Cuatro estaciones
Hilos aéreos surcan las calles de la ciudad formando un laberinto. Alimentan el colectivo eléctrico que va y viene cada día, desde hace más de cincuenta años. El trolebús es un monstruo mecánico con dos grandes astas que se desplaza sin hacer mucho ruido.
En una mañana de otoño, a punto de cruzar una avenida hacia el este, una anciana pasajera del trolebús dice a su compañera sentada a su lado “a Nelly le llevé crisantemos, las rosas se ponen feas muy rápido”.
Un atardecer de invierno en la esquina donde para el colectivo cerca del parque, bajo los últimos rayos de sol, dos jubilados de pie comparten un largo silencio. Hasta que uno de ellos lamenta “cómo se pianta la vida...”
Un mediodía en primavera en el semáforo del bulevar, por la ventanilla del trolebús se ven unos niños descalzos acercándose a los conductores de los autos para pedir “¿no tiene algo para comer?“.
Muy temprano una mañana de verano en la parada cerca del río, un niño de seis años y su madre embarazada esperan de pie. El niño toma entre sus dos manos una mano de su madre. Los hilos aéreos vibran anunciando que el transporte llega.
Ellos no pueden verlo.