"YoungBlood" © KookMin

Summary

❝Solías llamarme «Cariño», ahora me llamas por mi nombre. ¿A quién estás llamando, amor? Nadie podría ocupar mi lugar. Cuando estés mirando a esos extraños, le ruego a Dios que veas mi rostro❞ JiMin, el Omega del temido Rey Jeon JungKook, decide huir de su peligroso Alfa tras años y años de vivir bajo su violento y posesivo encanto, aún estando embarazado de cuatro preciosos cachorros, los primeros herederos del reino Évrea. JungKook no descansará hasta tener a su mayor capricho, y a sus cachorros, firmemente a su lado. Sin importar cuánto daño tenga que causar para conseguirlo. ➥ Historia inspirada en la canción "Youngblood" de 5 Seconds Of Summer. ➥ Omegaverse !! ➥ Escenas de violencia explícita, relaciones tóxicas y abuso sexual. Contenido no adecuado para público sensible. Recomiendo discreción. ➥ Smutt, +18. ➥ Adaptaciones permitidas únicamente con mi consentimiento en ello.

Status
Ongoing
Chapters
15
Rating
5.0 7 reviews
Age Rating
18+

O1▕ ❝ sangre joven ❞

Park JiMin era la criatura más preciada y calurosa que existía en los cuatro reinos que regían el mundo. Su rostro etéreo, su leal y gigante corazón, además de su elegancia natural causaban furor en quien tuviera el privilegio de fijar sus ojos en él.

Era el Omega del Rey, el perfecto Omega del Rey Jeon JungKook. Un Alfa totalmente diferente a su pareja. Conocido por sus tratos agresivos, tajantes y aquella personalidad arrogante y dominante que le daba el título de "El Alfa que carga un corazón de hielo, y una espada de fuego", como era conocido en los demás reinos, e incluso fuera de los territorios. Los rumores de sus horribles e inhumanos actos corrían como el agua del río, aumentando el temor en cada licántropo viviente en el planeta.

El Rey Jeon jamás mostró un atisbo de empatía, siempre fiel a su naturaleza sedienta de sangre y exigente en respeto y sumisión máxima tanto para él como para su lobo. Nadie se atrevía a siquiera mirarle a los ojos sin su permiso, sabiendo que ante el mínimo acto que JungKook tomara como una falta de respeto, su yugular sería cortada y su cabeza sería exhibida en el espeluznante Campo de Lanzas que rodeaba el reino de Évrea, donde millones de cráneos yacían hundidos en afiladas lanzas de piedra, algunos en estado de putrefacción y otros ya volviéndose polvo. Una protección que rodeaba las fronteras a petición del mismo Rey, quien osara traicionar a la corona real, u ofender al Alfa, formaría parte de aquella obra.

Por esa mentalidad sanguinaria y despiadada, es que nadie entendía cómo Park JiMin seguía a su lado luego de diez años juntos.


Su unión no fue precisamente algo anhelado por ambos. Un antiguo arreglo durante la guerra entre Évrea y Aztya, reino del Sur. Acontecimiento que acabó con la mitad de la población en ambos reinos, y que Évrea no hubiera ganado de no ser por el acuerdo que surgió entre dos Reyes, en ese tiempo, el padre de JungKook y la madre de JiMin. Bepsea, reino del Este, juró pelear fielmente junto a Évrea hasta ganar la batalla, siempre y cuando, el heredero de los Jeon tomara a su único cachorro Omega para convertirlo en su Reina, y el hermano mayor de JiMin, el Alfa heredero, se casara con la pequeña hermana Omega de JungKook, con esto, uniendo ambos reinos de por vida.

JiMin tenía tan solo diez años cuando JungKook enterró sus pequeños colmillos en su tierno cuello en medio del altar en el momento de su boda.

La unión fue todo un éxito, RyuJin, hermana menor de JungKook, fue a vivir junto a su nuevo Alfa, ChanYeol, hermano de JiMin. Mientras que JiMin tendría que dejar atrás a sus padres y amigos para mudarse al reino del Norte, a la temida Évrea, para dedicar su existencia completa a complacer y acompañar a JungKook.

Eran tan sólo unos niños...

Al principio, JungKook trataba a JiMin como un juguete más, lo tenía todo el día en su habitación, para jugar con sus peluches, corretearse, dibujar o simplemente leer cuentos de hadas. A veces jugaban a los pies del trono del Rey, el que próximamente sería propiedad de un ambicioso cachorro. Comían golosinas que las cocineras Betas preparaban para ellos, daban largos paseos junto a la Reina SoMi, madre de JungKook, por los jardines reales, y asistían juntos a las clases de lengua y literatura, y cálculo y matemáticas. JungKook no le dejaba despegarse en ningún momento, sus primeras órdenes fueron que JiMin hiciera todo junto a él, y era entendible, manejar un lazo tan fuerte como lo era la mordida a esa joven edad era todo un desafío, por lo que el Rey dejó que su hijo guiara el camino de ambos, de su pequeña manada que estaba destinada a crecer conforme ambos lo hicieran.

Nadie notó la obsesión que se estaba generando en el corazón del joven príncipe, disfrazada de un amor inocente y jovial.

Al cumplir catorce, y doce, las cosas cambiaron un poco. A esa edad JiMin debía empezar a ser preparado para su papel como Reina Omega, y JungKook debía ser educado para ser un buen Rey Alfa, con tal de que guiara el reino con inteligencia y fuerza una vez su padre le pasara el cargo.

Debido a esto, las tardes de juegos y pinturas infantiles pasaron a ser silenciosas y solitarias ceremonias de preparación y ensayos de sus papeles en la corona. JiMin no tenía tiempo para ser un cachorro, entre clases de arte, música, etiqueta, tejido, baile tradicional y comportamientos adecuados de un Omega real, su juventud quedó atrás con rapidez, viéndose de un día para otro como un Omega de dieciocho años, a punto de tener su primer celo y concebirle herederos a su Alfa.

Por otro lado, JungKook contaba ya con veinte años. Se había convertido en un Alfa hecho y derecho, sus facciones maduraron al igual que su cuerpo, y su mentalidad había cambiado preocupantemente, transformándose en el Rey temido y peligroso por todos los licántropos al tomar el trono tras cumplir sus veintiuno, fecha en la que su estricto y querido padre falleció, llevándose consigo a su esposa debido al lazo roto y la mordida tiñéndose de negro en el cuello de SoMi, quien sólo pudo ceder a su deprimido lobo.

Finalmente, luego de años, Jeon JungKook había alcanzado el trono.

Y JiMin, la envidia de cada Omega en el palacio, fue coronado como Reina del nuevo Rey de Évrea.


La relación entre ambos cambió radicalmente luego de crecer, de niños habían sido amigos, cachorros empalagosos e inocentes que se ganaban risas y miradas enternecidas de los sirvientes al verles juguetear en los pasillos del inmenso palacio. Sin embargo, ahora no eran más que Alfa y Omega, JiMin dejó atrás el vago recuerdo de los ojos cariñosos y abrazos calurosos de un JungKook de doce años al encontrarse con el cambio notable que este presentó mientras cumplía sus veinte, el entrenamiento recibido haciéndole saber que sólo era una figura de adorno que debía pararse junto al Alfa en las tediosas ceremonias que cruzaron al tomar el trono tras la triste muerte de los que consideraban sus padres.

Ver lo desinteresado que JungKook estaba con la muerte de ambos Reyes le ayudó a aceptar que ambos habían crecido, y que su Alfa ya no era el mismo.

Con esto en mente, se abrió paso a lo que significaba ser Reina.

Se mudó a la antigua habitación del Omega del Rey, misma que había estado abandonada por años, ya que SoMi tuvo el honor de dormir en el mismo cuarto que su Alfa. Ellos realmente se amaban.

JiMin tuvo el sentimiento de nostalgia como un nudo en su garganta todo el tiempo que tomó limpiar y decorar la habitación a su gusto. Le encantaba la idea de que SoMi había estado entre esas cuatro paredes, ella fue una de sus personas favoritas y estaba decidido a honrar su memoria cada día, esforzándose en ser una Reina que el pueblo amara.

Y así fue, por supuesto. La fama de JiMin creció con rudeza en menos de un año, al igual que la de JungKook. La Reina era conocido por su enorme y dulce corazón chorreante en miel, y el Rey ya daba avances de lo despiadado y cruel que sería su mandato.

JiMin ayudó a los orfanatos, hospitales y escuelas. JungKook formó nuevas leyes, creó el tétrico Campo de Lanzas y llevó a Évrea al primer puesto en defensa, asegurándose de dominar a cada uno de los enemigos que su padre había mantenido. El ejército del reino creció con orgullo, mejoraron sus armas y estilo de pelea. Mientras que el pueblo mejoró su economía, y se transformó en un lugar rodeado de naturaleza verdosa y brillante, con sus edificios firmes y reconstruidos, numerosos cachorros correteando por las calles seguras con guardias merodeando, nadie muriendo de hambre o durmiendo sobre el asfalto.

Todo ello gracias a ambos jóvenes que detuvieron la guerra, y brindaron otra oportunidad mucho más amena a cada uno de sus ciudadanos, con el costo de sus propias vidas.

Aunque, claro, lo precioso de la situación era del palacio hacia afuera.


El celo de JiMin debía ser lo que trajera herederos y sellara con broche de oro el maravilloso trabajo que la pareja estaba haciendo con el reino.

Cinco días destinados a conservar y cuidar del cariño que Rey y Reina se tenían desde cachorros. Tiempo que debía ser usado para matar el anhelo de estar juntos que se les había sido arrebatado por el tedioso y ocupado trabajo designado. JiMin rogó y lloriqueó por su Alfa, y JungKook pudo besarle, tocarle y volver a marcarlo como había querido desde hace años, desencadenando aquel sentimiento enfermizo y posesivo que guardó desde niño.

Probar a JiMin fue el peor error que pudo cometer.

Por cosas del destino decidido por la Diosa Luna, JiMin no quedó embarazado. Ni ese ni el segundo año. Tampoco durante los celos de JungKook. Debido a que el Omega había madurado sexualmente, fue digno de pasar "El calor" de su Alfa a su lado, pero esto tampoco dio resultado.

JungKook era perfectamente fértil, al igual que JiMin. Ambos estuvieron de acuerdo que ello no era más que la decisión de la Diosa Luna. No era un problema, podían seguir intentando por mucho tiempo más.

El verdadero problema empezó justo después del primer celo del Omega de Jeon.

Usualmente, JungKook se entregaba únicamente a sus responsabilidades. Paseándose pocas veces por sus aposentos para asegurarse de que estaba bien, renovar la marca y quizás restregarse para compartir sus aromas, el lazo medio dormido entre ambos jamás les molestó, habían lidiado con eso desde pequeños.

Pero, luego de aquel momento íntimo en los aposentos del Rey, JiMin sintió un nuevo cambio en la mirada de su Alfa. Antes había cariño y emoción, luego hubo afecto y confianza, y ahora...

Sólo podía ver oscuridad. Un sentimiento de posesión y rabia sin razón que él pudiera entender. JungKook lo sostenía entre sus brazos, ambos desnudos, acariciando sus cabellos con tensión en los largos y delgados falanges.

Desde esa vez, había sentido la luz del sol en su piel lechosa una vez al día cuando salía al jardín. Ya que sólo podía ir allí. De un día a otro ya no tenía permiso de salir de su habitación, comía sus tres comidas en su cuarto, se aseaba en su baño personal, leía sobre su cama y creaba sus pinturas frente al balcón que tenía a su disposición, no volvió a ver la enorme biblioteca, ni el precioso salón. Dirigía el pueblo a su cargo mediante la voz de sus Doncellas y Donceles, quienes le comunicaban todo lo ocurrido junto a algunos Alfas del Concejo del reino. Ya no miraba a nadie a los ojos, ni hablaba con más personas que no fueran parte de su grupo de compañía, o fuera su Alfa.

JungKook lo había aislado tan de pronto, que el palacio pasó de ser su hogar, a ser una prisión.

El Alfa no le visitaba jamás, sólo en sus celos, y en los de él, JiMin debía ir a sus aposentos para servirle, y luego volver a los suyos. Era casi una ley que el Omega de Jeon no podía salir de su jaula.

Si eso le deprimió y confundió en extremo, el ser abandonado y reemplazado por un extenso Harem le cayó todavía peor.

JungKook lo trataba como una obra de arte que debía cuidar y limpiar a diario, algo que nadie más podía mirar. Dejó que se destiñera y decolorara lentamente, y que se rasgara.

Porque JiMin era la criatura más preciada y calurosa que existía en los cuatro reinos que regían el mundo. Su rostro etéreo, su leal y gigante corazón, además de su elegancia natural causaban furor en quien tuviera el privilegio de fijar sus ojos en él.

Ya que nadie había sabido en casi tres años del precioso Omega que antes paseaba por las calles del pueblo con la hermosa sonrisa llenando su rostro.

Un reino en el que su Rey, Jeon JungKook, mantenía cautivo a su mayor tesoro.