🖤Darker Than Love🌚||Kookmin||

Summary

Érase una vez una noche oscura y fría, en la que un asesino ruso me raptó en un callejón. Yo soy peligroso, pero él es letal. Ya me he escapado una vez. Él no dejará que vuelva a hacerlo. Lo suyo es la venganza. Lo mío es la traición. Pero mías son también las mentiras que protegen a los que amo. Nos han cortado usando el mismo patrón retorcido. Ambos despiadados, ambos heridos. En sus brazos encuentro el cielo y el infierno: sus crueles y tiernas caricias me elevan tanto como me destrozan. Dicen que los gatos tienen siete vidas, pero un asesino solo tiene una. Y la mía le pertenece ahora a Jeon Jungkook. Adaptación Más Oscuro Que El Amor Autora Anna Zaires Todos los créditos a la autora original No copias ni adaptaciones Que la disfruten 😌💜

Status
Complete
Chapters
40
Rating
5.0 4 reviews
Age Rating
18+

PRÓLOGO

30 KILÓMETROS A LAS AFUERAS DE BUDAPEST, 23 AÑOS ATRÁS


—¡Mami! —El niño tira de la manga de su madre desde el asiento trasero. —. Mami, ¿puedo comerme una galleta?


Está aburrido y hambriento.


Está oscureciendo y lo único que puede ver a través de la ventanilla del automóvil son árboles y nieve.


Están yendo por la ruta panorámica, como dijo papá: una ruta bonita.


Pero es más larga, y a él no le parece tan bonita.


Preferiría que hubiesen cogido el tren hasta casa de la abuela Hanna, como siempre.


—No, cariño mío. Vamos a cenar dentro de poco. —Su madre se vuelve en el asiento del pasajero para mirarlo.


Las comisuras de sus ojos azules se arrugan cuando sonríe con calidez, y sus rizos rubio platino se mueven suavemente rodeando su rostro a la vez que ella dice.


—Aguanta solo otro poquito más, ¿vale?


—Vale. —El niño suspira y mira por la ventanilla.


Árboles, nieve, más árboles.


La cinta negra del asfalto que serpentea por el bosque.


Todo es aburrido, aburrido y aburrido.


Pero él es un buen chico y sabe que es mejor no quejarse.


Es importante comer bien.


Es importante escuchar los padres.


Y si su madre dice que cenarán pronto, él confía en que así será.


Está quedándose medio dormido, cuando su padre pisa el freno de golpe, y de su boca salen unas palabrotas que él solo había escuchado antes en la tele.


Su cuerpecito se mueve violentamente hacia adelante cuando el coche frena con un sonido de derrape, y solamente el cinturón de seguridad que se le clava lo mantiene en su sitio.


—¡Ay! —Se frota la frente donde se ha golpeado con el respaldo del asiento de delante—. Papi, ¡eso me ha hecho daño!


—Cállate, Jimin. —La voz de su padre suena extrañamente tensa mientras él mira al frente—. Solo estate calladito, ¿de acuerdo, cariño?


Pestañeando, el niño baja la mano y sigue su mirada.


Hay dos hombres de pie delante del coche.


¿De dónde habrán salido?


¿Estaban ahí parados en medio de la carretera?


¿Por eso ha frenado papá tan de golpe?


Un hombre se acerca y da unos golpecitos en la ventana del conductor con algo duro y puntiagudo.


Su estómago cae en picado como un ave marina, y él se siente de pronto helado y mareado.


Porque la cosa dura y puntiaguda es un arma.


Y el otro hombre, el que está delante del coche, también está apuntando con otra pistola hacia el parabrisas.


Las dos armas son negras y tienen pinta de peligrosas, como las que se ven en las películas, no de un azul brillante como la pistola de juguete que papá le regaló para que jugara a soldados y prisioneros con los niños de su barrio.


A él se le dan realmente bien esa clase de juegos, es rápido y fuerte a pesar de su constitución diminuta.


Él puede ganarles a todos los chicos, pero ahora mismo no lleva su pistola azul encima.


Y estos no son niños.


Puede escuchar la respiración de su padre.


Es rápida e irregular.


Él pulsa el botón para abrir la ventanilla.


El desconocido se inclina y su madre ahoga un sollozo cuando presiona el arma, la pistola negra de aspecto aterrador, en la sien de su padre.


—Fuera. —La voz del desconocido es grave y dura—. Necesitamos el puto coche.


—P-por favor —dice su madre con un hilo de voz, aguda y tan temblorosa como su respiración—. Por favor, no hagáis esto. Te-tenemos un hijo.


Los ojos del extraño se posan en el niño del asiento trasero, y su mirada fría y cruel lo atraviesa como un cuchillo antes de volver su atención a su padre.


—He dicho que salgáis de una puta vez.


—Está bien, está bien. Solo un segundo. —Su padre suena sin aliento mientras se desabrocha el cinturón de seguridad—. Vamos, cariño. Venga... vamos.


Cuando abre la puerta, el hombre lo saca de un tirón del coche, y lo arroja desparramado sobre el asfalto.


Sollozando de forma audible, la madre del niño sale del auto por su cuenta, abre rápidamente la puerta trasera, y se mete dentro a desabrochar el cinturón de seguridad de su hijo.


El niño también está llorando.


Jamás había estado tan asustado.


Afuera hace muchísimo frío, y él siente el mordisco del viento helado cuando su madre lo saca, y se inclina después para coger su abrigo.


Él no entiende qué está pasando, por qué a estos hombres malos se les permite hacer esto.


Por qué papá no tiene una pistola propia para poder detenerlos.


Si él tuviera la suya, lo intentaría, aunque sea de un azul brillante y no parezca nada peligrosa.


El otro hombre, el que está delante del coche, se aproxima.


De cerca, es aún más aterrador que su compañero, con el rostro sin afeitar y unos ojos desorbitados llenos de una especie de locura.


—Déjate de gilipolleces —sisea, y su mirada va de su amigo a la llorosa madre del niño, que le está poniendo el abrigo con manos temblorosas, y al padre del niño, que está rodeando rápidamente el coche y se dirige hacia su esposa y su hijo—. Tenemos que largarnos.


El hombre de ojos fríos se pone al volante.


—Entonces vámonos. Sube. —Cierra la puerta de golpe.


La mirada aterradora del hombre se clava en él, y luego de nuevo en los padres del niño, que ahora están delante de él, protegiéndolo con sus cuerpos.


—Por favor. —La voz de su padre tiembla cuando empuja al niño más lejos detrás de él—. Por favor, ya tenéis el coche. Por favor, marchaos. No se lo diremos a nadie, lo juro. Solo... marchaos.


El hombre aterrador sonríe, y la locura que hay en sus ojos brilla con más intensidad.


—Lo siento, no se permiten los testigos. —Y levanta el arma.


¡Pum! ¡Pum!


Los disparos golpean los oídos del niño igual que puñetazos.


Aturdido, se tambalea hacia atrás cuando sus padres se derrumban frente a él y un fuerte olor a quemado llena el aire, mezclándose con algo que huele a cobrizo y metálico.


—¿Qué cojones? —El otro hombre asoma la cabeza por la ventanilla—. ¡Ese no era el plan!


—Espera —dice el asesino, apuntando al niño, pero él ya ha salido corriendo.


Puede que sea pequeño, pero es rápido, tan rápido que sale disparado detrás de los árboles antes de que suene el siguiente disparo.


Detrás de él, puede escuchar a los delincuentes discutiendo, pero sigue corriendo, y su corazón late como las alas de un colibrí.


No se adentra corriendo demasiado lejos en el bosque.


En vez de eso, encuentra un hueco en unas raíces que asoman sobre el suelo y se esconde allí, diciéndose sin parar que todo es un juego al que está jugando.


Las lágrimas que se congelan en su rostro y los temblores sacudiendo su pequeño cuerpo contradicen esa historia, pero él los ignora.


Es fuerte y rápido.


Puede vencer a todos los chicos.


Incluso a los adultos con pistolas negras de aspecto aterrador que hacen que le duelan los oídos.


¿Y qué si tiene hambre y tanto frío que apenas puede sentir la nariz y los dedos de los pies?


Va a esperar a que los hombres malos se vayan, y luego va a volver y encontrarse con sus padres.


Y ellos lo abrazarán y le dirán lo bueno que es.


Y luego se irán todos a cenar.


Así que espera y espera, temblando dentro del abrigo que le ha puesto su madre.


Cuando sale de su escondrijo, ya está oscuro del todo, solo la luna llena ilumina su camino, y él tiene miedo de que algo salte sobre él desde los árboles.


Un lobo o un oso o un monstruo.


A los seis años, todavía es lo bastante pequeño como para creer en monstruos no humanos.


Tragándose su angustia, vuelve sobre sus pasos, igual que lo haría jugando a soldados y prisioneros.


El coche y los hombres malos se han ido, pero sus padres siguen allí, tumbados en la cuneta, exactamente en las mismas posturas que cuando cayeron: su madre sobre un costado, con el cabello rubio platino cubriéndole la cara y su padre de espaldas, con el rostro vuelto hacia el otro lado.


El corazón del niño se detiene un instante y luego comienza a latir tan deprisa que le duele.


Vuelve a sentirse mareado, y helado.


Pero no es ni su nariz, sus manos ni los dedos de sus pies lo que se está congelando ahora; es algo en lo más profundo de su interior.


Tembloroso, se arrodilla junto a su madre y le tira de la manga.


—Mami. Mami, por favor. Vámonos.


No obtiene respuesta, y cuando baja la mirada hacia su mano, ve una mancha roja en sus dedos.


Y en sus vaqueros.


Está arrodillado en un charco de sangre.


Se le revuelve el estómago, y cree que va a vomitar.


Retrocediendo a cuatro patas, se topa con el costado de su padre.


—¡Papi! —Le agarra de la mano y se la aprieta con todas sus fuerzas—. ¡Papi, despierta!


Pero él tampoco responde.


Su mano se siente rígida y helada en la de él, y cuando le gira el rostro para mirarlo, tiene los ojos abiertos, como si estuvieran contemplando la luna llena que hay por encima.


Pero no hay en ellos ninguna expresión.


Están en blanco, vacíos.


Y en medio de la frente, tiene un agujero.


Con todo el cuerpo tiritando, el niño se levanta.


Ya no tiene hambre, pero sí frío.


Tanto, tanto frío...


Es como si la nieve estuviera dentro de él, llenándole el pecho y el estómago.


De alguna manera es una buena sensación, de entumecimiento.


El dolor y el aleteo como el de un colibrí de su corazón parecen calmarse, superados por la gelidez que le llena los pulmones cada vez que respira.


El niño no sabe cuánto tiempo pasa allí de pie, mirando los cuerpos de sus padres muertos.


Lo único que sabe es que cuando se da la vuelta y empieza a andar, ya no hay ningún dolor ni miedo dentro de él.


Su corazón es de nieve y de hielo.