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Tenía los ojos marrones más hermosos que Chanyeol había visto en su vida.
También parecía endiabladamente inocente, a pesar de la ridícula ropa que vestía y el enorme bolso de lona que llevaba.
Debía pensar que pasaba desapercibido sólo porque usaba un abrigo hecho jirones y un cabello largo, pero era improbable que alguien lo creyera un sin techo.
Chanyeol se preguntó qué haría allí a esas horas de la noche. El sureste de Seúl no era lugar para un señorito como él.
Pasó a su lado de nuevo, más despacio esa vez, y tenía los ojos tan abiertos que éstos daban la impresión de captarlo todo de un vistazo.
Captaron a Chanyeol.
Sintió un escalofrío de emoción, una sensación desconocida para él. El chico esvió la mirada, pero tuvo tiempo de percibir el suave rubor que teñía sus refinados rasgos. Ese rubor había sido perceptible incluso a la tenue luz del ocaso, iluminado por la luna y una farola. Tenía una piel perfecta.
Carajo, se dijo Chanyeol. Tenía suficientes preocupaciones para añadir a un condenado doncel remilgado, con uñas y cabello de salón de belleza, que intentaba pasar por vecino de la zona.
Él sólo había salido del bar para respirar un poco de aire fresco. El olor a perfume en el interior era tan intenso que le revolvía el estómago.
Oyó que la música del bar subía de volumen, eso implicaba que los bailarines iban a salir a escena. Al cabo de menos de diez minutos tendría que volver a entrar y desnudarse por cuestión profesional.
Maldijo para sus adentros. Odiaba esa tapadera: un detective trabajador y decente quitándose la ropa ante un montón de donceles y mujeres privados de sexo. Llevaba casi dos semanas entreteniendo a masas con la exhibición pública de su cuerpo. Albergaba la esperanza de descubrir suficientes evidencias para llevar a cabo una redada. A sus treinta y dos años, estaba en lo mejor de la vida, en plena forma y sin compromiso.
No sólo cumplía todos los requisitos necesarios para interpretar ese ridículo papel; además tenía un interés personal. Sabía que en la habitación que había sobre el bar se celebraban reuniones de negocios, de negocios turbios, pero aún no había visto nada relacionado con tráfico de armas.
Dongyoung Bae no daba señales de vida.
Era desalentador, pero no pensaba rendirse.
Sin duda atraparía a Bae, aunque seguía sin gustarle exhibirse por la noche.
Cada stripper tenía un numerito. Él suyo era bastante irónico. Hacía de policía duro, y llevaba unos pantalones negros sujetos con velcro en puntos estratégicos. Se desmontaban con un ligero tirón. Incluso utilizaba la chaqueta de cuero de Siwon, un bien muy preciado, para dar autenticidad al número. A los donceles les encantaba y las mujeres lo amaban.
Se preguntó si el viejo Siwon se habría imaginado lo sexy que les parecían los polis a los clientes. O si le habría importado.
No podía pensar en Siwon y hacer su trabajo, que consistía en hacer creer a Bae que no tenía ningún escrúpulo y estaba disponible para cualquier trabajo.
Dongyoung siempre necesitaba tipos nuevos para sus trapicheos y Chanyeol pretendía ser el siguiente. Era la única forma de acercarse lo suficiente para trincarlo limpiamente.
Lo último que necesitaba en ese momento era una distracción de enormes ojos marrones. A pesar de todo, volvió a mirar al chiquillo. Estaba en la esquina, bajo la farola, con la enorme bolsa sujeta contra el pecho, intentando pasar desapercibido.
Chanyeol dio un resoplido. Llevaba el abrigo tan abrochado que parecía a punto de asfixiarse. Volvió a preguntarse qué diablos hacía allí.
Chanyeol acababa de convencerse a sí mismo de que no debía inmiscuirse cuando tres hombres jóvenes se fijaron en él. Observó cómo se aproximaban al chico. Éste hizo ademán de marcharse, pero después cambió de opinión. Saludó discretamente con la cabeza, aunque no hacía falta: era obvio que los hombres no necesitaban que les diera ánimos. Por su parte, parecía a punto de desmayarse.
«Vete», pensó Chanyeol.
Él se quedó inmóvil. Ese chico se estaba metiendo en un buen problema, se dijo. Se puso en tensión y entrecerró los ojos, a la espera de que empezara la pelea. Estaban hablando o, más bien, el chico intentaba hablar a los tres tipos que lo rodeaban. Gesticulaba con las manos y tenía expresión seria. Entonces, uno de los hombres lo agarró y el chico dejó escapar un chillido de sorpresa. Inmediatamente, sus ojos marrones miraron a Chanyeol pidiendo ayuda.
El pobre idiota pensaba que era un policía de verdad… Al ritmo que iba, lo desenmascararía. Sin embargo, no podía permitir que lo maltrataran, así que fue hacia él. Los hombres estaban borrachos. Uno de ellos intentaba atraerlo hacia sí y él lo esquivaba. Chanyeol se acercó al grupo con aire desenfadado.
—Vamos, hombres —dijo con voz grave y tono de mando—. ¿Por qué no deján en paz al señorito?— Chanyeol vio su temblor y la palidez de su rostro bajo la luz amarillenta de la farola.
El hombre no lo soltó; si acaso, lo agarró con más fuerza. —Vete al infierno —dijo, arrastrando las palabras.
Chanyeol se preguntó cuan borrachos estaban en realidad. Aunque creyesen que era policía, en ese vecindario ser agente de la ley no tenía mucho peso; al contrario, provocaba un desdén despiadado.
Maldijo para sí. No podía meterse en una pelea. Le habría gustado darles un par de golpes, pero… Se preguntó dónde estaban los policías con uniforme de verdad cuando hacían falta.
—¿Quieres su compañía? —Le preguntó al chico.
Él tragó saliva con esfuerzo.
—No —replicó.
—Ya ha hecho un trato con nosotros —uno de los hombres agitó el puño ante el rostro de Chanyeol, tambaleándose. Esbozó una sonrisa estúpida y añadió—: No se puede pretender que un doncel como él pasee por aquí sin un arma con la que protegerse… —
—Cállate, idiota —otro de los hombres le dio un empujón al que había hablado.
—¿Y? —Chanyeol se quedó muy quieto y escrutó el rostro del chico.
—¿Y… qué? —El chico tragó saliva otra vez.
—¿Para qué necesitas un arma? ¿Planeas matar a alguien? —Aunque fue un susurro, la pregunta exigía una respuesta inmediata.
El chico negó con la cabeza y miró a su alrededor como si buscara una vía de escape; eso picó el interés de Chanyeol. Ya no podía marcharse. Tuviera lo que tuviera entre manos, ese chico no quería que él lo supiera. Quizá porque pensaba que era policía.
—¿Quieres la compañía de estos hombres, sí o no? —Chanyeol apoyó las manos en las caderas y frunció el entrecejo.
—Eh… No —miró con cautela el rostro borracho y lascivo que tan cerca tenía. Frunció los labios con desaprobación y desdén—. No especialmente.—
La boca de él se curvó en una sonrisa. El chico tenía agallas, había que reconocerlo. No aparentaba más que una criatura enfermiza de dieciocho años. Parecía perdido dentro de ese enorme abrigo. Tenía huesos finos y parecía muy frágil.
—Ya lo han oído, amigos. Al señorito no le gustan. Sueltenlo y busquen diversión en otra parte. —
—Yo ya tengo una diversión —el que lo había agarrado aflojó un poco la mano al hablar y el chiquillo aprovechó para librarse de un tirón.
Después hizo lo más estúpido que Chanyeol había visto en su vida: le dio un rodillazo en la entrepierna.
Chanyeol movió la cabeza con incredulidad mientras lo ponía detrás de su espalda con el fin de protegerlo del caos consiguiente. No podía pelear con los hombres sin atraer espectadores, y eso pondría en peligro su tapadera. El chico jadeaba tras él y sonaba aterrorizado. De ninguna manera quería perder los pantalones allí, en medio de la acera, en un escarceo con vulgares borrachos.
Uno de los hombres hizo ademán de lanzar un puñetazo.
Chanyeol blasfemó en voz alta cuando el chico, que no debía estar tan asustado como había imaginado, saltó de repente sobre la espalda de su atacante. No debía pesar más de cuarenta y seis kilos, pero enredó los dedos en el cabello del tipo y tiró con todas sus fuerzas.
Chanyeol decidió que ya tenía suficiente. Echó un vistazo a su reloj y comprobó que era la hora de su actuación. Apartó al doncel y le dio una patada en el trasero al hombre, que salió despedido; después fue hacia los otros dos con todos los músculos del cuerpo en tensión. Demasiado borrachos para resistir, se marcharon corriendo.
Chanyeol se volvió hacia el chico y descubrió que estaba… arreglándose el pelo. Sin duda, estaba loco y muy perdido. Vio que miraba el bolso de lona, tirado en un charco, pero no hacía gesto de recuperarlo.
—¿No quieres tu bolso? —preguntó con tanto sarcasmo como pudo.
—Eh… —Él lo miró de reojo—. Bueno, claro… — se inclinó, pero él negó con la cabeza. Vio que del bolso asomaban más prendas raídas, y era obvio que ese chico no necesitaba ropa de segunda mano.
Lo agarró del brazo con amabilidad pero con firmeza y, venciendo su resistencia, se encaminó hacia el bar. Automáticamente, lo colocó a su lado derecho, entré él y el edificio, para protegerlo de los transeúntes. Controló su ira durante casi tres segundos; después, se rindió.
—De todas las cosas estúpidas, descabelladas… ¿Qué demonios pretendías hace un momento? —
Se preguntó si sería un periodista o un reportero de televisión. Desde luego, no estaba acostumbrado a andar por callejones ni a que le faltase nada. Todo en él clamaba dinero. Incluso en ese momento, cuando lo empujaba por la acera, tenía cierta gracia, una postura definida que no se adquiría sin una vida privilegiada.
Él lo miró y él percibió que, además, olía bien. No era un perfume pesado, como el de los donceles o mujeres del bar, sino, simplemente, delicado. El cabello ondulado le caía sobre los hombros y era rojo, como sus labios. Lo estaba obligando a correr, pero no podía evitarlo si no quería llegar tarde. Ya oía la música que servía de introducción a su número. Desnudarse en público ya era lo bastante malo; no quería empeorar la situación con una tardía entrada triunfal.
—Gracias por su ayuda, agente —dijo él.
—Contesta a mi pregunta. ¿Quién eres? —Sin disminuir el paso, lo miró con fijeza—. ¿Qué diablos pretendías?—
—Eso son dos preguntas. —
—Contesta de una vez —gruñó él, impaciente.
—No es asunto suyo —dijo él dando un traspié, pero sin amilanarse.
—Lo he convertido en asunto mío —espetó él, tenso.
Intentó hacerlo entrar por la puerta y él, clavando los talones en el suelo, lo obligó a detenerse. Con los ojos de par en par, lo miraba boquiabierto.
—¿Qué hace? —preguntó con pánico, mirando a su alrededor.
Chanyeol no tenía tiempo de darle explicaciones ni de preocuparse por su sensibilidad. En esa zona de la ciudad, todos lo creían un exhibicionista hipersexual y hambriento de dinero; Dongyoung Bae incluido. Era una tapadera necesaria a la que no iba a renunciar. Bae aparecería de nuevo y, cuando considerase que Chanyeol era un habitual de la zona, el traficante de armas se pondría en marcha. No dudaba de que eso ocurriría.
—Quédate aquí —ordenó Chanyeol, y lo llevó hasta un taburete, sin soltarlo. Intentó intimidarlo con una mirada amenazadora. La música empezaba a subir de ritmo, indicando su entrada.
—¡Eh, un momento! No tengo intención de esperar… —empezó el chiquillo. Sus ojos lo miraban acusadoramente.
—Que no se mueva de aquí, Hae —le dijo al camarero.
—¿Qué ha hecho? —preguntó Hae, un tipo enorme y jovial con los dientes mellados.
—Me debe algo. No le quites el ojo de encima. —
—¿Y si intenta escapar? —
—Haz que se arrepienta si lo ves moverse
—Chanyeol le guiñó un ojo a Hae, con aire conspirador.
Hae puso expresión fiera, pero Chanyeol sabía que no haría daño a una mosca.
Para eso había otros dos gorilas en el local, pero el chico no lo sabía, y Chanyeol quería enterarse de cuáles eran sus intenciones. Su intuición le decía que no iban a gustarle.
De repente, el foco recorrió la pista. Chanyeol maldijo, después forzó una sonrisa y se situó bajo la luz de los focos. Las mujeres gritaron, los donceles chillaron.
En el poco tiempo que llevaba trabajando allí, había descubierto mucha información sobre su traficante de armas… y se había hecho muy popular. El propietario le había prometido doblarle la paga, pero eso no era nada comparado con los billetes que le metían en el ajustado y sugerente slip.
Se había negado en redondo a ponerse tanga. Su trasero desnudo no era algo que estuviera dispuesto a enseñar a más de una persona al mismo tiempo; e incluso eso ocurría muy de cuando en cuando.
Sin embargo, su modestia trabajaba a su favor. Los clientes pensaban que era un provocador y apreciaban su número aún más.
Mientras andaba, miró por encima del hombro para asegurarse de que el chico seguía allí. No se había movido. No parecía capaz de hacerlo. Sus ojos parecían aún más grandes y luminosos, rebosantes de asombro e incredulidad. Sosteniéndole la mirada, él se situó en el centro de la pista y bajó la cremallera de su chaqueta de cuero.
El chico abrió la boca. Su expresión concentrada, mezcla de ingenuidad, curiosidad y asombro, hizo que Chanyeol se sintiera más expuesto que nunca mientras actuaba. Lo fastidió notar que se ponía colorado. Era demasiado mayor y cínico para sonrojarse. Maldijo para sus adentros.
Empeñado en obligarlo a desviar la mirada, llevó los dedos hacia la parte superior de los pantalones. Mientras desabrochaba la bragueta lentamente, botón a botón, provocando a la audiencia y mirando al chico, éste se recostó y se llevó una mano al pecho. Parecía incómodo, molesto, pero no apartaba la vista.
«Ay, Dios. Esto no puede estar ocurriendo, Baekhyun. Es demasiado escandaloso. Es imposible que un hombre tan impresionante esté quitándose la ropa delante de ti».
Incluso mientras se decía que deliraba, que la escena era producto de su imaginación, Baekhyun lo vio quitarse las botas y después, de un tirón, arrancarse los pantalones y tirarlos a un lado. No se habría perdido ni un segundo de ese striptease.
No podía. Estaba hechizado.
Vagamente, oía los gritos del público, animándolo. Por fin, desvió sus ojos oscuros, pero él siguió mirándolo.
Era el hombre más bello que había visto en su vida. Crudo, sexual pero también… tierno. Había notado su amabilidad fuera, cuando había pasado junto a él. Era como si se hubiera dado cuenta de que él encajaba en ese barrio degradado tan poco como lo hacia él .
Y, sin embargo, los dos estaban allí. Su razón era sencilla: necesitaba descubrir quién le había vendido a su hermana la pistola que había fallado y que casi le había hecho perder un ojo. Se recuperaría, pero eso no cambiaba el hecho de que había comprado la pistola de forma ilegal, y se había involucrado en algo que no le convenía y que, probablemente, la marcaría para siempre.
Baekhyun tenía que encontrar al hombre que casi había arruinado la vida de su hermana. No podía imaginarse qué clase de monstruo le vendería una pistola, y encima defectuosa, a una chica de dieciséis años. Sus madres se habían negado a informar a la policía.
Por suerte, Tiffany sólo había utilizado la pistola para hacer tiro al blanco, así que nadie sabía que la tenía. Y gracias a Dios, no había otros heridos. Cuando se planteaba lo que podía haber ocurrido, y las consecuencias…
Pero eso ya era historia. Lo único que podía hacer era asegurarse de que ese hombre no continuase vendiendo armas a otros chicos. No tenía ningún reparo en ir a la policía cuando tuviera pruebas sólidas, las suficientes para no tener que involucrar a su hermana.
Sus madres nunca lo perdonarían si manchaba el nombre de la familia. Otra vez.
Se le aceleró el pulso y sintió un nudo en la garganta cuando el agente, que obviamente no lo era, se encaminó hacia él. No podía quitar los ojos de su torso desnudo, ni de sus largos y fuertes muslos. El diminuto y brillante slip negro se ajustaba a su… Empezó a sentir calor.
«Los señoritos bien no reaccionan así. Hay normas sociales que mantener, un cierto grado de compostura…».
La letanía que llevaba un rato repitiéndose se detuvo cuando el hombre se situó frente a él.
Sus ojos, de un verde brillante, reflejaban la luz del foco. Lo miró directamente y luego se acercó lo suficiente para permitirle captar su aroma fresco y varonil, el calor de su cuerpo. Un calor abrasador.
Jadeante, Baekhyun comprendió que estaba esperando a que le diera dinero. Era una insensatez… pero montones de billetes asomaban de su ajustado slip, y supo sin duda que él no se movería hasta que no cumpliese su silenciosa orden.
Ciegamente, incapaz de apartar la vista, rebuscó en los enormes bolsillos del abrigo hasta que su mano encontró un billete. Sacó la mano y le ofreció el dinero.
Su sonrisa sólo podía describirse como malévola. Con un movimiento casi imperceptible, él negó con la cabeza. Él bajó la vista hacia el slip. Había visto meter el dinero allí, intentando tocarlo, mientras él esquivaba sus manos.
Había jugado con la audiencia, acercándose sólo lo suficiente para recaudar unos dólares, alejándose después.
Él no quería tocarlo.
Mentira. Sí quería, pero no allí, delante de la gente, nunca.
Era un señorito respetable, era… Gimió y se echó hacia atrás cuando él puso una mano a cada lado de él, sobre la barra. Estaba acorralado, no podía respirar. Veía gotas de sudor que perlaban su pecho, y también el que asomaba bajo su axila. Era casi indecente y, a la vez muy personal, verle la axila.
Tenía calor y le costaba respirar. Él seguía allí, exigente, insistente; con cuidado, utilizando sólo las puntas de los dedos, le metió el billete en el slip. Notó su piel cálida y tensa, salpicada de sudor.
Él, sin dejar de mirarlo a los ojos, sonrió levemente. Se inclinó hacia su rostro y depósito un casto beso en su mejilla. Fue como una pluma, casi inexistente, pero su potencia casi lo llevó al punto del desmayo.
El público aulló encantado, lo adoraba. Él rió con expresión satisfecha y volvió a bailar. Varios donceles y mujeres le suplicaron la misma atención que le había dado, pero no accedió.
Baekhyun supuso que le bastaba con manipular a un peón del público.
Aunque él centró su atención en otro sitio, Baekhyun tardó varios minutos en calmar los latidos de su corazón. Siguió observándolo, tenso, porque a pesar de la educación recibida, aquel hombre lo excitaba.
El cabello oscuro y largo por detrás, estaba húmedo de sudor y empezaba a gotear. Con cada movimiento de hombros, mostraba músculos y tendones bien definidos. Su trasero, embutido en el slip negro, era duro y bien formado. Los muslos, largos y esculturales, parecían los de un atleta. Tenía un rostro muy bello, casi demasiado. Era un rostro temible para una criatura ingenua que quisiera seguir siéndolo. Ojos verdes, enmarcados por pestañas largas y oscuras y cejas espesas, que expresaban humor y cinismo, al tiempo que eran directos y penetrantes. Tenía la nariz recta y la mandíbula, estrecha y firme.
Baekhyun se dio cuenta de que empezaba a fantasear y puso en orden sus pensamientos.
Tenía que concentrarse en su misión: encontrar al traficante de armas.
Según su hermana, había comprado la pistola en esa calle, en la que no debería haber puesto un pie con dieciséis años. Había sido una transacción sucia desde el primer momento, dinero en efectivo por un arma ilegal. Tiffany pasaba por una etapa rebelde; últimamente se relacionaba tanto con pandilleros como con chicos vividores y con experiencia. Baekhyun rezaba por poder ayudarla a volver al camino correcto y a recuperar la paz mental. Cuando pensaba en las cicatrices con las que tendría que vivir el resto de su vida, sabía, en el fondo de su corazón, que la única forma de devolverle la paz sería encontrar suficientes pruebas para que encarcelaran al traficante.
Aunque él pretendía hacerle cambiar de opinión, Tiffany pensaba que su vida había acabado. No había adolescente atractiva y popular que pudiera soportar la idea de vivir con el rostro marcado por las cicatrices. Él pensaba en otras chicas y chicos que podrían comprar un arma defectuosa, como ella, y acabar ciegos, en vez de marcados, o algo peor. Tal y como había explotado la pistola, podría haber matado a alguien. A pesar de los deseos de sus madres, Baekhyun no podía cruzarse de brazos ante algo así. Su conciencia no se lo permitía.
La luz de los focos fue atenuándose hasta que la pista quedó a oscuras; el espectáculo había acabado. El aplauso fue ensordecedor. Segundos después, el «agente» volvió junto a él, con la chaqueta de cuero sobre el hombro, los pantalones y las botas en la mano. Dio las gracias al camarero, agarró del brazo a Baekhyun y, sin explicación alguna, lo llevó hacia una puerta.
Escaparon por poco del público que se acercaba.
Baekhyun deseaba echar a correr, pero nunca había recurrido a algo así en su vida.
Además, saber que él no era policía de verdad, lo había llevado a trazar un plan.
Él lo condujo a una habitación, cerró la puerta y encendió la luz. Era una especie de almacén, lleno de estanterías con productos de limpieza y una fregona maloliente.
En una esquina había una bolsa de cuero. Él no se molestó en vestirse. Dejó la ropa a un lado y se situó a centímetros de él.
—Me diste cincuenta. —
Baekhyun parpadeó. Eso no era en absoluto lo que esperaba oír. Alzó la barbilla.
—¿Cómo? —
—Me diste un billete de cincuenta dólares —dijo él, sacando los billetes del slip—. No sabía que mi actuación era tan buena. —
«¡Cincuenta! Dios Santo, Baekhyun», pensó él. No tenía intención de decirle que había sido un error involuntario: estaba tan pendiente de él que no había mirado los billetes. Lo que le había dado era parte del dinero que había destinado a comprar información.
Se dijo que quizá aún pudiera hacerlo. Alzó los hombros y se obligó a mirar la fregona en vez del cuerpo casi desnudo que tenía delante.
—Como no es un agente de la ley, tenía la esperanza de que el dinero… lo animase a ayudarme. —
—¿Qué clase de ayuda necesita, señorito? —Lo miró con desdén.
Era obvio que no lo había creído ni por un segundo, pero Baekhyun le agradeció que fuese lo suficientemente caballero como para callárselo.
Era muy difícil hablar con él, tan cerca y tan desnudo.
Olía a hombre, húmedo y cálido, aunque él intentaba no fijarse en eso. Pero era imposible ignorar ese cuerpo, por más que se hubiera prometido no volver a dejarse llevar por tentaciones impropias, como la lujuria irresistible, entre otras.
Se lamió los labios secos y lo miró a los ojos. Él clavó la vista en su boca y después recorrió su cuerpo de arriba abajo. Él era consciente de que no tenía muy buen aspecto. Se había planteado muchos disfraces para esa noche, de vagabundo a prostituto, pero no se veía haciendo el papel de buscon; era de complexión delicada y nunca había llegado a… desarrollarse como había esperado. En cambio, sí se veía como un sin techo.
—Necesito información —respondió enderezando aún más la espalda, ya rígida como una tabla.
—¿Tu trío de borrachos no te ha dado suficiente?—
—No. En realidad no sabían nada. Y tenía que tener cuidado, no me inspiraron demasiada confianza. Pero tengo que descubrir unos datos. Usted… usted está familiarizado con la zona —entonó la frase como una pregunta y él asintió con la cabeza—. Bien. Necesito saber si alguien vende armas. —
—¿Armas? —Él cerró los ojos y torció la boca con una mueca irónica—. Así, sin más, quieres saber quién trafica con armas. Por dios, chico, tienes aspecto de poder ir a cualquier armería acreditada y comprar lo que quieras —dio un paso hacia él y agarró un mechón de su pelo—. No sé a quién pretendías engañar, pero andas como un rico, hablas como un rico… Incluso hueles a dinero. ¿Te has disfrazado así porque te da morbo pasear por los barrios bajos ? —
—Tiene cincuenta dólares míos —replicó él con ira, molesto por su vulgaridad—. Lo menos que puede hacer es comportarse de manera civilizada y cortés. —
—Te equivocas —se acercó aún más y su pecho casi rozó la nariz de Baekhyun. Tuvo que inclinar la cabeza para mirarlo a los ojos—. Lo menos que puedo hacer es encaminar tu culito de vuelta a su sitio. Vete a casa, nene. Busca tus emociones en otro lugar más seguro. —
Baekhyun, acalorado por su cercanía y por su actitud desdeñosa, tuvo que hacer un esfuerzo para no encogerse. Chasqueó la lengua y tragó saliva.
—Si no quiere ayudarme, no lo haga. Encontraré a otro. Al fin y al cabo, estoy dispuesto a pagar mil dólares —giró en redondo, planeando una salida triunfal que le obligara a aquel hombre a arrepentirse de su error—. Seguro que encuentro a alguien más dispuesto en menos de una hora —dijo, por encima del hombro—. Adiós. —
Siguió un segundo de silencio, después se oyó una palabrota. Baekhyun pensó que más valía la precaución que las buenas maneras y agarró el picaporte de la puerta. Se disponía a abrirla cuando una enorme mano cayó sobre la madera y cerró de golpe. Un torso duro y caliente se clavó contra su espalda, aprisionándolo. No podía moverse ni apenas respirar. Sintió unos labios en la oreja y la caricia de un susurro.
—No vas a ir a ningún sitio, encanto. —