3. El Salvador Del Rayito de Sol

Summary

Zhang Yixing o Lay, Beta de la Manada Park, es enviado por su Alfa a una cacería a cuatro estados de distancia. Mientras recorre las rudas calles en busca de un misterioso hombre, es abordado en un oscuro callejón por Minseok, un prostituto masculino quien le ruega que le deje demostrarle que puede darle un buen momento. Kim Minseok, primero fue abusado por su padre y entonces echado de su casa, sobrevive en las calles vendiendo su cuerpo. Pero cuando se ofrece al fieramente protector Werelobo, descubre que Yixing no es el típico John . Yixing, ansioso por sacar a su pareja de las calles, hará todo por mantener a Minseok cerca. ¿Pero puede Minseok superar su auto-desprecio y permitir que la calidez del amor de Yixing remueva las nubes de vergüenza de su mente?

Status
Complete
Chapters
10
Rating
5.0 3 reviews
Age Rating
18+

Capítulo 1

Lay dejó el club. No había tenido suerte en rastrear al hombre que el Alfa Chanyeol le había enviado a encontrar. Estaba cansado y listo para conseguir algo de sueño. El club era demasiado ruidoso, con demasiada gente y las mujeres lo abordaban a cada paso. Hubiera sido lindo si él bateara de ese lado. Pero Lay nunca había preferido a las mujeres.

Había algunos prospectos por ahí, pero ninguno de los hombres le había provocado una erección. Quería un amante para siempre y todos ellos eran de una sola noche. No gracias. Él ya había tenido su porción de eso, y quería más que un encuentro sexual. Quería a su pareja, si fuera lo suficientemente afortunado para encontrarlo.

Lay decidió dirigirse al hotel y relajarse con algo de televisión y su mano. Masturbarse era triste, pero tenía sus ventajas. Si era su única opción en ese momento, él lo aceptaría.

Levantó el cuello de su abrigo mientras se dirigía a la calle. Ese era un vecindario problemático. Había traficantes de drogas, literalmente en cada esquina y los prostitutos estaban por todos lados, salían por cada grieta como las cucarachas cuando enciendes la luz.

Se detuvo ante un borracho sin hogar pidiendo ayuda para cambiar. La única razón por la que no cedió, era porque no iba a contribuir a la enfermedad. Había visto la destrucción que el alcohol y las drogas hacían en la vida de alguien. Y él prefería comprarle al tipo una comida caliente y una taza de café. Lay metió las manos en los bolsillos y siguió por la calle.

Lay no temía estar ahí. Él era un lobo Timber, el más agresivo de entre todas las manadas de lobos. Con sus dos metros cinco y sus ciento diez kilos de puro músculo, nadie iba a joder con él. A sus trecientos sesenta y seis años, él ya había madurado lo suficiente para saber manejar toda esa mierda. Además, de ser el Beta de su Alfa Chanyeol, podría patearles el culo.

Una ráfaga de viento movió su rubio cabello que le llegaba a la cintura y Lay giró en una esquina para salir del frío aire. Vio alrededor, hacia los monótonos edificios que lo rodeaban, deseaba estar de regreso en su hogar, en la pequeña ciudad en donde vivía, en donde el sonido del bosque acariciaba su pelo mientras corría entre el bosque. Sin prostitutos gritando que les pagues por placer. El humo de los escapes por si solo ahogaban sus pulmones.

¿En qué infiernos había estado pensando Chanyeol para enviarlo ahí?

Lay entró en una de las muchas tiendas que llenaban las calles de la ciudad. Anuncios de cerveza barata y cigarros cubrían la ventana del frente.

—¿Puedo ayudarlo?

Lay se detuvo frente al mostrador. Un grueso Plexiglás[1] lo separaba del cajero. El hombre se arrancó una costra antes de arreglar el pollo que tenía en una bandeja bajo una lámpara de calor. Se estremeció al pensar en alguien comiendo cualquier cosa que esos dedos sin guantes hubieran tocado.

—¿Tienen crema de afeitar? —No quería pensar en el hombre tocando la crema para bajarla del estante. Una vez que estuviera de regreso en el cuarto del hotel, vaciaría la bolsa en el lavabo y la lavaría antes de tocarla.

—Tenemos condones. ¿Necesita condones? Tenemos cerveza Steel Reserve, noventa y nueve centavos la lata. Tenemos cigarros a precios rebajados. —El extraño cajero le sonrió mostrando sus descoloridos dientes con orgullo.

—No, solo la crema de afeitar —Lay sabía que podría haberla conseguido en el hotel, pero dado que ya estaba ahí, pensó que muy bien podría llevarla.

—Cinco con treinta y dos.

Lay sacó un billete de veinte dólares y lo pasó bajo la cubierta de Plexiglás.

—Cuatro sesenta y ocho su cambio. Que pase buenas noches.

Lay vio el cambio en una maltratada bandeja cromada. —Le di uno de veinte.

—No, señor. Recibí un billete de diez dólares. Si me causa problemas, llamaré a la policía.

Lay gruñó. No lo presionó por el dinero. Eso era por principios. Su mano entró entre la bandeja, tomó el Plexiglás y lo jaló. La gruesa barrera cedió ante su fuerza.

El hombre se quedó con la boca abierta ante Lay, se apresuró a abrir la caja registradora y le lanzó el billete de diez dólares con el resto del cambio. —Ahora, vete. —El hombre movía sus manos corriendo a Lay—. No quiero problemas.

—Entonces deja de robarle a la gente. —Lay tomó el cambio de la bandeja y lo metió en el bolsillo de sus pantalones de vestir mientras el hombre se movía alrededor. Tomando la bolsa de papel café, Lay la metió en el bolsillo de su abrigo, frotándose la mano en sus pantalones. Él se pondría spray desinfectante en sus manos cuando llegara a su cuarto.

—Que pase buenas noches. —El cajero le dijo mientras salía de la tienda. Qué loco.

Su mirada recorrió el rededor. Notó que el bar cruzando la calle era uno de los que estaban en su lista por revisar. Irritado, Lay bajó a la calle y se dirigió al otro lado.

Evadiendo el tráfico, Lay trotó hacia el otro lado de la calle. El bar era como todos, nada especial en eso. Luces de neón con los nombres de las diferentes marcas de alcohol.

Cuando entró al lugar, el humo de los cigarrillos lo asaltó. La nueva ley evitaba que la gente fumara en el interior, pero aparentemente al propietario no le preocupaba. Lay movía su mano frente a él mientras recorría el bar.

Se giró un momento, viendo al bailarín stripper en el escenario.

El chico tenía un lindo cuerpo, uno que Lay podía apreciar.

—¿Te gusta?

Se giró para ver al fuerte hombre con los brazos cruzados sobre su pecho viéndolo fijamente. El hombre señaló con la cabeza el escenario. —Puedes alquilarlo.

Lay giró la cabeza de nuevo hacia el escenario donde el trasero del joven bailarín se movía de un lado al otro, con los lujuriosos hombres animándolo. Tenía que admitir que el chico tenía una buena apariencia y él tenía un cuarto de hotel.

—No, no es lo mío. —Aunque era tentador, después de todo era un hombre, pero el pensar en comprar a un hombre no le parecía correcto. Algunos lo hacían por la emoción. La mayoría no tenía elección. Él no se iba a aprovechar de la desgracia de otra persona.

El barman se rió fuerte. —Entonces, ¿qué infiernos haces aquí?

—Buscando a alguien. —Lay sacó el papel de su bolsillo interior y se lo dio. El tipo lo tomó y lo revisó, entonces se lo devolvió.

—Lo siento, no puedo ayudarte.

Esa era la misma historia que Lay había oído durante los pasados dos días.

—La bebida va por la casa. Disfruta del show. —El hombre le dio un guiño antes de ir con otros clientes.

Lay se apoyó contra la barra. El hombre del escenario estaba viéndolo, lamiendo sus labios de manera sugestiva hacia él.

Lay tomó la bebida que le entregaron y se sentó cerca del escenario cuando al parecer se había vuelto el blanco del bailarín que se inclinó y tomó sus tobillos sacando su culo.

El shifter le dio un trago a su bebida mientras sentía su erección presionándose contra el cierre de sus pantalones de vestir. Una vez que el show terminó, Lay salió precipitadamente. El bailarín parecía estar muy interesado en algo en lo que Lay no iba a entrar.

Las calles parecían un poco más desiertas cuando salió. Metió las manos en los bolsillos y suspiró. Sus pies lo dirigieron hacia el callejón, sabiendo que era el camino más corto hacia su hotel desde la noche anterior.

—Hey, chico grande, ¿buscas un buen momento?

Lay giró los ojos. “Jódete”. Siguió caminando, ni siquiera quería tratar con un chico de alquiler. Si es lo que él quisiera hubiera tomado al chico del bar.

—Vamos, bebé. Puedo hacer que te sientas realmente bien. ―El chico estaba frente a la cara de Lay, frotando con sus manos arriba y abajo su pecho.

Lay gruñó, enojado de que alguien invadiera su espacio personal sin ser invitado.

—Tranquilo amigo. No te voy a lastimar. Solo trato de conseguir algo de dinero para comer. —El chico se apartó. Acomodó su cabello detrás de su oreja y bajó la mirada—. Lo siento.

Lay se quedó inmóvil, olfateando el aire a su alrededor. Se acercó al chico e inhaló profundamente. Su quijada cayó en estado de shock, entonces rápidamente se recuperó y la cerró.

¡Mío!

—Hey, deja de olfatearme. Eres extraño. —El prostituto dio un paso hacia atrás. Lay notó que levantaba la mirada y recorría el callejón con la mirada. Al darse cuenta que estaban solos el jovencito abrió más los ojos. Lay necesitaba llevar a su pareja a su habitación. Cuidar de él.

—¿Cuánto por la noche? —Lay se maldijo por la pregunta, pero él no dejaría a su pareja ahí ni un segundo más y dudaba que él se fuera por su propia voluntad sin pagarle.

Su pareja abrió más los ojos. —Uh, ¿doscientos? —Esa era una pregunta, no una respuesta.

—Hecho, vamos. —Lay se mantuvo al lado del joven mientras caminaban de regreso hacia su habitación.

El chico estaba asustado. Su vista estaba pegada al suelo. Lay apretó fuerte sus labios. Ahora no era momento para preguntas. Una vez que su pareja hubiera tenido un baño caliente y dormido bien durante la noche, él descubriría por qué estaba en las calles vendiendo su cuerpo.

Llegaron al hotel. Lay colocó su mano en la pequeña espalda de su pareja, guiándolo a través de las puertas doradas con vidrio del frente. Ellos tomaron el elevador hacia el piso doce, Lay lo dejó mientras buscaba la tarjeta-llave. Su mano tropezó con la bolsa de papel café en su bolsillo. Lay se estremeció.

Una vez que la puerta se abrió, le permitió a su pareja entrar y se giró para cerrar la puerta con llave.

—No. Estoy pagando por toda la noche. ¿Verdad? —Lay tomó las muñecas de su pareja evitando que bajara el cierre de sus pantalones de vestir. Esta no era la forma como quería estar con él, es decir, comprando y pagando.

Su pareja inclinó la cabeza, era la más erótica vista que Lay hubiera presenciado, y requirió nervios de acero para no sucumbir y entregarse a la vista de su pareja sobre sus rodillas.

—¿Q-qué es lo que quieres hacer?

Podía ver la cautela en los ojos de su pareja, por la manera en que su cuerpo se tensaba. No debería ser así. Su pareja debería estar relajado alrededor de él. El reclamo podría esperar. Su pareja necesitaba primero sanar su alma.

Lay se inclinó, colocó sus manos bajo los brazos de su pareja, levantándolo, para que se pusiera de pie. —Quiero que te des un baño y luego vayas a la cama.

—Estoy limpio. Me bañé antes de salir de la casa. Tú eres la primera persona de esta noche.

Y el último”. Las palabras pusieron de manifiesto el hecho de que Lay tenía trabajo por delante con él. Vio a su pareja dirigirse al cuarto de baño y cerrar la puerta tras él.

Lay se dirigió a la cama, se desnudó dejándose los boxers y se deslizó bajo las mantas. Podía oír la tina llenarse y su pareja desnudarse. Al ser un lobo Timber, su oído era penetrante. Los lobos Timber podían oír las hojas caer en el otoño.

La puerta se abrió veinte minutos después y su pareja le mostró sin pudor su sonrosada pálida piel. Lay levantó las mantas para que su pareja se le uniera.

El joven subió a la cama, deslizándose hacia abajo. Lay lo detuvo, jalándolo hacia su pecho. —No.

—Me pagaste para dormir contigo. ¿Realmente para dormir?

Lay se rió de la expresión de su pareja. Era un cruce entre incredulidad y creer que Lay estaba loco. —Sí.

Algo causó que la expresión de su pareja cambiara, su boca formó una redonda ‘O’. —Tu tubería no funciona. Eso es, uh, está bien.

Lay se dejó caer hacia atrás carcajeándose. El joven era cómico. —Duerme.



[1] Plexiglas, plástico duro usado en lugar del vidrio.