El loto artificial del jardín secreto

Summary

Luo Bingghe está dispuesto a conseguir el amor de su Maestro. Al menos bastará su cuerpo.

Status
Complete
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Aliento

El Emperador empujó la puerta de hierro y liberó la oscuridad a su paso, el aire de la habitación haciéndole fruncir la nariz tras el pañuelo de negra seda. Pese a ese gesto, la incomodidad no alcanzó su mirada, fija en un punto de ese cuarto donde nunca alcanzaría la luz de otro sol que esos ojos como rubíes.

El sótano olía a decadencia, a podredumbre, a los fondos del Abismo sin Fin. Permeaba las paredes, las cadenas alrededor del bulto rectangular en el aire empapadas del perfume de la muerte. Excrementos antiguos junto a zonas secas se mezclaban en la zona donde antes existían largas piernas, gruesos muslos, ahora muñones cerrados. Hombre o mujer, imposible saber su género donde ahora se encontraba un espacio en carne viva, el pus de la infección nido de moscas y de huevos a medio nacer. El Emperador siguió a las pocas larvas aún no transformadas, su cabeza ladeándose en un gesto casi cómico al localizar su fuente de alimento preferida entre las múltiples abrasiones y cicatrices abiertas en la piel otrora blanca, perfecta.

El Emperador dejó caer el pañuelo con un gesto, la tela perdiéndose en la penumbra. Entreabrió la boca, la abertura dejando entrever una larga lengua contra perfectos dientes blancos. Un par de pequeños colmillos, más largos de lo usual, dominaron por un momento la sonrisa que se formó en una sola palabra.

—Shizun.

Su voz recibió en respuesta la respiración de una persona despertándose de una pesadilla, los temblores de un animal atrapado en una trampa. Olía al perfume de la destrucción y de la guerra. Y, pese al desorden de la cabellera y la piel hundida de ese rostro aún humano, los ojos que lo miraron devolvieron con desafio su propio odio.

—Bestia —siseó el que alguna vez temieron y odiaron los hombres más fuertes del mundo de la cultivación. Su patetismo actual sin quitarle la elegancia de su aura, sus torturas arráncandole salud y calma, pero dejándole igual de vacío que en un inicio. En la comisura de sus labios se formó espuma—. ¿No te dije que me dejaras en paz?

La Bestia, Luo Binghe, recibió el insulto sin que su sonrisa se alterara. Si encontró insulto en sus palabras, las ocultó tras esa máscara que hacía mucho no tenía necesidad de mostrar al mundo. Cortó la distancia entre sus dos formas, su mano estirada al frente para tocar la barbilla por la que aún se veían los restos de saliva, de moretones y de rastros de lágrimas. Se relamió los labios.

La chispa de una barbilla idéntica, pero blanca y sin imperfecciones, seguía como una huella digital bajo sus dedos. Se complació al distinguir los temblores apenas imperceptibles. Contuvo la ansiedad de callar las insolencias con sus propios labios. La boca de ese Shen Qingqiu no tendría el mismo sabor, ni la misma inexperiencia. Tenía que enseñarle sus gustos, borrar los miedos e instalar unos nuevos. Si no podía tener un maestro amoroso, al menos tendría uno obediente.

Su sonrisa aumentó al recordar lo que le había revelado la mente de ese Shizun falso, allá tan adentro de sí mismo que no podía pertenecer a él. La verdad tras esas marcas en el cuerpo del viejo líder, los restos incapaces de romper por el tiempo.

—¿No te gustaba acaso que te prestaran atención? —Era algo decepcionante que Shen no intentara cortarle los dedos con los dientes. Ni un músculo se movió en sus rasgos pero, y el conocimiento derramó su placer por el alma de Luo Bingghe, por un instante, el terror de un niño contrajo las pupilas del torturado al comprender la razón tras la caída de su tono de voz.

—Deja de decir tonterías. Acaba el trabajo. —Las silabas salieron a trozos por el temblor de su mandíbula.

Luo Bingghe dejó caer el brazo, su sonrisa imperturbable, sus ojos sin pestañear. Sin separar las pupilas de las ajenas, levantó el índice y el dedo del medio, introduciéndolas en un movimiento en el agujero lleno de gusanos y de pus donde antes había existido un órgano. La sangre salpicó el rostro del Rey Demonio, el aroma a putrefacción ahora tan acelerante como el sabor de Shen Yuan contra su lengua.

Los alaridos como llantos lo estremecieron hasta que la ropa comenzó a apretar en sitios familiares. Cerró los ojos sin dejar de mover los dedos para romper la carne, jadeos al imaginarse lo que habría sucedido con el Shizun de ese otro mundo de no haber sido interrumpidos por su versión llorona.

—No te preocupes, Shizun. Hay un futuro brillante para ti.