Liberación

Summary

Esta historia está ambientada en la típica historia de la Bella durmiente en el cual el protagonista es Jimin Si estas dispuesto a leerla es bajo tu consentimiento ya que tiene escenas que pueden ser demasiado fuertes para algunas personas

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

I

Durante toda su juventud, el príncipe Eunwoo había oído la historia El Bello Durmiente, condenado a dormir durante cien años, al igual que sus padres, el rey y la reina, y toda la corte, después de haberse pinchado el dedo en un huso.

Pero no creyó en la leyenda hasta que estuvo dentro del castillo. Ni siquiera la había creído al ver los cuerpos de otros príncipes atrapados en las espinas de los rosales trepadores que cubrían los muros. Ellos sí habían acudido movidos por un convencimiento, eso era cierto, pero él necesitaba ver con sus propios ojos el interior del castillo.

El príncipe Eunwoo, imprudente por efecto del dolor que sentía tras la muerte de su padre y demasiado poderoso bajo el reinado de una madre que lo favorecía en exceso, cortó de raíz las imponentes trepadoras, impidiendo de este modo que lo apresaran entre su maraña. No era el deseo de morir sino el de conquistar el que lo empujaba.

Avanzando con tiento entre los esqueletos de los que no habían logrado resolver el misterio, se introdujo a solas en la gran sala de banquetes.

El sol brillaba en lo alto del cielo y las enredaderas habían retrocedido permitiendo que la luz cayera en haces polvorientos desde las encumbradas ventanas.

Todavía instalados ante la mesa de banquetes y cubiertos por varias capas de polvo, el príncipe Eunwoo descubrió a los hombres y mujeres de la antigua corte que dormían con los rostros inanimados y rubicundos envueltos por telas de araña.

Se quedó boquiabierto al ver a los sirvientes dormidos contra las paredes, con las ropas consumidas y convertidas en andrajos.

Así que la antigua leyenda era cierta. Con la misma osadía de antes, inició la búsqueda del Bello Durmiente, que debía hallarse en el centro de todo aquello.

La encontró en la alcoba más alta de la casa. Finalmente, tras sortear los cuerpos de doncellas y criados dormidos, y respirar el polvo y la humedad del lugar, se halló en el umbral de la puerta de su santuario.

Sobre el terciopelo verde oscuro de la cama, el cabello pajizo del principe se extendía largo y liso, y el traje, que formaba holgados pliegues, revelaba todos los atributos del joven.

Abrió las contraventanas cerradas. La luz del sol resplandeció sobre el. El príncipe Eunwoo se acercó un poco más y soltó un ahogado suspiro al tocar la mejilla, los labios entreabiertos y los dientes y, después, los delicados párpados.

El rostro le pareció perfecto; el traje bordado, que se le había pegado al cuerpo y marcaba el pliegue entre sus piernas, permitía adivinar la forma de su sexo.

Desenvainó la espada con la que había cortado todas las enredaderas que cubrían los muros y, deslizando cuidadosamente la hoja entre se pecho, rasgó con facilidad el viejo tejido del traje que quedó abierto hasta el borde inferior. Él separó las dos mitades y la observó. Los pezones eran del mismo color rosáceo que sus labios, y el vello púbico era castaño y más rizado que la larga melena lisa que le cubría hasta llegar casi a sus hombros.

Separó de un tajo las mangas y alzó con suma delicadeza el cuerpo del joven para liberarlo de todas las ropas. El peso de la cabellera pareció tirar de la cabeza de ésta, que quedó apoyada en los brazos de él al tiempo que la boca se abría un poco más.

El príncipe Eunwoo dejó a un lado la espada. Se quitó la pesada armadura y a continuación volvió a alzar al principe sosteniéndolo con el brazo izquierdo por debajo de los hombros y la mano derecha entre las piernas, el pulgar en lo alto del pubis.

El no profirió ningún sonido; pero si fuera posible gemir en silencio, el principe gimió con la actitud de su cuerpo. Su cabeza cayó hacia él, quien sintió la caliente humedad de la entrada del principe contra su mano derecha. Al volver a tenderla, le apresó ambos pezones y los chupó suavemente, primero uno y luego el otro.

Eran éstos unos pezones firmes, pues el joven tenía quince años cuando la maldición se apoderó de el. Él le mordisqueó los pezones, al tiempo que le meneaba los gluteos casi con brusquedad, como si quisiera sopesarlos; luego se deleitó palmoteándolos ligeramente hacia delante y atrás.

Al entrar en la estancia el deseo le había invadido con fuerza, casi dolorosamente, y ahora le incitaba de forma casi cruel.

Se subió sobre el y le separó las piernas, mientras pellizcaba suave y profundamente la blanca carne interior de los muslos. Estrechó el pecho derecho en su mano izquierda e introdujo su miembro sosteniendo al principe erguido para poder llevar aquella boca hasta la suya y, mientras se abría paso a través de su inocencia, le separó la boca con la lengua y le pellizcó con fuerza los pezones.

Le chupó los labios, le extrajo la vida y la introdujo en él. Cuando el príncipe Eunwoo sintió que su simiente explotaba dentro del otro cuerpo, el joven gritó. Luego sus ojos azules se abrieron.

-¡Jimin! -le susurró.

El cerró los ojos, con las cejas doradas ligeramente fruncidas en un leve mohín mientras el sol centelleaba sobre su amplia frente blanca.

Le levantó la barbilla, besó su garganta y, al extraer su miembro del sexo comprimido de el, lo oyó gemir debajo de él.

Jimin estaba aturdido. Lo incorporó hasta dejarlo sentado, desnudo, con una rodilla doblada sobre los restos del traje de terciopelo esparcidos encima de la cama, que era tan dura como una mesa.

-Os he despertado, querido mío-le dijo-. Habéis dormido durante cien años, igual que todos los que os querían. ¡Escuchad, escuchad! Oiréis cómo este castillo vuelve a la vida, algo que nadie antes que vos oyó nunca.

Un agudo grito llegó desde el corredor, donde la sirvienta estaba de pie con las manos en los labios.

El príncipe Eunwoo se acercó hasta la puerta para hablar con ella.

-Id a buscar a vuestro amo, el rey. Decidle que el príncipe que había de liberar esta casa de la maldición ha llegado y también que ahora permaneceré reunido a puerta cerrada con su hijo.

Cerró la puerta, echó el cerrojo y se volvió para observar a Jimin. Se tapaba su sexo con las manos. Su larga y lisa cabellera dorada, espesa e increíblemente sedosa, caía a su alrededor, abriéndose sobre la cama.

El principe reclinó la cabeza de manera que el pelo cubriera sus hombros y cara. Pero miraba al príncipe Eunwoo, y éste se sorprendió al ver aquellos ojos carentes de miedo o malicia. Estaban abiertos de par en par, sin expresión alguna, como los de uno de esos tiernos animales del bosque instantes antes de caer abatidos en una cacería.

El pecho del principe se agitaba al compás de su respiración anhelante. Eunwoo se echó a reír, se aproximó un poco más y le retiró el pelo del hombro derecho.

Jimin alzó la mirada y la mantuvo fija en él. Un rubor novicio afluyó a sus mejillas y, de nuevo, el príncipe Eunwoo lo besó.

Le abrió la boca con los labios y con la mano izquierda le sujetó las muñecas, bajándoselas hasta el regazo desnudo para poder así cogerle los pezones y examinarlos mejor.

-Beldad inocente-susurró.

Sabía lo que el estaba viendo: un joven sólo tres años mayor que Jimin cuando se convirtió en El Bello Durmiente. Éunwoo contaba dieciocho, apenas un hombre, pero no temía nada ni a nadie. Era alto, con el pelo negro; su figura delgada le daba un aspecto ágil.

Le gustaba pensar en sí mismo como en una espada: ligero, directo, muy preciso y absolutamente peligroso.

Había dejado a muchos tras él que podían corroborarlo.En aquel momento, no albergaba orgullo sino una inmensa satisfacción. Había llegado hasta el centro del castillo maldito.

En la puerta se oían golpes y gritos.

No se molestó en contestar. Volvió a tender a Jimin sobre la cama.

-Soy vuestro príncipe -dijo—, así os dirigiréis a mí, y por este motivo me obedeceréis.

Al separarle otra vez las piernas, vio la sangre de su inocencia sobre la tela y, riéndose tranquilamente para sus adentros, volvió a entrar en el con suma suavidad.

Jimin soltó una suave sucesión de gemidos que en los oídos del príncipe Eunwoo sonaron como besos.

-Contestadme como corresponde-susurró. -Mi príncipe -dijo.

-Ah -suspiró-, qué delicia