Ardiente Verano by JacqueEH at Inkitt
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Ardiente Verano

Summary

Donghae, un chico de poco más de 28 años, con un hermano adolescente y una vida cómoda en Seúl, se ve “obligado” a pasar las vacaciones de verano en el pueblo de su exmarido. Y no es que le haga mucha gracia… Un día, perdido en la sierra, encuentra una rústica cabaña de madera en un claro del bosque. Junto a ella hay un pequeño cercado con dos caballos; incapaz de resistir la curiosidad, se acerca para recrearse en sus movimientos sin saber que el mismo está siendo observado. A partir de ese momento todo su mundo dará un giro radical. Todo en lo que cree cambiará a manos de un desconocido que no permite que le vea la cara mientras le ordena, susurrante, que haga lo que jamás se atrevió a hacer. ¿Lo hará? ¿Se dejará llevar por las palabras encendidas, las caricias ocultas y la pasión prohibida de un hombre al que ni siquiera puede ver el rostro?

Status
Complete
Chapters
25
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
18+

Capítulo 1

Llegó el ardiente verano, el bochornoso calor, las temidas vacaciones, el odiado pueblo… El aburrimiento.

Un día tras otro, una hora tras otra, un segundo tras otro... En el maldito pueblo.

Donghae observó desde el umbral de la casa a su hermano de 14 años levantar la mano y despedirse; se iba a dar una vuelta, no volvería hasta la noche.

Los vio alejarse; su hermanito pequeño, que ya no lo era, rodeado de toda la caterva de primos de su misma edad que se reunían en el pueblo al llegar el verano. En el maldito y aburrido pueblo.

Cuando era niño y acababan las clases, la mayoría de sus amigos se iban al pueblo desde finales de junio hasta principios de septiembre. Él se quedaba solo en su casa en Busan, soñando que sus padres tenían un pueblo al que ir; un pueblo lleno de tíos, primos y abuelos con los que pasar las vacaciones estivales.

Hay que tener cuidado con lo que se desea… porque puede cumplirse.

Al crecer se olvidó del sueño, pero el sueño no se olvidó de él. Y cuando conoció al que sería su marido durante casi 5 años, el sueño iba incluido en el trato.

DongWook era de Osan. Durante el primer verano de su noviazgo fueron allí a pasar las vacaciones, fue un sueño convertido en realidad. Días de calor y risas, de ríos y juegos, de naturaleza y sensualidad, de locura y erotismo… De polvos salvajes en el campo,

Se casaron, DongWook fue como un padre para Jeno, se odiaron y se divorciaron.

Pero mucho antes de divorciarse, aborrecía el pueblo.

Y ahora estaba de nuevo allí. Tras tres años sin poner un pie en las calles de aquel pueblo, se había visto obligado a volver.

Miró a su alrededor, Jeno había desaparecido en las callejuelas; se encontraba solo de nuevo. Se giró para entrar en la casa, posó la mano en el pomo de la puerta y la apartó como si se hubiera quemado. ¡No quería pasar otra tarde más encerrado entre aquellas cuatro paredes!

Metió los dedos en el bolsillo de los vaqueros, asegurándose de que llevaba las llaves encima y dio un paso. Respiró profundamente y dio otro, y otro más. No miró a izquierda ni a derecha, no miró hacia atrás, ni siquiera levantó la cabeza de la punta de sus pies. Solo quería alejarse de ese horrible pueblo, de esa horrible casa y, perderse…

¿Dónde? Ni idea. Solo perderse.

Caminó por la calle principal sin hacer caso a la gente que le reconocía como “El viudo del hijo del Park”. En el pueblo perdía su identidad, pasaba de ser Donghae a ser “El esposo del hijo de…” o, más exactamente en estos momentos: “El viudo del hijo de…”; aunque antes había sido “El ex del hijo de…”. Se necesitaba ser un hombre del pueblo para tener nombre allí, su exmarido no lo había sido; ni hombre, ni del pueblo…, por lo tanto, siempre sería “el hijo de Park”.

Fue un alivio cuando dejo atrás las viejas casas, cuando por fin salió del pueblo, cuando dejo de oír los murmullos que seguían cada uno de sus pasos.

Pero no se detuvo.

Siguió andando, un paso tras otro. Atravesó fincas de olivos y vides hasta llegar a un cerro. Se detuvo bajo las sombras de encinas, robles y pinos. Respiró. Estaba lejos del pueblo, de su agobio; pero no lo suficiente.

Un paso, otro paso, otro más. Nunca sería suficiente.

Era un alma de ciudad. De humo. De tráfico. De edificios altos hasta el cielo.

Los bosques, las nubes sobre su cabeza, los arroyos que cortaban el camino; eso no era para él.

Un paso, otro paso, otro más… Miró a su alrededor: árboles, arbustos y rocas. Nada más. No sabía dónde estaba y tampoco le importaba mucho. Había logrado su propósito: huir.

Un relincho recorrió el bosque. Se giró buscando el origen del sonido. Era extraño, estaba alejado del pueblo, que el supiese no había fincas por esa zona, claro que tampoco sabía mucho de Osan.

Sin saber por qué se dirigió hacia el sonido, le daba igual estar perdido en un lado que en otro. Se iba a aburrir lo mismo al norte que al sur, y los caballos siempre le habían gustado.

Otro relincho, esta vez más cercano. Apresuró sus pasos hasta llegar a una alta valla que se extendía de este a oeste hasta el infinito, o eso parecía. Supuso que se trataba de un coto privado de caza. La cerca estaba encajada entre altos árboles, rodeando una gran parcela, y a través de los agujeros podía ver un claro más allá de los árboles.

Otro relincho.

Hae siguió la alambrada, buscando un lugar desde el que la vegetación le dejara ver al dueño de tan potentes pulmones.

Unos minutos después vio un sendero asfaltado que llevaba hasta unas puertas de forja. Observó el lugar, alerta; no quería ver a nadie, quería morir de aburrimiento el solo, sin habladurías ni murmullos; pero el camino estaba desierto y el caballo relinchaba de nuevo.

Se acercó con cautela, la puerta estaba cerrada con una cadena. Empujó, el candado que debía sujetarla cayó. Lo recogió del suelo y dudó unos segundos con él en las manos, luego lo enganchó a un eslabón sin cerrarlo del todo y entró en la finca.

Árboles altos y frondosos rodeaban el camino asfaltado intentando devorarlo hasta que, pocos metros después, el sendero desaparecía y los árboles con él. Como si hubiera sido eliminado por alguna fuerza mágica, el bosque se abrió en un claro enorme y verde en mitad del cerro.

Frente a él una alta cerca blanca formaba un círculo de unos treinta metros de diámetro. Pegada al perímetro había una construcción de paredes de chapa y tejado de uralita en forma de «U» invertida que probablemente sería un establo y, unos veinticinco o treinta metros al este, rodeada por un muro bajo hecho de piedras y elevada a medio metro del suelo sobre una plataforma de cemento, se ubicaba una pequeña casa rústica de tejas rojas y paredes de pino, con un pequeño porche sobre el que destacaba una mecedora de madera.

Si hubiera creído en los cuentos, habría pensado que estaba en la casa de la abuelita de Caperucita Roja. Pero no creía en ellos y además estaba aburrido.

Fijó la mirada en el círculo blanco, donde un precioso caballo negro, de crines largas hasta los ijares y cruz alta, con una estrella blanca destacando en la sien y la cola ondeando al viento relinchaba alzando la testa y arqueando el cuello. Recorría con pasos pesados el centro del círculo y se alzaba sobre sus patas traseras en dirección a un alazán rojizo, algo más pequeño, que pastaba tranquilo atado al pie del cercado. Este alzó la cola y soltó un buen chorro de orina en respuesta a su compañero. El negro corcoveó excitado, alzó el labio superior y olisqueó el aire con movimientos casi espasmódicos.

Hae se acercó como hipnotizado. Era impresionante ver a ambos corceles; uno tan tranquilo, el otro tan nervioso y a la vez tan majestuoso y altivo. Aferró la cerca con los dedos y apoyó la barbilla sobre las manos, incapaz de apartar la mirada.

Ahora el negro se aproximaba al alazán, casi podía decirse que bailaba alrededor de él levantando los cascos, acercándose orgulloso para, al instante siguiente, alejarse nervioso. El alazán volvió a orinar. El negro arqueó el cuello, destacando de esta manera los músculos duros y delineados de la cruz, a la vez que volvía a subir el labio superior y cabeceaba en el aire con énfasis.

—¿Qué están haciendo? —se preguntó Donghae.

—El semental danza para la yegua —susurró una voz ronca sobre su nuca, a la vez que un cuerpo duro y cálido se pegaba a su espalda.

—¡Qué…! —Hae intentó volverse, pero unos fuertes brazos lo rodearon por los hombros y unas manos ásperas se posaron sobre las suyas, inmovilizándolo.

—Ahora la yegua le muestra al semental que está preparada —continuó el desconocido haciendo caso omiso de los intentos de Hae por liberarse—. Observa —ordenó.

En ese momento el alazán separó las patas traseras y levantó durante breves segundos la tupida cola de pelo canela, mostrando la vulva hinchada y rojiza de una yegua. El corcel negro se volvió loco. Hizo cabriolas, dio saltos y elevó las patas delanteras mostrando su belleza en todo su esplendor.

—Lo está provocando —aseveró el desconocido. Los labios susurrando en su oído— pero el semental no se fía; conoce a las yeguas, sabe que antes de aparearse tiene que ganársela.

El corcel se acercó a la yegua y en ese momento ella bufó y bajó su cola ocultando la entrada a su vagina. El negro reculó y se lanzó a la carrera hacia el otro extremo del vallado.

—Se rinde... —dijo Hae entristecido. Con un suspiro intentó volver la cabeza y ver de quien era la voz que la mantenía inmóvil; una voz que, estaba seguro, debía de reconocer.

—No. Se replantea el cortejo —susurró el desconocido empujando su pecho sobre la espalda de Donghae, obligándolo a pegarse a la valla antes de que el pudiera verle el rostro.

Donghae volvió su atención al semental. Se le veía más calmado, recorriendo pausadamente el perímetro de la cerca, ignorando a la yegua.

—Más bien pasa de ella —aseveró Hae, intentando liberar las manos del agarre del hombre.

—No. Están jugando, ella quiere un semental entre sus patas, pero antes quiere un cortejo en toda regla —susurró él introduciendo uno de sus pies entre los de él.

—Yo no soy una yegua que busca follar con un semental —declaró Donghae, sin moverse ni alzar la voz, pensando que debería intentar liberarse de él. O, al menos, sentir miedo por la situación en la que estaba inmerso. Pero no era así, no tenía ni pizca de miedo ni se sentía atacado. Algo en su interior le decía que el desconocido no era tal.

—No. No eres una yegua —aseveró él en voz baja, ocultando adrede el tono verdadero de su voz e ignorando el resto de la frase—. Ahora volverá a tentarle.

Y así fue. La yegua volvió a miccionar y el semental respondió con un sonoro relincho, corcoveando y hocicando al aire.

El desconocido presionó las manos de Donghae sobre la valla hasta que éstas se juntaron, luego asió ambas con una de las suyas y llevó la otra hasta el estómago de este.

Donghae se tensó sin saber bien por qué. El roce de sus dedos sobre la camiseta era cálido, demasiado cálido.

-Esto no me está pasando a mí – pensó-. - No puedo estar en mitad del campo, pegado a un tío que no sé ni cómo es, observando a un par de caballos a punto de echar un polvo... Y con ganas de echarlo yo mismo-.

El semental negro volvió a repetir el baile y la yegua volvió a levantar su cola. En el momento en que él se acercó, ella la bajó otra vez.

—Menuda calienta pollas está hecha —comentó Hae apoyando la barbilla en el dorso de la mano que sujetaba las suyas. Era algo morena, grande, con uñas cortas y limpias. Sintió sus dedos callosos acariciándole los nudillos. -No debería estar relajada, este tipo me está seduciendo y ni siquiera sé quién es...-Pensó nuevamente.

—Negro sabe lo que se hace, ahora es cuando va a empezar a impresionarla —susurró él.

—Ya veo —replicó burlón. Quería que él dejara de susurrar, que levantara la voz hasta su tono normal. Estaba seguro de que si lo hacía le reconocería.

—No miras adonde debes. Cualquier yegua se sentiría impresionada ante él —aseveró el desconocido pegando su ingle a las nalgas de Donghae.

Estaba erecto.

Ambos machos lo estaban.

El pene del caballo se alargaba hasta casi el corvejón, a mitad de la pata trasera.

La verga del desconocido se acomodaba entre las nalgas de Hae; dura, gruesa, quemándolo a través de la tela de los vaqueros.

Donghae se quedó petrificado. Debería girarse y darle una buena patada en los cojones, pero no podía. Mentira, no quería. Hacia tanto tiempo que nada ardía en él, que no sentía la sangre correr alterada por sus venas… Continuó inmóvil.

El semental se acercó a la yegua, ésta lo ignoró; la golpeó suavemente con la testa en los lomos, ella no se movió.

El desconocido posó sus labios sobre la nuca de Donghae. Sintió su lengua cálida y húmeda lamiéndolo en círculos, acercándose poco a poco a la vena que le latía erráticamente en el cuello para apretar los labios contra ella y absorber con fuerza, justo en mitad de un latido. Un escalofrío recorrió su espalda y bajó directo hasta su miembro.

El semental negro tampoco se había quedado quieto. Bailaba alrededor de la yegua, acercándose a ella para golpearla con el hocico en las ancas para alejarse al instante en un baile frustrante que dio como resultado que ésta apartara a un lado la cola y expusiera levemente su vulva hinchada para volver a ocultarla al segundo siguiente. El semental se alejó, el pene bamboleó inmenso entre sus patas traseras cuando levantó las delanteras y lanzó un potente relincho.

El desconocido recorrió con los dedos el camino desde el estómago al pecho y lo acaricio con la mano extendida, tentándolo y sacando provecho de sus áreas más sensibles; suavemente, deslizándose sobre el pezón fugazmente. Donghae echó la cabeza hacia atrás hasta que su mejilla encontró la del desconocido, pero él lo empujó con el mentón hasta que quedó apoyado en su hombro duro y masculino. Luego recorrió con los labios su clavícula marcada, besándolo, poniendo suma atención a la peca de en su cuello, mandando destellos de placer con cada áspero roce. Donghae cerró los ojos, frustrado por no ser capaz de verle, de reconocer su voz.

—Abre los ojos —ordenó él con voz enronquecida.

Hae le obedeció a duras penas, sus músculos no respondían a las órdenes de su cerebro. Las piernas estaban flojas, sin fuerzas; las manos todavía reposaban sobre la valla, sujetas por las de él; su pecho subía y bajaba al ritmo de su respiración errática, ansiando un nuevo roce de sus dedos callosos.

El semental estaba tras la yegua. Le hocicaba las ancas, empujándola y alejándose de ella. En ese momento el alazán elevó la cola y el semental hundió el hocico en la vulva; frotó su morro en ella, humedeciéndolo, para separarse al instante del fruto prohibido; su verga mostrándose en todo su esplendor.

La mano del desconocido liberó las suyas, recorrió lentamente los brazos y aterrizó sobre su estómago. Pero no se detuvo allí, bajó hasta encontrar la cinturilla de los vaqueros y se coló bajo ellos, quemándole la piel.

Donghae sintió los dedos recorriendo la orilla de su pubis; presionando su glande, húmedo, su pene duro, al igual que el del hombre a su espalda.

-Estoy libre, me ha soltado; debería darme la vuelta, golpearle, escapar, salir corriendo - pensó. Pero no lo hizo, no quería hacerlo.

Se aferró con fuerza a la cerca, los dedos temblándole de anticipación, las rodillas débiles por la excitación, la mirada fija en los dos corceles... Se acercaba el final.

El semental volvió a alzar las patas delanteras. Donghae no podía apartar la vista de la inmensa verga negra; brillante y rígida, larga y orgullosa, gruesa y lisa... Parecía suave. Tan suave como las caricias de las yemas del desconocido sobre su cuerpo.

La mano que jugaba en su pezón izquierdo se desplazó lentamente hacia el derecho, los dedos rodeándolo, lo pellizcaron, tiraron de él y sintió que la tierra sobre la que estaban posados sus pies desaparecía, que todo su mundo giraba alrededor de las manos de aquel hombre. La que excitaba sus pezones, la que abarcaba pene por completo.

—Observa a los caballos —ordenó él, sujetando fuertemente su miembro aumentando la presión en la cabeza —. La yegua está preparada. Abre las patas y levanta la cola, ofreciéndose sumisa. —Apretó los dedos haciendo círculos contra el glande y Hae estuvo a punto de estallar.

El pie enfundado en la bota campera del desconocido la golpeó suavemente en los tobillos hasta que abrió más las piernas. Donghae jadeó con fuerza cuando vio desaparecer su gruesa y morena muñeca por debajo de la cinturilla de los pantalones, directo a su trasero, se olvidó de respirar cuando sus dedos llegaron hasta su entrada.

—¿Qué crees que hará Negro ahora? —preguntó susurrando.

—No... No lo sé... —respondió Donghae cerrando los ojos, perdido en las sensaciones que recorrían su cuerpo.

—Míralos —ordenó severo.

Él obedeció.

El semental se colocó tras la yegua y elevó las patas delanteras para cubrirla, encerrándola bajo su cuerpo, sujetándola por las ancas. La enorme y pulida verga en su máxima extensión, los testículos hinchados balanceándose bajo su negra y tupida cola.

Hae se humedeció los labios.

El negro corcel penetró de una sola embestida la entrada rosada e hinchada de la yegua alazana.

El desconocido introdujo y sacudió con fuerza dos dedos dentro de su cavidad después de estirarlo un poco, al mismo tiempo que presionaba su glande con el pulgar.

Las rodillas dejaron de sostenerlo, pero él lo sujetó por el estómago sin dejar de mover sus dedos con furia, rosando su próstata, derritiéndolo. Dentro y fuera. Dentro y fuera. Con fuerza. Rápidamente, curvando los nudillos en cada embestida a la vez que azotaba con su otra mano su miembro endurecido escurriendo líquido preseminal.

—Para... por favor... Para... —rogó Donghae con voz apenas audible.

El desconocido hizo caso omiso. Pegó su ingle a su trasero y comenzó a frotarse contra él.

Donghae creyó que se rompería en pedazos. Él empujaba con su pene inhiesto y sólido contra sus glúteos mientras sus dedos le invadían su interior sin pausa. Su pulgar recorría en apretados y húmedos círculos el glande. Volviéndolo loco de placer al aumentar la presión en la punta chorreante.

El aire no le llegaba a los pulmones, la sangre ardía en sus venas, tenía los nudillos blancos de apretar la cerca y sus labios abiertos jadeaban en busca de oxígeno.

El semental montaba a la yegua con fuerza. Los dedos del desconocido destrozaban los nervios de su punto dulce, mandando ramalazos de placer por todo su cuerpo, llevándolo hasta donde nunca había llegado.

—Esto no está bien... —intentó razonar Donghae al borde del orgasmo—. No debo...

—Córrete para mí —ordenó él—. Ahora.

Donghae gritó. Tembló. Cayó en un abismo que no sabía que existía.

Se derrumbó sin fuerzas sobre la mano del desconocido, sintiendo sus ásperos dedos entre sus más íntimas partes, la palma de la mano de aquel hombre manchada de su semen.

—Cierra los ojos y respira —ordenó él sosteniéndolo.

Donghae dejó caer los parpados y se esforzó por volver a respirar con normalidad.

El desconocido lo tumbó con suavidad sobre el suelo.

Esperó lánguido a que él lo desnudara y se lo follara con la misma intensidad con que lo había masturbado, pero en vez de eso le sintió girarse y oyó sus pasos alejarse entre los árboles.

Abrió los ojos confundido.

El semental pastaba tranquilo al otro lado de la valla, sus instintos satisfechos.

La yegua sacudía la cabeza como saliendo de un sueño.

Giró la cabeza y buscó a su alrededor. El prado, vacío; la puerta del establo, cerrada; la cabaña... Tal vez el desconocido había ido a la cabaña.

Se levantó lentamente, sus piernas aún no respondían con rapidez.

Un paso, otro paso, otro más hasta llegar a la choza. La puerta estaba cerrada y las ventanas tenían cortinas que le impedían ver el interior. Estuvo a punto de golpear la puerta con los puños, pero sabía que sería inútil. Él se había ido. Había oído sus pasos alejándose en dirección contraria, hacia los árboles que rodeaban el claro. No lo encontraría si él no quería. Y parecía que ése era el caso.

—¡Cabrón! —gritó con todas sus fuerzas—. Cabrón… —repitió entre dientes sabiendo que no tenía derecho a insultarlo, ni siquiera a enfadarse.

No tenía derecho a sentirse ofendido. Él no le había obligado a hacer nada; de hecho, no había hecho nada más que dejarse llevar y aceptar el placer que él le daba.

—Pude haberme ido. Él me soltó, pude haber echado a correr, haber gritado, haberme girado y verle la cara. Pero no lo hice —reconoció para sí— ¿Por qué no lo hice?

Respiró profundamente y se colocó la ropa. Tenía los pezones sensibles. Su entrada se contraía con el recuerdo del orgasmo. Su miembro se removía involuntariamente. El glande ardía.

Miró a la yegua y se acercó hasta ella. Ésta lo miró curiosa.

—Nos lo hemos pasado bien esta tarde... Espero que haya merecido la pena, tú te quedaras aquí con tu semental, ignorando lo que te rodea; yo volveré al pueblo y rezaré porque mi semental no se vaya de la lengua y no me haga sentir como una puta en un sitio en el que no me siento yo mismo.

Se dio la vuelta y se dirigió hacia el camino asfaltado, esperando que éste llevara a alguna carretera que confluyera con la del pueblo. Realmente no tenía ni la más remota idea de donde se encontraba.

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