Todopoderoso
El Todopoderoso se encontraba en medio de la nada, cansado del oscuro infinito que lo rodeaba. Existía desde siempre y existiría por el resto de la eternidad, eso jamás iba a cambiar. Sin embargo, eso no impedía que en su interior se gestara el cada vez más grande deseo de experimentar algo más allá del vacío.
Creó la luz para poder guiarse mientras llevaba a cabo el trabajo que tenía por delante. Dio forma a una pequeña esfera cubierta de agua para luego darse cuenta de que, agregando una cantidad considerable de suelo, su obra mejoraría considerablemente. Hizo la bóveda celeste y muchos más planetas que se encargarían de acompañar al primero que había concebido, al que decidió llamar ″Tierra″.
Aun así, la sensación de vacío no dejaba de molestarlo; por lo que al Todopoderoso se le ocurrió que, quizá, dejar de estar solo en el infinito sería la respuesta.
Inspirado, elaboró millones de formas de vida para que habitaran cada rincón de su primera invención. Criaturas acuáticas y terrestres por igual. Aunque, a pesar de haber disminuido, aquel desagradable sentimiento permanecía en su interior, perturbando su omnipotencia.
Fue entonces cuando estiró sus manos creadoras y siguiendo un diseño similar al de los primates, le dio vida a un ser que, en su orgullo, afirmó que estaba hecho a su imagen y semejanza. Y consciente de lo molestos que llegaban a ser la soledad y el vacío, le hizo una compañera para que no fuera el único en su especie.
Acto seguido, el Todopoderoso se dedicó a contemplar su creación. Feliz, puesto que aquel eterno vacío ya no lo molestaría más.
Sin embargo, de un instante a otro, su creación comenzó a reproducirse de forma masiva y aquellos que estaban hechos a su imagen y semejanza, a diferencia de los animales, empezaron a dividirse. Casi de inmediato, se llevó a cabo el primer asesinato.
Antes de que el Todopoderoso interviniera, aquellos seres arrogantes descubrieron el uso de las armas y un asesinato evolucionó para convertirse en miles de guerras. Una tras otra. Muchas en nombre de un tal Dios, alguien que sonaba distante para el Creador.
Las cuevas en las que aquellas criaturas habitaban se vieron reemplazadas por chozas, luego casas, y finalmente, por gigantescos rascacielos. Las armas de piedra pasaron a ser de hierro, seguidas de metal. Más adelante fueron cambiadas por artefactos que disparaban proyectiles, y por último, por algo a lo que se referían como ″bombas nucleares″.
La capacidad de amar que se les había otorgado se nubló por la codicia y la envidia, algo que, según el Todopoderoso recordaba, nunca había sentido.
Horrorizado, se dio cuenta de que esos seres que se definían a sí mismos como ″humanos″ siendo poco más que primates bípedos, habían pervertido las cualidades que les otorgó en un inicio. Transformando el amor en odio, el orden en caos y la vida en una tortura. Y, a pesar de que Él jamás pidió nada a cambio de hacerlos existir, se sintió ofendido cuando contempló cómo adoraban a un tal ″dinero″, que era únicamente papel con dibujos.
En un intento por arreglar lo que Él mismo inició, las nubes se abrieron en el cielo para que todos en la tierra tuvieran visibilidad de lo que haría. Y entonces, por primera vez, el Todopoderoso enseñó su rostro para hablar con el fruto de sus manos. No obstante, estos se encontraban demasiado ocupados viendo las pantallas de los dispositivos que siempre llevaban consigo y simplemente lo ignoraron por completo.
En ese momento, el Creador sintió por primera vez la ira. Estiró su brazo hacia el planeta y una serie de violentos terremotos lo afectaron, pero las construcciones antisísmicas evitaron que tuviera repercusiones más allá del miedo. Envió incendios, pero los humanos no sentían el más mínimo interés por la naturaleza y estos terminaron apagándose. Envió enfermedades de manera infructuosa, puesto que la medicina con la que contaban era extremadamente efectiva; y por último, cegado por la rabia, su puño tocó la superficie de la tierra.
Esto generó una cadena de espantosos desastres que, al final, acabaron con el planeta. Aun así, la ira no abandonaba al Todopoderoso que, sin siquiera pensarlo, destrozó lo que con tanto trabajo se había dedicado a crear: el universo.
Las estrellas murieron, los demás planetas implosionaron, la bóveda celeste se desgarró a la mitad, y en instantes, todo había desaparecido. Fue entonces, cuando no quedaba nada más que destruir, que el Todopoderoso volvió en sí con un gran pesar, y se dio cuenta de que el vacío infinito había vuelto. Esta vez para siempre.