«Tiene que cambiar de opinión». Solo que Jimin sabía cómo de intransigente podía ser su padre. Una vez tomada una decisión, rara vez se apeaba de su posición.
Un mes en los Estados Unidos de América. Un mes entero haciendo turismo, oficiando recepciones… ¿Y qué si el viaje también le garantizaba la obligada asistencia a reuniones que le harían llorar de aburrimiento?
«Si fuese a Estados Unidos con ellos…». Era un agradable sueño. Uno que implicaba fugarse. «¿Cómo de difícil sería encontrar a alguien que no vaya a apresurarse a delatarme a mi padre?».
También servía como recordatorio de todos sus fracasos.
Un simple vistazo a los libros que contenían las pequeñas estanterías situadas bajo las ventanas, dibujó en mente el rostro de su tutor, el Doctor Sajak. Con él, Jimin creyó haber alcanzado su objetivo, hasta que el hombre fue corriendo al rey y le delató.
Luego, desapareció, siendo reemplazado por Benita Hykel, una formidable maestra de más de sesenta años.
El hombre había sido demasiado joven como para poder encajar en sus preferencias —apenas cinco años mayor que él—, pero la oportunidad que se le había presentado resultó ser demasiado perfecta como para poder ignorarla. Rufus entró a ocupar el puesto de ayuda de cámara del príncipe cuando este contaba, tan solo, doce años; un nombramiento que consiguió apenas una semana después de terminar su formación. Jimin no le prestó demasiada atención hasta que cumplió los diecisiete, cuando las manos del hombre, moviéndose sobre su cuerpo, adquirieron un significado mucho más profundo. Lo mismo que ese bello rostro.
Y esos labios, que parecían tan suaves y que anhelaba sentir colisionando contra los suyos. Jimin exprimió todo su ingenio con el único objetivo de persuadir a Rufus para que superara sus miedos, se dejara llevar por el deseo, cayera de rodillas de una vez y abriese la boca para él.
El desenlace había sido el mismo y, si su padre realmente sabía lo que había pasado, no había dicho una palabra.
«Dos fracasos al precio de uno».
Samson, el mozo de los establos, no había sucumbido a sus encantos, y Augustyn, el jefe de cuadrilla, se había visto obligado a interceder por el mozo, que solicitó que le cambiaran de puesto. Fue en esa época cuando Jimin adquirió una nueva debilidad por las barbas salpicadas de plata como la de Augustyn. También por su corpulento pecho, sus musculosos brazos,… Y una nueva fantasía surgió de todo ello. Una que terminó en un abrupto final cuando Jimin, sofocado y enrojecido por la cabalgata, sugirió que las manos de Augustyn servirían mejor a su propósito deslizándose sobre su cuerpo en lugar de sobre el del caballo.
Tras ese episodio, Augustyn seleccionó a una muchacha de la ciudad y la formó como ayudante de establo y, a partir de ese momento, ella se convirtió en la única persona con la que Jimin interactuaría de forma regular. Augustyn nunca volvió a aparecer ni remotamente cerca del lugar por donde salía a cabalgar.
Faltaba un mes para que sus padres viajaran a América, así que aún tenía tiempo para poner en práctica un último intento.
Tiempo suficiente para un milagro.
Jimin apartó violentamente las sábanas y se levantó de la cama con renovada determinación. Haría todo lo que estuviese en su mano para asegurarse un asiento en el jet real.
Eso solo le dejaba una ruta abierta a seguir: mentir.
Jimin esperó hasta que los últimos ministros hubieron abandonado la cámara del consejo para entrar en la sala. Su padre estaba sentado ante la mesa oval: una taza de té en una mano y una pila de documentos, pulcramente ordenada, frente a él. A pesar de lo molesto que resultaba ver cómo frustraba todos y cada uno de sus planes, Jimin admiraba a su padre.
La gente adoraba y respetaba al rey: sus leyes eran justas y su benevolencia, afamada.
«Si no fuera tan inflexible de vez en cuando». Luego, lo reconsideró. La única persona sometida a ese rasgo particular de su personalidad, era él.
Cuando Jimin se acercó, el rey alzó la mirada.
—Buenos días, padre —saludó y señaló la silla que había frente a él.
—¿Puedo?
El rey Namjoon arqueó las cejas.
—Cuánto civismo a estas horas de la mañana. Por favor, únete a mí.
¿Qué has hecho esta vez? —preguntó conteniendo una sonrisa.
—Nada —respondió rápidamente Jimin simulando ofensa.
El rey dio un sorbo al té.
—Lo que puedo traducir como que sí has hecho algo, pero nadie lo ha descubierto aún.
—Se inclinó contra el respaldo de la enorme silla, apoyó los codos sobre los brazos del asiento y sostuvo la taza entre sus manos.
—Démosle tiempo. Tus hazañas siempre encuentran el camino para salir de entre las sombras a la luz del día. ¿Acaso no te enseñó eso tu pequeño episodio con el tatuaje? —arqueó las cejas. —¿Creíste, realmente, que no me enteraría? No es algo que pudieras esconder para siempre —sus ojos brillaron con humor. —Ni siquiera necesité la ayuda de Kamil para enterarme de ello; no, cuando el reino entero sabía que el príncipe se había hecho un tatuaje. Tienes muy mal ojo para elegir a tus cómplices. Estoy convencido de que te prometieron guardar el más completo silencio, pero ¿cuánto tiempo pasó desde que lo terminaron hasta que lo publicaron en
internet? —frunció el ceño.
—Por real decreto, en efecto.
—Padre, eso fue hace tres años. He… He madurado.
—¿Cuándo? ¿Anoche? —preguntó el rey conteniendo la risa. Miró con severidad a Jimin.
—Solo porque no te hayan pillado cometiendo otra infracción, no significa que no la hayas cometido o, al menos, intentado.
Esto no le estaba llevando a ninguna parte.
Jimin entrelazó las manos sobre la mesa, irguió la espalda y miró con determinación a su padre.
—Padre, sé que en estos últimos años he distado mucho de ser el hijo ideal —inspiró profundamente. —He sido un capullo.
El rey frunció el ceño.
—¿Has aprendido esa palabra en internet? Porque estoy convencido de que tus tutores no te han enseñado ese tipo de vocabulario —se aclaró la garganta. —Aunque cuanto menos hablemos de uno de tus tutores en particular, mejor.
—Padre… Lo que estoy intentando decir es… Quiero ser un hijo del que te puedas sentir orgulloso. No estoy prometiendo la perfección aquí, y tampoco creo que la esperes o pienses eso de mí, pero…
—Se puso en pie, se irguió y alzó el rostro sin apartar la mirada del rey.
—Llegará un momento en el que seré yo quien deba gobernar Elloria y necesito aprender todo lo que pueda en preparación para ese día.
—Cómo pudo mantener una expresión impasible, nunca lo sabría.
La taza aterrizó sobre su platillo con un pequeño estrépito.
—¿Acaso puede ser cierto lo que estoy viendo? —preguntó el rey entornando los ojos hacia él y frunciendo los labios.
Jimin ya había intuido que convencer a su padre no sería tarea fácil, pero no tenía intención de dejar que esta oportunidad se le escapara de las manos.
—La suerte de Elloria está cambiando, padre, así que no sería más que correcto el pensar que yo también debería cambiar con ella.
A lo mejor, ha llegado el momento de que me siente a tu lado en las reuniones del Consejo,
para observarte, para aprender de ti. Sé que, hasta ahora, no me he involucrado en demasiados compromisos reales, pero…
—¿Demasiados? —preguntó su padre parpadeando. —Inténtalo con “ninguno” —añadió con una petulante sonrisa.
Jimin se cuadró de hombros.
—Me refería a aceptar compromisos por mi propia iniciativa. He visto los desfiles militares desde el balcón, contigo y con madre, y he atendido a los servicios en la catedral. —He.
—A lo mejor —le cortó el rey—, no deberías sacar a colación eso último —añadió alzando las cejas. —Si no recuerdo mal pasaste más tiempo intentando llamar la atención de uno de los cortesanos que escuchando el sermón.
—«Joder». Jimin creyó que había sido sutil.
El rey suspiró. —A lo mejor, estoy siendo demasiado duro contigo. No puedes culparme por desconfiar de tus motivos; no me has dado demasiadas razones para confiar en ti durante estos últimos tres años.
—Jimin abrió la boca para hablar, pero su padre alzó una mano y le calló.
—Escucha lo que tengo que decir. Obviamente, has dedicado mucho tiempo y esfuerzo a reflexionar sobre este tema.
—Lo he hecho —le aseguró Jimin. Su corazón se volvió loco en su pecho ante la primera señal de deshielo. —A lo largo de estos últimos meses, me has repetido las veces suficientes cómo de importante, de vital, es este viaje para el futuro de Elloria. Allí te reunirás con altos ejecutivos y varios hombres de negocios, y todos ellos estarán desesperados por poder trabajar con nosotros. Así que, ¿no debería estar, también yo, presente en esas reuniones? Definitivamente. Necesitarán saber con quién van a negociar una vez abandones el trono. Necesitarán saber que los lazos que estás forjando ahora se mantendrán firmes una vez te hayas retirado.
—«Por favor, vamos. Haz que funcione. Haz que me escuche».
Había dedicado toda la mañana a reflexionar acerca de cómo iba a enfocar el tema, con el único objetivo de decir todas y cada una de las palabras correctas. Aunque ninguna de ellas fuese realmente cierta.
—Así que es eso —dijo el rey y sonrió.
—Quieres venir a Estados Unidos con nosotros. Debería haber adivinado que esa era tu motivación.
Jimin fingió una expresión apesadumbrada.
—Eso me ha dolido, padre.
Sabes perfectamente que todo lo que acabo de decir es cierto. Quiero estar presente en esas reuniones para dar a conocer el rostro del que será el siguiente regente de Elloria. ¿Acaso es eso algo tan malo?
Su padre se quedó en silencio, estudiándolo. Jimin sostuvo su mirada sin parpadear y apenas atreviéndose a respirar. Al fin, el rey Namjoon, asintió.
—Lo discutiré con tu madre. A lo mejor, sí que hay algo de verdad en todo lo que has dicho.
Jimin contuvo el aliento.
—Padre, yo.
—El rey alzó la mano de nuevo.
—No estoy diciendo que puedes venir con nosotros. Me he limitado a decir que discutiré la posibilidad.
—Gracias, padre —dijo Jimin. Inclinó levemente la cabeza y abandonó la sala.
Su instinto le decía que no ganaría nada si persistía en el tema. La tentación de buscar a su madre y engatusarla para que estuviera más receptiva a la idea era enorme, pero tuvo la sensación de que eso tan solo serviría para confirmar las sospechas de su padre.
«Déjales hablar de ello».
Y, entretanto, Jimin iba a refugiarse en su dormitorio con su portátil.
Tenía cosas que investigar.
Si esto salía adelante, necesitaría un plan.
La cena había acabado y Elise sirvió el café antes de retirarse del comedor. Desde su última conversación, esa misma mañana, Jimin no había vuelto a sacar el tema de la visita. Una voz interior le decía que debía esperar el momento adecuado para no parecer demasiado desesperado.
Cuando la puerta del comedor se cerró, su padre miró disimuladamente a su madre.
—Os dejaré para que habléis a solas —dijo la reina poniéndose en pie.
Miró a Jimin con una cálida expresión.
—Es bueno verte madurar, al fin.
—Hizo una señal a los sirvientes que aún quedaban en la sala para que la
abandonaran y se alejó en dirección a la puerta. Uno de sus ayudantes la abrió y, al salir, la cerró tras ellos.
Eso fue todo lo que necesitó el corazón de Jimin para acelerarse de nuevo. Usó cada gramo de su fuerza de voluntad para permanecer en silencio, esperando a que hablara su padre.
Al fin, el rey, tosió.
—Tu madre y yo hemos estado discutiendo sobre la visita y hemos decidido que tienes razón. Deberías estar presente.
«Dios existe». Específicamente, el Dios que vela por los humanos vírgenes y cachondos que andan en busca de su liberación.
Jimin hizo una pequeña reverencia con la cabeza.
—Gracias, padre. No te defraudaré.
—«O, al menos, me aseguraré de que nunca te enteres».
—Estoy convencido de ello —dijo el rey.
Los ojos de su padre contenían un brillo que le enervaba ligeramente.
—A lo mejor, mañana podría mirar los itinerarios que han planeado para el viaje, para aclimatarme con el.
—No tan rápido —le cortó el rey.
Jimin se heló y su pulso se aceleró de nuevo.
—Pero has dicho.
—Sé lo que he dicho —volvió a cortarle—, y lo decía en serio. Deberías acompañarnos. Pero… —El rey estudió su rostro con una intensa mirada.
—Hay una condición.
—¿Sí? —preguntó Jimin. Tendría que haberlo adivinado.
—Se te asignará un guardaespaldas que estará contigo a todas horas, vayas donde vayas.
—Por supuesto, padre —sonrió Jimin.
—No habría esperado nada menos.
—Podría manipular a cualquier miembro del equipo de seguridad con su meñique. ¿Cómo se las habría arreglado, si no, para salir a hurtadillas del palacio a hacerse ese jodido tatuaje?. —¿Podría elegir quién?
—Eso no va a ser posible, me temo —contestó el rey.
No importaba. Jimin confiaba en que podría burlar a cualquiera de ellos.
—Entonces, ¿significa eso que ya has tomado una decisión? —intentó sonsacarle.
—No, exactamente —dijo su padre con indiferencia. —Me he puesto en contacto con una agencia que tiene su base en Estados Unidos. Uno de sus operativos viene altamente recomendado. Espero poder entrevistarle pronto, si es que está disponible. Tendrás la oportunidad de conocerlo entonces. Él, junto con los demás miembros de su agencia, formarán nuestro equipo de seguridad.
—¿Vas a contratar a completos desconocidos para protegernos? —preguntó Jimin y una pesada sensación se asentó en su estómago.
—¿Por qué no llevas a nuestra propia gente? —No es que le importara una mierda quién iba a formar parte del resto del equipo de seguridad, pero un guardaespaldas desconocido era, también, una variable desconocida. Una incógnita.
—Piénsalo seriamente —dijo el rey.
—Nuestra gente conoce Elloria, pero no están familiarizados con las calles de Nueva York o Los Ángeles.
Esta agencia nos proveerá de operativos que conocen bien el terreno.
—Y entonces, ¿por qué necesito mi propio guardaespaldas? —preguntó Jimin. Como si no lo supiese.
—No tienes por qué aceptar mis condiciones —dijo el rey y su mirada se tornó de sílice—, pero, si no lo haces, permanecerás aquí.
—Ya veo —dijo Jimin hundiéndose en la silla.
—Y en lo que respecta a los itinerarios…
Espero que atiendas a las reuniones, como sugeriste.
Jimin abrió los ojos de par en par.
—Y ¿qué hay de hacer turismo? Seguro que conseguiré sacar algo de tiempo para.
—No he dicho en ningún momento que atenderás todas las reuniones —le cortó el rey—, pero sí deberás asistir a algunas.
—Inclinó la cabeza a un lado y le miró intensamente.
—Jimin, hasta ahora has tenido la oportunidad de vivir tu vida como querías, sin tener que preocuparte por responsabilidades futuras. Pero tienes razón, creo que ha llegado el momento de que te enfrentes a todas esas responsabilidades.
Así que, si puedes refrenar tus deseos durante unas cuantas horas cada mañana, las tardes serán completamente tuyas para hacer tu turismo.
Jimin suspiró.
—Con un niñero como mi sombra permanente.
El rey asintió.
—Al menos, tendrás la oportunidad de conocerlo antes de que volemos a Nueva York el mes que viene. —Se levantó de la mesa. —Entonces, ¿aceptas mis condiciones?
—Sí, padre —aceptó Jimin. No tenía muchas más opciones.
—Excelente —sonrió el rey. —Le diré a Piotr que te añada al itinerario y al alojamiento.
—Se acercó hasta donde se sentaba Jimin y posó la mano sobre su hombro.
—Estoy orgulloso de ti por la madurez que has demostrado tener en esta materia.
Sé que no me defraudarás.
—Luego, abandonó la sala.
Jimin clavó la mirada sobre el impecablemente blanco mantel sintiendo
cómo su cabeza daba vueltas.
«No necesito un niñero».
Al menos, la entrevista le permitiría evaluar a su guardaespaldas. Si se parecía en algo a los hombres que actualmente protegían a la familia real, no tendría ningún problema en absoluto a la hora de planear su huida.
«Si es como ellos».