Capitulo único
El sonido chirriante de un intenso frenazo y la fuerza de un impacto lo despertó súbitamente, observó a su alrededor intentando centrarse y reconocer el lugar en el que estaba sin éxito alguno debido al aturdimiento que aún sentía a causa del sueño, suspirando bajó los brazos; mismos que sin darse cuenta cubrían su rostro y decidió incorporarse en la cama para dejar que el embotamiento decidiera despejar su cabeza, solo entonces pudo pensar con claridad. Estaba en su casa, en su nuevo hogar, rodeado de objetos que no conocía pero cargando los mismos problemas del pasado. Ignacio provenía de una familia humilde de la provincia de Guantánamo, cinco hermanos y un solo par de zapatos, una casa con un cuarto y muchas ranuras, no debía quejarse de sus padres, sus viejos lo habían dado todo a pesar de tener nada, por eso se había esforzado el doble para ser un estudiante ejemplar y obtener una carrera, fue alagado y consentido por cada uno de sus profesores, gracias a su trayectoria y resultados en cada concurso y evento a los que acudía en aras de escalar en el escalafón y darle, algún día a su familia todo aquello que él mismo soñó tener. Los años pasaron y sus esfuerzos se convirtieron en excelentes índices finales y una beca en la URSS. ¿Qué más podía pedir? Excepto amigos quizás, Ignacio era un tipo cerrado, un guajiro con complejo de ostra que se había lanzado a un mundo totalmente diferente y mientras los demás jóvenes de su edad aprovechaban al máximo su experiencia conociendo sitios y gente nueva, enamorándose y quizá fornicando, él solo podía comerse los libros de magisterio y bajar la cabeza cuando una chica lo miraba, todo un nerd. Por supuesto y como era de esperarse comenzó a llamar la atención nuevamente y sin darse cuenta ya formaba parte de una cátedra de alumnos modelos que, terminando la carrera un año antes, acompañaron a los profesores durante sus clases magistrales y exponían sus trabajos de tesis con el objetivo de motivar o aplastar las esperanzas de los nuevos, más tarde y para su fortuna le ofrecieron un puesto en la prestigiosa Universidad de la Habana, todo un mérito que aceptó sin rechistar y que además permitió su traslado al paradisíaco mundo capitalino. Se puso de pie finalmente y caminó hacia al baño pensado una vez más en aquella pesadilla tan real, si rememoraba los sucesos y dejaba que la paranoia lo alcanzara podría jurar que más que una pesadilla era un recuerdo, sin embargo; y aunque la sensación de peligro había sido casi palpable, tanto que el miedo aún nadaba en su vientre, no recordaba haber vivido algo como eso, lavó sus manos una vez hubo terminado sus necesidades y se dispuso a hacer algo de café, para luego, en un intento por relajarse, abrir las puertas del balcón que le permitía observar la ciudad que lo abrigaba, era hermosa, llena de luces madrugonas, pero ya semipoblada de transeúntes que quizá se dirigían a sus trabajos o solo retornaban a sus casa después de cualquier otra actividad.
Volvió a la cocina a por una taza de café y cual turista decidió recorrer el espacio que ahora era su casa, porque aunque pareciera extraño, no podía recordar su llegada, ni el momento en que había caído dormido, quizá el cansancio fue mucho o el viaje desgastante, la verdad era que le daba igual. Era un departamento acogedor con una sola habitación de paredes un tanto mohosas, un baño discreto que ya había utilizado y funcionaba perfectamente, la cocina pequeña pero a justa medida con un refrigerador, una mesa y cuatro sillas y un fogón eléctrico, además de una diminuta sala con dos balances y el ya mencionado balcón, mismo en donde se sentó a terminar su segunda taza de café pensando en que era dichoso, porque había salido de su pueblo directo a la gran ciudad, y ahora tenía mucho más de lo que habría podido imaginar. Podía decir que era feliz, se sentía pleno y realizado porque este sí que había sido un sueño para él, un objetivo de vida que al final había alcanzado. Desde pequeño había pasado sus días metido de cabeza en los libros de lectura y otros temas que nada debían de haberle importado a un niño de su edad, pensando y dándole vueltas a todo por demasiado tiempo y siendo criticado por los demás por aquella manera tan "pájara" de hablar, con palabras que solo el entendía, y quizá parezca raro, pero Ignacio fue un niño como otro cualquiera, uno que se enamoró, fue rechazado, se reía y jugaba, que a veces hasta robaba mangos del patio vecino aunque tuviera muchos en el suyo, y que se masturbó algunas veces y no precisamente pensando Mary Shelley. El tiempo había pasado y seguía siendo el mismo aunque ahora tenía 26 y los años le habían otorgado un aire interesante, junto con su metro ochenta y cuatro de estatura, y un cuerpo trabajado con el único fin de elevar su autoestima y confianza, su cabello negro, un tanto largo y desarreglado adornaba un rostro de ojos negros con gafas, además de duras y atractivas facciones que ciertamente harían suspirar a más de una chica, aunque realmente a él nunca le había importado el físico y solo lo portara como mecanismo de defensa para desviar la atención sobre sus no tan gratos defectos, como su enorme torpeza y gran dificultad comunicativa, eso sin mencionar su excesiva timidez. Quizá por eso tardo tanto tiempo en dejar de ser virgen. Suspiró recordando cuanto trabajo quedaba por hacer y colocándose de pie se puso manos a la obra, había encontrado antes debajo de la puerta un sobre con documentos que le otorgaban información sobre su nuevo trabajo y una nota de recursos humanos que resumía que, como era viernes, su jefe de cátedra le había dado solo el fin de semana para organizarse y adaptarse un poco, por lo tanto debía apurarse ya que solamente organizando su biblioteca perdería todo un día, por suerte tenía la mitad del trabajo hecho en las cajas en donde había clasificado cada volumen. Movió la cabeza de lado a lado sintiendo nuevamente extraño el hecho de no poder recordar su llegada, no era un tipo con hábitos como el alcohol u otra droga que pudiesen causar pérdidas de memoria, era como si de momento su vida se hubiese resumido a un antes y un después, sin ayer o intermedios, dejándole un mal sabor en la boca y un raro presentimiento que le decía, estaba perdiéndose algo importante. Aun así se entretuvo limpiando sobre lo limpio porque el lugar estaba pulcro, hizo alguna que otra pausa para comer y después de acomodar algunas cosas en la cocina cortesía de su madre y haber dejado listos los estantes, dió por terminado el trabajo.Era ya entrada la noche cuando totalmente exhausto se adentró en su habitación, era realmente grande y cómoda y contaba con una cama enorme donde sin problemas podía estirarse sin que sus pies quedaran fuera, sobre unas pequeñas mesas de noche a ambos lados de la misma descansaban algunos útiles y una lámpara en el lado derecho, la pared del mismo lado de la pieza estaba ocupada por un clóset de dos puertas con olor a viejo pero bastante amplio y al frente de la cama, cubierto por una sábana color marfil, otro mueble. Ignacio lo miró con curiosidad por unos segundos mientras cargaba su maleta, pero la debilidad de su cuerpo pudo más, así que dándole la espalda colocó su equipaje sobre la cama y extrajo una toalla y un pantalón de pijama para posteriormente meterse al baño. Salió ya vestido y aún secando su cabello caminó hacia uno de los estantes para escoger un libro al azar y dejarse caer en la cama después de poner la maleta en su lugar, colocó sus gafas y encendió la lámpara intentando concentrarse en la lectura, pero la sábana frente a él llamó su atención por segunda vez, como si algo estuviera enfocando toda su energía en hacerse notar, la miró desde su posición intentando no sucumbir aunque la sensación de ser atraído hacia allí era más fuerte, entonces, dejando a un lado el libro se puso de pie avanzando con el ceño fruncido hasta el lugar, sintiendo como en su interior se redoblaban las ganas de descubrir lo que allí había. Ignacio tomó con su diestra la espesa tela y tiró de ella haciendo que una fina capa de polvo se levantara, dejando al descubierto el espejo más tosco que había visto en su vida, medía al menos dos metros y estaba empotrado en un marco de madera cuidadosamente tallada y barnizada, además de estar curiosamente en buen estado teniendo en cuenta su aspecto antiguo. El extraño espejo tenía base plana y ancha, lo que le permitía estar de pie por cuenta propia, e Ignacio se preguntó como habían sido capaces de colocarlo allí, ya que superaba en ancho dos veces cualquier puerta de la casa, observó su reflejo por algunos segundos y todo lo que detrás de él abarcaba aquella lámina de cristal, luego acercándose más, pasó ambas manos por los bordes totalmente fascinado por la magnificencia del inmenso mueble, y luego caminando de espaldas mientras evaluaba el alcance del reflejo se dejó caer de nueva cuenta en su cama, renunciando por completo a leer para irse a dormir.
El sonido de una misteriosa y atrayente melodía susurrada por una extraña, dulce y desconcertante voz lo despertó, todo estaba oscuro y solo atinó a colocar sus gafas y esperar a que sus ojos se acostumbraran a la bruma, para encender la luz y salir de la cama con la intención de encontrar la fuente de aquel sonido que parecía ir y venir por todos lados, ¿Por qué tenía la impresión de que conocía aquel timbre? Era como si de pronto su cerebro se hubiese puesto de acuerdo con su entorno para gritarle “Te falta algo... ¿No lo ves? Hay algo importante que estas olvidando” su corazón comenzó a martillar y perdió la noción de la realidad ¿Estaba soñando?
-Ven cariño... Ven a mi mundo... Para mí.
Ignacio achicó sus ojos un tanto nublados por el sueño, enfocando el espejo que había descubierto más temprano, no pudo detener sus pasos, sus pies parecían tener vida propia y como hipnotizados por la melodía avanzaron directamente hasta quedar frente a él, negó con su cabeza reiteradas veces negándose a aceptar lo que sus débiles ojos veían, había algo moviéndose allí, y era similar a las formas del vapor que causaba soplar aliento en los cristales, el hombre inclinó la cabeza totalmente concentrado, mirando con detenimiento como las marcas iban y venían al ritmo de las palabras de la canción que ahora podía escuchar con claridad.
-Ven... Ven cariño... Te esperado tanto... ven a mi mundo... Sé para mí.
Ignacio levantó uno de sus dedos decidido a tocar el vaho que empañaba el cristal, pero la silueta de una mano estampándose en el espejo de manera súbita lo aterró, obligándolo a dar un salto atrás con los ojos bien abiertos.
Despertó como un resorte incorporándose hasta quedar sentado en la cama, estaba bañado en sudor y con el corazón latiendo desbocado, paseó la vista por la habitación un poco desconcertado intentando ubicarse, había tenido una pesadilla, dictaminó lo obvio pasando ambas manos por su rostro antes de colocarse las gafas para mirar la hora, cinco de la mañana, se dejó caer nuevamente hacia atrás mirando fijamente el techo, intentando comprender el porqué de sus recientes pesadillas, era algo muy extraño en él, pero desde su llegada a esa casa habían comenzado a sucederle, quizá solo estaba estresado por el viaje y todo en general, demasiadas emociones, incluso si no podía recordarlo, ridículo, se dijo cerrando los ojos intentando en vano dormir nuevamente.
-Al carajo...
Susurró medio bostezando medio rezongando mientras salía de la cama arrastrando los pies hacia el baño, pero al pasar frente al dichoso espejo no pudo evitar detenerse y evaluarlo a conciencia, recordando su sueño y la sensación tan rara que había experimentado, lo miró como si de un contrincante se tratase y estuviera probando fuerzas ¿Por qué lo habían dejado allí? No lo necesitaba, no le tomaba ni cinco minutos arreglarse y nunca pasaba más de dos mirando el desastre en su cabello ni lo exageradamente alta que era su figura, sin embargo deshacerse de él significaba un absurdo teniendo en cuenta que, primero, era la única habitación, y segundo, imposible mover semejante armatoste. Media hora después acomodado en una de las sillas de la cocina redactaba una extensiva carta a sus padres y hermanos en donde contaba, paso a paso, cada detalle de su viaje y llegada a la Habana, sabía que para su familia era casi una película su travesía, ya que era el primero en abandonar el campo para instalarse en la capital, como mismo había sido el único en viajar a otro país, solo por eso adornó las hojas de papel con paisajes mucho más pintorescos y coloridos, con un mar aún más azul y una mansión más que casa, de igual modo sabía que para su vieja madre su ahora hogar sería más que suficiente y acogedor, y en su interior albergaba la esperanza de reunirlos, a ella y a su padre con él, tarde o temprano.
Estaba tan concentrado en su tarea que apenas si pestañeaba, su estómago rugía pero se negaba a abandonar su escritura hasta plasmar la última de sus ideas y así lo hizo para luego satisfacer sus necesidades y entregarse de nueva cuenta a la lectura, perdiendo la noción del tiempo y el espacio en el proceso como siempre que se que dedicaba a ello, pero por algún motivo el silencio que lo rodeaba se hizo molesto y no pudo más que apartar su atención del libro y quedarse muy quieto al sentir como su nuca se erizaba y todas sus defensas se activaban al sentirse observado, su primer instinto fue mirar hacia atrás, sin embargo no lo hizo y en cambio aguzó el oído tratando de escuchar algo más, y fue así como aquella melodía que había oído en su sueño volvió a resonar muy bajito en la distancia, pero esta vez con él en todos sus sentidos. Se puso de pie de un salto y miró en dirección a su pieza frunciendo el entrecejo, ¿Qué era aquel sonido? La melodía resultaba perturbadora y reiterativa e Ignacio no sabía si ir a su encuentro o salir corriendo de la casa, su mente comenzó a repetirla como un mantra escalofriante, como si la conociera de antes, poniéndolo más nervioso porque, extraños sentimientos se apoderaban de él y hacían que se sintiese fuera de lugar, quería volver a su hogar y al mismo tiempo contar con las fuerzas que le permitieran enfrentar a lo que fuese que estaba molestándolo, nunca había sido supersticioso, era un hombre de letras y de ciencia, sin embargo su curiosidad lo impulsó una vez más y antes de darse cuenta ya estaba caminando a su cuarto con todos los vellos del cuerpo de punta al sentir como la voz que lo llamaba se volvía más nítida con cada paso que daba.
-Ven mi amor... Te he esperado tanto... Mírame, ven a mi mundo... Vuela hacia mí... yo cortaré tus alas.
Ignacio se detuvo en el umbral de la puerta y con él la voz, miró al interior sin girar su cabeza hacia donde sabía estaba el espejo, era ridículo pero algo le decía que allí estaban todas sus respuestas y aún así, no se atrevía a ir ¿Por qué? Para él estas cosas no existían, era solo la mente jugando con tus miedos ¿Pero cuáles eran sus miedos? Negó reiteradas veces convenciéndose de que lo mejor era salir un rato, necesitaba aire fresco y de paso ver a otros seres humanos, pero justo en el momento en que se disponía a dar la media vuelta la voz de antes volvió a escucharse.
-Ignacio...
Sus ojos se abrieron en demasía y el vacío que se instaló en su estómago le dió la sensación de caer en picada, no respondió, su interior le decía que no era conveniente, pero en cambio giró sobre sus talones y atravesó la puerta de su cuarto con el corazón martillando fuertemente hasta colocarse al lado del espejo sin mirarlo directamente, debía hacerlo con calma, pensó al tiempo en que volteaba con mucha cautela, para encontrarse, cara a cara, con su reflejo. Ignacio se sentía exasperado y para nada convencido, se quedó allí mirándose intensamente esperando algo, cualquier cosa que le explicara los extraños sucesos ¿Acaso estaba siendo víctima de experiencias paranormales? Se preguntó jadeando exageradamente, sintiéndose tonto al cerrar los ojos pensando en lo ridículo de la situación, algo que jamás pensó podría sucederle, su cabeza siempre estaba enfrascada en cosas objetivas. Mejor dormir, se dijo aunque sabía que era temprano, pero era lo mejor teniendo en cuenta su estrés, así que sin pensarlo dos veces cambió su ropa por algo más cómodo para dejarse caer boca abajo en la cama.
Hacía tanto calor, Ignacio sentía que se asfixiaba debajo de las sábanas en las que en algún momento de la noche se había enredado, no podía moverse pero por algún motivo que desconocía todos sus sentidos se encontraban alertas, la habitación estaba en penumbras y el reloj sobre la mesa de noche marcaba las cuatro y cincuenta de la mañana, hora en la que desde su llegada a aquella casa habían comenzado a tener lugar los extraños sucesos que lo aquejaban, el silencio parecía ruidoso y aunque básicamente nada parecía estar fuera de lugar Ignacio sentía la ansiedad crecer de a poco dentro de su pecho, nunca en toda su vida había padecido insomnio, pero aquel no parecía ser su habitad, todo se había vuelto confuso desde su entrada a aquel lugar, y tal vez era ese el motivo, extrañaba su hogar, Ignacio meditó por varios segundos la opción y decidido a continuar durmiendo se acomodó sobre su lado izquierdo abrazando la almohada, pensando en su familia, en la calidez de su desvencijado hogar, estaba casi cayendo nuevamente en la tranquilidad del sueño cuando el peso de la cama aumentó de tal manera que Ignacio tuvo la certeza de ya no estar solo. Todo su cuerpo se tensó al instante, su corazón comenzó a golpear tan fuerte que temió que la persona detrás de él pudiera escucharlo o sentirlo, porque ahora, ya podía incluso percibir el calor ajeno en su espalda y una cálida respiración en su nuca, Ignacio palideció preso del terror, su instinto le obligó a permanecer quieto en su sitio, justo como lo hacían los que eran asediados por un depredador, pero su caso era totalmente distinto porque su cazador tenía manos suaves y delicadas, manos que contra todo pronóstico comenzaron a acariciar su cabeza como intentando calmarlo, mientras muy cerca de su oído susurraba aquella canción casi habitual, comenzó a perder fuerzas, se sentía hipnotizado, el sopor de un sueño confuso empezó a alcanzarlo de a poco mientras la voz femenina lo arrullaba ahora acariciando con sus dedos como plumas su brazo descubierto, y él, incluso sin querer se dejó ir, cayendo en un remolino de imágenes incoherentes, abrazos y más susurros, una vorágine de sucesos en donde su pulso aceleraba sin control al ser llamado una y otra vez por ella ¿Quién era ella? El hombre se veía a sí mismo envuelto en una nube paralítica que le impedía tanto dormir como permanecer del todo despierto, solo deseaba saber la procedencia de aquel sonido, algo que al parecer también deseaba la intrusa, ya que, alejando sus manos con toda la calma del mundo separó sus cuerpos para, posteriormente, comenzar a retirarse.
-Oooh ven a mí, corazón... Ven a mi mundo... Puedo darte tanto, mi amor.
La voz dulzona siguió su letanía mientras el escape tenía lugar e Ignacio se estremeció cuando desde la cama, en la misma posición, pudo divisar la silueta de una mujer, la oscuridad de la habitación no permitía que su rostro pudiera verse claramente, pero lo que sí estaba claro era su figura curvilínea, su cabello largo y ondulado que caía sobre su espalda rozando sus nalgas, y que lo miraba mientras caminaba de espaldas, dejó de luchar con el miedo para observar todo lo que podía mientras la visión de aquella desconocida llenaba sus pupilas, pero lo que nunca esperó fue verla desaparecer dentro del espejo, lo que realmente lo dejó de piedra fue ver como el cristal se tragaba el cuerpo de aquella persona como si en vez de eso fuese gelatina, entonces, despertó.
Salió de la cama como un rayo, estaba volviéndose loco, necesitaba salir de ese lugar, escapar, rodearse de otras personas, de preferencia vivas, sí, lo estaba pensando, ella no podía ser más que un fantasma, un alma en pena carente de amor que había decidido atormentarlo, Ignacio se encerró en el baño evadiendo el pequeño espejo sobre el lavamanos, ¡Diablos! Se sentía traumado pero, ¿Acaso era culpa suya? Suspiró sentándose en la tasa dándose un tiempo para relajarse y pensar en todo lo que estaba sucediendo en su vida, simplemente dejando el tiempo correr, después, lentamente se reincorporó y se dispuso a lavarse la cara, aún se encontraba perdido cuando notó que había abierto la puerta sin secarse, pero de pronto su cuerpo decidió ponerse a la defensiva, y su cerebro le dijo que debía tomarse un tiempo antes de voltearse porque alguien lo observaba, su piel volvió a alterarse y lentamente comenzó a dar la vuelta con calma hasta quedar frente a su habitación, aunque lo único que vió fue al espejo, ese puto espejo que abarcaba todo en su reflejo, se dijo mientras caminaba en esa dirección y se posicionaba frente a él mirándose con rabia, sintiendo unas inmensas ganas de darle un puñetazo o mejor, cubrirlo nuevamente con la sábana y pretender que jamás lo había descubierto, sin embargo se quedó observando cada detalle del tallado del majestuoso marco, era un trabajo fino, a todas luces antiguo, se dijo tocando delicadamente los bordes hasta que encontró algo que atrajo su atención, una frase corta en latín
-¿Es vos certus vestri mundi sit verum?... sunt te exspectat.
-¿Estás seguro de que tu mundo es el correcto? Ven aquí... Te estado esperando.
Recitó Ignacio lentamente arrugando el entrecejo al mirar ahora su reflejo, observó luego la habitación dentro del mismo preguntándose el porqué de aquella extraña frase, muchas leyendas urbanas hablaban sobre espejos malditos pero ¿Era realmente algo cierto? Sonrió sin ganas pensando que para él, que estaba viviendo el episodio más extraño de su existencia, ya todo podía ser, luego notó que a lo largo del marco habían más frases, estaban por doquier y tan camufladas con el tallado que se confundían en él, al parecer había sido la intención del fabricante, sin apenas darse cuenta terminó sentado con sus piernas cruzadas frente al inmenso mueble observando todo y buscando al mismo tiempo algo más, no sabía qué, pero estaba seguro de que aún faltaban piezas en aquel rompecabezas.
-¿Estás seguro de que tu mundo es el correcto?
Repitió intentando encontrar la lógica detrás de lo absurdo, era una frase misteriosa que le provocaba ansiedad, sobre todo después de lo que había vivido el día anterior, era una estupidez, se dijo colocándose de pie con toda la intención de alejarse y quizá dar un paseo, pero un rápido movimiento captado por sus ojos le hizo mirar nuevamente el cristal, y entonces la vió. Ignacio reculó dando pasos hacia atrás hasta tropezar con la cama cayendo sobre ella asustado sin dar crédito a lo que ahora veía, una chica de aspecto extrañamente inocente lo observaba con sus manos apoyadas en el espejo y una sonrisa amplia en sus labios, Ignacio sacudió la cabeza y cerró los ojos unos segundos hablando internamente consigo mismo, intentando convencerse de que aquello no estaba sucediendo, pero aquella voz ya tan conocida susurrando bajito lo hizo estremecer.
-Mmm... Tarará... Ven a mi mundo... Oooh te he esperado tanto...
Ignacio jadeó y abrió los ojos de nueva cuenta encontrándose con la chica sobrenatural, no sabía que hacer ¿Debía moverse hacia allí? ¿Sería aconsejable siquiera intentarlo? Si era sincero estaba petrificado y cautivado a partes iguales, prácticamente en estado de shock, se sentó muy derecho en la cama y estrujó sus ojos con ambas manos en puños para luego enfocar a la mujer otra vez pensando en que quizás, solo había sido una alucinación o alguna visión producto del cansancio, pero allí estaba ella, no se había movido ni un centímetro pero era indiscutiblemente real y lo observaba desde su sitio con misteriosa atención. Se puso de pie y sin poder contenerse ya caminó hasta el espejo colocando a un lado su miedo para verla de cerca, llevaba un simple vestido de color azul cielo y tirantes finos, sin calzado alguno, tenía cabello cobrizo y ojos castaños, su rostro era perfilado y hermoso, tanto que el hombre se demoró un poco más de lo estrictamente correcto en él, haciendo a la chica del espejo sonreír más amplio, y él solo atinó a pestañear confundido, desviando su mirada a las manos contrarias, cuando éstas comenzaron a subir por el cristal hasta posicionarse de lleno contra él dejando las palmas frente a Ignacio, al tiempo que lo miraba con una expresión tan voraz que el hombre no supo cómo reaccionar.
-¿Quién eres? -preguntó al fin Ignacio caminando dos pasos al frente con sumo cuidado.
-Natalia... -Ignacio tragó saliva al escuchar la aterciopelada y ronroneante voz femenina, temiendo ahora un poco más, no se trataba de un sueño, era jodidamente real.
-No... No es a lo que me refiero, ¿Cómo... Cómo es que estás ahí?
-Eso es porque vivo aquí.
Dijo Natalia con calma dejando una marca húmeda en el espejo al retirar sus manos, e Ignacio las observó recordando su extraño sueño, aquel en donde despertaba movido por una melodía que parecía llamarlo y en donde por primera vez vió huellas en el espejo. ¿Realmente estaba ocurriéndole esto? Miró a su derecha perdido en sus pensamientos, intentando darle credibilidad a los acontecimientos, algo sumamente ridículo e innecesario teniendo en cuenta que lo estaba viendo justo en ese momento, quizá había vuelto a quedarse dormido, sí, debía ser eso, entonces mirando a la chica, ahora Natalia, misma que parecía entretenida en sus uñas como si fueran la cosa más interesante del mundo, decidió hablarle, debía comprender lo que estaba pasando, fuera o no realidad al menos quería saber qué deseaba esa mujer, al final más temprano que tarde despertaría y todo acabaría, al menos eso esperaba.
-¿Cómo es que estás ahí? -insistió Ignacio señalando el espejo con su barbilla.
-Vivo aquí...
-Sí, eso ya me lo dijiste pero... -Ignacio suspiró eligiendo mejor sus palabras -¿Por qué vives ahí? ¿Cómo llegaste a ese lugar? ¿Puedes salir?
Natalia lo miró por largo tiempo y sus ojos castaños parecieron brillar mientras se sentaba en el suelo cruzando sus piernas como flor de loto, Ignacio permaneció en su sitio sin saber qué hacer, no le parecía buena idea acercarse demasiado pero al mismo tiempo la curiosidad le llamaba, así que simplemente decidió agacharse en su sitio totalmente a la defensiva, mirando disimuladamente la habitación dentro el espejo, esa que supuestamente era reflejo de la suya y aún así se le antojaba distinta, obviamente con todas las razones del mundo, tal vez era un mundo paralelo y el portal era el espejo... ¡Dios! ya estaba pensando estupideces.
-¿Entonces?
La chica lo miró nuevamente como si recién lo hubiera descubierto
-He vivido aquí desde siempre. -respondió encogiéndose de hombros e inclinando su cabeza hacia la izquierda mientras movía sus piernas arriba y abajo como una mariposa sin dejar de sonreír de manera tan tierna que Ignacio no pudo más que desviar su mirada sintiéndose tímido, no podía negar que era demasiado guapa, hermosa, lo hacía sentirse cohibido estar durante tanto tiempo con alguien como ella.
-¿Quieres pasar?
-¿Qué?
-Yo no puedo salir pero tú puedes entrar... Anda, hace tanto tiempo que no te... que estoy sola...
-¡Por supuesto que no! -dijo el científico convencido, aún si en su interior ardía por saber cómo haría para atravesar el espejo, estuvieron durante unos minutos en silencio, cada uno sumergido en sus pensamientos, Natalia mantenía su apacible y misteriosa apariencia observando a Ignacio como si lo conociera, como si entendiera su reticencia y temor, y supiera que al final accedería, en cambio Ignacio buscaba internamente otras excusas que le impidieran dejarse arrastrar, caer en el hechizo de la del cabello cobrizo, volvió a escuchar la canción de antes pero esta vez en su cabeza, se estremeció sintiendo el mal presagio, el solo hecho de estar hablando con un espejo era ya algo preocupante, pero que el reflejo de éste, que dicho sea de paso no era el suyo, le invitase a entrar a un mundo desconocido y paranormal, no era buena idea, sin embargo aquellos ojos parecían sinceros y familiares, y si al final todo era parte de un sueño podía arriesgarse, porque vamos, era imposible que algo de lo que en aquella habitación estaba aconteciendo fuese real, pensó tocando el cristal con su dedo índice esperando que se sintiera blando, pero la risa de Natalia al otro lado lo alejó de sus investigaciones y al alzar la vista sus miradas se encontraron creando una atmósfera cálida que los envolvió a ambos por algunos segundos.
-No podrás entrar así.
-No pretendía hacerlo... ¿Hay alguna puerta oculta? ¿Algún portal?
Natalia rió a carcajadas por primera vez y a Ignacio se le antojó refrescante y cautivadora, adorable.
-No... No existe una puerta, para entrar solo tienes que desearlo con fuerzas, cerrar tus ojos y visualizarte aquí... conmigo... ¿Quieres entrar Ignacio?
El nombrado tragó saliva al escuchar el dulce tono con que había sido nombrado ¿Por qué todo parecía una invitación a pecar? Aquellos ojos le incitaban a decir “sí” a todo e Ignacio, que hasta el momento y aún después de haberse convencido de que estar junto a aquella mujer no era conveniente, ardía en deseos de probar, sintiéndose indeciso mordió su labio inferior ante la atenta mirada castaña.
-¿Y si no puedo volver?
Natalia se encogió de hombros por segunda vez y mirándolo con expresión triste habló en tono grave y apagado.
-Puedo asegurarte Nacho que si vienes conmigo estarás bien, es éste el lugar correcto cariño, confía en mí.
Ignacio se perdió en el destello que surcó por los ojos de Natalia y arrugó el entrecejo totalmente confundido, ¿Nacho? Su cerebro casi se fracciona al intentar recordar donde había escuchado antes tan familiar manera de llamar su nombre, todo estaba mal, su corazón se sentía de pronto pesado y lleno de añoranza, cada mirada de aquella joven era como un imán para los suyos que convertidos en acero se dejaban llevar, porque ellos le hablaban y en su lenguaje le pedían a gritos algo que no comprendía, confiar, ¿Cómo podía hacerlo en un ente sobrenatural? ¿Cómo le entregarle su confianza a alguien que aseguraba que su mundo, a todas luces inexistente, era el correcto? Pero Ignacio ya no podía diferenciar entre la cordura y la locura, le era difícil pensar con claridad y solo quería dejarse llevar a donde fuera que ella quisiera conducirlo, aún si la realidad se difuminaba en el proceso.
-¿Sabes que significa la frase en el marco del espejo? -preguntó el hombre.
-Tú también lo sabes... -dijo ella acariciando delicadamente su lado del tosco contorno -Solo ven aquí Nacho... tengo todas tus respuestas.
“Todas mis respuestas” repitió Ignacio en su interior colocándose de pie lentamente con unas ganas enormes de lanzarse por primera vez desde que aquella conversación había comenzado, quería cometer errores, ver cosas nuevas, porque al día siguiente estaría despierto, tal vez antes.
-¿Qué tengo que hacer?
Natalia sonrió como antes, radiante y con los ojos algo cristalinos antes de colocarse de pie, su corazón sonó como un tambor pensando en tantas cosas, y aunque sabía que debía mantener la calma, la sola idea de saber que podría tocarlo, cuidarlo, besarlo quizá o hacerle el amor la alteraba, porque aunque sonaba apresurado era su único deseo, todos sabían que era imposible hacerla cambiar de idea, y sus días habían sido demasiado largos y tristes de tanta espera, ya no podía más.
-Cierra los ojos y piensa en mí... Exactamente en esto que estás viendo ahora, imagínate atravesando el espejo y llegando aquí, imagina como lucirá mi rostro sin una pared transparente de por medio.
La piel de ambos se erizó por motivos diferentes, Ignacio visualizaba cada una de las palabras de Natalia sintiendo una extraña sensación en su pecho, era miedo y morbo a partes iguales, mientras ella con los ojos picándole de tantas ganas de llorar lo veía llegar, suspiró profundo cuando al fin lo observó materializarse, quería abrazarlo tanto, pero no era el momento, se dijo haciéndose a un lado y sonriendo como un ángel de cabello rojo cuando Ignacio al fin abrió sus ojos mirándola largamente antes de inspeccionar el sitio, todo era exactamente igual a como lo había acomodado en su casa, la habitación con sus estantes de libros, el baño... y el espejo. Una mano en su hombro reclamando su atención lo hizo voltearse y allí estaba ella, la chica de cabellos rojizos y sonrisa extremadamente hermosa, su estómago encogió, no la había olvidado no, era imposible, ella más que cualquier otra cosa era su sueño, al fin y al cabo era la causante de su desvelo, pero ahora de frente, sin barreras y casi sin miedo, sus ojos eran otra cosa, algo de otro mundo, se dijo irónicamente acercándose descaradamente sin apenas darse cuenta al notar la salpicadura de pequeñas pecas dispersas sobre su nariz, y la indudable suavidad de su piel.
-¿Qué te parece? -indagó Natalia sin alejarse, aunque con un poco de rubor cubriendo sus mejillas.
-Extraño... -susurró Ignacio recuperando la compostura -Es exactamente igual a mi casa, lo cual es comprensible, claro, es el reflejo de ella.
-Hay cosas que nunca cambian... ¿Quieres ver el resto?
Preguntó la chica tomando la mano de Ignacio sin esperar una respuesta para comenzar a caminar, cada detalle era inspeccionado por el profesor con ojo clínico, en realidad no había diferencia alguna, cada cosa estaba en el mismo lugar, no podía engañarse y decir que no tenía miedo, en realidad no dejaba de darle vueltas a la situación sin pensar que corría el riesgo de quedarse atrapado allí para siempre, entonces las ganas de comprobarlo salieron a flote, pero al sentir la tibieza de la mano contraria sujetando la suya, su delicadeza y ternura al sonreír, esa enigmática aura que lo hacía perderse en sus pupilas... era una trampa, una deliciosa trampa que le instaba a creer que la conocía, y obligaba al miedo a cambiar de sentido hasta convertirlo en temor a no volver a verla al día siguiente.
-¿Te gusta? - preguntó Natalia e Ignacio no supo si hablaba de la casa o de ella específicamente. Quizá por eso se demoró en responder y en cambio se bebió el rostro contrario pensando una vez más que ya lo había visto alguna vez, bajó un poco más y dibujó con sus pupilas los rosados y sencillos labios femeninos adornados por un claro lunar en la parte superior.
-Sí... me gusta -respondió sin disimular su letargo.
Natalia sonrió dejando libre la mano del hombre para voltearse en el momento exacto y caminar en dirección a la cocina, sintiéndose observada, pletórica, estaba tan cerca, justo como debía ser, era su destino después de todo, amar a ese hombre por toda su vida, vivir para amarlo, aunque las circunstancias se empeñaran en separarlos una y otra vez, sus rasgos se oscurecieron un poco y apoyando ambas manos en la encimera sintió su corazón arder, ¿Por qué la vida le había arrebatado lo que más amaba en el momento menos indicado? Pero eso no importaba en ese momento, pensó suspirando profundo mientras pestañeaba reiteradas veces hasta disipar las lágrimas acumuladas.
-Así que... ¿Fuerte con dos de azúcar? -preguntó al tiempo en que preparaba la cafetera ante la mirada de un extrañado Ignacio.
-¿Cómo...?
-Cuéntame de ti.
Lo interrumpió la pelirroja e Ignacio intentando sin éxito colarse en su mente decidió dejarlo pasar, al fin y al cabo todo era extraño por allí.
-¿Qué quieres saber?
-Todo... Que has hecho de tu vida... si eres feliz... Si... tienes a alguien.
-Pues... Llegué hace poco -comenzó el profesor sin pensar demasiado en el tono de la chica. -Estudié y me gradué con honores en la URSS y me propusieron trabajar en la Universidad de la Habana.
Natalia se volteó sonriendo tan amplio que sus ojos se volvieron medias lunas, obligando a salir a las pequeñas lágrimas que pululaban en ellos.
-No sabes cuánto me alegro... Era tu sueño... -susurró limpiando sus mejillas rápidamente.
-¿Por qué te alegras por mí? ¿Quién eres? ¿De dónde me conoces? ¿Qué soy para ti?
El sonido de la cafetera hizo a Natalia sonreír tenuemente, y mirando al hombre por un par de segundos más se volteó, Ignacio no tenía ni la más remota idea de cuantas cosas significaba para ella, solo debía ser paciente. Preparó el café y acercó la taza a su visitante sentándose luego frente a él, mientras agregaba cuatro cucharadas pequeñas de azúcar a la suya.
-Ya sé por qué me miras así, pero adoro las cosas dulces.
-¿Sabes por qué se llama café? - la regañó Ignacio sin querer.
-Porque se toma caliente, amargo, fuerte y escaso... Alguien me lo dijo una vez.
-Por eso no entiendo a las personas que insisten en cambiarle el sabor.
-No puedes culparme por tener gustos diferentes a los tuyos ¿O sí?
Ambos sonrieron dando paso a un silencio cómodo mientras degustaban el líquido sin dejar de mirarse, un sentimiento de dejavú flotaba sobre sus cabezas, con cada segundo que pasaba Ignacio se sentía más a gusto, incluso padecía la imperiosa necesidad de acercarse más y conocer la textura de su piel, la suavidad que de seguro tendrían sus labios, se conformaba con al menos tocarlos con el pulgar. Natalia encontró la mirada de Ignacio, y cerró los ojos un segundo intentando por todos los medios mantener la cordura, pero el remedio fue peor que la enfermedad, porque al volver a abrirlos lo encontró tan cerca que no pudo evitar humedecer sus labios a modo de clara invitación.
El beso comenzó lento y hondo, las lenguas se entrelazaron y movieron al unísono como dándose la bienvenida, pero la desesperación de la chica pudo más y terminó desbordándose, sus manos se aferraron a la nuca de Ignacio como un náufrago a su salvavidas para luego moverlas y acariciar sus brazos, despeinar sus cabellos, reviviendo esos momentos que tanto había anhelado, refrescando en su memoria el sabor de la boca que tanto amaba.
-Te he extrañado tanto... Ay mi amor te extrañe tanto.
El sabor salado de las lágrimas de Natalia se mezcló con la saliva de ambos, eso, junto a las palabras que acababa de decir hicieron a Ignacio salir de su nebulosa de pasión y enfocar a la chica con curiosidad.
-¿Qué quieres decir? ¿Me extrañaste...? ¿Cómo...?
-Sssh no digas nada mi vida... Vida mía... Mi amor -los dedos de Natalia fueron a los labios de Ignacio impidiéndole hablar, sustituyéndolas luego por sus labios, que desesperados dejaban beso tras beso, buscando aceptación
-No lo pienses demasiado... Yo te amo... Te amo desde hace mucho tiempo, y tú me amas, lo sé, lo sé Nacho.
Ignacio estaba aturdido, no comprendía el comportamiento de Natalia ni el porqué de sus lágrimas, era como si tuviera miedo de soltarlo y él por alguna razón no quería verla así, sentía que su deber era cuidarla, hacerla feliz, llevó sus brazos a la estrecha cintura de la chica al notar que el llanto iba en aumento, sus propios ojos se humedecieron pero respirando profundamente se obligó a mantener el control, intentando calmarla con pequeños besos en su cabello y mejillas, en su cuello de piel blanca y suave, fue cuestión de minutos lo que le tomó a sus manos comenzar a recorrerla a conciencia, como si ya conocieran cada parte de ese cuerpo que temblaba a su tacto.
Ignacio miraba el reflejo de los dos en el espejo, la escena se le antojaba adictiva, la sábana apenas cubría lo necesario dejando a la vista las piernas de Natalia entrelazadas con las suyas, su clara espalda lunaresca y su largo cabello derramado en todas partes, una de las manos de la chica acariciaba su torso ajena y satisfecha, tanto como él, que ya lejos de preocupaciones había dejado de pensar o intentar darle sentido a lo que acontecía, sentía que pertenecía a ese lugar, a esa persona, porque al mirar sus ojos encontraba tantos sentimientos que terminaba sobrepasado e identificado, se sentía enamorado, pero también asustado porque sabía que por más que intentara olvidarlo, aquel no era su mundo, y Natalia podía desaparecer en cualquier instante para siempre, y entonces, todo eso que sentía o creía sentir solo sería sufrimiento y frustración, aún si al final resultaba ser un hermoso sueño, la historia más hermosa que había vivido se difuminaría inevitablemente, tal vez no llegaría a sufrir, o recordar, sin embargo esperaba poder hacerlo.
-¿En qué piensas, amor? -preguntó Natalia con los ojos cerrados.
-En tí... ¿De dónde vienes Natalia?
La chica lo miró durante unos segundos sin saber cómo contestar, tenía miedo de que sus palabras lo ahuyentaran, ya debía estar acostumbrada, sabía lo que pasaría a continuación, conocía como la palma de su mano el guión que era su vida, ese recorte de tiempo que le había dado la muerte como ventaja solo para burlarse de ella, porque sabía que ganaría al final, que terminaría arrebatándole una y otra vez lo más gran de su pobre existencia, ese bucle de un recuerdo hermoso, el pago de su amor.
-Soy una mujer en deuda con el tiempo -dijo finalmente haciendo reír suavemente a Ignacio -Es lo que soy desde hace años, he dedicado mi vida a encontrar a la persona que más amo en el mundo, a la cuál perdí y sin la que no puedo ni quiero vivir...
-¿Quién es... Dónde está?
Natalia observó a Ignacio cerrar los ojos brevemente preso del sueño y los suyos comenzaron a derretirse, su frágil corazón no pudo más porque sabía que el tiempo estaba acabando y quizás esta vez sería la última.
-Él aparece cada cinco años dentro de un espejo... -contestó con voz rota por el llanto sabiéndolo casi dormido.
-Él... Él se me fue un día y yo... Yo nunca más supe cómo vivir, me negué con todas mis fuerzas a aceptar su ausencia y vendí mi alma a cambio de una noche hasta el día de mi muerte... Porque somos lo mismo mi sol, luz de mi vida, tú y yo, uno el reflejo del otro... te amo tanto... nunca podré olvidarte, jamás te arrancaran de mí.
Las lágrimas no pararon de correr por varios minutos en los que Natalia recordó aquel estúpido accidente que terminó con la vida del único hombre que amó, ese día en que alguien decidió que ya no más para ella, que era momento de que su felicidad terminara y su mundo perfecto se desmoronara en pedazos llevándose también su cordura.
-Natalia...
-Solo tú puedes salvarme... -susurró la chica ignorando el llamado, llorando con más fuerzas.
-Natalia...
-Mi mundo eres tú... Solo existo para ti, y así será hasta que mis ojos cansados se cierren.
~•••~
-Naty mírame por favor
-Basta Mirian, sabes que no lo hará.
Miriam miró a su esposo con el rostro marchito y una vez más a su vieja amiga sentada frente a aquel espejo maltratado por los años, el tiempo había pasado y con él las esperanzas de que Natalia volviera en sí, a veces sus ojos parecían mirar más allá e incluso sonreía, en ocasiones su rostro reflejaba miles de emociones y hacía a Miriam recordar los días en que eran felices, cuando salían juntos ella, su esposo Ibrahim, Natalia e Ignacio, los mejores años de sus vidas, pero Ignacio murió y Naty nunca más volvió a ser la misma, se quedó parada en el tiempo, su reloj dejó de correr y nunca más volvió a arreglarse, tanto así que comenzó a alejarse cada vez más de la realidad para perderse en otros rumbos, unos en donde seguramente era dichosa, Miriam notó que con el pasar de los años su amiga había dejado de hablar, pero su preocupación fue en aumento cuando, más tarde dejó también de prestar atención a todo, y aunque iba a visitarla a menudo siempre atenta a su salud, tratando de alentarla a caminar, o leer nada surtió efecto, el tiempo resultaba ser el enemigo más implacable que el ser humano debía combatir, Miriam lo supo cuándo, seis años después los padres de su mejor amiga murieron y ella, terminó hundiéndose un poco más en la depresión, hasta necesitar asistencia médica por el resto de su vida, entonces en una de las visitas que se programaba con el objetivo de pasar al menos un par de horas con ella la encontró frente a aquel espejo, y aunque nunca entendió por qué, nadie pudo apartarla de él jamás.
-Parece feliz Ibrahim... Hoy es uno de esos días en que parece feliz.
-Lo sé amor -concordó el hombre acariciando los hombros de su esposa con un nudo en la garganta -Ahora debemos irnos, ya es tarde.
La pareja salió de aquel lugar con el corazón estrujado y lleno de melancolía, Miriam volvió la vista atrás una vez más mirando el imponente y triste edificio sobre el cuál un letrero rezaba “HOGAR DE ANCIANOS” y su pecho dolió de tanta tristeza al ver tantos años perdidos, mientras dentro, una Natalia, para quien los años no habían pasado, susurraba al hombre que dentro del espejo le sonreía.
-Siempre te amaré Nacho... Tú eres mi mundo.