hablaban mal de ese tipo de cosas a veces, pero no tenía sentido que me importara. Éramos mejores amigos.
Así que me metí y tiré de la manta sobre nosotros. —¿Vas a compartir tu almohada o qué?
Gulf se rio, su aliento rozando mi mejilla, haciéndome temblar.
—Tus deseos son órdenes —dijo juguetonamente—. ¿Hay algo más que necesites?
No supe qué me pasó, pero cuando Gulf movió la almohada hacia el centro del colchón y apoyamos nuestras cabezas, lo suficientemente cerca como para tocarnos, le dije: —Prométeme que no cambiaremos nunca. Que nuestra amistad será así para siempre. —Que nunca me dejarás. Aunque me guardé esa parte para mí mismo.
Gulf se quedó callado durante un minuto, y me pregunté si tal vez había dicho algo malo. Si iba a burlarse de mí o a llamarme cobarde. Pero se limitó a susurrar suavemente: —Lo prometo. Siempre seré tu mejor amigo y siempre estaré aquí para ti, sin importar lo que pase.
—Te prometo lo mismo. —Mis ojos empezaban a sentirse somnolientos, así que los cerré y me dejé dormir, sabiendo que Gulf siempre estaría a mi lado y yo al suyo.
MEW
A los catorce años.
Vi a Gulf colocarse en la base del bateador. El marcador estaba empatado, era la novena entrada y teníamos dos outs. ¿Mencioné que era un juego de Campeonato?
—¡Vamos, G! ¡Puedes hacerlo! —Le grité. Estaba de espaldas a mí, pero de alguna manera, supe que sonrió cuando me escuchó gritar eso.
El pitcher tenía buena racha, el primer lanzamiento justo en la zona con tanto calor que salía humo. Gulf bateó y falló.
—¡Primer strike! —gritó el árbitro.
Mierda. Se le había subido a la cabeza. Lo sabía. Gulf era así a veces, se estresaba y pensaba demasiado en las cosas en lugar de dejarse llevar. Cuando lo hacía, nueve de cada diez veces, las cosas salían como él quería. No había nada que Gulf no pudiera hacer. A veces me sentía celoso, pero la mayor parte del tiempo estaba contento de tener un mejor amigo tan genial.
El pitcher se preparó por segunda vez, y los resultados fueron los mismos que antes.
—¡Segundo strike!
Gulf se dio la vuelta, y se paseó, sus ojos buscando hasta que se posaron en mí. Le hice un pequeño gesto con la cabeza y le sonreí, diciéndole sin voz: “Tú puedes”.
Extendí los dos brazos, flexionándolos juguetonamente, lo que lo hizo sonreír, el miedo desapareciendo de su expresión, como si mis acciones fueran el sol y las preocupaciones de Gulf fueran de chocolate.
El pulgar hacia arriba que me dio dijo que sabía que podía con ello y que íbamos a ganar este juego.
No tuve que mirar para saber lo que iba a pasar. Simplemente lo sabía, o tal vez lo creía y me equivocaba, pero no había nadie en el mundo en quien confiara más que en Gulf Kanawut.
El lanzamiento fue más rápido que los dos anteriores y justo en el blanco, pero esta vez, cuando giró, el bate conectó con la bola, enviándola a volar hacia el campo central y por encima de la valla para un home run.
Ya estaba rodeando la primera base cuando saltó en el aire, dándose cuenta de lo que había hecho. Yo fui el primero en salir del banquillo y, en cuanto Gulf cruzó la base, se giró y corrió hacia mí. Gulf era más pequeño que yo, pero no mucho. El hecho de tener un tamaño similar no le impidió saltar sobre mí, con las piernas alrededor de mi cintura y los brazos alrededor de mi cuello. El resto del equipo también se abalanzó sobre nosotros. Le dieron palmadas en la espalda y aclamaban su nombre mientras me aferraba a él.
Nuestras miradas se cruzaron, el resto del equipo nos rodeó, dándonos palmadas a los dos y celebrando. Tardé un minuto en darme cuenta de lo cerca que estábamos, con nuestras bocas separadas por centímetros, y... ¿se suponía que debía abrazarlo así? ¿Era normal? No vi a ninguno de los otros chicos hacer esto.
—Buen trabajo. Fui yo, ¿eh? Porque me miraste y eso ayudó —bromeé. Y Gulf... se sonrojó. Giró su rostro y luego se apartó de mis brazos y lo dejé ir. Ahí de pie, los entrenadores y el resto del equipo lo felicitaron mientras yo trataba de entender por qué sentía como si me fuera a desmayar.
El siguiente rato pasó como un borrón. Le dimos las gracias al otro equipo y recibimos el trofeo, con nuestros padres allí mismo, en el campo, con nosotros. Cuando vi a Lynn y a Kendall esperando en las gradas—dos chicas de nuestra edad que eran mejores amigas justo como nosotros—le di un codazo a Gulf. Él miró y Kendall lo saludó con la mano.
—Amigo, definitivamente le gustas —le dije al oído.
Gulf puso los ojos en blanco. —Lo que sea.
—¡Le gustas! Deberíamos ver si quieren salir esta noche.
Gulf frunció el ceño, pero luego asintió. —Sí, definitivamente deberíamos. Sería genial.
—Estoy muy orgulloso de ustedes —me dijo papá.
—¡Gracias, papá! —Él y mamá seguían peleando como siempre. Odiaba estar en casa—. ¿Puedo quedarme en casa de Gulf esta noche? Vamos a intentar salir con Lynn y Kendall.
Papá miró a mamá, que dijo que no le importaba. Preguntamos a mamá K y al padre de Gulf, luego a las chicas, y todos dijeron que sí. Todos vivíamos lo suficientemente cerca como para que Gulf y yo pudiéramos ir caminando a la casa de Lynn.
Me fui a mi casa y me duché, con la emoción a flor de piel. Lynn era tan bonita.
¿Qué tan perfecto sería si yo saliera con ella y Gulf saliera con Kendall?
—¿Puedo hablar contigo un minuto? —preguntó papá, de pie en el umbral. Automáticamente mis entrañas se sintieron muy pesadas. —Sí, claro. ¿Qué pasa?
—No me lo diría ahora, ¿verdad? Que se iba a ir, y que se iban a divorciar... ¿y por qué me dolía tanto la idea de que eso sucediera? Odiaba que se pelearan. Si eran más felices el uno sin el otro, eso era lo que yo quería, pero... ¿y si lo perdía? ¿Y si me dejaba?
Papá se sentó en mi cama. —Quería hablar de ti y Gulf. Fruncí el ceño. —¿Cuál es el problema entre Gulf y yo?
—Nada, pero... no sé, hijo. Parece ser un poco... diferente de ti y de mí, si sabes a lo que me refiero.
No, no sabía. —¿Diferente cómo?
—Olvida esa parte. No importa. Solo creo que los dos ya están llegando a una edad en la que no deberían seguir durmiendo en la misma cama. Y, como hoy, la forma en la que lo cargaste no viste a ninguno de los otros chicos haciendo eso, ¿verdad?
No lo había hecho, y también me había preguntado si había sido raro. Y Gulf y yo siempre dormíamos en la misma cama en las fiestas de pijamas desde aquella primera vez, pero ¿a quién le importaba? Era mejor a que uno de los dos durmiera en el suelo.
—No quiero que nadie lo malinterprete, eso es todo. —Terminó de decir papá.
La pesadez en mis entrañas no se aligeró. Mis manos se sentían sudorosas y pegajosas. —Está bien, papá. —Ahora entendía lo que estaba diciendo. Pensaba que Gulf era gay y no quería que la gente pensara que éramos gays el uno con el otro. Pero él no lo era... y yo no lo era... Solo éramos... nosotros. Gulf y Mew.
—Buen hombre. —Papá me dio una palmada en el hombro—. Ten algo de dinero. Deberían ir a la heladería y tomar batidos con las chicas. Yo invito.
Le acepté el dinero y me lo metí en el bolsillo.
Me encontré con Gulf afuera unos minutos después. Me rodeó el cuerpo con un brazo. —¿Qué onda, campeón de distrito? —bromeó, pero me aparté. Ladeó un poco la cabeza, como si estuviera confundido.
—¿Qué onda, campeón de distrito? —le dije lo mismo, esperando que no pensara que estaba molesto con él, porque no lo estaba. Es solo que... si papá decía que era raro, entonces le creía. No quería hacerlo sentir molesto y darle más razones para que se fuera.
—¿Estás bien? —preguntó Gulf.
—Sí, estoy bien. —Parecía no creerme, así que le di una patada juguetona en el trasero—. Papá me dio dinero para que vayamos por helado con Lynn y Kendall.
—¡Genial! —contestó Gulf, y así todo volvió a sentirse bien.
Caminamos hasta la casa de Lynn para recogerlas, y luego nos dirigimos a Main Street Creamery. Comimos helado hasta que sentimos que íbamos a vomitar, y luego fuimos al parque.
Nos reímos y pasamos el rato. En un momento dado, empezamos a luchar, Gulf y yo en el suelo juntos, él encima de mí, sujetándome los brazos. Empezó a hacerme cosquillas, porque el traidor era la única persona en el mundo que sabía que yo era cosquilludo.
Nos estábamos muriendo de la risa, él sonriendo tanto como yo. De repente, recordé lo que había dicho mi padre y el pánico se apoderó de mí. Me aparté de él y me levanté.
—¿Qué pasó?
—Creo que algo me mordió —mentí.
Esa noche recibí mi primer beso. Gulf también. Le pregunté sobre ello en camino de vuelta a nuestras casas, pero se limitó a decir: —Estuvo bien.
—Amigo... Kendall está buena. Tuvo que ser mejor que eso.
—¿El tuyo lo fue? —preguntó Gulf.
—¡Claro que sí! Fue increíble. —Y lo había sido. Besarse con Lynn era probablemente una de las mejores cosas que me habían pasado.
—Bueno. Supongo que tienes razón.
Nos quedamos hasta tarde, viendo películas de terror en su sala de estar. Cuando era tiempo de dormir, le dije: —Creo que voy a dormir en el suelo esta noche.
—Oh... bueno... está bien. —Gulf se dio la vuelta y se metió en la cama.
Quise retractarme, cambiar de opinión, porque, ¿por qué importaba que durmiera en la misma cama que mi mejor amigo?
Cogí las mantas e hice una camita en el suelo.
Una hora más tarde me levanté y le dije: —Ruédate.
—Maldita sea. Creí que por fin iba a recuperar mi cama —dijo Gulf, pero se movió por mí. Me subí a su lado y me quedé dormido rápidamente.
GULF
A los dieciséis.
No me gustaban las chicas.
Sin importar cuanto lo intentara, no podía hacerme querer besar a las chicas tanto como Mew quería, y sí que quería. Todo. El. Tiempo.
Desde que había besado a Lynn hace dos años, en todo lo que pensaba era en chicas. Simplemente no lo entendía. Si, ciertamente eran lindas, eran geniales.
Me gustaba pasar el tiempo con ellas, y hablar con ellas, y sabía que debía querer besarlas, pero no quería, y no estaba seguro de que hacer con ello.
Pero por el otro lado… ¿los chicos? Calientes. Había empezado a notarlos más y más, pequeñas cositas aquí y allá, como por ejemplo lo mucho que me gustaba el sonido más grave de sus voces, y oh, quién lo diría, los antebrazos gruesos donde se notaban las venas eran totalmente sexys. No me preguntes por qué me gustaban, pero lo hacían, y los antebrazos de Mew era lo mejor. Todo de él lo era.
Pero, sin embargo, traté de no pensar en él de esa manera. Era mi hermano, mi mejor amigo, mi “juntos hasta el final”. Si descubría que quería recorrer mis manos por sus brazos y tal vez averiguar a qué sabía su boca, tenía miedo de que pudiera perderlo. No, olvida eso. Nunca perdería a Mew. Éramos demasiado cercanos, y él no era el tipo de chico que huiría de mi porque fuera gay, pero cambiaría las cosas. Sabía que nunca se sentiría igual, y honestamente, su papá era un poco patán y probablemente tendría problemas con ello.
—¿Estás listo? —Me preguntó Mew, irrumpiendo a través de la puerta de su cuarto sin tocar.
—¿Y si hubiera estado desnudo? —Le provoqué.
—Entonces hubiera visto tu feo culo peludo. —Bromeó él de vuelta—. Nada que no hubiera visto ya en el vestuario. Me asusta como el carajo cada vez, pero es lo que hay.
Le tiré una almohada en la cara, la cual atrapó rápidamente. —Mi trasero no es peludo. —Y no lo era todavía, pero había visto porno gay cuando había tratado de probarme a mí mismo que estaba equivocado sobre algo que ya sabía (que me gustaban los chicos) y había este tipo velludo, y lucía bien caliente.
—Vámonos. No quiero llegar tarde a esta fiesta. Abby va a estar ahí.
Definitivamente me desea. Le dije que trajera a Liz para ti. Podemos hacer algo, como, una cuestión doble.
Mew siempre estaba tratando de buscarme una chica. Con quienquiera que tuviera un encuentro o saliera, se aseguraba de que fuera alguien con una amiga a la que le gustara. Era agradable y todo, que él quisiera mantenerme dentro del círculo, pero tornaba las cosas bastante difíciles, ya que por fin me había admitido a mí mismo que no era heterosexual.
Ahora, si pudiera encontrar una manera de decirle… o decirle a cualquier otra persona. No estaba seguro de querer compartir esto con nadie hasta que me graduara, pero sabía que le diría más temprano que tarde.
Esta noche íbamos a la casa de Bentley, un chico con el que éramos amigos a pesar de que jugábamos fútbol americano para equipos diferentes y que vivía a un par de pueblos de aquí. Su familia era dueña de varios acres de terreno a las afueras del pueblo, y ya que sus padres no estaban en casa, Bentley había armado una fiesta y nos invitó. Asegurando que habría fogata y todo.
Yo manejé. Mew también tenía su licencia, pero no tenía su propio carro. Su papá era más estricto.
Nos tomó cuarenta y cinco minutos llegar hasta la casa de Bentley, y ya había unas cincuenta personas ahí cuando llegamos.
—¡Vamos a encontrar a Abby y a Liz! —gritó Mew sobre la música que sonaba a través de la casa de campo de dos pisos.
—¡De hecho voy a buscar a Bentley! —Quiero decir, nos había invitado y toda la cosa, así que probablemente deberíamos darle las gracias.
Mew frunció el ceño. —¡Bueno! —Tenía su mano sobre mi espalda baja, su mano cerca de mi oído. Me hizo temblar. Para. ¡Para! Es mi mejor amigo—. Pero búscame pronto. Quiero pasar tiempo contigo.
—¡Obvio! —respondí yo.
Chocamos los puños y fuimos por caminos separados. La cosa era que, me estaba cansando de besar chicas, y pensaba que tampoco fuera tan justo para ellas.
Además, Bentley era genial. Era bastante gracioso, le encantaba el fútbol americano como a nosotros y… bueno, tampoco era desagradable a la vista.
Encontré a Bentley cerca de la fogata en el patio trasero.
—¡Hola! ¿Qué hay de nuevo? —dijo él cuando me vio. Chocamos los puños de la misma manera que había hecho con Mew.
—¡Gracias por invitarme!
—Gracias por venir. ¿Dónde está tu sombra? Ustedes están algo así como pegados de la cadera o una mierda así.
Puse los ojos en blanco. No era la primera vez que escuchaba eso, y dudaba que fuera la última. —Está buscando a Abby. Tenemos nuestros propios asuntos.
Algo… no podía descifrar que era, pero algo desconocido pasó por los ojos avellana de Bentley. —Genial. Entonces los dos podemos estar pegados de la cintura esta noche —dijo él, y mi cuerpo enteró se sonrojó. Era embarazoso, sin embargo, la manera en la que lo había dicho, junto con su mirada intensa, hizo que empezara a desarrollar una erección.
—¡Necesito algo de tomar!
Bentley me mostró donde estaba el barril, el cual su hermano mayor nos había conseguido. Tomé un vaso rojo y lo llené.
Aparentemente, Bentley no mintió cuando dijo que quería pasar el rato conmigo. Estuvimos juntos toda la noche, riéndonos y hablando con otras personas y entre nosotros. Mew me había encontrado varias veces, Abby y Liz con él, pero le había dicho que estaba pasándola bien con Bentley cada vez que trataba de que me fuera con él. No quería tener que tontear con Liz.
Podía notar que Mew estaba confundido y tal vez un poco enojado, pero se estaba volviendo jodidamente difícil de fingir.
—Ven conmigo un momento —susurró Bentley cerca de mi oído. Mi polla se emocionó un poco otra vez y yo asentí.
Me dirigió dentro de la casa. La música era fuerte, y había incluso más gente allí, sin embargo, nadie nos estaba prestando atención. Fuimos arriba, lo cual era más silencioso.
—Pensé que habías dicho que esta área estaba fuera de los límites — bromeé.
Bentley meneó las cejas. —Sí, pero es mi casa. —Me guio a un cuarto, y en el momento que abrió la puerta, me di cuenta de que era su cuarto—. Te gustan los videojuegos, ¿cierto?
Asentí, mi lengua de repente se sentía muy grande en mi boca y me dificulta ba hablar. Esto era… diferente. No sé cómo podía distinguirlo, pero podía.
Jugamos a dos juegos de pelea, sentados en el piso en frente de la televisión. Finalmente me había empezado a relajar cuando le gané, y dije: —¡Así es! ¡Soy jodidamente el mejor!
Me sonrió y le sonreí de vuelta, y luego… jodido dios, se estaba inclinando hacia delante. Los labios de Bentley presionaron lo míos, ligeramente secos. Me aparté rápidamente, con el corazón en la garganta.
—¿Qué estás…? ¿Por qué tu…? No soy… —Pero lo era. Definitivamente lo era.
Sus ojos se abrieron de par en par, entrando en pánico y mirando a todos lados menos a mí. —Perdón. Pensé que… no sé por qué pensé que…
Pero él estaba en lo correcto, y yo quería besarlo, quería besarlo más de lo jamás había querido besar a cualquiera de las otras chicas. Esta vez, fui yo el que se inclinó, presionando mis labios en los de él. Y fui más de allá que él, provocando la comisura de sus labios con mi lengua. Bentley me dejó entrar, y mi mundo enteró se abrió de golpe.
Esto era taaan, taaaan correcto.
Se acostó en el piso, y me acosté encima de él. Nos besamos hasta que me dolió la mandíbula, hasta que pensé que iba a avergonzarme a mí mismo y correrme ahí en mis pantalones.
—G… —Se escuchó en un cuarto que estaba supuesto a estar vacío a excepción de Bentley y de mí, y nadie me decía así excepto…
Me quité de encima de Bentley, separándome de él—¿no le había puesto el pestillo a la puerta?, ¿por qué carajo no le había puesto el pestillo a la maldita puerta? —para ver a Mew de pie en el umbral.
La mirada de Mew se dirigió a Bentley y a mí, antes de fijarse en mí. Nunca había visto esa mirada en sus ojos color chocolate. Molesto… confundido… desentendido… triste
—Mew —dije, mi voz rompiéndose. Podía oír la sangre recorriendo mi cuerpo. Apenas podía escuchar, mucho menos pensar en nada excepto que hasta aquí había llegado. Lo iba a perder. Iba a perder a la persona más importante de mi vida. Habría preferido mentir para siempre acerca de quién era yo si la alternativa era perder a Mew. —No fue… he estado bebiendo.
—Oye, jódete —dijo Bentley.
Mew sacudió su cabeza con desaprobación y se fue.
Me tomó un minuto darme cuenta de lo que había pasado. Había besado a mi primer chico, y había sido… increíble. Y ahora Mew me odiaba. Estaba roto y herido y… habría querido que hubiera sido Mew el que hubiera estado besando. Me gustaban los chicos, sí, pero yo amaba a Mew.
—Lo siento, Bentley.
Me puse de pie torpemente y corrí tras Mew. Estaba a lo más alto de las escaleras cuando lo vi salir por la puerta del frente. Corrí nuevamente detrás de él, directamente hacia mi carro, con el pecho apretado y la respiración fuerte y agitada.
Él estaba ahí… sentado en el asiento del conductor, su frente contra el timón. Me relajé, traté de decirme a mí mismo que estábamos bien porque había ido al carro a esperar. Él iba a manejar porque yo había estado bebiendo y él no.
Mis manos temblaban mientras abría la puerta y me deslicé en el asiento del pasajero. —Mew.
—No ahora. —Le tiré las llaves de mi bolsillo. Prendió el carro y tomamos rumbo a casa.
Soy gay. Soy gay y te amo. No me dejes.
No hablamos en todo el camino de vuelta a casa. Mew se estacionó en la calle, cerca de nuestras casas.
—Lo siento —le dije suavemente—. Traté de fingir, pero fue tan jodidamente difícil.
—¿Qué? —Me preguntó, el dolor en su voz—. ¿Crees que me importa un carajo que seas gay
? No me importa eso. Solo que… no me dijiste. No confiaste en mí.
—Sí, confío en ti. No hay nadie más en el mundo en quien confíe más que en ti.
—En Bentley, evidentemente. —Había un veneno en su voz al cual no estaba acostumbrado a escuchar en él.
—No, no es así. No le dije. No sé cómo lo supo, pero lo sabía. Me besó primero, y se sintió correcto de la manera en la que besar chicas nunca lo fue. — Mire hacia abajo, analizando mis manos mientras las exprimía juntas en mi regazo—. Tenía miedo de perderte.
—No puedo creerlo, estúpido. —Me dio un pellizco en la oreja.
— ¡Auch! —Me alejé, pero estaba sonriendo.
—Nunca me vas a perder. ¿Cómo carajo no sabes eso? Somos… nosotros.
MewGulf. Por eso no puedo creer que creyeras que no pudieras contarme. No me importa si te gustan los tipos. Solo necesito que seas siempre mi mejor amigo. Que confíes en mí. Siempre puedes confiar en mí, G.
Mi pulso estaba a mil otra vez, pero por una razón diferente. Porque él estaba en lo cierto. Nosotros éramos nosotros. MewGulf. Mejores amigos. De alguna forma, éramos incluso más. Inevitable.
—Si lo hago. Y siempre seré tu mejor amigo, Mew.
Me giré para mirarlo, la mirada de Mew ya en la mía. Nos quedamos sentados, mirándonos el uno al otro, las luces de la calle provocando sombras entre nosotros. Mew inclinó su cabeza. Sus cejas fruncidas como si me estuviera estudiando, tratando de ver si había algo diferente en mí. Se pasó una mano por su pelo color chocolate que igualaban sus ojos.
—¿Te gusta Bentley? —preguntó al final.
Me encogí de hombros. —No sé. Me gustó besarlo. ¿Te gusta Abby? Se encogió de hombros. —No sé. Me gustó besarla.
Nos reímos.
Y luego hablamos por un rato más, y él prometió que no le diría a nadie, que yo saldría del closet bajo mis propios términos. Después de eso, manejo hasta mi casa y estacionó. Estaba nervioso cuando llegamos a mi cuarto, pero una vez que cada uno tomó su turno en el baño, y yo me subí a la cama, Mew se subió detrás de mí.
Solté un suspiro de alivio.
Mew dijo suavemente: —Prométeme algo… que no me vas a volver a mentir jamás, y que siempre seremos mejores amigos, sin importar qué. —Había un tono triste en su voz que no podía entender. Mew era bueno haciendo bromas, pero no siempre era bueno diciéndole a las personas como se sentía realmente. Pero, sin embargo, era mejor conmigo que con otros, y esta era siempre nuestra zona.
En el transcurso de los años, me había pedido numerosas veces hacerle promesas mientras compartíamos esta cama.
—No te mentiré, y sí, siempre seremos nosotros.
—Oh, y mantén esa gran erección que vi antes para ti mismo. En serio, hombre, tenías un bulto muy grande entre tus piernas. Eres muy, muy gay, ¿no es así?
Le pellizque la oreja esta vez. —Jódete. Mi erección no quiere tener nada que ver contigo, y solamente estás celoso de que sea más grande que la tuya. Además… sí, soy muy, muy gay.
Nos desbaratamos de risa, y cuando nos calmamos, Mew se durmió rápidamente.
Yo me quedé despierto, pensando en la verdad, de que todavía le estaba mintiendo a Mew, porque estaba enamorado de él y no podía decirle nunca jamás.