Capítulo Único
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Jimin y Yoongi se hallaban en su habitación, frente a frente, como dos ejércitos dispuestos para la batalla. Ambos se abrazaron y miraron como solo dos amantes pueden hacerlo antes de disolverse en uno solo, con las emociones a flor de piel. Yoongi sostuvo sus gorditas mejillas entre sus gruesas manos. Se dió cuenta de lo pequeño y delicado que parecía su rostro ahora, cuando lo tenía tan cerca y lo acariciaba con sus dedos.
Recorrió con el pulgar sus labios entreabiertos y lo introdujo en su boca. Jimin cerró los ojos y lo relamió con un erotismo irresistible. Entonces sus labios se fundieron en un beso apasionado.
Sus lenguas se entrelazaron, ardientes, untuosas. Jimin sintió cosquillas en su pubis. Su sexo se humedecía, preparándolo para el coito. Notó también la presión creciente del pene de su pareja, restregándose como una serpiente ansiosa en su bajo vientre. También Jimin empezó a contonearse para sentir lo más cerca posible su erección.
Yoongi sabía por experiencia que su chico ya no era aquél jovencito inexperto y tembloroso al que arrebató la flor de su virginidad. Cuando se movía de ese modo, sabía lo que le pedía, lo que anhelaba con todo su ser. Al fin y al cabo, no había nada más sexual que una "fémina" en esto cuando, después de los preliminares de rigor, desataba su auténtica naturaleza, liberada por fin de la máscara de las artificiales normas de moralidad y decoro. Un remolino imparable.
Yoongi se quitó la camisa y la tiró al suelo. Después se colocó a sus espaldas y le desabrochó el vestido, dejando al aire sus firmes pechos, que empezó a manosear hasta que los pezones se pusieron duros al tacto.
Atacó su cuello y el lóbulo de la oreja. Los lamió y mordisqueó jugando con ellos, mientras apretaba su miembro contra las nalgas carnosas.
Jimin sintió un escalofrío electrizante recorrerle la columna vertebral. Su vello se erizó. Poco a poco, sus respiraciones se fueron sincronizando. Varios suspiros se le escaparon cuando Yoongi recorrió su cuerpo con la pericia con la que el alfarero trabaja una bella pieza de porcelana en el torno para darle forma. Su diestra se coló debajo de la falda y fue deslizándose por su pierna hasta llegar al fruto prohibido.
En ese momento, Jimin se apartó. Quería estar cómodo. Así que se deshizo del vestido, quedándose solo en paños menores.
Miró el bulto indisimulable de los pantalones de su esposo y se mordió el labio inferior, poseído de deseo. Codiciaba tenerlo dentro. Quería sentirse invadido, pleno.
Se puso a acariciarlo por encima de la ropa y Yoongi hizo lo mismo, mientras sus labios y sus lenguas volvían a encontrarse. Entretanto, Jimin buscó la correa y se la desabrochó nervioso.
Los pantalones cayeron al suelo y Yoongi los apartó con desdén. Eran un estorbo. La tela de sus calzones parecía a punto de estallar. Se los bajó y el pene del pálido saltó hacia adelante como un resorte. Lo empujó hacia la cama y le hizo sentarse. Se arrodilló ante él, agarró su miembro con sus diminutas y blancas manos y comenzó a masturbarlo. No era ni grande ni pequeño y, aunque el tamaño de la espada ayudaba, no era menos importante que el espadachín supiera de esgrima y tuviese aguante. Y Yoongi era resistente, y sabía manejar su sable para satisfacerlo.
Envuelto en tales pensamientos, Jimin fue recorriendo de arriba abajo y de abajo a arriba su falo con la lengua. De vez en cuando lo miraba pícaro para provocarle y enardecer su lívido. A ratos chupaba su glande, lo recorría en círculos, lo besaba, lo introducía en su boca... A consecuencia de esto, Yoongi empezó a gemir mientras tocaba sus cabellos.
A punto de perder ya el control, lo tomó en brazos y lo tumbó sobre la cama, poniéndose a su lado y arrancándole de un tirón la ropa interior, que quedó destrozada en un rincón.
Empezó a rozarle las nalgas, el talle y los pechos. Luego descendió hasta los muslos y volvió a ascender hacia el triángulo de su pubis.
A Yoongi no le agradaban las niñas impúberes. Tampoco las espesas selvas. Y su esposo era de los que cuidaba su "jardín", como a él le gustaba llamarle.
Jimin agarró su cola y abrió a su vez las piernas para facilitarle la labor. Yoongi masajeó los pétalos de su rosa, que se abrieron de par en par para recibir a su dedo medio, el cual se enterró travieso en su oquedad, húmeda y dispuesta. Luego le siguió el anular y, poco a poco, Yoongi fue subiendo la intensidad de su masaje. Podía oírse perfectamente el sonido de su excitación, semejante al chapoteo en un charco.
Jimin frotaba su verga y Yoongi le trabajaba los senos con su lengua. Meditó entonces sobre lo rosadas que eran sus aréolas y labios vaginales. Y eso a él le encantaba. Pensaba que no había nada más femenino que eso. Si hubiesen sido de color moreno, no le hubiesen atraído tanto, aunque tampoco los habría rechazado. Siguió subiendo el ritmo de su frotis hasta que Jimin empezó a arquearse de forma compulsiva y le agarró del brazo con el que la estaba asaltando, corriéndose entre convulsiones.
Yoongi extrajo los dedos de la vagina y los olió antes de chuparlos.
- Mmm, huele a hembra en celo. Adoro este olor - manifestó.
Luego se situó encima de él y se dedicó a restregar su sexo, potente y vigoroso, en su entrepierna, moviéndolo como un pincel.
- ¡Déjate ya de estúpidos jueguecitos y fóllame de una puta vez! - decretó impaciente su pequeño esposo, empuñando su miembro y colocándolo en la entrada de su orificio.
Yoongi había conseguido sacar de quicio a Jimin, devolverlo a la pura y soez animalidad. A veces hacerse de rogar resultaba divertido. No obstante, se dispuso a cumplir presto una orden tan placentera.
Deslizó su pene muy despacio en su sedosa, caliente y mojada gruta, ganando terreno centímetro a centímetro, hasta que logró hundir por completo su arma en su funda.
Experimentando diversos ritmos e intensidades, sus latidos empezaron a acelerarse.
La respiración de ambos se acompasó. Jadeos y gemidos de placer componían aquella maravillosa melodía. Sus sentidos, embriagados, flotaban en una nube ajenos a todo lo demás, en un nirvana redentor. Parecía como si el universo entero hubiese desaparecido.
Conceptos como "tu" o "yo" perdieron su significado. Solo existía el aquí y ahora, el "nosotros".
Yoongi no paraba de besarlo. Le gustaba sentirse dueño de todas sus cavidades. Jimin le abrazó con las piernas y le arañó la espalda con sus afiladas garras, haciéndole sangrar.
El mayor levantó sus pantorrillas y lo penetró con mayor ímpetu y profundidad, intentando no desperdiciar ni un solo milímetro de su báculo.
Jimin le indicaba sin palabras lo que quería; "Más rápido", "más lento", "no tan hondo", "tócame aquí".
Yoongi fue descifrando sus gestos con la maestría con la que un músico interpretaba una partitura. Del acto sexual, lo que más le excitaba era ver a su compañero disfrutar enloquecido, hacerlo desbocar. Y llegado a este punto, tuvo que cesar sus embestidas.
- ¿Qué pasa? ¿Por qué te detienes? - preguntó el de mejillas abultadas.
- He estado cerca de llegar al punto de no-retorno, y quiero durar más - soltó un jadeo - Necesito un poco de descanso. Relajémonos, ¿si?
- ¿Qué te apetece un 69?
- No. Estoy demasiado sensible. No aguantaría. Pero podemos probar otra cosa... Ven - dijo estirándose sobre la cama y atrayendo los muslos de Jimin hacia su boca.
Empezó a lamer el botón y los pliegues de su vulva. A ratos alternaba y sumergía su lengua en la humedad salubre de su intimidad, sin descuidar tampoco sus mamas (chichis).
Jimin, por su parte, se dedicó a friccionar su clítoris, cada vez con mayor urgencia, hasta que explotó haciendo probar a su amante el olor acre y el salado licor de su gozo entre espasmos de placer.
Una vez repuesta, Jimin le miró malicioso y le dijo;
- Bueno. Ahora me toca a mí - acto seguido se retiró un poco atrás e introdujo el mástil en la hendidura.
Comenzó a mover su cuerpo arriba y abajo, cabalgando en una danza lasciva, succionándole vorazmente el falo con su resbaladiza cueva. Ahora era Jimin ers el que llevaba la batuta, el que imponía la profundidad y el ritmo de la penetración. Sus fluidos lubricaban al delicioso intruso.
Yoongi empezaba a rendirse. Le devoraba los pezones con frenesí o amasaba sus nalgas, las palmeaba o bien le introducía un dedo por el ano.
- Eso es... Cómeme...
- Oh, Jiminnie, me derrites... Me exprimes - murmuró al filo de la cordura.
- Esa es mi intención - reveló susurrándole al oído - Quiero que me inundes - se sonrojó.
Dicha confesión espoleó de tal manera la lujuria de Yoongi, que lo estrechó feroz contra su cuerpo caliente y tomó las riendas de la postura, empalándolo con vehemencia.
Sus acometidas se fueron haciendo cada vez más rápidas y ansiosas hasta que finalmente estalló, rellenándolo hasta el útero.
Jimin sintió en sus entrañas su miembro palpitante, el nacarado y cálido esperma fluyendo impetuoso y colmando su interior.
Yoongi pudo notar dicho líquido derramarse por su falo y testículos. Ambos cayeron sudorosos y exhaustos el uno sobre el otro.
- ¿Ves lo que has conseguido, bebé malo?
- ¿No pensarás de verdad que esto acaba así? Todavía no estoy saciado. Quiero más - alegó, haciendo incorporarse a su marido hasta su altura, sin sacar su pene de su vagina.
- ¿Quieres que lo hagamos en esta postura?
- Sí. No quiero desperdiciar ni una sola gota de tu semen.
Y así, abrazados, Jimin sobre él, acoplados y pegajosos, prosiguieron su cópula, que fue ganando intensidad hasta que Yoongi lo agarró de los muslos y lo empotró contra la pared.
- Así... Sigue así... No pares... Métemela toda... Dame fuerte, mi amor, no te contengas... Así... Sí... ¡Sííí!...
Todo acabó cuando Jimin se estremeció gustoso, en un orgasmo explosivo en el que se mezclaron sus secreciones con las de su amante, manchando el suelo de la estancia.
Ambos recordarían para siempre aquella noche en la que Jimin se quedó embarazado. Y la habitación 069 del Hotel Paraíso guardaría sus secretos más inconfesables.