Principe Cautivo • kookmin

Summary

Jungkook es un héroe guerrero de su pueblo y el heredero legítimo del trono de Akielos, pero cuando su medio hermano toma el poder, Jungkook es capturado, despojado de su identidad y enviado al servicio del príncipe de una nación enemiga como esclavo de placer. Su nuevo amo es hermoso, manipulador y peligroso; el príncipe Jimin personifica lo peor de la Corte de Vere. Sin embargo, dentro de la insidiosa red política vereciana, nada es lo que parece; cuando Jungkook se encuentra atrapado en el juego de intrigas referentes a la sucesión al trono, deberá colaborar con Jimin para sobrevivir y salvar a su país. jungkook solo tiene una estrategia: nunca, jamás, revelar su verdadera identidad. Porque el hombre que más necesita es también aquel que tiene más razones para odiarle que ningún otro...

Genre
Romance/Erotica
Author
Rubi
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Prólogo


—Hemos oído que vuestro príncipe —dijo lady Jokaste— mantiene su propio harén. Estos esclavos complacerían a cualquier tradicionalista, pero además, le he pedido a Adrastus que prepare algo especial; es un regalo personal del Rey para tu príncipe. Un diamante en bruto, por así decirlo.


—Su Majestad ya ha sido muy generoso —dijo el consejero Guion, embajador de Vere.


Paseaban a lo largo del mirador. Habían cenado carnes especiadas envueltas en hojas de parra mientras el calor del mediodía era ventilado lejos de sus reclinatorios por atentos esclavos. Guion se sintió generosamente dispuesto a admitir que aquel país de bárbaros tenía sus encantos. La comida era rústica, pero los esclavos eran impecables: perfectamente obedientes, entrenados para estar siempre atentos y anticiparse, nada parecido a las mimadas mascotas de la Corte de Vere.


La galería estaba cercada por dos docenas de esclavos en exhibición. Todos estaban desnudos o apenas vestidos con sedas transparentes. Alrededor de sus cuellos llevaban collares de oro decorados con rubíes y tanzanitas y en sus muñecas, puños del mismo material. Todo ello era puramente ornamental. Los esclavos se arrodillaron demostrando su voluntaria sumisión.


Iban a ser un regalo del nuevo Rey de Akielos al Regente de Vere; un regalo muy generoso. Tan solo el oro valía una pequeña fortuna, además de que los esclavos eran, sin duda, algunos de los mejores de Akielos.


En secreto, Guion ya había destinado una de las esclavas del palacio para su uso personal, una joven recatada de cintura delgada y hermosos ojos oscuros con pestañas muy pobladas.


Al llegar al otro extremo de la galería, Adrastus, guardián de los esclavos Reales, se inclinó bruscamente, al mismo tiempo que juntaba los talones de sus botas acordonadas de cuero marrón.


—Ah. Aquí estamos —dijo lady Jokaste sonriendo.


Entraron en una antecámara y los ojos de Guion se ensancharon.


Amarrado y bajo fuerte custodia, había un esclavo diferente de cualquier otro que hubiera visto en su vida.


De poderosos músculos y físicamente imponente, no cargaba las endebles cadenas que adornaban a los otros esclavos del vestíbulo. Sus restricciones eran reales. Sus muñecas estaban amarradas a la espalda, las piernas y el torso, atados con gruesas cuerdas.


A pesar de todo aquello, la fuerza de su cuerpo parecía a duras penas contenida. Sus ojos oscuros brillaban con furia por encima de la mordaza, y si se lo miraba de cerca, se podían ver los rojos verdugones detrás de las fuertes correas que sujetaban su pecho y muslos, producto de una lucha feroz contra esas ataduras.


El pulso de Guion se aceleró, reaccionando casi con pánico. «¿Un diamante en bruto? Ese esclavo era más bien un animal salvaje, no se parecía en nada a los veinticuatro gatitos mansos que se alineaban en el vestíbulo». El poder absoluto que emanaba de su cuerpo, apenas podía mantenerse bajo control.


Guion miró a Adrastus, que se había quedado atrás, como si la presencia del esclavo lo pusiera nervioso.


—¿Todos los esclavos nuevos son atados? —preguntó Guion, tratando de recuperar la compostura.


—No, solo él. Él es… —Adrastus vaciló.


—¿Sí?


—No está acostumbrado a ser manipulado —concluyó Adrastus, dando una inquieta mirada de reojo a lady Jokaste—. No ha sido

entrenado.


—Vuestro príncipe, según hemos oído, disfruta de los desafíos —dijo la mujer.


Guion trató de contener su reacción cuando volvió la mirada hacia el esclavo. Era altamente cuestionable que ese bárbaro regalo atrajese la atención del Príncipe, cuyos sentimientos hacia los habitantes salvajes de Akielos carecían de calidez, por decir lo menos.


—¿Tiene un nombre? —preguntó Guion.


—Vuestro príncipe es, por supuesto, libre de ponerle el nombre que quiera —dijo lady Jokaste—. Pero creo que complacería mucho al Rey si lo llamase “Jungkook”. ―Sus ojos centellearon.


—Lady Jokaste —masculló Adrastus como si protestara, aunque, por supuesto, eso era imposible.


Guion cambió la mirada de uno a otro. Notó que esperaban algún comentario de su parte.


—Esa es, sin duda, una interesante opción de nombre —dijo. En realidad, estaba horrorizado.


—El Rey lo cree así —confirmó lady Jokaste, estirando los labios iigeramente.




Mataron a su esclava Lykaios con un corte rápido de espada en la garganta. Era una esclava de palacio, sin entrenamiento en combate y tan dulcemente obediente que si se le hubiera pedido, se habría arrodillado y

desnudado su propia garganta para el golpe.


No se le dio la oportunidad de obedecer o resistir. Se desplomó sin hacer ruido, sus pálidas extremidades quedaron inmóviles sobre el mármol blanco. Debajo de ella, la sangre lentamente comenzó a extenderse sobre el suelo marmóreo.


—¡Arrestadlo! —gritó un soldado de entre los que entraron a raudales en la recámara, un hombre de pelo castaño y lacio.


Jungkook quizá se hubiera dejado atrapar debido al desconcierto, pero fue en ese instante que dos de los soldados pusieron sus manos sobre Lykaios y la mataron.


Al finalizar la primera reyerta, tres de los soldados acabaron muertos y Jungkook quedó en posesión de una espada.


El resto de los hombres lo enfrentaron vacilando y rehuyéndole.


—¿Quién os ha enviado? —cuestionó el príncipe Jungkook.


El soldado de pelo lacio respondió:


—El Rey.


—¿Mi padre? —Casi bajó la espada.


—Kastor. Vuestro padre ha muerto. Agarradlo.


Combatir era parte de la naturaleza de Jungkook, cuyas destrezas se basaban en la fortaleza física, la aptitud natural y la práctica rigurosa. Pero aquellos hombres habían sido enviados contra él por otro que conocía muy bien sus virtudes, y debido a ello, no desestimó la cantidad de soldados que necesitaría para dominar a un hombre de tal calibre.


Superado en número, con los brazos retorcidos a la espalda y una espada en su garganta, Jungkook no podía durar mucho tiempo antes de ser capturado.


En ese momento, había creído ingenuamente que iba a ser asesinado. En lugar de eso fue golpeado, restringido y, como cuando se liberó había producido una gratificante cantidad de daño aun estando desarmado, fue golpeado nuevamente.


—Sacadlo de aquí —dijo el soldado del pelo lacio, mientras se limpiaba con el dorso de la mano la fina línea de sangre que surcaba su sien.


Fue arrojado a una celda. Su mente, que no conocía dobleces, no podía entender lo que estaba sucediendo.


—Llevadme a ver a mi hermano —demandó y los soldados se rieron; uno de ellos le dio una patada en el estómago.


—Vuestro hermano es el que dio la orden —se burló otro.


—Estás mintiendo. Kastor no es ningún traidor.


Pero la puerta de su celda se cerró de golpe y la duda se instaló en su mente por primera vez.


«Eres un incauto», una pequeña voz le empezó a susurrar; no lo había anticipado, no lo había visto venir; o quizá se había negado a verlo, al no dar crédito a los oscuros rumores que parecían denigrar el honor con que un hijo debería enfrentar los últimos días de un padre enfermo y moribundo.


En la mañana vinieron por él; en ese instante, la comprensión de todo lo que había ocurrido y el deseo de enfrentar a su captor con coraje y apesadumbrado orgullo, lo llevaron a permitir que le fijaran los brazos detrás de la espalda, sometiéndose a la brusca manipulación, y a avanzar, al ser impulsado por un fuerte empujón entre los hombros.


Cuando se dio cuenta de adónde lo llevaban, comenzó a luchar de nuevo, con violencia. La habitación estaba simplemente esculpida en mármol blanco. El suelo, también de mármol, se inclinaba levemente, terminando en un arroyuelo artificial discretamente tallado.


Del techo colgaban un par de grilletes, a los que Jungkook, a pesar de su enérgica resistencia, fue encadenado en contra de su voluntad, con los brazos izados por encima de su cabeza.


Esos eran los baños de los esclavos. Jungkook tironeó de las restricciones. No se movieron. Sus muñecas ya estaban muy magulladas. En ese lado del baño, un conjunto de almohadones y toallas se organizaban de manera atrayente. Botellas de cristal coloreado de diversas formas, conteniendo una gran variedad de aceites, centellearon como joyas en medio de los cojines.


El agua estaba perfumada, lechosa y decorada con pétalos de rosa ahogándose lentamente. Todas las delicadezas. Aquello no podía estar sucediendo. Jungkook sintió una contracción en el pecho; furia, indignación, y en algún lugar debajo de estas, enterrada, una nueva emoción que le retorcía y le revolvía el estómago.


Uno de los soldados lo inmovilizó apresándolo desde atrás. El otro comenzó a desvestirlo. Sus ropas fueron desprendidas y quitadas rápidamente. Las sandalias le fueron cortadas de los pies. La quemadura de la humillación ardiéndole a través de las mejillas; Jungkook estaba de pie, desnudo y encadenado, el calor húmedo del vapor de los baños serpenteando contra su piel.


Los soldados se retiraron hacia el corredor abovedado donde una figura los despidió; su rostro cincelado, hermoso y familiar.


Adrastus era el Guardián de los Esclavos Reales. La suya era una posición de prestigio otorgada por el rey Theomedes. Jungkook fue golpeado por una oleada de ira tan poderosa que casi le robó la visión. Cuando volvió en sí, notó la forma en que Adrastus lo estaba evaluando.


—No te atrevas a poner una mano sobre mí.


—Tengo órdenes —informó el Guardián a pesar de que reculó.


—Te mataré —advirtió Jungkook.


—Tal vez… una mujer… —pensó Adrastus; retrocedió un paso y susurró al oído de uno de sus acompañantes, quien hizo una reverencia y salió de la habitación.


Una esclava entró un momento después. Seleccionada con esmero, coincidía con todo lo que se sabía de los gustos de Jungkook. Su piel era tan blanca como el mármol de los baños y su cabello rubio estaba sencillamente recogido exponiendo la elegante columna de su cuello. Sus pechos eran llenos y abultados debajo de la gasa, sus pezones rosados eran apenas visibles.


Jungkook la vio acercarse con la misma cautela con la que seguiría los movimientos de un oponente en el campo de batalla, a pesar de que no le era extraño el ser atendido por esclavas.


Ella levantó la mano para quitarse el broche del hombro. La gasa deslizándose expuso la curva de un seno, la cintura delgada, las caderas, y siguió su camino hacia abajo. Sus ropas cayeron al suelo. Entonces, cogió un recipiente con agua.


Desnuda, bañó su cuerpo, enjabonando y enjuagando sin prestar atención a la forma en la que el agua se derramaba contra su propia piel y salpicaba la curva de sus pechos. Finalmente, humedeció y enjabonó su cabello lavándolo completamente; para terminar, se puso de puntillas y volcó sobre la parte posterior de su cabeza una de las bateas pequeñas de agua tibia.


Jungkook se sacudió como un perro. Miró a su alrededor buscando a Adrastus, pero el Guardián de los Esclavos parecía haber desaparecido. La esclava tomó uno de los frascos de colores y se sirvió un poco de aceite en la palma.


Recubriendo sus manos, comenzó a trabajar la sustancia sobre su piel con movimientos metódicos, aplicándola en todas partes. Lo miró avergonzada, aun cuando sus caricias eran deliberadamente lentas, y se meneaba contra él.


Los dedos de Jungkook se tensaron contra las cadenas.


—Ya es suficiente —dijo Jokaste, y la esclava se alejó de Jungkook, postrándose en el suelo de mármol mojado instantáneamente.


Jungkook, manifiestamente excitado, sufrió la relajada mirada evaluadora de Jokaste.


—Quiero ver a mi hermano —pidió.


—No tienes hermano —dijo Jokaste—. Ni tienes familia. Ni tienes nombre, rango o posición. A estas alturas, deberías saber eso al menos.


—¿Esperas que me someta a esto? Ser dominado por… quién… ¿Adrastus? Le arrancaré la garganta.


—Sí. Lo harías. Pero no estarás sirviendo en el palacio.


—¿Dónde? —exigió rotundamente.


Ella lo miró fijamente.


Jungkook preguntó:


—¿Qué es lo que has hecho?


—Nada —dijo ella—, excepto elegir entre los hermanos.


Se habían visto por última vez en su habitación en el palacio; su mano había presionado su brazo.


Parecía una representación pictórica. Sus rizos en perfectos tirabuzones, la alta frente lisa y las facciones clásicas que la caracterizaban. Donde Adrastus había vacilado, las delicadas sandalias prosiguieron su camino sobre el mármol mojado con paso tranquilo y seguro hacia él.


Jungkook preguntó:


—¿Por qué mantenerme vivo? ¿Qué “necesidad” hay de ello? Todo parece bien realizado, excepto por esto. ¿Es… —Se calló; ella deliberadamente malinterpretó sus palabras.


—¿”Amor fraternal”? No conoces a tu hermano en absoluto, ¿verdad? ¿Qué es una muerte sino fácil, rápida? Se supone que te perseguirá para siempre, pero la única vez que te venció fue la única vez que importaba.


Jungkook sintió su rostro cambiar de forma.


—¿Qué?


Ella tocó su mandíbula, sin miedo. Sus dedos eran delgados, blancos e impecablemente elegantes.


—Ya veo por qué prefieres la piel pálida —dijo—. La tuya esconde los moratones.




Después de que le cerraran el collar de oro y colocaran puños en sus muñecas, pintaron su cara.


No había ningún tabú en Akielos respecto a la desnudez masculina, pero la pintura era la marca de un esclavo, y era degradante. Pensó que no habría mayor humillación que cuando fue arrojado al suelo delante de Adrastus. En ese momento vio la cara del hombre y su voraz expresión.


—Pareces... — Adrastus lo miró fijamente.


Los brazos de Jungkook estaban atados a su espalda, y las restantes restricciones habían limitado sus movimientos a poco más que una cojera.


Por si fuera poco, estaba tirado en el suelo a los pies de Adrastus. Se irguió sobre sus rodillas, pero las manos de dos guardias le impidieron que se levantara más.


—Si lo hiciste para mejorar tu posición —dijo Jungkook, con odio absoluto reflejado en la voz—, eres un tonto. Nunca ascenderás. No se puede confiar en ti. Ya has traicionado en beneficio propio una vez…


El golpe desplazó su cabeza hacia un lado. Jungkook se pasó la lengua por el interior de los labios y saboreó la sangre.


—No te he dado permiso para hablar —dijo Adrastus.


—Golpeas como un catamita alimentado con leche —dijo Jungkook.


Adrastus dio un paso atrás, con la cara pálida.


—¡Amordazadle! —ordenó, y Jungkook luchando se resistió nuevamente, en vano, contra los guardias. Su mandíbula fue expertamente separada y un grueso hierro envuelto en tela fue forzado dentro de su boca y rápidamente atado. No podía emitir más que un murmullo amortiguado; sin embargo, miró furioso a Adrastus por encima de la mordaza con ojos desafiantes.


—No lo habéis entendido todavía —advirtió Adrastus—. Pero lo haréis. Tendréis que aceptar que eso que dicen en el palacio, en las tabernas y en las calles es cierto. Tú eres un esclavo. No vales nada. El Príncipe Jeongguk está muerto.