Capítulo 1 Gulf
DOS MESES. Hoy hace dos meses que bobby murio. Murió . No se fue , ni nos dejó ni ninguno de los mil eufemismos con los que la gente intenta consolarme desde aquel día. Si me conocieran lo más mínimo, sabrían que me pongo enfermo cada vez que dicen esas frases. Joder… si simplemente escucharan, podrían oír mis mandíbulas rechinar de pura rabia. De hecho, si alguien fuera capaz de colarse en mi cabeza, sabrían que, para mí, Bobby no murió el día en que su corazón dejó de latir y dos médicos a los que acabé odiando como si ellos resultaron los culpables nos comunicaron la noticia.
Bobby murió muchas veces antes, mucho tiempo antes: cuando su cuerpo dejó de responder, cuando se perdió toda esperanza de curación, cuando él mismo supo que no había nada que hacer. Porque él lo sabía. Da igual cuánto hicieron mis padres por intentar ocultárselo, por fingir sonrisas delante de él, por planificar tratamientos a los que ni siquiera le iba a dar tiempo a llegar. Mi hermano mayor, mi héroe, la persona a quien siempre quise parecerme y por la que me hubiera cambiado en el último momento sin un atisbo de duda… ya no existía.
Cojo el teléfono móvil de la mesilla de noche e ignoro el último mensaje de Kelsey porque intuyo su contenido. Querrá que nos veamos, que quedemos, que vayamos al cine, que salgamos con amigos, que demos un paseo por el parque… Que no me encierre en casa. El objetivo único y omnipresente de toda la gente que me rodea –y que me quiere, lo sé– en los últimos sesenta días ha sido que no me encierre en casa. Como si el aire libre, el canto de los pájaros, los rayos del sol y toda esa mierda resultó un distraerme del hecho de que mi hermano está muerto. Muerto .
Busco el nombre de Bobby en el WhatsApp. No sé ni cuántas veces lo he hecho en los dos últimos meses. Lo localizo bastante abajo en la lista de conversaciones, e incluso ese detalle me parte el alma al medio. Hasta hace muy poco tiempo, era imposible que no estuviera entre los tres primeros contactos. Era un puto adicto al móvil, y nos pasábamos las horas enviándonos mensajes sin ningún sentido.
Antes de entrar al chat, amplío –como siempre– su foto de perfil. Hubo un tiempo en que odié esa foto: mis padres, Bobby, su novia Ally, Kelsey y yo en una playa de los Hamptons, el verano pasado, unos seis meses antes de que llegara el diagnóstico que nos jodió la vida a todos. No me gustaba porque salía con los ojos casi cerrados por el sol y con un bañador horrible de mi padre; me había olvidado los míos en el piso de la ciudad. Pero a mi madre siempre le encantó esa imagen de familia perfecta que transmitía, así que acabó enmarcada en el salón de casa y como imagen de perfil en las redes sociales de todo miembro de la familia Kanawut, o sea, la mía.
La cierro con rapidez, porque me provoca un dolor hasta físico el hecho de mirarla, por muy de memoria que me la sepa. El pinchazo en el pecho se hace más profundo cuando leo el último mensaje que recibí de él, apenas unos días antes de morir. Dos palabras que significaron tanto que aún me hacen estremecer.
«Gulf, ven».
Cuando llegué al hospital, apenas le quedaba un hilo de consciencia, el último que tendría.
Borro el recuerdo de la superficie de mi mente, aunque sé que de lo más hondo no se va a ir jamás, y muevo compulsivamente el dedo por la pantalla para ir recuperando sus mensajes más antiguos. Se ha convertido en una rutina enfermiza de las noches de insomnio, que son todas. Subo y subo en los mensajes hasta que me duele el dedo de seguir haciéndolo. Cuando me fijo en la hora, veo que llevo más de media hora recuperando mensajes y decido parar. Maldigo al destino, a la casualidad y hasta a mí mismo cuando veo en qué fecha se ha quedado parada la aplicación. Doce de septiembre de hace dos años. El día que Mew se marchó.
Bobby: ¿Tú sabías que Mew se va a Europa hoy?
Yo: Sí. ¿Por?
Bobby: ¿No piensas ir a despedirte?
Yo: Nop.
Bobby: Gulfy, tu mejor amigo se va a vivir a la otra punta del mundo… ¿No puedes olvidar lo que cojones sea que les pasó en el campamento y decirle adiós en condiciones?
Yo: Primero, no me llames Gulfy. Segundo, hace días que no me hablo con Mew y no va a cambiar nada el hecho de que se marche. Ya sabíamos que se iba a ir, de todos modos.
Bobby: Te estás equivocando.
Yo: Y tú estás siendo un coñazo.
Bobby: Haz lo que te dé la gana. Solo espero que no te arrepientas.
Yo: Estoy en los Hamptons, además. No voy a cambiar una tarde al sol rodeado de chicas en bikini por ir a despedir a un amigo con el que ni me hablo. Vete tú si quieres.
Bobby: Por supuesto que iré. Y le recordaré a él que es tan idiota como tú.
Yo: Vale. Bien. Perfecto.
Mew. Dos años, un mes y once días sin saber nada de él. Nada. Sin saber si es feliz en Europa, como siempre soñó, o si echa de menos Nueva York. Si ha hecho nuevos amigos o dedica un solo segundo de su tiempo a pensar en los que dejó aquí. Si me guarda rencor por lo que hice o ni siquiera recuerda que un día fuimos los mejores amigos del mundo.
Durante casi dos años, albergué todo tipo de sentimientos hacia Mew: culpabilidad, rencor, dolor… a veces, hasta ira. Pero, por encima de todo, sentía añoranza. Echaba de menos a mi mejor amigo. Joder, lo echaba tanto de menos que me sobraban un montón de horas del día que antes habría estado compartiendo con él. Los partidos de fútbol en el parque que siempre acababan con sangre y magulladuras, las noches de fiesta en que queríamos comernos la ciudad, los veranos en la playa compitiendo como dos gallitos de pelea por llevarnos más miradas, las escapadas por la noche a la azotea, cuando yo me cabreaba con él por fumar y él conseguía mi perdón con cervezas sacadas de contrabando de la nevera de su madre.
Pero, desde que Bobby murió, solo me queda dentro la incomprensión. Una incomprensión que me atormenta y me hace pensar si de verdad lo conocí alguna vez. Por Dios. Siempre pensé que no había una sola persona en el mundo a la que conociera mejor que a Mew. Ni siquiera Bobby era tan transparente para mí. Pero el Mew que conocí habría volado al funeral de mi hermano, del que fue también un hermano para él. Habría venido nadando si fuera necesario. Su madre ha hablado con la mía varias veces desde que ocurrió, así que no hay ninguna posibilidad de que él no se haya enterado. Y ni una llamada. Ni un mensaje. Ni un email. Nada. La nada.
Cojo mi balón favorito de la balda que hay sobre el cabecero de mi cama y me quedo mirándolo como si pudiera darme las respuestas. He jugado al fútbol desde que tengo uso de razón. Bobby me enseñó a patear la pelota casi antes de que supiera usar los pies para caminar. Algunos de mis compañeros de facultad, los que no son de Nueva York, creen que haberme criado en pleno Upper East Side debió de suponer una infancia sin demasiadas actividades al aire libre, pero se equivocan. No recuerdo una tarde de mi vida en que, en algún momento, Mew, Bobby y yo no acabáramos en el parque lanzándonos la pelota. Daba igual que la nieve cubriera la ciudad o que el sol nos achicharrara. Era lo que más nos gustaba hacer. A los tres.
Toc.
La lanzo contra la pared del dormitorio, con la certeza de que no molestaré a nadie. El piso contiguo sigue cerrado a cal y canto. Como la boca de quien vivió en él hasta hace dos años.
Toc.
En los buenos tiempos, Mew estaría ya jugándose la vida –y obligándome a mí a hacer lo mismo–, subiendo por la escalera de incendios hacia la azotea del edificio.
Toc.
En los buenos tiempos, Bobby nos escucharía y, según su estado de ánimo, se uniría a nosotros o nos amenazaría con delatarnos a nuestros respectivos padres, cosa que jamás ocurrió.
Toc.
La pelota está a punto de resbalárseme de las manos y la miro como lo que es: la única amiga que me queda. Bobby no está. Mew no está. Los dos pilares de mi vida han caído en los dos últimos años y lo único que me queda es lanzar un pedazo de cuero contra una pared.
Toc.
Me parece percibir un rastro de olor a tabaco en el ambiente, pero en esta casa no ha fumado nadie desde cierta aventura de Bobby con la hierba a los diecisiete años, que terminó con crisis nerviosa de mi madre y castigo a perpetuidad impuesto por mi padre .
No… No puede ser lo que imagino.
Toc . tac. tac.