Domando a la Bestia → JJK

Summary

Vendida a una vida de prostitución por su avaro tío, la inocente Gisella Trelain se encuentra presa en un ominoso calabozo oscuro, encadenada a la pared donde un hombre musculoso, desnudo llamado Jungkook, le cuenta que está bajo una maldición. Cada mes está condenado a perder su humanidad y asumir las características de una bestia voraz, una bestia con necesidades muy salvajes que deben ser satisfechas por cualquier mujer común y corriente. Con el fin de romper la maldición, Gisella debe someterse completamente a la bestia y ofrecerse libremente a saciar sus feroces deseos sexuales. Pero hay mucho en juego en este cuento de hadas que se harán realidad y si Gisella no es capaz de abrirse por completo a los deseos lujuriosos de Jungkook, puede perder su vida intentando domar a la bestia.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

El calabozo.


El aire en el calabozo era húmedo y con olor a polvo cobrizo, como a sangre vieja. Gisella se estremeció, acurrucándose alrededor de sus tobillos desnudos, buscando una manera de cubrirse con la dividida falda de gasa que llevaba. La falda le llegaba hasta mucho más allá de sus muslos y mostraba apenas un jirón de seda que se suponía servía como ropa interior. En realidad, el trocito de tela apenas cubría la abertura de su sexo antes de reducirse en una cadena delgada que desaparecía entre los labios de su coño recién afeitado.

La parte superior de su atuendo era un poco más decente. Una blusa tejida de la más fina seda le apretaba sobre sus pechos llenos. Los capullos de color rosa de sus pezones, convertidos en pequeños puntos duros por el temor así como con del aire frío calabozo, eran claramente visibles a través de la delgada tela.

Cualquiera que la viera habría supuesto que estaba vestida para seducir, pero ¿quién o qué se suponía que tenía que seducir en un calabozo oscuro y siniestro? Gisella no estaba segura.

Dio otro paso hacia adelante, cuando sus pies calzados con zapatillas de rejilla encontraron las piedras polvorientas, consciente de que la puerta detrás de ella estaba cerrada con llave y no había vuelta atrás. A un lado vio una enorme cama con dosel repleta de ricas mantas y gruesos colchones. El espectáculo la sorprendió ¿por qué un prisionero tendría tan ricos arreglos para dormir? ¿Y era aquí donde la seducción se llevaría a cabo?

Sin atreverse a pensar en la respuesta, Gisella se abrió paso en lo más profundo del laberinto donde la oscuridad estaba iluminada sólo con unas cuantas pequeñas antorchas que colgaban a intervalos a lo largo de las paredes. Había algo más en la esquina, una pila de algo marfil y blanco que brillaba debidamente con la débil luz y que llamó su atención. Se dirigió con cautela hacia adelante y se detuvo, con una mano volando hacia su boca.

Huesos. La pila de marfil y blanco se componía de huesos bien limpios. Huesos humanos.

El grito que crecía en su garganta fue cortado por una profunda voz cerca de su oído izquierdo.

—Así que usted es la última víctima. Bienvenida a la guarida de la bestia, mi señora.