I
Desde lo alto de los cielos, Chen vigilaba a su presa. «Por fin. Finalmente, acabaré con esto». Su mandíbula apretada y la piel tirante. Con tensión. Con alivio. Decidido, saltó de la nube en la se había mantenido en pie, cayendo rápidamente el viento haciendo remolinos a través de su pelo
Cuando estuvo cerca del suelo, permitió que sus alas, largas, emplumadas y doradas, se desplegaran desde su espalda y cogieran la corriente, reduciendo su progresión.
Él era un soldado de la Única y Verdadera Deidad. Uno de la Élite de los Siete, creados antes que el mismo tiempo. Con tantos milenios como los que había vivido, había llegado a comprender que cada uno de la Élite de los Siete tenía una Tentación. Una potencial caída. Como Eva con la manzana. Cuando encontraran esa cosa, esa abominación, felizmente la destruirían antes de que pudiera destruirlos a ellos.
Chen había encontrado finalmente la suya. Xiumin Skyhawk.
Era el hij de una Arpía y un cambiante Fénix. Era un ladrón, un mentiroso y un asesino que encontraba disfrute en las tareas más viles. Peor, la sangre de Lucifer, su mayor enemigo y el señor de la mayoría de las huestes demoníacas, fluía por sus venas. Lo cual quería decir que Xiumin era su enemigo.
Él vivía para destruir a sus enemigos.
Sin embargo, solo podía actuar contra ellos cuando rompían las leyes del cielo. Para los demonios, eso incluía escapar de su férrea prisión y caminar por la tierra. Para Xiumin, quien nunca había sido condenado al infierno, sería haberse envuelto con algo así. El qué, no lo sabía. Todo lo que sabía era que nunca había experimentado eso a lo que los mortales se referían como «deseo».
Hasta Xiumin.
Y a él, eso no le gustaba.
Lo había visto por primera vez hacía varias semanas, el pelo negro, brillantes ojos ambarinos y labios rojo sangre. Contemplándolo, incapaz de apartar la mirada, una simple pregunta se había filtrado en su mente: ¿Era su perlada piel tan suave como parecía?
Olvidar el deseo. Nunca se había preguntado tal cosa acerca de nadie. Nunca había estado interesado. Pero la cuestión se había convertido en una obsesión, descubrir la verdad, una necesidad. Y eso tenía que acabar. Ahora. En
este momento.
Se lanzó justo frente suyo, pero el chico no podía verle. Nadie podría. Existía en otro plano, invisible para mortales e inmortales por igual. Podría gritar y no le oiría. Podía caminar a través suyo y no lo sentiría. De hecho, no lo olería o sentiría de ninguna manera.
Hasta que fuese demasiado tarde.
Podría haber formado una fiera espada desde el aire y cercenarle la cabeza del cuerpo, pero no lo hizo. Como ya se había dado cuenta y aceptado, no podría matarlo. Todavía. Pero no podía permitirle vagar sin trabas, tentándole, una plaga para su buen sentido. Lo cual quería decir que tendría que conformarse con encarcelarlo en su casa en el cielo.
Sin embargo, esa no era una terrible experiencia para él. Podía utilizar su tiempo juntos para enseñarle la manera correcta de vivir. Y la correcta era, por supuesto, la suya. Lo que, es más, si él no se conformaba, si finalmente cometía ese imperdonable pecado, él estaría ahí, finalmente capaz de librarse de su influencia.
«Hazlo. Tómalo».
Extendió la mano. Pero antes de que pudiera rodearlo con sus brazos y volar con él lejos, se dio cuenta que ya no estaba solo. Frunció el ceño, dejando caer los brazos a los lados. No quería un testigo de los hechos.
—El mejor día de todos —gritó Xiumin a los cielos, extendiendo los brazos y girando. Dos botellas de champan estaban en sus manos y volaron de su agarre, estrellándose de golpe en las montañas heladas de Alaska que lo rodeaban. Se detuvo, tambaleándose, riendo. —Oupss.
Su ceño se hizo más profundo. Una perfecta oportunidad perdida, se percató. Claramente, estaba borracho. No lucharía contra él. Asumiría que era una alucinación o que estaban jugando a algo. Habiéndolo observado las pasadas semanas, sabía que le encantaban los juegos.
—Derrochador —gruñó su hermana, la intrusa. Aunque eran gemelos, Xiumin y Kaia no se parecían en nada. Kaia tenía el pelo rojo y ojos grises bordeados con oro. Ella era más baja que Xiumin, su belleza más delicada. —Tuve que acechar a un coleccionista durante días, ¡días! Para robárselo. En serio. Acabas de romper un Dom Perignon White Gold Jeroboam.
—Lo hice por ti. —Un vaho salía de la boca de Xiumin. —Venden Bonnes Farms en el pueblo.
Hubo una pausa, un suspiro.
—Eso solo es aceptable si también robas algunas de esas tots de queso para mí. Solía robárselas todos los días a Suho, y ahora que hemos dejado Budapest, las echo de menos.
Chen intentó prestar atención a la conversación, de verdad que lo intentó. Pero estar cerca de Xiumin era, como siempre, motivo de que se arruinara su concentración. Solo su piel era similar a la de su hermana, reflejando todos los colores de un recién activado arcoíris. Así que, ¿por qué no se preguntaba si la piel de Kaia era tan suave como parecía?
«Porque ella no es la que te tienta, es su hermano. Lo sabes».
Allí, en la cima del pico El Pulgar del Diablo, observó como Xiumin se dejó caer de culo. La helada niebla continuaba envolviéndolo, haciéndolo verse como si fuera parte de un sueño. O la pesadilla de un ángel.
—Pero sabes —añadió Kaia, —robar Bonnes Farms en el pueblo no te ayudará ahora. Estoy solo parcialmente embriagada y esperaba estarlo total y completamente para la puesta del sol.
—Entonces, deberías darme las gracias. Te emborrachaste la noche anterior. Y la noche anterior a esa. Y la anterior a esa.
Kaia se encogió de hombros.
—¿Y?
—Y, tu vida estaba en la cuneta. Robas licor, escalas una montaña mientras bebes y te lanzas cuando estás borracha.
—Bueno, entonces, tú también estás en la cuneta, ya que has estado conmigo todas esas noches. —La pelirroja frunció el ceño. —Con todo. Tienes razón. Quizás necesitemos un cambio. —Echó un vistazo al magnífico alrededor. —Así que, ¿qué nueva y excitante cosa quieres que hagamos ahora?
—Quejarnos. ¿Puedes creer que Lay se case? —Preguntó Xiumin. —Y con Suho, el Guardián del Demonio de la Duda, de entre todas las personas. Demonios. Lo que sea.
Lay. Su hermano pequeño.
—Lo sé. Es extraño —una todavía confundida Kaia se dejó caer a su lado. —¿Prefieres ser damo de honor o atropellado por un autobús?
—El autobús. No hay duda. De eso me repondría.
—Estoy de acuerdo.
¿A Xiumin no le gustaban las bodas? Aun así. «No había necesidad del autobús», quería decirle Chen. «No tendrás que asistir a la boda de tu hermano».
—Así que, ¿cuál de nosotros escogerá como eso... de honor? —Preguntó Kaia.
—Yo no —dijo Xiumin, justo cuando Kaia abrió la boca para decir lo mismo.
—¡Maldición!
Xiumin se rió con genuina diversión.
—Nuestros deberes no deberían ser tan malos. Lay es el más agradable de los Skyhawks, después de todo.
—Encantador cuando no está protegiendo a Suho, eso es. —Se estremeció Kaia. —Lo juro, amenaza al hombre con pequeños daños corporales, y está listo para sacarte los ojos.
—¿Crees que nosotros nos enamoraremos de esa manera? —Tan curioso como sonaba Xiumin, había un tono de tristeza en su voz.
¿Por qué tristeza? ¿Quería enamorarse? ¿O estaba pensando en un hombre en particular? Chen todavía no lo había visto interactuar con ninguno.
Kaia ondeó una delicada mano a través del aire.
—Hemos vivido durante siglos sin enamorarnos. Claramente, no estamos destinados a ello. Pero yo, por otra parte, me alegro. Los hombres se convierten en una responsabilidad cuando lo intentas y se hacen permanentes.
—Claro —fue la réplica. —Pero una divertida responsabilidad.
—Cierto. Y yo no me he divertido en mucho tiempo —dijo Kaia con un puchero.
—Ni yo. Excepto conmigo, pero no creo que eso cuente.
—Lo hace de la manera en que yo lo hago. Compartieron otra carcajada.
Diversión. Sexo, se dio cuenta Chen, sin problemas ahora para captar su conversación. Estaban discutiendo sobre sexo. Algo que él nunca había probado. Ni siquiera consigo mismo. Tampoco había querido intentarlo nunca. Ni siquiera ahora. Ni siquiera con Xiumin y su asombrosa, ¿suave? piel.
En tanto tiempo como había vivido, una envergadura de tiempo mayor que sus pocos cientos de años, había visto muchos humanos sumergidos en el acto. Este parecía sucio. No tan divertido como podría ser cualquier otra cosa. Sin embargo, los humanos traicionaban a sus amigos y familia para hacerlo. Incluso, entregaban felizmente el dinero ganado con el sudor de su frente a cambio de ello. Cuando no tomaban parte ellos mismos, se obsesionaban, observando a otros haciéndolo en la televisión o en una pantalla de ordenador.
—Deberíamos habernos liado con uno de los Señores cuando estuvimos en Budapest. —Dijo Kaia pensativamente. —Paris es tan caliente.
Solo se podía estar refiriendo a los Señores del Inframundo. Guerreros Inmortales poseídos por los demonios que una vez estuvieron encerrados en la Caja de Pandora. Como Chen los había observado a través de los siglos, asegurándose que obedecían las leyes celestiales, desde que sus demonios habían escapado del infierno antes que esas leyes fueran decretadas, nadie había pensado que fuera posible escapar, no se les había matado, sino que primero se les metió en esa caja, y segundo, en Los Señores, sabía que Paris era el que hospedaba a Promiscuidad, obligado a encamarse con una nueva persona cada día o se debilitaría y moriría.
—Paris es caliente, sí, pero me gusta Amun. —Xiumin se estiró a su espalda, la niebla haciendo nuevamente remolinos a su alrededor. —No habla, lo cual le hace el hombre perfecto en mi opinión.
Amun, el huésped del demonio de los Secretos. Así que a Xiumin le gustaba, ¿no? Chen se imaginó al guerrero. Alto, aunque no tanto como Chen. Musculoso, aunque Chen lo era más. Oscuro donde Chen era pálido. Realmente le aliviaba saber que el Arpía prefería un tipo de hombre diferente a él.
Eso no cambiaría su destino, pero realmente disminuyó la carga de Chen. No estaba seguro de lo que habría hecho si el chico le pedía que lo tocara. Que no lo fuera a hacer era definitivamente un alivio.
—¿Qué hay de Sehun? —Preguntó Kaia. —Todos esos tatuajes —Un gemido escapó de ella como si la hiciera temblar. —Podría trazar cada uno de ellos con mi lengua.
Sehun, el huésped de Ira. Uno de los dos señores con alas, Sehun era oscuro y tenebroso. Tenía tatuajes sobre todo el cuerpo y parecía cada pulgada del demonio que era. Lo que, es más, recientemente había roto un convenio espiritual. Por lo tanto, Sehun estaría muerto antes de las próximas nupcias.
A Luhan, el subordinado de Chen, se le había ordenado matar al guerrero. Hasta ahora se había resistido al decreto. El chico era demasiado tierno para su propio bien. Eventualmente, sin embargo, cumpliría con su deber. De otro modo, se le desterraría a la tierra, ya no sería inmortal, y ese era un destino que Chen no permitiría.
De todos los ángeles que había entrenado, Luhan era de lejos su favorito. Tan amable como era, un hombre no podía hacer otra cosa que hacerlo feliz. Era tan confiado, leal y tan puro; era el tipo de ser que lo hubiese tentado a él. Un ser que quizás hubiese sido capaz de aceptar de manera romántica. El salvaje Xiumin no. Nunca.
—Sin embargo, ¿cuál elegiré entre mis dos Señores favoritos, Xiu? —Otro suspiro devolvió la atención de Chen a las Arpías.
Xiumin puso los ojos en blanco.
—Solo pruébalos a ambos. No es como si no hubieses disfrutado antes de una oferta dos por uno.
Kaia rió, aunque la diversión no era tanta como para alcanzar su voz. Al
igual que Xiumin, había un rastro de tristeza en su voz.
—Es verdad.
La boca de Chen se curvó ligeramente en repugnancia. Dos compañeros diferentes en un día. O al mismo tiempo. ¿También lo había hecho Xiumin? Probablemente.
—¿Qué hay de ti? —Preguntó Kaia. —¿Vas a liarte con Amun en la boda? Hubo una larga y pesada pausa. Entonces Xiumin se encogió de hombros.
—Quizás. Probablemente.
Debería marcharse y volver cuando estuviera solo. Cuanto más aprendía del chico, más le disgustaba. Pronto lo agarraría simplemente, sin importar quien observase, revelando su presencia, sus intenciones, solo para salvar este mundo de su oscura influencia.
Agitó sus alas una vez, dos, elevándose en el aire.
—¿Sabes qué es lo que quiero más que nada en el mundo? —Preguntó Xiumin, rodando de lado y enfrentando a su hermana. Enfrentando también directamente a Chen. Sus ojos completamente abiertos, con los iris de un luminoso ámbar. Parecía que los rayos de sol empapaban aquella gloriosa piel y se encontró a si mismo haciendo un alto.
Kaia se estiró a su lado.
—¿Ser coanfitrión de Buenos Días América?
—Bueno, sí, pero eso no es lo que quiero decir.
—Entonces estoy confundida.
—Bueno —Xiumin se mordisqueó el labio inferior. Abrió la boca. La cerró. Frunció el ceño. —Te lo diré, pero no puedes contárselo a nadie.
La pelirroja fingió echar cerradura a sus labios.
—Estoy hablando en serio, K. Díselo a alguien y lo negaré y entonces te cazaré y te arrancaré la cabeza.
¿Hablaba en serio? Se preguntó Chen. De nuevo, probablemente. Él no podía imaginarse hiriendo a su Luhan, al cual amaba como a un hermano.
Quizás porque no era uno de la Élite de los Siete, pero era el que traía la alegría, el más débil de los ángeles.
Había tres facciones angelicales. La Élite de los Siete, los guerreros y los traedores de alegría. En consecuencia, tenían diferentes deberes, sus estatus estaban reflejados en sus alas. Cada uno de los Siete, poseían alas doradas como las suyas. Los guerreros poseían alas blancas meramente tamizadas con oro, y los traedores de alegría poseían alas blancas sin nada de dorado.
Luhan había sido un traedor de alegría durante todos los siglos de su existencia. Algo con lo que estaba bastante feliz. Eso era por qué todo el mundo, incluyendo a Luhan, habían experimentado tal shock cuando el dorado había empezado a crecer en sus plumas.
Sin embargo, no lo fue para Chen. Se lo había pedido al Concilio Angelical y ellos habían estado de acuerdo. Tenía que hacerse. Luhan estaba demasiado fascinado por guerrero endemoniado llamado Sehun. Demasiado hechizado. Alejarlo de tal atracción era imperativo. Como él bien sabía.
Su mano se cerró en un puño. Se maldijo a sí mismo por las circunstancias de Luhan. Lo había enviado a vigilar a los Señores. Para estudiarlos. Debería haber ido él mismo, pero había esperado evitar a Xiumin.
—Bueno, no me dejes así. Dime qué es lo que más quieres en el mundo. — Exclamó Kaia, atrayendo una vez más su atención.
Xiumin dejó escapar otro suspiro.
—Quiero dormir con un hombre.
Kaia arqueó las cejas en confusión.
—Uh, hola. ¿No era eso lo que estábamos discutiendo?
—No, idiota. Quiero decir, que quiero dormir. Como respirar, expirar. Como en vete a roncar a otro lado.
Pasó un momento de silencio hasta que Kaia absorbió el anuncio.
—¡Qué! Eso está prohibido. Es estúpido. Peligroso.
Los portadores de Arpías vivían según dos reglas, lo sabía. Solo podían comer lo que robaban o se ganaban, y no podían dormir en presencia de otros. La primera por una maldición sobre todos los portadores Arpías, y la segunda porque eran suspicaces y desconfiados por naturaleza.
Chen ladeó la cabeza hacia un lado mientras se imaginaba a sí mismo sosteniendo a Xiumin en sus brazos mientras estaba inconsciente. Su calor se filtraría en su cuerpo. Su pierna rozaría las suyas.
No podría permitírselo jamás, por supuesto, pero eso no hacía nada por disminuir el poder de la visión. Sostenerlo, protegerlo, consolarlo, sería agradable.
¿Sería su piel tan suave como parecía?
Rechinó los dientes. Ahí estaba esa ridícula pregunta otra vez. «No me importa. No tiene que importarme».
—Olvida lo que he dicho —se quejó Xiumin, dejándose caer una vez más sobre su espalda y contemplando el brillante cielo azul.
—No puedo. Tus palabras cantan en mis oídos. Sabes lo que les sucedió a nuestros ancestros cuando fueron lo bastante estúpidos como para dorm
—Sí, vale. Sí. —Se puso de pie. El abrigo de piel que llevaba era rojo sangre, como sus labios, y de un vívido contraste con el blanco del hielo que lo rodeaba. Sus botas eran negras y le llegaban hasta las rodillas. También llevaba unos pantalones negros muy ceñidos. Se veía malvado y hermoso.
¿Sería su piel tan suave como parecía?
Antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, se encontró de pie frente al chico, estirándose, los dedos hormigueándole. «¿Qué estás haciendo? ¡Detente!» Se congeló. Retrocedió alejándose varios pasos.
Dulce Cielo. Cuan cerca había estado de caer en la tentación.
No podía esperar más. No podía esperar hasta que estuviera solo. Tenía que actuar ahora. Su reacción hacia el chico se estaba haciendo más fuerte. Así era como funcionaba la tentación. Te concedías una cosa, entonces anhelabas otra. Y otra. Pronto, estabas perdido.
—Suficiente de esta pesada conversación. Volvamos a nuestra aburrida
rutina y saltemos. —Dijo Xiumin, acechando al borde de la cima. —Ya conoces las reglas. Quien se rompe la menor cantidad de huesos, gana. Si mueres, pierdes. Vamos, como siempre.
Miró hacia abajo.
Chen hizo lo mismo. Había salientes y pendientes a lo largo del camino, salientes de hielo con agudos y mortales bordes y cientos de pies de aire. No había necesidad de decir que tal salto mataría a un mortal. El Arpía simplemente bromeaba con la posibilidad, como si aquello no fuera una consecuencia. ¿Se creía a sí mismo invulnerable?
Kaia se impulsó precariamente sobre sus pies y se tambaleó por el licor que todavía corría por sus venas.
—Bien, pero no pienses que ésta es nuestra última conversación acerca de los hábitos de dormir y
Xiumin se zambulló.
Chen esperaba la acción, pero aun así se sorprendió. Lo siguió hacia abajo. El chico extendió los brazos, cerró los ojos, sonriendo estúpidamente. Esa sonrisa le afectó. Claramente, se deleitaba en la libertad del vuelo. Algo que él también hacía a menudo. Pero Xiumin no tendría el final que deseaba.
Segundos antes que se estrellara contra un saliente, Chen se permitió materializarse en su plano. Lo agarró con los brazos cogiéndolo desde abajo, desplegando las alas, frenándolos. Sus piernas chocaron contra él, golpeándole, pero no liberó su agarre.
Un jadeo escapó del chico, y sus párpados se abrieron de golpe. Cuando le descubrió, los ojos ambarinos chocaron con la oscuridad de los suyos, aquel jadeo ahogado se convirtió en un gruñido.
La mayoría habría preguntado quién era él o qué quería. Xiumin no.
—Gran error, Peligroso Extraño. —Chasqueó. —Pagarás por esto.
Con tantas batallas como había librado a lo largo de los años y tantos oponentes a los que había matado, no necesitaba ver para saber que Xiumin acababa de desenvainar una hoja de una abertura oculta en su abrigo. Y no tenía que ser un adivino para saber que pensaba apuñalarle.
—Eres tú el que ha cometido el error, Arpía. Pero no te preocupes. Tengo toda la intención de rectificarlo.
Antes de que pudiera asegurarse de que su arma encontraba el objetivo deseado, lo trasladó a otro plano, a su hogar, donde se quedaría. Para siempre.