El cielo tiene vida gracias a ti.
Recuerdo esos paseos por el parque en verano, la cara que ponías al verme y esa mirada tuya que no la tiene nadie más. Tus gestos, tu voz, tu amor, tus virtudes y tus defectos te hacían ser única en este mundo. Me llenabas los días tristes de risas; los convertías en magia. Lograbas que nada doliera a tu vera. Me enseñaste a querer, a luchar por lo que vendrá, por mi y por mis sueños, a sentir, a caer y a levantarme. Me enseñaste que la vida sin amor no existe, que solo es un vacío lleno de seres ineptos. Me abriste los ojos, me enseñaste el placer de ser, y, entre muchas otras cosas, me enseñaste la diferencia entre vivir y sentirse vivo.
Todo lo que te podría decir, se me queda corto. Tampoco sé cómo enviarte esto, ni siquiera sé con certeza si lo vas a leer. Sin embargo, mis pensamientos sobre ti se reducen a un «perdón» y a un «gracias». Perdón por el tiempo perdido, por el desaprovecho de tu compañía. Gracias por tu generosidad, gentileza y fuerza.
Gracias a la vida porque conserve tu sangre, tu vida. Doy gracias por haber tenido el placer de conocerte y, deseo fuertemente, coincidir contigo en otra vida, la vida que te llevaste contigo cuando te dormiste para no despertar.
Solo espero que el dolor que dejó tu pérdida me perdure para siempre, pues es el amor que me arrepiento de no haberte devuelto.
Con amor, tu nieta.