Prólogo
No dejaba de preguntarme por qué, si Kook y yo habíamos roto hacía más de un año, lloraba ahora como si de verdad hubiésemos terminado hace solo unas horas. En un momento dado tuve que salirme de la carretera, tuve que apagar el motor y abrazarme al volante para sollozar sin peligro de chocar con alguien.
Lloré por lo que habíamos sido, lloré por lo que podríamos haber llegado hacer... lloré por él, por haber conseguido decepcionarle, por haberle roto el corazón, por conseguir que se abriese al amor solo para demostrarle que el amor no existía, al menos no sin dolor, y que ese dolor era capaz de marcarte de por vida.
Lloré por aquel Jimin, aquel Jimin que había sido con él: aquel Jimin lleno de vida, aquel Jimin que a pesar de sus demonios interiores había sabido querer con todo su corazón; supe amarle más de lo que amaría a nadie y eso también era algo por lo que llorar. Cuando conoces a la persona con la que quieres pasar el resto de tu vida, ya no hay marcha atrás. Muchos nunca llegan a conocer esa sensación, creen haberla encontrado, pero se equivocan. Yo sabía, sé, que Kook era el amor de mi vida, el hombre que quería como padre de mis hijos, el hombre que quería tener a mi lado en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte nos obligase a separarnos.
Kook era él, era mi mitad, y ya era hora de aprender a vivir sin ella.