Prefacio
Sentía miedo, cada parte de mi cuerpo estaba paralizada y mi respiración cada vez era más lenta, el frío abrazaba por completo mis pulmones. Poco a poco sentía como mis orejas se iban enfriando.
Si no moría congelada, me mataría un vampiro...
Era el fin.
Arrastre mi cuerpo hasta el inicio de un gran tronco, arrecoste mi espalda y caí.
—He fallado —Susurré apenas mis rodillas tocaron el suelo, la fría nieve abrazo mi cuerpo.
El sonido de una manada corriendo me dio la fuerza para abrir mis ojos, no veía nada. Solo nieve, pero podía escuchar como corrían.
—Acércate.
¿Quién habla? Pensé.
—No te hará daño.
Salgan de mi cabeza. Ordené.
Los vampiros tenían el poder de controlar las mentes. Y a este punto no sabía lo que podía pasar.
Y ahí fue cuando vi mi fin, un joven, de contextura delgada, piel pálida, y cabellera rubia clavó sus ojos en mí apenas cruzó la pared de arbustos que me escondía.
Abrí mis ojos espantada, intente alejar mi cuerpo pero no tenía fuerzas. El chico dio exactamente tres pasos. Sentí cada uno como un terremoto, y al tercero ya estaba frente a mí.
Levanto mi mandíbula con sus dedos, y por primera vez vi un vampiro a los ojos. Rojos, rojos como la sangre.
Mi sangre.
—Sangre sucia. —Susurró.
No respondí, no tenía fuerzas.
Tampoco valentía.
Las campanas del refugio sonaron, haciendo que el chico se levantara. —Hay que llevarte a casa.
Seguía sin responder.
—¿¡Axel?! ¡¿Encontraste algo?! —Un grito grueso sonó por todo el bosque. Eso hizo que mi corazón se acelerará aún más.
El chico me brindó una sonrisa, en la cual se asomaban sus colmillos blancos, afilados y letales. —No señor. —Respondió alejándose con sólo tres pasos.
Llevaba un ángel en su sonrisa, y mil demonios en su cabeza.