Cap 1 🌔
De todas las cosas que creí que vería manejando de vuelta a casa desde la estación de bomberos, un anciano dando traspiés por en medio del camino era lo último.
hacia él sin siquiera apagar mi vieja Dodge Ram. Pero estaba cansado —acababa de salir de una guardia doble— y por eso no estaba pensando tan claramente como siempre.
Paré de un frenazo, me desperté de golpe, me había quedado medio dormido tras el volante. ¿Qué diablos estaba haciendo?
No podía pasar a un tambaleante abuelo y dejarlo completamente solo en un camino de dos vías. Los bomberos no hacían eso. Nosotros ayudábamos a la gente, incluso entrábamos corriendo a edificios en llamas para sacarlos. No dejábamos a la gente abandonada.
Era muy tarde, o muy temprano, dependiendo de cómo lo vieras, pero en cualquier caso, el viejo, debería haber estado en su casa, en la cama. Encendiendo las luces de emergencia, agarré una de las dos colchas gruesas que siempre guardaba detrás de mi asiento para otro tipo de situación, y salí de mi camioneta. Los bomberos llevamos todo tipo de artículos de emergencia en nuestros vehículos solo por seguridad, y yo no era la excepción.
—¡Señor!
Él estaba viendo a su alrededor como si estuviera tratando de orientarse, cuando mi voz lo alcanzó giró rápidamente y me gruñó, sus ojos muy abiertos, sus manos curvadas en garras y sus dientes al descubierto.
—Por favor, señor —dije, bajando la voz, suavizándola. —Déjeme ayudarlo. Quiero ayudarlo.
Sus ojos se veían enormes, las pupilas completamente dilatadas, y estaba jadeando con la boca abierta. Parecía afiebrado y se estaba tambaleando, aunque con el aire cálido y pegajoso del verano, no debería haber estado frío.
Sostuve en alto la colcha.
—Señor, por favor, déjeme ayudarlo… en verdad quiero ayudarlo.
Él cerró los ojos con fuerza por un instante, y cuando los abrió, quedé sorprendido por los ojos azules y lechosos que estudiaban mi rostro. Le sonreí con los míos, marrones, esperando que expresaran toda la calidez que todo el mundo siempre decía que transmitían. Después de largos minutos, inclinó la cabeza como aceptando su destino. Fue como si pensara que lo iba a herir en lugar de ayudarlo.
Lenta, gentilmente, puse la colcha alrededor de sus hombros, me acerqué más, y lo envolví con ella para que quedara cubierto, tapado. Sonreí ampliamente y noté su estremecimiento en respuesta.
Él abrió la boca para decir algo, pero no salió nada.
—¿Qué tal algo de agua? —sugerí, inclinándome más hacia él, descansando mi brazo en torno a su espalda, dándole un empujoncito para que avanzara de vuelta a la camioneta.
Mientras andábamos juntos, lentamente, el camino por donde había venido, él sacó su brazo izquierdo de la colcha y lo curvó sobre mis hombros. Sólo entonces, noté que era más grande que yo, más alto, y cuando se inclinó, algo más pesado. Luché un poco antes de recuperar el paso de nuevo. Estaba acostumbrado a cargar gente, así que sólo tenía que encontrar mi balance.
Después de tenerlo arropado en su lado de la camioneta y de correr por el frente hacia el lado del conductor, le expliqué que lo iba a llevar a un hospital.
Él sacudió la cabeza en negación.
—Señor —comencé, sacando una botella de agua de la pequeña heladera que tenía al lado de las colchas que guardaba detrás del asiento de mi camioneta—, necesita que un doctor lo vea para estar seguro…
—No. —Negó con la cabeza. — A casa.
Pero yo no creía que estuviera en condición alguna de tomar decisiones. Se veía tan perdido. Suavicé la voz, tranquila, persuasiva.
—Creo que deb…
—No. —Me cortó por segunda vez, de nuevo gesticulando hacia adelante, al pavimento.
Yo señalé hacia el camino y sólo entonces, me di cuenta de que no estaba cerca de donde se suponía que debía estar.
—Mierda —gruñí. Tenía que estar al otro lado de la montaña.
No es que Wyndam en Kentucky fuera un sitio grande. Sólo tenía que retroceder y bajar por el camino, y estaría cerca a Winchester, que estaba como a media hora de Lexington, pero aun así… era tarde, estaba cansado y ahora estaba haciendo de taxista para un anciano que evidentemente estaba discapacitado. Era posible que sufriera de demencia o Alzheimer y, no tuviera idea de en qué parte de este mundo estaba su casa.
—Casa. —Señaló nuevamente hacia el oscuro camino de dos carriles.
—Está bien —suspiré con fuerza mientras ponía en marcha la Ram.
—¿Miedo?
Lo eché un vistazo antes de voltear de nuevo al camino. No quería golpear ninguna criatura peluda deslizándose por la pista.
—¿Disculpe?
—¿Tú… me tienes miedo?
—Ah, no —dije sonriendo—, no mucho.
El golpeó el tablero con fuerza, con el puño, y cuando lo miré de vuelta, sus pupilas se habían dilatado de nuevo, y estaba gruñendo.
—Cálmese. —Lo tranquilicé, extendiendo la mano para palmearle el hombro, buscando que se relajara, no que se arrojara contra mí mientras estaba manejando. No necesitaba terminar en una zanja porque me había salido por un lado del camino.
—Señor, por favor.
Después de un momento, sus hombros se hundieron y cerró los ojos.
—Eso es, respire. —Lo persuadí, frotando sus hombros en círculos.
Cuando abrió los ojos, estaban pálidos y lechosos otra vez.
Los ancianos, niños, perros, todos me querían. Hubiera sido agradable si los hombres guapos también me quisieran, pero no se podía tener todo.
—Romanus —dijo con suavidad.
—¿Ese es su nombre?
Él sacudió la cabeza, puso una mano sobre su corazón.
—Fabron Chaloner.
—Yo soy JungKook James. —Sonreí de oreja a oreja. —Kook, ¿sí?
Hizo un gesto afirmativo con la cabeza, y apretó mi mano.
—Romanus.
Debía recordarle a alguien más, pero estaba bien.
—¿Qué tan lejos por este camino, Monsieur Chaloner? —le pregunté con los ojos en el camino.
Cuando no respondió, me volteé a verlo.
—Fabron.
—Disculpe, Fabron —repetí su nombre.
El señaló una curva en el camino, y vi lo que parecían runas talladas formando una señal antes de hacer una izquierda, por un camino de tierra. Este serpenteaba con profundidad a través de un área muy boscosa, los matorrales tan espesos que raspaban los lados y el techo de la camioneta. Después de un segundo, me di cuenta de lo estúpido que estaba siendo, y bajé la velocidad hasta casi detenerme. Me daba miedo que si alguien bajaba hacia la calle por el mismo camino, mientras yo subía, tuviera un choque frontal. Poniendo las luces más altas, me detenía cada tanto para escuchar. Cuando sólo escuchaba el zumbido de los insectos, avanzaba nuevamente. Después de lo que pareció una eternidad, salí a un claro, y la primera cosa que vi bajo la luz de la luna fue una enorme hoguera. Había varios carros estacionados frente a la enorme casa de estilo Tidewater, del tipo en la que el balcón básicamente envuelve la casa en el primer y segundo piso. Viendo a toda esa gente caminando, parecía que Fabron se había alejado de algún tipo de reunión.
negrísimos por las pupilas enormes y sus dientes al descubierto.
—¿Debo gruñir de vuelta? —me reí entre dientes cuando estiré la mano para ayudarlo a salir.
No se calmó, pero tampoco se lanzó encima mío como había hecho antes. En su lugar continuó gruñendo con suavidad, casi como un ronroneo, mientras le movía las piernas, levantándolo con cuidado hasta que estuvo de pie, antes de apoyarlo contra la camioneta. Tan pronto como cerré la puerta detrás de mí para llevar al anciano a la casa, noté que habíamos atraído a unos cuantos espectadores.
—Hola —saludé a la multitud reunida.
Nadie dijo ni una palabra, todo el mundo se me quedó mirando con los ojos muy abiertos. ¿Qué carajo?
—¿Alguien conoce a este hombre?
—Lo conocemos —una mujer respondió mientras se abría paso entre el grupo.
Como si fuera importante quién era yo.
—Señora, ¿él es de este lugar o sólo lo conoce? Puedo llevarlo hasta su casa si usted me indica…
—Si dijera que solo 'lo conozco', ¿qué harías?
Era la conversación más extraña del mundo, y yo estaba cansado.
—Como dije, lo llevaré a su casa, en dónde sea que esté. Yo sólo… ¿es de aquí o no? —pregunté, intentando no sonar impaciente o irritable.
—Es de aquí —dijo, examinando mi rostro, viéndome fijamente a los ojos.
—Bueno, la verdad es que él necesita descansar y yo tengo que decirle en dónde lo encontré; y me gustaría darle algunos números de personas a las qué llamar, porque pienso que necesita ver un doctor.
Ella asintió, todavía examinando mi cara.
—Sí, por supuesto. Lo siento… tú… perdóname. —Sacudió ligeramente la cabeza, volviéndose para mirar por sobre su hombro.
—Deacon, corre y trae a Raoul. Paulo, Rector, ayuden a nuestro amigo con el Grand Rouen.
Dos hombres vinieron a llevarse al anciano, pero él negó con la cabeza mientras se acercaban. Ambos se quedaron congelados cuando el anciano me empujó hacia adelante suavemente.
Mientras caminábamos le dije de lo cuidadoso que tenía que ser sobre a dónde iba en la noche y lo aterrador que podía ser estar en la pista solo. En las escaleras lo tuve más reclinado sobre mí y mantuve la vista en sus pies asegurándome de que no tropezara o cayera.
Dentro de la casa, lo instalé en el sofá antes de preguntarle a uno de los dos hombres en dónde estaba la cocina.
—¿Qué es lo que necesitas? — El primer hombre me preguntó con suavidad, casi reverente.
—Sólo un poco de agua para él —dije, mi mano en el hombro del hombre.
—Ya la traigo —me sonrió, sus ojos absorbiendo los míos. —Siéntate con Fabron.
Asentí y tomé asiento en la mesa de centro, frente al anciano, para poder verlo.
Él negó con la cabeza lentamente.
—¿Está seguro? Porque el maltrato a las personas de la tercera edad es algo que hemos estado viendo muchísimo en los últimos tiempos…
—Te aseguro que no está siendo maltratado —dijo una voz detrás de mí.
Girando para ver por encima de mi hombro, encontré a cinco hombres y la mujer de hacía más un momento. Y si bien la mujer y dos de los hombres estaban vestidos, los otros dos no.
—¿Qué carajo? —gruñí, cubriéndome los ojos. — ¿Qué es esto, como una colonia nudista o algo así? ¿Pueden ponerse algo de ropa mientras estoy aquí?
Un silencio acogió mi afirmación y duró tanto, que tuve que alzar la vista para ver qué estaba pasando. Los dos hombres desnudos se había ido, y sólo la mujer y los otros dos hombres se habían quedado.
—Gracias —refunfuñé, volteando hacia el anciano que había regresado a su estado normal. Unos nebulosos ojos azules miraban fijamente los míos. —Es bueno ver que se ha calmado.
Él suspiro profundamente antes de sonreírme.
—Pensé que nunca vería a alguien como tú, Romanus.
Él sacudió la cabeza.
—Eres tú el que no recuerda o no sabe, Romanus.
No quise pelear con el amable anciano.
—¿Tiene hambre? ¿Quiere comer?
Hizo un gesto afirmativo con la cabeza, y yo volteé sólo para encontrarme con que la mujer y los hombres se habían acercado y se apiñaban alrededor nuestro. Fue raro que no los escuchara.
Siempre trataba de no asumir las cosas basándome en estereotipos y géneros.
—Señora usted cocina aquí o alguien más toma…
—No teníamos idea de que se hubiera ido —me cortó, su voz temblorosa mientras tomaba asiento en el sofá al lado del anciano—Fabron… —Su voz se quebró cuando empezó a hablar en francés, las palabras salieron de su boca cuando comenzó a llorar.
Él la tranquilizó, y cuando uno de los hombres se sentó al otro lado del anciano, yo me levanté para hacerle lugar al tercero, retrocediendo para no interferir. Todos se turnaron para abrazarlo y darle besos, lo que me gustó. Él estaba a seguro y yo aliviado.
Me pareció de mala educación quedarme, pero en verdad quería hablar con la mujer acerca del anciano. Tal vez era mejor dejarle mi número, simplemente.
Dando la vuelta hacia el sonido de mi nombre, vi a la mujer haciéndome señas.
—Señora, no quiero importunar. Sólo voy a escribir mi nombre y mi número porque de verdad creo que debería hacer que lo viera un doc…
Ella sacudió la cabeza mientras se ponía de pie, y empezó a cruzar la habitación hacia mí.
—Te aseguro Ro… JungKook, que no se le permitirá volar solo otra vez.
No tenía ni idea de lo que quería decir eso, así que estuve de acuerdo.
—Está bien, pero necesito que entienda algo: él realmente estaba perdido. ¿Y usted ve el modo en que gruñe, y sus pupilas se dilatan? Bueno, pienso que quizás tenga un desbalance químico, o quizás necesita que le hagan una tomografía o…
—No, —dijo ella, mientras me alcanzaba, su mano en mi brazo. —Te juro que está bien.
Tomé aire profundamente, me froté los ojos, cuando comenzaron a lagrimear.
—Simplemente no quiero que se haga daño, ¿sabe? Estaba allá en el camino solo, y me preocupa que si yo no hubiera estado allí alg…
—No sé acerca de milagros, pero él realmente necesita alguien que lo cuide.
—Bueno, me voy, pero usted cuídese, ¿está bien?
Él negó con la cabeza y alcanzó mi mano.
—No se emocione y se ponga gruñón de nuevo conmigo —le sonreí. —Si quiere, regresaré a verlo. ¿Quiere que haga eso?
—Sí, Romanus, quédate.
—No quedarme —me reí entre dientes—, pero regresaré. Voy a dejar mi número y puede llamarme cuando sea un buen momento, ¿está bien?
Miró más allá de mí con ojos suplicantes.
—JungKook.
Yo volteé desde la mesa para mirar a la mujer.
—¿Te quedarías a comer?
—Oh, no señora, es muy tarde, y acabo de salir de una guardia doble. Estoy molido. Creo que ya me dormí al volante una vez esta noche. Tengo que llegar a casa antes de que me desmaye.
Yo me puse de pie, negando con la cabeza, sacando suavemente mi mano de entre las de ella.
—No, en serio, tengo que irme, pero permíteme dejar mi número para que ustedes puedan llamarme.
Ella me siguió de vuelta al escritorio, y yo escribí mi número y se lo di.
—¿Cómo te llamas?
—Oh —jadeó—, mis modales, Dios mío… Gabrielle, mi nombre es Gabrielle Chaloner.
—¿Eres su nieta?
—Sí. —Asintió, sonriendo de oreja a oreja, como si estuviera muy contenta conmigo. Era raro. Agradable, pero raro.
—Bien, ha sido un gusto conocerte —dije, pasando a su lado rápido para llegar hasta Fabron. Sin preguntar, me incliné y lo abracé.
Sus brazos me rodearon, y me apretó más fuerte de lo que le creí capaz, manteniéndome más cerca. Cuando me erguí para alejarme, tomó mi cara entre sus manos para detenerme.
—Quisiera que te quedaras, Romanus.
—Regresaré —le prometí, mis manos deslizándose por sus muñecas mientras le soltaba las manos. —Cuídese, y escuche a Gabrielle.
—Jesús —gruñí, bajando la cabeza, cubriéndome los ojos con la mano—, si van a tener su bacanal, o lo que sea, podrían esperar hasta que el invitado se vaya.
—¿Quién eres? —alguien me gritó.
—Espera —Gabrielle ordenó, pasando por mi lado hasta pararse frente a mí.
La seguí, moviendo mi otra mano para que ellos se apartaran.
—¿Podrían dejarme…? Cristo.
Ellos se movieron a los lados haciendo un hueco para que cruzara, pero me tuve que poner de lado para no tocar a ninguno mientras pasaba. Afuera en el porche, respiré hondo antes de trotar hacia mi camioneta.
—¡Espera! —La atronadora orden me hice voltear, y me enfrenté a un hombre alto que cruzó el patio, entre la casa y yo, dando zancadas. Estaba desnudo, y aunque tenía un cuerpo que parecía haber sido tallado en piedra, no estaba de humor para comérmelo con los ojos.
—¿En serio? —Pregunté cuando me dio alcance, bajando la mirada hasta mis zapatillas.
—¿Perdón?
Lo señalé con un movimiento de mi mano.
—Yo…
—Esta cosa de regresar a la naturaleza es muy desagradable —me quejé.
—Mírame.
Eché la cabeza hacia atrás de manera que sólo viera su cara y no otra parte de su anatomía. Los ojos marrón oscuro estaban fijos en mí.
—Yo soy Raoul Orane, el nuevo Rouen de este clan, y quisiera hablar contigo.
—Está bien —suspiré—, lo que sea que acabas de decir, ¿podrías dejarlo para después?
—No…
—¿Qué tal si regreso cuando no esté a punto de caer en coma y ustedes tengan algo de ropa puesta, y nos podamos sentar a tomar una cerveza o algo? ¿Está bien?
—Sólo un Rouen y sus leons, sus guerreros, pueden hablar teniendo alas.
Ambos estábamos hablando inglés, pero obviamente yo, estaba demasiado cansado para entender lo que me estaba diciendo.
—Seguro. —Estuve de acuerdo para aplacarlo.
—Mírame.
—Lo estoy haciendo —suspiré profundamente.
—¿Y no ves nada malo?
—Aparte de la desnudez, ¿dices? —pregunté sarcásticamente.
—Espera. —Me instó, sus manos en la ventana abierta.
—Me voy a desmayar —le aseguré.
—Quizás te quieras quedar por Sacha.
Antes de que pudiera preguntar de qué estaba hablando, una mujer muy bonita pasó por su costado para deslizar sus manos por la puerta de la camioneta. No tenía idea de dónde había salido y estaba casi seguro de que no había estado ahí unos minutos antes. Pero estaba cansado, así que era posible que no la viera. Un hombre hetero lo hubiera hecho.
largas y bien torneadas, estaba preciosa… solo que ni de cerca a mi tipo.
—Hola —le sonreí. —Ten cuidado, cariño.
Su sonrisa, tan segura, se desplomó y cayó a pedazos. Y aunque esa no fue mi intención, hizo mi salida mucho más fácil.
Si la veía de nuevo, le levantaría el ego y le diría que estaba buenísima.
Avancé, doblé, y me dirigí de vuelta al claro. Mientras más me alejaba, mejor me sentía, pero al mismo tiempo mi cuerpo se empezó a hundir en el asiento. Cuando me sacudí de repente, me di cuenta de que me había quedado dormido. No había sido por mucho tiempo, pero igual me asustó. Ni siquiera había salido de la propiedad de Fabron, Raoul, o de quien fuera, aún no había llegado al camino.
—¿JungKook?
—Sí —bostecé. —¿Quién habla?
—Es Raoul Orane. Nos acabamos de conocer.
Me reí entre dientes.
—¿Qué estás haciendo, chequeando para asegurarte de que te di un número real?
—Sí, eso hacía.
Solté un resoplido burlón.
—Al menos eres honesto.
—Te gustan los hombres.
Extraña conversación, pero era tarde y apenas si era coherente. ¿Le había mencionado al hombre que era gay? ¿Se me había escapado por alguna extraña razón? Esa no era mi manera regular de comenzar una conversación.
—¿Por qué piensas eso? ¿Sólo porque no creí que tu chica Sacha estaba buena?
—Sí, sus feromonas por sí solas deberían haberte traído abajo.
Lo que carajo sea signifique eso. Gruñí.
—Está bien.
—¿Estás regresando a casa bien?
—No sólo te pones tú en peligro, sino a otros, con tu acción.
¿No es usted alguien que salva vidas, señor James?
—Yo… —Pero, ¿qué le podía decir? Lo que estaba haciendo era egoísta. —Tienes razón.
—¿Por qué no regresas? No puedes haber ido muy lejos. Yo te despertaré en la mañana. Gabrielle nos dará de comer a todos, y luego, después de mucho café te podrás ir.
Un desayuno hecho en casa sonaba a paraíso. No podía recordar la última vez que había comido uno.
—Por favor.
¿De dónde salió con el 'por favor'?
—Señor Orane, ust…
—Salvaste a Fabron, permítenos salvarte a ti.
Paré la camioneta.
—Tendré que ir de vuelta hasta el camino y girar. Ni siquiera puedo dar la vuelta en tu pequeño sendero, aquí.
—Simplemente retrocede. Te aseguro que nadie más se saldrá.
Es perfectamente seguro.
—Pero no quiero interrumpir su… reunión —dije, usando la palabra más políticamente correcta en la que pude pensar.
—Ah, ves, ahora me siento mal. No quiero ser un impedimento en su onda sobre el regreso a la naturaleza o lo que sea que estaban teniendo ahí afuera.
—JungKook…
—Kook. —Lo corregí.
—Kook, por favor, regresa. No interrumpiste nada, tan sólo con tu ausencia ya estás disgustando a algunos.
Realmente era estúpido estar detrás del volante. Ya me había desviado varios kilómetros de casa porque me quedé dormido y había perdido mi salida.
—¿Kook?
Era persistente, tenía que concederle eso.
—Está bien —cedí—, pero tengo que despertarme temprano para regresar a mi sitio.
—Te levantaré.
—Bien. No dejes que nadie salga hasta que llegue.
—No lo haré —dijo con amabilidad y colgó.
Estacionándome, vi que la hoguera aún ardía, pero cuando salí, mucha gente levantó la mano para saludarme. Hubo sonrisas en lugar de la incertidumbre de antes.
—JungKook.
Levantando la mirada hacia la casa, vi que Raoul caminaba hacia mí con dos hombres muy guapos. Los dos parecían de mi edad; uno pertenecía a una playa de Malibú, tostándose bajo el caliente sol, y el otro a un catálogo de Abercrombie & Fitch.
Cuando llegaron hasta donde estaba, Raoul me los presentó, pero yo estaba distraído, así que apenas lo escuché. Creo que dijo sus nombres. Debería haberme concentrado en los apretones de mano, ser cortés, pero estaba demasiado cansado para hacer más de una cosa a la vez, y el tercer hombre que noté que se acercaba a nosotros tenía hasta la última gota de mi atención. Mi visión se llenó de él, y apenas si podía respirar.
Era como si se estuviera moviendo en cámara lenta. Vi la subida y bajada de su cuerpo mientras caminaba, la camiseta de algodón estirada sobre su ancho pecho, y la inclinación de su cabeza, la obvia confianza en sí mismo. Alto, oscuro y guapísimo.
Raoul miró por sobre su hombro y dio un paso al costado cuando el Adonis se reunió con él, y aunque mi cuerpo apenas funcionaba, exhausto y gritando que me echara, no podía arrancar mis ojos de quien fácilmente era el hombre más hermoso que jamás había visto: facciones cinceladas, una mandíbula que rogaba ser besada, unos ojos verde jade claro que estaban enmarcados por una pestañas largas y negras, y un espeso pelo negro que le caía por la nuca y a través de la frente.
Él se perdió el efecto que tenía en mí.
—Necesito hablar contigo acerca de Ciprien. —Fue inflexible. —Ahora.
—Espera —Raoul dijo suavemente—, tenemos cosas más importantes que discutir.
—¿Qué puede ser más urgente que los desvaríos subversivos de un loco…
—Jimin Toussaint, este es JungKook James.
El gran hombre sólo me dio una mirada fugaz, pero su ceño fruncido me puso de vuelta y media. Sentí que las rodillas se me debilitaban.
—Él…
—Sí, otro nuevo iniciado. —Me desestimó antes de volverse hacia Raoul. —Bien por ti.
Hubo silencio, y entendí por qué estaba conteniendo la respiración básicamente —me preocupaba que el hombre de mis sueños se fuera a evaporar—, pero no tenía idea de por qué los otros no.
Cuando Jimin se volteó lentamente hacia mí, viéndome de pronto, viéndome verdaderamente, con dificultad intenté parecer indiferente.
—Fuiste tú.
Me escuché gemir, pero quizás él no me escuchó. Quizás sólo sonó fuerte en mi cabeza.
—¿Estás bien?
Mierda.
Él miró a los demás a su alrededor, dando un paso atrás mientras miraba a Raoul de vuelta.
—Siento haber interrumpido. No me di cuenta que estabas en medio de…
—No estás interrumpiendo —dije, recobrando la voz, acercándome de vuelta a su espacio personal, y viendo en sus ojos verde mar.
La expresión de Jimin cambió al instante.
Me miró con los ojos entrecerrados, como si intentara descubrir algo. Yo lo miré de vuelta, incapaz de hacer otra cosa.
—¿Ya te ibas? —me preguntó, sus voz más suave de lo que había sido unos minutos atrás.
—Acabo de llegar.
—Eso es bueno, ya que apenas te mantienes de pie. —Él sonrió agarrándome del hombro —Deberías entrar y comer algo, y descansar.
—¿Me estás escuchando?
Cuando se inclinó hacia adelante, sus labios estuvieron tan cerca de mí que podría haberme puesto de puntillas y alcanzarlos, presionar mi boca a la suya y saborear su calor, su sabor.
Él entrecerró los ojos, la confusión cruzó su hermoso rostro.
Dejé que mis ojos cayeran. Me concentré en el carnoso labio inferior que quería meterme en la boca y mordisquear. El surco bajo su nariz era endemoniadamente sexy, así como la incipiente barba sobre sus mejillas y a través de la mandíbula que moría por tocar.
—JungKook.
—¿Vendrás conmigo?
¿Estaba bromeando?
—Te ves pálido. Deberías comer.
—¿Comerías —pregunté, aclarándome la garganta—, conmigo?
Sus ojos se oscurecieron, pero no sonrió.
—¿Eso es lo que quieres? —Yo asentí.
Tragué con fuerza, mi boca estaba seca.
—Está bien.
Metió las manos en los bolsillos de su jean desteñido y giró hacia la casa. Ajusté mi paso al suyo, levantando mi mano para cubrirme los ojos cuando más hombres y mujeres desnudas caminaron alrededor nuestro.
—Raoul me prometió que no habría más gente desnuda.
—Y ha cumplido su palabra, nadie está desnudo.
—Oh, siento contradecirte. —Traté con todas mis fuerzas de no sonar sarcástico.
—Te lo juro —dijo aclarándose la garganta—, nadie está desnudo… es solo que no lo puedes ver.
—Oh, veo demasiado de todo el mundo —le aseguré, echándole un vistazo, admirando la manera en que el jean se adhería a sus musculosos muslos, cómo sus mangas se
envolvían alrededor de los abultados bíceps y tríceps. Se movía con fluidez, totalmente a gusto con su tamaño. Me pregunté si después de comer podría meterme en su cama y, si después de rogarle un poco, se uniría conmigo ahí.
—Ven —dijo Jimin tomando mi mano, llevándome a través de la multitud.
Su mano era tibia, grande y callosa.
—¿Quién eres?
Tomé aliento tembloroso.
—JungKook James.
—¿Por qué no me sueltas?
Retiré mi mano, asustado de que lo hubiera hecho enojar.
—Disculpa. Por lo general yo no… Es sólo que estoy cansado, así que no soy yo mismo… lo siento, ¿está bien?
Su ceño se arrugó mientras se acercaba a mí, tomando mi rostro en sus manos, mirándome fijamente.
—¿Por qué tienes que disculparte, Romanus?
Yo casi gemí.
—¿Qué… qué es un Romanus?
—Tú —dijo con sencillez, sus ojos mirando profundamente en los míos. — ¿De dónde vienes?
—¿Eres gay?
—Esa palabra está trillada -amo a quien quiera.
Solté un profundo suspiro.
—Bueno, yo soy gay, y obviamente te encuentro muy atractivo.
—Porque no me ves de verdad —dijo, casi triste.
Me estremecí de nuevo.
—Te veo, créeme.
Él soltó un gruñido muy masculino, mientras me jalaba hacia adelante.
—Pareces de sabor dulce. Déjame ver.
Levanté la cara por el beso, y él se dobló y lo dio de manera abrazadora. El primer beso normalmente era tentativo, gentil, el lento deslizar de la lengua por la línea de los labios, pidiendo, esperando ser admitido, buscando otra lengua con la que danzar.
Cuando levantó sus labios de los míos, vi lo lustrosos que eran sus ojos, brillantes y relucientes.
—Tan dulce —gruñó, su voz profunda, seductora, caliente. —Tan dispuesto para mí… ¿por qué?
¿Por qué lo deseaba?
—¿Te has visto en el espejo últimamente?
—No —dijo, sonando triste de nuevo—, no en mucho tiempo.
—Entonces, deberías —le aseguré, sintiéndome de repente audaz, poniendo las manos en su amplio pecho, sintiendo los pectorales duros como rocas a través de la delgada camiseta, dejando que se deslizaran por los músculos cincelados hacia los ondulantes abdominales. Podría haber trazado la definición a través del algodón, el profundo surco en el abdomen.
El sonido me atravesó.
—¿Estás bromeando? —Pregunté con voz áspera, alejándome varios pasos antes de que mi cuerpo ardiera en llamas.
—Dime, ¿quiénes son tus padres?
—Jacob y Cecilia James —Le sonreí, retrocediendo otro paso.
Él se acercó un paso más.
—Fuiste adoptado.
Levanté la cabeza de golpe.
—Yo… ¿Cómo lo supiste?
Se acercó aún más.
—Encontraré a tu familia, pero por ahora, vendrás conmigo.
Hubiera protestado, pero tomó mi mano, esta vez entrelazando sus dedos con los míos.
Me llevó por la puerta de atrás, a través del jardín hacia otra casa más pequeña.
—Tu casa es agradable, realmente cálida —le dije.
—Estoy de acuerdo —gruñó mientras se acercaba más a mí, sus nudillos deslizándose por mi garganta para alzar mi barbilla y poder verme a los ojos. —Dime, ¿tus padres aún viven?
—No —dije con tristeza, el dolor aplastando la pasión de pronto. Retrocedí un paso, caminando hacia el mueble y dejándome caer en él. —Murieron cuando tenía dieciséis.
Él se movió rápido, más rápido de lo que quizás debiera haber sido, y se arrodilló frente a mí, sus manos en mis caderas, mirándome fijamente a la cara.
—Lo siento, JungKook, mucho.
Extendí las manos para ponerlas en su rostro, gustándome la compasión que vi en sus ojos, tanto como el brillo travieso que había estado ahí con anterioridad.
—Fue hace muchísimo tiempo.
Él se inclinó de lado y levantó mis piernas al sofá para que me echara, con la cabeza en un almohadón, mirándolo fijamente.
No pude resistirme a estirar la mano para tocar su cincelada mandíbula. Cuando su mano cubrió la mía, solté un profundo suspiro.
—Me siento tan perdido —le sonreí.
Él asintió.
—Los otros hombres… Raoul los llevó para ti, para tentarte a que te quedaras.
—¿Qué hombres? —Traté de pensar, porque en serio, ¿quién podía ser más tentador que Jimin?
—Ambos son hermosos.
—Tú eres hermoso —repliqué sin pensarlo, las palabras deslizándose de mi boca.
La sonrisa sólo curvó las comisuras de sus labios oscuros.
—Soy una bestia, pero a tus ojos no lo soy. Qué maravilloso eres.
—Oh, sí —resoplé riéndome—, soy un ganador, perfecto. Por eso es que no puedo conservar ni una relación.
Su expresión cuando me miró, hizo que quisiera patearme a mí mismo. Dar lástima cuando lo que se quiere es impresionar lguien era una muy mala idea. La historia de mi vida. Hablaba de más.
—Quise decir, yo no siempre…
—No confiabas en ellos —me dijo—, porque no son de tu clase. Es por eso que no tienes pareja. Temes que su deseo te enjaule cuando sabes que estar atado a otro que no sea de tu clase, un goji, sería un error… como en realidad lo es.
—Aunque no tengas ni idea de lo que eres, tu corazón y tu cuerpo lo saben.
Mi corazón no estaba involucrado a estas alturas, pero mi cuerpo estaba completamente alerta.
—Un amante humano no puede satisfacerte o esperar hacerte suyo. Sólo uno de tu clase sabe lo que necesitas.
¿Mi clase?
—¿Oh, sí? ¿Y qué necesito? —pregunté, aun cuando sentí mi polla agitarse, alargarse y presionarse contra mis calzoncillos de algodón, empujando contra el cierre de mi jean.
—Necesitas unirte a uno de tu clase —me dijo mientras su mano se deslizaba hacia la mitad de mi muslo. —Lo sabes en tu corazón.
De nuevo, mi corazón no estaba preocupado al momento.
Toda mi concentración estaba en mi muy necesitada polla. A penas si podía respirar.
Cuando su mano se alzó en lugar de deslizarse, descansándola en la base de mi cuello y no en el primer botón de mi jean, mi gruñido de protesta fue alto.
—Tu pulso está acelerado.
Apuesto que sí.
—Échate aquí y descansa mientras te traigo algo de comer.
—¿JungKook?
—No importa —refunfuñé, escuchando la puerta mosquitera crujir al cerrarse detrás de mí. Minutos después, la tranquilidad, la cálida brisa, el aroma del carbón y las flores silvestres, el canto de los grillos, la manera en que me hundía en el sofá, fue demasiado para mí.