Capítulo único
Cómetelo.
El rostro sereno del hombre se transformó en una mueca, la curvatura de labios hacia abajo, la nariz fruncida y su ojo izquierdo regañado. Se llevó una mano a la frente, como si con este movimiento circular con la yema de sus dedos lograra calmar ese algo que grita por hambre y abrió sus ojos de un azul cielo irreal que hablan de su existencia sobrenatural. O de su no existencia.
El salón está en penumbra haciendo juego con la sombra que amenaza con tragarse su buen juicio y JunMyeon sonrió ante ese pensamiento, porque si quedara algún raciocinio en su interior, bueno, ese chico no estaría allí. Entonces clavó la mirada en su víctima y sabe que es un error, porque el hambre pulsó a través de su piel, y casi, casi, cedió ante el demonio y se lo tragó.
Cómetelo.
Es curioso el poder de las palabras en la mente, o mejor dicho, el poder de las palabras deseadas en la mente. JunMyeon no es idiota, ya no es un joven tonto que aún cree poder ser salvado, no existe el perdón para alguien como él y no sabe si necesita obtener algún tipo de perdón. A fin de cuentas, el perdón solo funciona si te arrepientes de tus pecados y aceptas tus errores. El perdón sirve para calmar almas atormentadas y sí, él está atormentado, pero no tiene alma. ¿O tiene muchas?, se le escapa con ironía.
Y en el fondo, muy en el fondo, sabe que no se arrepiente. Porque habla del demonio, habla con el demonio, y desprecia sus deseos, sus susurros atormentados y oh, joder, su sed. Pero sabe que miente, porque el demonio es una parte de él. El demonio es JunMyeon.
Cómetelo.
No era su intención salir aquella noche. Nunca era su intención si hablaba con franqueza. Todas y cada una de las veces, JunMyeon prometía quedarse en ese apartamento en estos nuevos tiempos y todas y cada una de las veces, JunMyeon fallaba. Antes no vivía allí, claro, antes su casa era más grande, más bonita y clásica, pero el paso de los siglos era fugaz o muy lento y JunMyeon como ser sobrenatural se veía obligado a avanzar con la civilización. Sobre todo si quería comer.
Su invitado emitió un quejido quedo producto del embelesamiento al que había sido sometido, un sonido de reconocimiento para recordarle que estaba allí, esperando por él. Porque siempre sus víctimas querían ser devoradas, hasta que se daban cuenta de que sería la última vez que respiraran.
JunMyeon observó su rostro fino, sus rasgos bonitos y su piel tersa y suave. Tendría unos veinte años, parecía un universitario con sueños, ilusiones y quizás alguna aspiración de ser alguien. Tendría un padre, una madre, hermanos, amigos e incluso, novia. Todos tenían a alguien, JunMyeon solo tenía a su demonio. Y el hambre.
Cómetelo.
La voz del demonio era rasposa, exigente y con un toque ácido que no desaparecía con los años ni con las almas más dulces. JunMyeon sabía que estaba llevándolo al límite y que no duraría mucho más controlándose. Él nunca logró controlar al demonio, no del todo, quizá porque no quería, quizá porque este era el verdadero JunMyeon.
El jovencito alzó la mirada, sus ojos aturdidos perdiéndose en los azules artificiales y sonriendo tontamente al tipo que sería su condenación. Todos lo hacían, de todas maneras. Los humanos era frágiles, inocentes y narcisistas, creían que eran lo único más peligroso que podía destruir y destruirse y lo cierto era que en su ignorancia, confiaban en alguien que aparentaba ser como ellos. Y caían en los brazos del demonio. Caían en los brazos de JunMyeon.
Cómetelo.
Una sonrisa irónica partió el rostro de JunMyeon y al fin, se levantó del sillón. El chico lo miró fascinado por su belleza sobrenatural, él olió su juventud, su vida, su deseo y le tendió una mano, ofreciéndole una noche. Y la última.
—¿Estás preparado para que te coma, pequeño?
—Sí.
Los dedos se entrelazaron, la entrega fue completa y JunMyeon maldijo en su cabeza a los tontos humanos. Porque ellos eran fáciles, manipulables y apetecibles. Ellos querían ser devorados por JunMyeon y él no podía evitar dejar salir a su demonio y comérselos.
Y entonces ocurrió, el hambre latió, pulsó y el demonio salió. Ese, ese era el maldito instante donde las palabras cobraban sentido, el humano gritaba y el miedo llegaba a sus ojos. El jovencito no fue diferente, pero ya era demasiado tarde para él. Siempre se daban cuenta demasiado tarde, cuando ya no tenían salvación.
Cómetelo.
Y JunMyeon obedeció.
FIN








