Aa19 by Freider Korff at Inkitt
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AA19

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AA19 despierta y se da cuenta de que su nave atterizó en un terreno desconocido para ella. A medida que investiga lo que le rodea, se da cuenta de una espeluznante realidad.

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AA19

La puerta del contenedor se abrió lentamente, dejando entrar la primera dosis de oxígeno en muchísimo tiempo. Un milenio en el que su ocupante había permanecido congelada a la espera del momento en el que los sistemas inteligentes del futuro tomaran la decisión de sacarla de aquel estado letargo y traerla de vuelta a la vida. Y al parecer, ese momento acababa de llegar.

La mujer abrió los ojos desconcertada al mismo tiempo que su corazón recuperaba el ritmo de latidos que solía tener antes. Los vellos de sus brazos estaban erizados, a pesar de que ahora la cápsula donde reposaba se encargaba de suministrar aire tibio para evitar cualquier daño innecesario hacia su cuerpo.

Se hallaba en un amplio pasillo con paredes aislantes, y a cada lado de este, su vista aún borrosa podía distinguir las siluetas de más contenedores con sus respectivos ocupantes. Solo que a diferencia de ella, estos seguían sumidos en un estado de hibernación indefinido con la esperanza de ser despertados. Tal y como lo solicitaron.

Finalmente, la mujer recuperó la visión y la sangre comenzaba a circular sin problema por sus entumecidas extremidades. Ya sintiéndose mucho mejor, puso unos de sus pies descalzos sobre la fría cerámica del laboratorio, y con una de las sienes palpitando, hizo lo propio con el otro pie. Abandonó la cápsula y con paso lento se dirigió hacia lo que parecía ser la única puerta del lugar.

Tras cruzarla se encontró con otro pasillo igual al anterior, el cual atravesó solo para encontrarse nuevamente con esta escena. Continuó avanzando mientras su corazón, que hasta hacía minutos no latía, aumentaba las pulsaciones de su resentido cuerpo. Era tanto su deseo de salir de allí y su confusión, que ni siquiera se dio cuenta de que no traía puesta ni una sola prenda de ropa.

No sabía qué esperar, pero sí que tenía certeza de que si un laboratorio que lucía tan caro se hallaba completamente desocupado, había algo fuera de lo normal.

Sus músculos, que habían permanecido inmóviles durante tanto tiempo, se resintieron por el ejercicio repentino, y sin más opción que prestarle atención a las advertencias de su físico, se detuvo por unos instantes. Esto bastó para que notara que en su muñeca izquierda llevaba puesto un brazalete de titanio con una serie de números y lo que parecía ser su nombre y apellido: ‘’AA19-Ashanti Abara’’.

Al leer aquello, una sucesión rápida pero contundente de imágenes invadió su cabeza, y entonces, recordó bien quién era. También supo exactamente cómo había llegado a aquel sitio y pudo suponer la razón de su regreso a la vida. Si su memoria no fallaba, por supuesto.

Tras finalizar la última guerra mundial, poco después de la tercera década del siglo veintiuno, la amenaza de una guerra nuclear estaba cada vez más presente. Por lo que, unos cuantos científicos de diferentes partes del mundo unieron fuerzas y, a espaldas del régimen totalitario que se había instaurado, construyeron una nave con capacidad para al menos cuarenta cápsulas de criogenia, donde viajarían los tripulantes de aquella misión clandestina. Todo con el objetivo de escapar de aquel final inminente a manos de algún asesino ataviado de traje y corbata.

El plan era simple, pero debía seguirse al pie de la letra o corrían el riesgo de ser descubiertos y ejecutados públicamente como desertores.

Primero que nada, debían esperar al 22 de marzo. Fecha en la que el dictador celebraba su triunfo sobre el enemigo con un gigantesco desfile militar, el cual servía para recordarle a cualquiera que quisiera iniciar una rebelión que tenía más que suficientes armas para frenarlo en seco. Pero, a su vez, también serviría para que este grupo pudiera escabullirse hasta su invento y despegar con armamento de última generación siendo su tapadera.

Una vez hubieran salido de la atmósfera terrestre y hubieran avanzado lo suficiente para no ser alcanzados por algún proyectil, pondrían el vehículo en modo de reposo y todos se introducirían en sus respectivas cámaras de criogenia, las cuales estarían conectadas a un sistema inteligente que los sacaría del letargo tan pronto como llegaran a la superficie de algún planeta vecino.

Ni siquiera se habían molestado en escoger un destino particular. Solo estaban seguros de que, si no salían de la tierra en un período breve, serían destrozados por las bombas que aquel infeliz tanto amenazaba con lanzar.

Y por lo que la mujer recordaba, todo había funcionado a la perfección. Aunque, si el sistema la había despertado solo podría significar que…

Emocionada, buscó la ventana más cercana, y al encontrarla, se dio cuenta de que, en efecto, lo que había fuera de la nave era nada más y nada menos que un paisaje desierto. Probablemente de otro planeta.

De inmediato, recorrió el lugar en busca de algún traje espacial que le quedara, y al conseguirlo, fue hasta la puerta y abandonó la nave. Una de las órdenes que tenían, fuera quien fuera el primero en despertar, era investigar los alrededores para saber las posibilidades de supervivencia que tenían y recoger tantos recursos como fuera posible. Tenían provisiones para al menos seis meses, pero ese era un período de tiempo demasiado corto como para confiarse.

El entorno lucía realmente hostil. Casi todo se hallaba cubierto de arena, y según el medidor de temperatura del traje, hacía un calor espantoso. Muchísimo mayor al de las zonas más calientes de la tierra. El cielo lucía un tono gris con enormes nubes cobrizas y de muy mal aspecto que daban la impresión de estar contaminadas. En cuanto a lo demás, no podía destacarse nada en particular. Aparte del silencio absoluto, claro.

Por otra parte, la nave aterrizó sin complicaciones sobre la superficie del planeta desconocido y por increíble que pareciera, no había sufrido más daño que par de rayones sobre el armazón. Un costo muy bajo por aterrizar confiándole todo el trabajo al piloto automático.

De improviso, la calma se vio interrumpida cuando Ashanti escuchó numerosas pisadas que provenían de la tierra que estaba por recorrer. Fuera lo que fuera que venía, no estaba solo. Y sintiendo más miedo que curiosidad, la mujer se dio media vuelta y corrió tan rápido como pudo de vuelta al vehículo.

Estuvo a punto de ser alcanzada por lo que venía, aunque logró volver a entrar a la nave antes de que eso sucediera. Aún temblando por los nervios, se quitó el casco y se asomó por la ventana.

Frente a esta, un grupo de criaturas horrorosas le devolvía la mirada con sus ojos blancuzcos —o al menos eso parecía, puesto que era imposible que alguien pudiera ver el interior del vehículo desde afuera gracias al aislamiento del vidrio—. Aquellos seres levantaban sus largas y peludas narices en un intento de localizarla por medio del olfato y escarbaban la arena que los rodeaba con desesperación, como si eso los fuera a llevar a la mujer. Sus cuerpos desnudos y esqueléticos parecían estar forrados de resistente cuero marrón curtido, y su piel era lampiña.

¿Qué se supone que eran esas cosas? ¿De qué cuento de terror habían salido?

Aterrada y sin tener ni la menor idea de cómo librarse de ellos, Ashanti caminó con rumbo a una ventana al otro lado del pasillo y se asomó deseando volver a contemplar aquel calmado paisaje desértico de minutos atrás.

No obstante, al ver al otro lado del cristal, cayó en cuenta de la espeluznante realidad: de entre la arena sobresalía la parte superior de una gigantesca estatua que el dictador había mandado a construir en el centro de Nu Haven poco antes de que ella y su grupo huyeran. Eso solo podía significar que no estaban en otro planeta…

Pero, de ser así, ¿cuánto tiempo había pasado desde entonces? ¿Una década? ¿Un siglo? Era evidente el paso de un invierno nuclear en algún momento, aunque ahora solo quedaban los últimos vestigios del mismo.

Y por otra parte, si aquel desierto era lo único que quedaba de la ciudad más importante del mundo. Aquellas criaturas con un deformado aspecto semi-humanoide solo podían ser…

—Lo único que queda del ser humano... —murmuró Ashanti justo antes de romper a llorar.

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