II-Señores del Inframundo: El beso más oscuro.

Summary

Aunque contaba siglos de existencia, Tao, el dios de la Anarquía, no había conocido el placer. Hasta que conoce Kris, la encarnación de la Muerte, un guerrero condenado a llevar a las almas a Más Allá durante toda la eternidad. Él lo atraía como ningún otro, y Tao estaba dispuesto a arriesgar cualquier cosa por tenerlo. Sin embargo, cuando aquel despiadado Señor del Submundo recibió de los mismísimos dioses la orden de tomar el alma de Tao, la incontrolable atracción se convirtió en angustiosa persecución. Debían vencer a las fuerzas que los controlaban antes de que la sed que sentían el uno por el otro les exigiera un sacrificio de amor más allá de lo imaginable.

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I

Tao, dios de la Anarquía, hijo del Desorden y portador del Caos, se hallaba en el borde de una abarrotada pista de baile. Todos los bailarines eran mujeres y donceles humanos, bellos y casi desnudos, que habían sido elegidos específicamente por los Señores del Submundo para que les proporcionaran una noche de entretenimiento. Tanto vertical como horizontal.

Había volutas de humo que formaban una niebla a su alrededor, y la lámpara estroboscópica giraba y lanzaba una lluvia de luces dentro de la discoteca, dibujando círculos lentos. Por el rabillo del ojo, Tao vio el duro trasero de un inmortal embistiendo hacia delante y hacia atrás a una muchacha embelesada.

«Las fiestas que me gustan», pensó con una sonrisa de picardía..., aunque no lo habían invitado. «Como si eso me impidiera venir».

Los Señores del Submundo eran guerreros inmortales poseídos por los demonios que una vez habían escapado de la caja de Pandora. Y en aquel momento, con unas cuantas rondas de alcohol y de sexo, los guerreros estaban despidiéndose de Budapest, la ciudad que había sido su hogar durante cientos de años.

Tao quería entrar en acción. Con un guerrero en particular.

—Apartaos —susurró, conteniendo su tendencia a gritar «¡Fuego!» y observar cómo los humanos corrían presas del pánico, gritando histéricamente.

«Deja que lo pasen bien».

Un ritmo trepidante de música rock, que iba al compás de los desacompasados latidos de su corazón, salió a todo volumen por los altavoces, haciendo imposible que alguien pudiera oírle. Sin embargo, todos obedecieron, impelidos por una obligación que probablemente no entendían.

Le abrieron paso, lentamente... muy lentamente...

Por fin, el objeto de su fascinación apareció ante su vista, y se estremeció. Kris. Lleno de cicatrices, irresistiblemente estoico y poseído por el espíritu de la Muerte. En aquel momento estaba sentado en una mesa del fondo, hablando con Kai, su amigo y compañero en la inmortalidad.

¿De qué estaban hablando? Si Kris quería que el guardián del Dolor le proporcionara a una de aquellas personas mortales, la menor de sus preocupaciones sería una alarma de fuego falsa. Apretando los dientes, Tao ladeó la cabeza, se concentró en ellos y, tras borrar el ruido que los rodeaba, escuchó.

—...él tenía razón. Revisé las fotografías en el ordenador de Torin. Esos templos se están alzando desde el mar —dijo Kai. —Uno está en Grecia y el otro en Roma, y si continúan elevándose a esa velocidad, estarán lo suficientemente adelantados como para que podamos explorarlos mañana.

—¿Y por qué los humanos no saben nada de ellos? —preguntó Kris, frotándose la barbilla con dos dedos, un gesto típicamente suyo. —Paris ha visto las noticias de diferentes cadenas y no dicen nada. Ni siquiera hay especulaciones.

«Tonto», pensó Tao, aliviado porque el sexo no fuera el tema de la noche.

«Vosotros lo sabéis porque yo quería que lo supierais».

Nadie más iba a verlos. Se había asegurado usando eso llamado «caos», su principal fuente de poder; había escondido los templos con tormentas para mantener a los humanos alejados y, al mismo tiempo, les había proporcionado a los Señores la suficiente información como para que salieran de Buda.

Quería que Kris saliera de Buda, que estuviera fuera de su ambiente. Un hombre desconcertado era más fácil de controlar.

Kai suspiró.

—Quizá los responsables sean los nuevos dioses. Estoy casi seguro de que nos odian y están deseando destruirnos, solo porque somos medio demonios.

La expresión de Kris seguía perdida.

—No importa quién sea responsable. Iremos mañana, tal y como habíamos planeado. Estoy deseando registrar uno de esos templos.

—Si tenemos suerte —dijo Kai —encontraremos la maldita caja.

Tao se pasó la lengua por los dientes. La maldita caja, dimOuniak, la caja de Pandora. Hecha con los huesos de la diosa de la Opresión. La caja tenía el poder suficiente como para confinar en su interior a demonios tan viles que ni siquiera el infierno podía contenerlos. Era también lo suficientemente poderosa como para succionar a los demonios de nuevo a su interior, sacándolos de los Señores, sus anfitriones. Aunque los Señores no habían querido albergar a los demonios, con el paso del tiempo su supervivencia había pasado a depender de las bestias, y no había ni que decir que los guerreros anhelaban tener la caja en su poder. De nuevo, Kris asintió.

—No pienses ahora en eso; ya habrá tiempo mañana. Ahora vete y disfruta de la fiesta. No pierdas un momento más en mi aburrida compañía.

¿Aburrida? ¡Ja! Tao nunca había conocido a nadie que lo estimulara más.

Kai titubeó, pero en seguida se levantó y dejó a solas a Kris. Ninguna humano se acercó a este. Lo miraban, sí. Se encogían al ver sus cicatrices. Ninguno quería tener nada que ver con él, y eso les salvaba la vida.

—Nota mi presencia —ordenó Tao suavemente. Pasó un momento; él no obedeció. Varios humanos lo miraron, pero Kris siguió observando fijamente el vaso vacío que tenía frente a sí, con una expresión nostálgica. Para consternación de Tao, los inmortales eran indiferentes a sus órdenes. Cortesía de los dioses.

—Idiotas —murmuró el dios. —Cualquier cosa con tal de fastidiar a la Anarquía.

Tao no había sido favorecido durante sus días en el Olimpo. A las diosas nunca les había caído bien porque pensaban que era una réplica masculina de «la fresca de su madre» y que seduciría a sus maridos. De igual modo, los dioses no lo respetaban, también a causa de su madre. Sin embargo, ellos le deseaban. Bueno, hasta que había matado al capitán de la guardia y habían empezado a considerarlo demasiado salvaje. Eran unos idiotas. El capitán se merecía lo que le había hecho, por intentar violarlo. No se arrepentía de haberlo apuñalado en el corazón; la libertad de elección era muy valiosa, y cualquiera que intentara arrebatarle la suya sentiría el acero de sus dagas.

Elección. Esa palabra lo devolvió al presente. ¿Qué demonios hacía falta para convencer a Kris de que lo eligiera?

—Repara en mí, Kris. Por favor.

De nuevo, él le hizo caso omiso.

Tao dio un pisotón en el suelo. Durante semanas se había ocultado en su manto de invisibilidad y había seguido a Kris, lo había observado y estudiado. Y sí, había sentido deseo por él. En parte, lamentaba haberlo conocido, haber permitido a Cronos, el nuevo rey de los dioses, que lo intrigara con historias sobre aquellos Señores unos meses atrás.

«Quizá yo sea el idiota».

Cronos acababa de escapar del Tártaro, una prisión para inmortales, y un lugar que Tao conocía muy bien. Cronos había encerrado allí a Zeus y sus cohortes, y también a los padres de Tao. Cuando Tao fue a buscarlos, Cronos lo estaba esperando. Le había pedido su mayor tesoro, pero él se había negado a dárselo, así que Cronos había intentado asustarlo.

«Dame lo que quiero o enviaré a los Señores del Submundo por ti. Están poseídos por los demonios, como animales sedientos de sangre, y no vacilarán en despellejarte». Bla, bla, bla.

Lejos de asustarlo, esas palabras habían provocado el deseo de buscar a los guerreros. Había pensado en derrotarlos y reírse de Cronos. Sin embargo, en cuanto había visto a Kris, se había obsesionado con él. Había olvidado cuáles eran sus motivos para estar allí, e incluso había ayudado a aquellos guerreros supuestamente malvados.

Las contradicciones lo cautivaban, y Kris tenía muchas. Estaba lleno de cicatrices, pero no roto. Era bueno, pero inflexible. Era tranquilo, un inmortal que se ceñía a las normas, no sediento de sangre, tal y como había afirmado Cronos. Estaba poseído por un espíritu maligno, pero nunca había traicionado su código personal del honor. Trataba con la muerte todos los días, todas las noches, pero, aun así, luchaba por vivir. Fascinante.

Como si todo aquello no fuera suficiente para provocar su interés, Kris desprendía una fragancia a flores que despertaba en Tao pensamientos decadentes y escandalosos cada vez que se acercaba a él. ¿Por qué? Cualquier otro hombre que desprendiera aquel olor le habría hecho reír. Sin embargo, con Kris solo sentía ansia por sus caricias.

Era muy atractivo. Tenía los ojos más extraños que hubiera visto nunca: uno azul, el otro marrón, y ambos llenos del espíritu de hombre y demonio. Y sus cicatrices... eran un bello testimonio de todo el dolor y el sufrimiento que había superado.

—Eh, precioso. Ven a bailar conmigo —le dijo de repente uno de los guerreros.

Paris. Tao reconoció al instante la promesa de sensualidad que había en su voz. Debía de haber terminado de divertirse con aquella humana contra la pared de la discoteca, y estaba buscando otro amante bonito y tonto con el que saciarse. Pues iba a tener que seguir buscando.

—Déjame en paz.

Sin dejarse afectar por su falta de interés, él lo tomó por la muñeca.

—Te gustará, te lo prometo.

Tao lo apartó con un movimiento de la muñeca. Paris estaba poseído por la Promiscuidad, y bendecido con una maravillosa piel clara, unos ojos azules muy brillantes y una cara que seguramente hacía cantar a los ángeles, pero no era Kris, y no tenía interés para Tao.

—Aparta las manos —murmuró Tao —o te las cortaré.

Paris se rio como si aquello fuera una broma, sin saber que él haría eso y más. Nunca profería una amenaza que no estuviera dispuesto a cumplir. Hacerlo sería una debilidad, y Tao se había prometido mucho tiempo atrás que nunca volvería a mostrar la más mínima fragilidad.

A sus enemigos les encantaría aprovecharla. Afortunadamente, Paris no intentó volver a agarrarlo.

—Por un beso —dijo con voz ronca —te dejaría hacer lo que quisieras con mis manos.

—En ese caso, te cortaré también los genitales. ¿Qué te parece eso?

Paris soltó una carcajada que llamó la atención de Kris. Este levantó la vista y miró primero a su amigo, y después a Tao. A él le laquearon las rodillas. Oh, cielos. Se olvidó de Paris y respiró profundamente. ¿Era imaginación suya el fuego que había visto arder de repente en los ojos de Kris, o cómo se le dilataban las aletas de la nariz?

«Ahora o nunca». Se humedeció los labios y, sin apartar la mirada de él, caminó sensualmente hasta su mesa. A medio camino, se detuvo y le hizo un gesto con el dedo para que caminara hasta su encuentro. Kris se puso en pie y se acercó, como si un hilo invisible hubiera tirado de él.

Tan cerca, era un metro noventa de músculo y peligro. Pura tentación. Tao sonrió lentamente.

—Por fin nos encontramos, Flores.

Tao no le dio tiempo para responder. Frotó la cadera izquierda contra él, y se dio la vuelta para ofrecerle una visión de su espalda. Llevaba un corsé abrochado con cintas finas, y sabía que la cintura de la falda se le ceñía tan abajo en las caderas que dejaba al descubierto el elástico de su tanga. Vaya. Era una noche especial por lo que se había puesto lo más sexy que pudo.

Los hombres, mortales o no, normalmente se derretían cuando veían algo que no debían ver. Kris silbó en voz baja, el dios sonrió. Oh, dulce progreso.

—¿Por qué me has llamado? —preguntó él tranquila, disciplinadamente.

—Quería bailar contigo —dijo Tao mirando hacia atrás. —¿Es un crimen?

Él no dudó al responder. —Sí.

—Bien. Siempre me ha gustado violar la ley.

Una pausa de confusión. Después:

—¿Cuánto te ha pagado Paris para que hagas esto?

—¿Me pagan? ¡Oh, qué bien! —respondió Tao, y con una sonrisa se acercó a él de espaldas y se frotó contra su cuerpo. —¿Cuál es la divisa?, ¿orgasmos?

En sus sueños, él siempre lo agarraba y penetraba en su cuerpo en aquel momento; en la realidad, Kris dio un paso atrás como si el chico fuera una bomba a punto de explotar, y puso distancia entre los dos.

Tao tuvo una inmediata sensación de pérdida.

—Nada de contacto —dijo él. Probablemente, había intentado sonar calmado, pero se había notado su nerviosismo. Su tensión.

Tao entornó los ojos. A su alrededor, todo el mundo había visto su interacción y cómo él lo había rechazado. Les ordenó con un gesto ceñudo: «Esto no es de vuestra incumbencia. Daos la vuelta».

Los humanos obedecieron. Sin embargo, el resto de los Señores se acercaron, mirándolo fijamente y con curiosidad. Sin duda, querían saber quién era y qué hacía allí.

Debían tener cuidado, y Tao lo entendía. Todavía sufrían la persecución de los Cazadores, un grupo de humanos que creían, estúpidamente, que podían crear una utopía de paz y armonía librando al mundo de los Señores y de los demonios que estos llevaban dentro.

«No les hagas caso», se dijo. «Se te está acabando el tiempo, chico».

Volvió a centrarse en Kris, a quien miró sin darse la vuelta completamente.

—¿Dónde estábamos? —preguntó, y se pasó un dedo por la goma del tanga hasta que atrajo la mirada de Kris a las alas brillantes del ángel que había en el centro.

—Yo estaba a punto de marcharme —farfulló él.

—Pero yo no quiero que te vayas —dijo Tao con un mohín. Kris dio otro paso atrás.

—¿Qué te pasa, cariño? —respondió Tao, acercándose a él sin piedad. —¿Es que te da miedo un chico? —Él apretó los labios y no respondió. Aunque tampoco siguió retirándose. —¿Te doy miedo?

—No tienes ni idea de con qué estás jugando.

—Oh, claro que sí —replicó Tao, y pasó la mirada por todo su cuerpo.

—He dicho que nada de contacto —ladró él.

Tao lo miró a los ojos y alzó las manos, con las palmas hacia fuera.

—No te estoy tocando, cariño. «Aunque pienso hacerlo».

—Tu mirada dice otra cosa —respondió él con tirantez.

—Eso es porque...

—Yo bailaré contigo —dijo otro guerrero. Paris de nuevo.

—No —respondió Tao sin mirarlo. Deseaba a Kris, y solo a Kris. No valdría ningún otro.

—Podría ser un cebo —dijo otro Señor diferente, probablemente mirándolo con sospecha. Tao reconoció el timbre grave de su voz. Suho, el guardián de la Duda.

Por favor. ¿Cebo? Como si fuera a intentar seducir a alguien por una razón que no fuera completamente egoísta. Los cebos eran chicas y donceles tontos, dedicados al sacrificio: su misión consistía en distraer a los Señores para que los Cazadores pudieran acercarse a ellos y matarlos. Y, realmente, ¿qué clase de idiota iba a querer matar a los Señores, en vez de divertirse un poco con ellos?

—Dudo que los Cazadores hayan podido reorganizarse tan rápidamente después de la plaga —dijo Kai.

Ah, sí. La plaga. Uno de los Señores estaba poseído por el demonio de la Enfermedad. Si rozaba la piel de cualquier humano, lo infectaba con una enfermedad terrible que se extendía y mataba con una rapidez asombrosa.

Consciente de ello, Torin siempre llevaba guantes y apenas salía de la fortaleza en la que vivían los Señores, decidido a proteger a los humanos de su maldición. No había sido culpa suya que un grupo de Cazadores hubiera entrado en el castillo unas semanas atrás y le hubiera cortado el cuello.

Torin había sobrevivido; los Cazadores no.

Por desgracia, todavía quedaban muchos ahí fuera. Eran como moscas. Si se acababa con uno, aparecían otros dos revoloteando. Incluso en aquel momento estaban en algún sitio, esperando una buena ocasión para atacar. Los Señores debían tener cuidado.

—Además, no hay modo de que hayan encontrado la forma de traspasar nuestras medidas de seguridad —añadió Kai y su voz áspera sacó a Tao de sus pensamientos.

—¿Como no había modo de que entraran en el castillo y estuvieran a punto de decapitar a Torin? —replicó Suho.

—¡Maldita sea! Paris, quédate aquí y vigílalo mientras yo compruebo que no hay nadie peligroso por el perímetro —pasos, palabrotas, murmullos.

Vaya, vaya. Si los Señores encontraban alguna pista de que había un Cazador cerca, no podría convencerlos de que era inocente. Al menos, de aquel crimen. Kris nunca confiaría en él, nunca se relajaría en su compañía. Nunca lo tocaría, salvo con furia.

No permitió que aquella preocupación se reflejara en su rostro.

—Vi el gentío y me colé —le dijo a Paris y al otro Señor que lo estaba observando, y añadió —Y quizá el grandullón y yo podamos hablar durante los próximos minutos sin interrupciones. En privado.

Tal vez captaron la indirecta, pero no se marcharon. Muy bien. Pues trabajaría delante de ellos.

Comenzó a moverse al ritmo de la música y, sin apartar la mirada de Kris, se pasó los dedos por el liso abdomen. «Cambia mis manos por las tuyas», proyectó hacia su mente.

Por supuesto, Kris no lo hizo. Sin embargo, sus ojos siguieron cada uno de los movimientos. Tragó saliva.

—Baila conmigo —dijo en voz alta, con la esperanza de que él no lo ignorara con tanta facilidad en aquella ocasión. Se lamió los labios para humedecérselos.

—No —susurró él.

—Por favor. ¿Es que no me encuentras deseable, Flores?

—Ese no es mi nombre.

—Muy bien, cariño. ¿No me encuentras deseable?

—Lo que yo piense de ti no importa.

—Eso no responde mi pregunta —dijo Tao con un mohín.

—No lo pretendía.

¡Grr! ¡Qué hombre tan frustrante! «Intenta otra cosa. Algo más descarado». Como si no hubiera sido ya completamente descarado.

De acuerdo. Se dio la vuelta y se agachó. La falda se le subió por los muslos, ofreciendo una visión mejor de su tanga azul y de las alas que se extendían desde el centro. Cuando Tao volvió a levantarse, imitando los movimientos del sexo, giró lentamente y le ofreció una visión de todo el cuerpo.

Él inspiró bruscamente, con todos los músculos del cuerpo tensos.

—Hueles a fresas con nata —dijo Kris, y mientras hablaba, parecía un depredador a punto de atacar.

«Por favor, por favor, por favor», pensó el dios.

—Seguro que también es mi sabor —le dijo, pestañeando con coquetería pese al hecho de que él había mencionado su olor como si fuera una terrible afrenta.

Kris emitió un gruñido y dio un paso hacia él.

Entonces Tao aprovechó la oportunidad y cambió la música rock de la discoteca por una canción suave, lenta.

—Vamos, baila conmigo —le pidió a Kris. —Es la única manera de librarte de mí.

Y, para provocarlo un poco, se acercó, se puso de puntillas y le mordió suavemente el lóbulo de la oreja. Él volvió a gruñir, pero por fin, lo rodeó con sus brazos. Al principio, Tao pensó que era para empujarlo, pero Kris lo pegó a su cuerpo e hizo que sus torsos se pegaran y que montara a horcajadas sobre su muslo izquierdo. El chico se sintió muy excitado.

—Si quieres bailar, bailaremos.

Lentamente, él lo meció de un lado a otro sin que sus cuerpos se separaran. Tao sintió cientos de punzadas de placer.

Por los dioses del cielo, aquello era mejor de lo que había imaginado. Cerró los ojos. Kris era muy grande. Tenía los hombros muy anchos y la parte superior del cuerpo tan musculosa que lo envolvía. Y, durante todo el rato, su respiración le acariciaba la mejilla como un amante atento. Temblando, Tao deslizó las manos por su espalda y las enredó en su pelo oscuro, sedoso. Sí. Más. «Tranquilo, chico», se dijo. Aunque Kris lo deseara tanto como él lo deseaba, no podía tenerlo. No completamente. En aquel sentido, Tao estaba tan maldito como Kris. Sin embargo, de todos modos, podía disfrutar de aquel momento. Por fin, ¡él le estaba respondiendo!

Kris le acarició la línea de la mandíbula con la nariz.

—Todos los hombres del local te desean —dijo suavemente, aunque sus palabras eran tan afiladas que podrían haber cortado con un cuchillo. —¿Por qué yo?

—Porque sí —respondió Tao, inhalando su perfume de rosas.

—Eso no responde a mi pregunta.

—No lo pretendía —replicó. Entonces Kris lo agarró con fuerza.

—¿Te parece divertido burlarte del hombre más feo de todo este sitio?

—¿El más feo? —preguntó Tao. Él lo atraía más de lo que nadie lo había atraído en toda su vida. —Pero si no estoy cerca de Paris, cariño.

Kris frunció el ceño y lo soltó. Sacudió la cabeza, como si estuviera intentando aclararse las ideas.

—Sé lo que soy —dijo con cierta amargura. —Decir que soy feo es ser amable.

Tao se quedó inmóvil, mirando sus ojos seductores. ¿Acaso no tenía idea de lo atractivo que era? Irradiaba fuerza y vitalidad. Irradiaba una masculinidad salvaje. Todo en él lo cautivaba.

—Si sabes lo que eres, cariño, entonces sabrás que eres sexy y deliciosamente amenazante.

Y necesitaba más de él. Sintió un escalofrío que hizo vibrar todos sus miembros.

«Acaríciame otra vez».

—Supongo entonces que mis cicatrices no te molestan —dijo él, sin mostrar ninguna emoción.

—¿Molestarme? —aquellas cicatrices no lo afectaban. Lo hacían irresistible. —Me excitan.

—Mentiroso.

—Algunas veces —admitió, «pero no en esto».

Tao observó su cara. El modo en que se había hecho aquellas cicatrices no debía ser agradable. Había sufrido. Mucho. De repente, esa idea le provocó ira. ¿Quién le había hecho daño, y por qué? ¿Un amante celoso?

Parecía como si alguien hubiera tomado un cuchillo y hubiera cortado a Kris como un melón, y después hubiera intentado juntar las piezas sin orden. Aun así, la mayoría de los mortales sanaba rápidamente, y no quedaban marcas de sus heridas. Así pues, incluso si lo habían cortado, Kris debería haberse curado por completo.

¿Tendría cicatrices similares en el resto del cuerpo? Al pensarlo, se sintió muy excitado. Lo había espiado durante semanas, pero no había conseguido ver su cuerpo. Él siempre se las arreglaba para ducharse y cambiarse después de que se marchara.

¿Acaso había sentido su presencia y se había escondido?

—Si no te conociera, pensaría que eres un cebo, como mis amigos —dijo él.

—¿Y por qué piensas que me conoces?

Él arqueó una ceja. —¿Eres un cebo?

—¿Quieres que lo sea? —preguntó, en el tono más seductor que pudo. —Porque puedo ser lo que tú quieras, amor.

—Déjalo ya —gruñó él. —No me gusta este juego al que estás jugando.

—No estoy jugando, Flores. Te lo prometo.

—¿Qué quieres de mí? Y no me mientas.

—Aceptaré un beso —dijo Tao, mirando sus labios suaves, rosados. —En realidad, insisto en que me des un beso.

—No he encontrado ningún Cazador —dijo Kai en aquel momento; había aparecido de repente junto a Kris.

—Eso no significa nada —protestó Suho.

—No es Cazador, y no trabaja para ellos —dijo Kris, sin apartar los ojos de Tao mientras les hacía una seña a sus amigos para que se retiraran. —Necesito estar un momento a solas con él.

Aquella afirmación asombró a Tao. ¿Y además quería estar con él? ¡Sí! Salvo que sus amigos no se marchaban. Idiotas.

—Somos dos desconocidos —dijo Kris, continuando su conversación como si no se hubiera interrumpido.

—¿Y qué? Los desconocidos se relacionan todo el tiempo —dijo. —Besarse un poco no tiene nada de malo, ¿no?

—¿Y qué vas a conseguir con un solo beso?

Todo. Tao sintió una gran impaciencia, y se pasó la lengua por los labios.

—¿Siempre eres tan hablador?

—No.

—Bésalo, Kris, antes de que lo haga yo, sea un cebo o sea lo que sea —dijo Paris con una carcajada. Aunque fuera una risa bondadosa, tenía un toque de acero.

Kris continuaba resistiéndose. Tao notaba los latidos de su corazón contra las costillas. ¿Acaso se sentía azorado por su público? Era una pena. Estaba dispuesto a arriesgar cualquier cosa, y no iba a dejar que él se le escapara.

—Esto es inútil —dijo Kris.

—¿Y qué? Lo inútil puede ser divertido. Vamos, deja de vacilar. Actúa.

Tao tiró de su cabeza hacia abajo, hacia su rostro, y aplastó sus labios contra los de él. Al instante, él abrió la boca y sus lenguas se encontraron en una profunda y húmeda acometida. Sintió una oleada de calor cuando el sabor a rosas y a menta lo invadió.

Se pegó a él. Lo necesitaba. Mientras el fuego le devoraba, se frotó contra su cuerpo, incapaz de contenerse. Kris lo agarró por el pelo y tomó el control absoluto de su boca. Se había visto atrapado en un remolino de pasión y sed que solo Kris podía calmar. Había entrado por las puertas del cielo sin dar un solo paso.

Alguien vitoreó; otro silbó. En un instante, Tao sintió como si lo levantaran del suelo y no tuviera ninguna sujeción. Al cabo de un momento, sintió una pared fría contra la espalda. Los vítores habían cesado repentinamente. El aire frío le mordía la piel.

¿Fuera?, se preguntó. Mientras tanto estaba gimiendo, sin preocuparse, y rodeando la cintura de Kris con las piernas mientras su lengua le conquistaba. Él le agarró la cadera con fuerza con una mano, y con la otra lo tomó del pelo, entrelazando una vez más los dedos en la espesa cabellera, y haciendo que ladeara la cabeza para obtener más contacto.

—Eres... eres... —susurró ferozmente.

—Estoy desesperado. No hables más. Bésame.

Él perdió el control. Volvió a hundir la lengua en su boca, y la pasión y el calor se convirtieron en un infierno ardiente. Verdaderamente, Tao estaba abrasándose. Estaba frenético. Kris estaba en todo su cuerpo; se había convertido en una parte de él.

No quería que aquello terminara.

—Más —dijo Kris con voz ronca.

—Sí —susurró el chico. —Más, más, más.

—Es estupendo.

—Asombroso.

—Acaríciame —dijo Kris con un gruñido.

Al oír su petición, Tao sintió que su deseo se intensificaba. Quizá él lo deseara. Después de todo, le había pedido que lo acariciara, lo cual significaba que quería algo más que un beso.

—Será un placer —dijo.

Con una mano, le subió el borde de la camiseta; con la otra, le acarició el abdomen.

Al sentir unas cicatrices se estremeció; la piel fruncida era muy cálida.

A Kris se le tensaban los músculos a cada roce, y le mordió el labio inferior a Tao.

—Sí, así.

Estuvo a punto de llegar al clímax; la reacción de Kris había sido como combustible para un fuego que ya era abrasador. Gimió.

Con los dedos, dibujó los círculos de sus pezones antes de pellizcárselos suavemente. Cada vez que se los acariciaba, notaba que su propio cuerpo latía de deseo.

—Me encanta tocarte.

Kris le lamió el cuello y dejó un rastro de calor sensual en su piel que hizo que Tao abriera los ojos de repente, y estuvo a punto de jadear cuando se dio cuenta de que realmente estaban fuera, apoyados contra el muro exterior de la discoteca, en un rincón oscuro. Kris debía de haberlos teletransportado en un instante.

Él era el único Señor capaz de trasladarse de un sitio a otro con un solo pensamiento. Una capacidad que el dios también poseía. Tao solo lamentó que no los hubiera transportado a un dormitorio.

No, no, pensó entonces con desesperanza. No a un dormitorio. Estaba mal que pensara en aquello, aunque solo fuera un segundo. Los demás dioses, hombres, mujeres y donceles podían disfrutar de la sensación eléctrica de la piel contra la piel y los cuerpos desnudos haciendo esfuerzos por llegar al éxtasis, pero él no. Él nunca.

—Te deseo —susurró él.

—Ya era hora —respondió Tao. —Yo también necesito sentir más de ti. Necesito acariciarte más —dijo.

Bajó las piernas y llevó las manos hasta su entrepierna para abrirle el pantalón y rodear con los dedos su erección; sin embargo, oyó el eco de unos pasos. Kris también debió de oírlo, porque se puso tenso y se apartó de él.

Kris estaba jadeando, y él también. A Tao le flaquearon las rodillas mientras sus miradas quedaban atrapadas durante un segundo. La pasión todavía chisporroteaba entre ellos; nunca habría pensado que un beso pudiera provocar semejante ignición.

—Colócate la ropa —dijo él.

—Pero... pero... —Tao no estaba listo para terminar, con público o sin él. Si Kris le daba un instante, podía transportarlos a otro sitio en un segundo.

—Hazlo. Ahora.

No, no iba a haber teletransporte, se dijo Tao con desilusión. Por la expresión dura de Kris, comprendió que él había terminado. Con los besos y con él.

Se colocó la falda y el corsé con las manos temblorosas, y casi al instante, varios Señores torcieron la esquina y aparecieron ante ellos con expresión malhumorada.

—Me encanta que desaparezcas así —dijo uno de ellos, Gideon, con un tono de irritación que dejaba bien claro que no le gustaba en absoluto. Tao sabía que estaba poseído por el espíritu de la Mentira, y que no podía decir una sola verdad.

—Cállate —ordenó Kai. El pobre Kai, siempre torturado, guardián del Dolor. Le gustaba herirse a sí mismo. Una vez, lo había visto saltar de lo alto de la fortaleza en la que vivían y disfrutar después del dolor de sus huesos rotos. —Quizá parezca inocente, pero no lo has registrado para ver si llevaba armas antes de tragarte su lengua.

—Estoy prácticamente desnudo —dijo con exasperación, aunque nadie le hizo ni caso. —¿Qué arma voy a estar escondiendo?

Bueno, en realidad ocultaba unas cuantas. No era para tanto. Tenía que protegerse.

—Lo tengo todo bajo control —dijo Kris. —Creo que puedo manejar a un chico solo, vaya o no armado.

Tao siempre se había sentido fascinado por su calma. Hasta aquel momento.

¿Dónde estaba su pasión? No era justo que se hubiera recuperado tan rápidamente mientras él todavía estaba intentando recuperar el aliento. No podía dejar de temblar. Peor todavía, le latía el corazón como un tambor.

—¿Quién es? —inquirió Kai.

—Quizá no sea un cebo, pero es algo —dijo Paris. —Lo has teletransportado y no se ha puesto a gritar.

Entonces todos miraron a Tao con los ojos entornados. Nunca se había sentido tan vulnerable en todos sus siglos de vida. Arriesgarse a que lo capturaran por besar a Kris había merecido la pena, pero eso no significaba que tuviera que someterse a ningún interrogatorio.

—Dejadlo. No voy a deciros nada.

—Yo no te invité —respondió Paris —y Kai no ha encontrado a nadie que sea tu amigo. ¿Por qué has intentado seducir a Kris?

«Nadie intentaría seducir voluntariamente al guerrero lleno de cicatrices», proclamaba su tono de voz. Aquello irritó a Tao, aunque sabía que Paris no quería ser maleducado ni insensible con su amigo. Probablemente, todos lo consideraban un hecho objetivo.

—¿Por qué me estáis interrogando? —preguntó, mirándolos a todos fijamente. A todos menos a Kris, a él lo evitó. Quizá se derrumbara si su expresión seguía siendo fría y falta de emoción. —Lo he visto, me ha gustado y he ido tras él. Eso es todo.

Los Señores se cruzaron de brazos; era evidente que no le creían. Habían formado un semicírculo a su alrededor sin que se diera cuenta. Tao tuvo que hacer un esfuerzo por no mirar al cielo con exasperación.

—No lo deseas de verdad —dijo Kai. —Todos lo sabemos. Dinos lo que quieres antes de que tengamos que obligarte.

¿Obligarlo? Por favor. También se cruzó de brazos. Un poco antes habían animado a Kris a que lo besara; ¿por qué se comportaban en aquel momento como si Kris no pudiera tentar a ningún amante?

—Quería acostarme con él, ¿lo entiendes, idiota? —Hubo una pausa de asombro.

Kris se interpuso entre sus amigos y él. ¿Lo estaba protegiendo? ¡Qué dulce!

Innecesario, pero dulce. Su ira se suavizó. Tuvo ganas de abrazarlo.

—Dejadlo en paz —dijo él. —No merece la pena.

La sensación de felicidad de Tao se desvaneció. ¿Que no merecía la pena? Él acababa de acariciarlo y de frotar su cuerpo contra el de suyo, ¿cómo podía decir algo así?

Una neblina roja se extendió ante su vista. Así era como siempre debía de haberse sentido su madre. Casi todos los hombres que habían compartido el lecho de Disnomia la insultaban una vez que habían saciado su deseo. «Eres una mujer fácil», le habían dicho.

«No sirves para nada más».

Tao conocía bien a su madre, sabía que Disnomia había sido esclava de su naturaleza anárquica, y también sabía que siempre había buscado el amor.

Dioses emparejados, dioses solos no importaba.

Si la deseaban, se entregaba a ellos. Probablemente porque durante las pocas horas que pasaba en brazos de sus amantes, se sentía aceptada y valorada, y sus deseos más profundos se veían saciados.

Lo cual hacía que las traiciones posteriores fueran aún más dolorosas, pensó Tao mirando a Kris. De todas las cosas que había esperado y querido que dijera, ninguna era «No merece la pena». Quizá «Es mío»; quizá «Lo necesito». «No lo toquéis», seguro.

No quería tener la misma vida que su madre, por mucho que quisiera a esta, y hacía mucho tiempo que se había jurado que no permitiría que lo usaran.

«Pero mírame ahora. Le he rogado a Kris que me besara, y él me ve como algo que no merece la pena».

Con un gruñido, aplicando toda su fuerza, su furia y su dolor, lo empujó. Lo echó hacia delante como una bala de cañón, y él se chocó contra Paris. Ambos emitieron una exclamación de dolor y se apartaron el uno al otro.

Cuando Kris se incorporó, se dio la vuelta para mirarlo.

—No continúes por ahí —dijo.

—No he hecho más que empezar —respondió Tao, y se encaminó hacia él con el puño alzado para hacer que se tragara sus perfectos dientes blancos.

—Tao... —dijo él con un susurro. —Basta.

Se quedó inmóvil debido al asombro.

—Sabes quién soy. ¿Cómo es posible?

Habían hablado una vez, semanas atrás, pero él nunca lo había visto antes de ese día.

Se había asegurado de que así fuera.

—Me has estado siguiendo. He reconocido tu olor.

Fresas con nata, le había dicho él antes, con un tono de acusación. Tao abrió los ojos como platos. Sintió placer y mortificación a la vez. Durante todo ese tiempo, Kris había sabido que lo estaba observando.

—¿Por qué me has estado interrogando si sabías quién era? ¿Y por qué si sabías que te estaba siguiendo no me pediste que me mostrara?

—No me di cuenta de quién eras hasta que tuvo lugar la conversación sobre los Cazadores. Y en cuanto a lo segundo, no deseaba asustarte hasta que hubiera averiguado cuál era tu propósito —explicó Kris, y después hizo una pausa y esperó a que hablara. Tao no lo hizo, y él inquirió. —¿Cuál es tu propósito?

—Yo... tú... —¡Demonios!, ¿qué iba a decirle? —¡Me debes un favor! Salvé a tu amigo, lo liberé de su maldición.

Muy bien. Una explicación racional, cierta, y que, con suerte, apartaría el curso de la conversación de sus motivaciones.

—Ah —dijo él, y asintió, irguiendo los hombros. —Ahora todo tiene sentido. Has venido por tu recompensa.

—Bueno, no —por mucho que quisiera preservar su orgullo, Tao se dio cuenta de repente de que no quería que él pensara que concedía sus besos tan fácilmente. —Todavía no.

Él frunció el ceño.

—Pero acabas de decir que...

—Sé lo que he dicho.

—Entonces ¿para qué has venido? ¿Por qué me has estado vigilando?

Tao se sintió frustrado otra vez. Sin embargo, no tuvo tiempo para responderle, porque Kai, Paris y Gideon se acercaron a él con cara de pocos amigos. ¿Acaso pensaban que iban a poder agarrarlo?

En vez de responder a Kris, se dirigió a los otros.

—¿Qué pasa? No recuerdo haberos invitado a esta conversación.

—¿Eres Tao? —preguntó Kai, mirándolo de pies a cabeza con una expresión de repugnancia.

¿Repugnancia? ¡Debería estar agradecido! ¿Acaso no lo había liberado él de la maldición que lo obligaba a apuñalar a su amigo hasta matarlo todas las noches? Sí, demonios. Sin embargo, aquella mirada era una que Tao conocía muy bien. Debido al pasado amoroso de su madre y a la expectación que él mismo despertaba por su forma libre de ver la vida, todos los dioses griegos del Olimpo lo habían mirado con la misma repugnancia en algún momento.

Al principio, Tao se había sentido herido por aquel petulante desdén. Y, durante cientos de años, había intentado ser un chico bueno: vestirse decente, hablar solo cuando le hablaban, mantener baja la mirada. Incluso había conseguido controlar su desesperada necesidad de crear desastres. Todo para ganarse el respeto de unos seres que nunca lo verían como a algo distinto a un prostituto.

Un día en que volvía a casa llorando porque, en un estúpido curso para dioses había sonreído a Ares y Ártemis le había llamado a su madre y esta había hablado con él.

—Hagas lo que hagas, van a juzgarte mal —le dijo la diosa. —Pero todos debemos ser fieles a nuestra naturaleza. Comportarte como otra persona solo te causará dolor y hará que parezca que estás avergonzado de lo que eres. Los demás alimentarán esa vergüenza hasta lo ilimitado. Eres un ser maravilloso, Tao. Siéntete orgulloso de ti mismo. Yo me siento orgullosa de ti.

A partir de aquel momento, Tao había comenzado a vestirse de manera tan sexy como quería, y si había vuelto a bajar la vista, había sido para admirar sus bien torneadas piernas. No había vuelto a negarse la necesidad de desorden ni a prestar atención a los que lo rechazaban, y dejaba claro que le gustaba quién era.

Nunca volvería a avergonzarse.

—Es... interesante verte en carne y hueso después de todo lo que he investigado sobre ti últimamente. Eres el hijo de Disnomia —dijo Kai. —Él dios menor de la Anarquía.

—Yo no tengo nada menor —dijo él. —Pero sí, soy un dios —añadió, alzando la barbilla.

—La noche en que te diste a conocer y le salvaste la vida a Baekhyun nos dijiste que no lo eras —intervino Kris. —Nos dijiste que solo eras una inmortal.

Se encogió de hombros. Odiaba tanto a los dioses que rara vez usaba el título.

—Mentí. Lo hago a menudo. Es parte de mi encanto, ¿no te parece? —Nadie respondió. Era de esperar.

—Nosotros fuimos una vez los guerreros de los dioses, y vivimos en el cielo, como seguramente sabrás —continuó Kai, como si Tao no hubiera hablado. —No te recuerdo.

—Quizá no había nacido todavía, listo.

En los ojos de Kai se reflejó la irritación, pero conservó la calma.

—Como te he dicho, desde que apareciste hace unas semanas, he estado investigando sobre ti. Hace mucho tiempo, fuiste apresado por asesinar a un hombre. Después de trescientos años de confinamiento, los dioses encontraron por fin un castigo apropiado para ti. Antes de que pudieran ejecutar la sentencia, sin embargo, conseguiste escapar.

—Correcto.

—La leyenda cuenta que inoculaste al guardián del Tártaro alguna enfermedad, porque después de que escaparas, él comenzó a debilitarse y perdió la memoria. Se pusieron guardias en cada esquina para incrementar la seguridad, puesto que los dioses temían que la fuerza de la prisión dependiera de la fuerza de su guardián. Con el tiempo, los muros comenzaron a agrietarse y a derrumbarse, lo que facilitó la fuga de los Titanes.

¿Y también iban a echarle la culpa de eso a él? Tao entrecerró los ojos.

—Lo que pasa con las leyendas —dijo —es que la verdad se distorsiona, a menudo para explicar las cosas que los mortales no pueden entender. Es gracioso que tú, el protagonista de tantas leyendas, no sepas eso.

—Te escondiste aquí, entre los humanos —dijo Kai, sin prestarle atención. Otra vez. —Pero no te conformaste con vivir en paz ni siquiera entonces. Desencadenaste guerras, robaste armas e incluso barcos. Provocaste grandes incendios y otros desastres, que a su vez ocasionaron pánico y levantamientos entre los humanos, muerte y encarcelamientos.

Tao se ruborizó. Sí, había hecho aquellas cosas. Cuando había llegado a la Tierra, no sabía cómo controlar su naturaleza rebelde. Los dioses habían sido capaces de protegerse de él, pero los humanos no. Además, estaba fuera de sí después de haber pasado todos aquellos años en prisión.

Sin embargo, finalmente había aprendido que podía saciar su necesidad de desorden con pequeños delitos, robos sin importancia, mentiras piadosas y alguna pelea callejera, y evitar así grandes desastres.

—Yo también he hecho mis deberes respecto a ti —dijo Tao suavemente. —¿No destruiste una vez ciudades y mataste a inocentes?

Entonces le tocó ruborizarse a Kai.

—Tú no eres el mismo hombre de antes, igual que yo no soy...

Antes de que pudiera terminar la frase, un viento sopló alrededor de todos ellos, frío y furioso. Tao parpadeó, confuso, pero solo durante un instante.

—¡Maldita sea! —exclamó, sabiendo lo que iba a ocurrir después.

Como era de esperar, los guerreros se quedaron inmóviles, como si el tiempo no existiera para ellos; un poder mucho mayor que el que ellos detectaban se había hecho con el dominio del mundo que los rodeaba. Incluso Kris, que había estado escuchando la conversación de Tao con Kai con suma atención, se volvió una estatua viviente.

Él también.

No, no, no, no, pensó, y con aquellas palabras, los barrotes invisibles de la prisión cayeron como las hojas de un árbol. Nada ni nadie podría mantenerlo prisionero. Ya no. Su padre se había asegurado de ello.

Tao caminó hacia Kris para intentar liberarlo, aunque no sabía por qué, después de las cosas que había dicho de él. Sin embargo, el viento cesó tan repentinamente como había comenzado. Tao notó que se le secaba la boca y se le encogía el corazón. Cronos, que se había apoderado del trono celestial unos meses atrás y había impuesto nuevas reglas, nuevos deseos y nuevos castigos, estaba a punto de llegar.

Lo había encontrado.

Estupendo. Una luz azul y brillante apareció frente a él y acabó con la oscuridad. Entonces Tao se marchó en un destello, con una pena que no tenía derecho a sentir por el hecho de dejar atrás a Kris. Solo se llevó consigo el recuerdo y el sabor de su beso.