PREDONUM: el regreso de los Bellatores

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Summary

La tierra se pudre y la gente se asesina entre sí por miedo a la diferencia de raza entre los humanos comunes y los cambia formas. El Rey Carnifex retoma la casería de transgressus y la Ammyt anuncia su regreso tras dos siglos de su primera derrota. Killian Holt, un alfa común, recorre naciones en busca de aliados políticos para derrocar al Rey antes de que éste acabe con los cambia formas y la Ammyt arrase con el ecosistema entero. Sin embargo, las mentira les pidan los talones a él y a sus aliados, obstaculizando toda oportunidad de encontrar a los pruina, la única raza existente poseedora del elemento hielo y último esperanza de Kaika. Además, añadiendo dificultad al asunto, es creída extinta desde el primer encuentro con la Ammyt. - El tiempo corre, Jefe Holt -advirtió con burla el soberano. » Tic toc. Tic toc -rió con malicia al notar la desesperación del grupo de siete jóvenes, que lo miraban escaleras abajo, atados de pies y manos. Además de mantenerlos amordazados y con la amenaza de muerte presente en forma de espada tras sus nucas.

Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
16+

Heredero de Fuego

Llegado este punto, siento que todo lo que hemos pasado es una mentira. Y, no me decido de si eso es algo bueno o todo lo contrario.

Suelo despertar aguardando por ver a mi abuelo, a sus escasos cabellos blancos sobre la cabeza, contrario a su abundante barba y bigote, además de percatarme que mis padres han vuelto, que están con vida.

Esperando poder mirar a través de la ventana en mi habitación, también que se me permita despertar en ésta. En un colchón, cálido y suave, y saludar al amanecer que las montañas de Ninken reciben todos los días, sin falta. Escuchar la dulce melodía de las aves acompañadas por la brisa mañanera que barre los árboles que nos rodean, que solían hacerlo.

Levantarme en mi solitaria cama y disfrutar de mi querida y añorada privacidad.

Pero no, no he contado con nada de esto desde hace rato, y con este último aún más desde que acepté unirme a esto. Aunque creo, y digo «creo» porque desconozco un poco del antiguo estilo de vida de mis compatriotas, y, me atrevo a decir, que ninguno de nosotros ha gozado de mayor suerte que la mía en el plazo de tiempo que llevan embarcados en esta tortura... quiero decir; aventura.

Actualmente, hablando de un plazo de estos últimos meses, son los ronquidos de Marvin, desde la otra tienda, los que me obligan a abrir los ojos al instante en que el alba se anuncia. Vaya sincronización.

A parte de ello, ya no es ni un cómodo colchón ni brisa suave o siquiera se ven las montañas de mi hogar por conforme avanzamos. Pero si encuentro calor, a pesar de las ásperas y delgadas que son nuestras cobijas, un calor corporal ajeno al mío.

Asimismo, el suelo es el único sitio en el cual nos podemos recostar, claro, cuando no es mi turno de usar esa hamaca que se desprende cada vez más y más.

Ni siquiera el territorio arenoso de Monmu nos fue más adecuado para brindarnos un descanso de los bosques lluviosos y pantanos húmedos, cambiando ésos ambientes a un sol mortificante. No tengo ni idea de cómo es que Yannick y Elián lograron vivir ahí toda su vida.

No me demoro mucho en entrar de nuevo en la triste realidad al recordar los acontecimientos que me empujaron a dejar atrás a mi hogar y darle la espalda a mi gente.

Pero... esto que hago..., es por ellos, ¿no? Quiero pensar que sí, es decir, que no me vi afectado completamente por la muerte de mi abuelo y furioso, poco después, por enterarme del supuesto, aunque seguramente cierto, secuestro a mí padre, ni presionado por tener que elegir entre dos hombres estúpidos y guiarme por lo que mi alocado omega me incitó a hacer.

Y, es ahí, con solo una milésima de segundo, que mí estomago se revuelve desagradablemente y recibe un sabor agridulce. Es cuando sé que no cambiaría mi decisión, por más tonta e irracional que fuese. Únicamente debo mirarlo a él.

Me temo que Killian es mi única razón de haber accedido a este viaje demente. ¿Eso me vuelve impulsivo y apasionado, apasionadamente peligroso? No tengo ni la más mínima objeción ante ello.

En conclusión, deduzco que sí, ha valido la pena.

Después de todo, pocos detalles nos separaban de la victoria hasta el momento.

O eso suponíamos, y muy mal.






Y henos aquí, en una montaña helada en territorio senkence. Aparentemente, a mitad de la nada, y con un frío asesino que arrasa con nosotros seis.




Me siento suertudo al abrazarme a mi chaqueta de piel, afelpado con pelo de zorro (pues me percató que fue de las cosas que no se llevó la cascada en Senei o, por otro lado, los ladrones en Annéi). Con lo cual, no creo que Mirt, que se encuentra a mi lado, esté de acuerdo.




Pero no puede quejarse.




Oh, esperen, sí que puede. Ya que es lo que ha estado haciendo desde que cruzamos la frontera de Korei. Y lo seguiría haciendo, fastidiarnos a todos, si no fuera porque se le han entumecido hasta los labios con tremendo tiempo. Qué bien.


En mi caso, sonreiría al pensar en lo satisfactorio que es no oír sus quejas, mas no logro hacerlo debido a que a mí también me cala este tiempo.

El viento de la montaña ruge con mayoridad y la nieve nos intercepta la vista del sendero. Es uno que apenas logramos cruzar, pues los pies se nos hunden en una capa profunda de nieve.

Siento que el siguiente paso que daré, será el último, antes de quedarme enterrado en esta tierra blanca. Me enfoco en la mochila de Killian al frente de mí para no perderlos de improviso.

Marvin no para de comparar el mapa en su derecha con una brújula en la mano contraria, llevando ambas enguantadas. Se limpia constantemente los visores de la nieve con los dedos. Yo suelo acercarme a él para mirar cómo vamos. Ninguno de los dos está muy seguro de dónde nos encontramos.

Presiento la penetrante mirada de Iol a mi espalda.

Me siento realmente bien, lo contrario de Yannick, quien tiembla a mi diagonal derecha por detrás. Él y Elián están acostumbrados al calor intenso, pero no veo que al beta, quien está caminando de último y en total silencio, le afecte, en lo absoluto. Aunque últimamente está más raro de lo normal.

En fin, realmente no sé si falta mucho, si nos acercamos, o vamos en dirección contraria, puesto que nadie ha tenido mucho contacto con el Territorio Helado desde que éste comenzó a tener extrañas y repentinas tormentas al instante en que te adentras al bosque, justo como a nosotros ahora. Así que giro sobre mis talones y me retiro la bufanda que me cubre el rostro además de los visores.

— ¡Escuchen! —grito, por encima del rugido del viento en dirección a mis compañeros de viaje. No tengo idea de si debería llamarles de otra forma, después de todo—. ¡El clima está peor de lo que imaginábamos! Lo mejor será buscar algún sitio seguro antes de que el tiempo empeore —propongo.

Yannick suspira y me percato, a pesar de que su rostro también se encuentra cubierto por una bufanda y las gafas de protección, de lo aliviado que lo hace mi decisión. Continúa abrazándose a sí mismo, restregándose las manos con los brazos contrarios.

Mas no todos están satisfechos. Como debí sospechar, Marvin tiene que objetar en contra mía.

— ¿Resguardarnos? ¡¿Otra vez?!

Noto que su tono es cansino, y lo comprendo, es el segundo día aquí y la tercera vez que buscamos un lugar seguro.

— ¿Y si volvemos a la cueva? —pregunta Mirt, castañeando los dientes y a quien apenas alcanzo distinguir de entre la nieve que cae del cielo y el viento agresivo, ignorando las quejas de Marvin y aferrándose a su chaqueta como si su vida dependiera de ello.

—No lo creo. —Esta vez es Iol el que interviene. Se le aprecia sereno, y su entonación es impasible, contrario al escalofrío violento que presenta su cuerpo—. Llevamos qué, ¿una hora caminando? —cuestiona—. Si retrocedemos, no hay certeza de que logremos hallar cobijo a tiempo.

— ¿Entonces, seguimos o qué? —inquiere Marvin con brusquedad.

Barro con la mirada a todos, buscando alguna otra opinión, pues yo no sé muy bien que hacer.

Me fijo en Yannick, que parece no querer volver a pisar una montaña como ésta ni aunque le pagaran. Lo descarto.

Mirt sube y baja sobre sus talones, aguardando por una resolución al tiempo que observa a nuestro alrededor, donde solo se aprecian árboles sin hojas y cubiertos de nieve.

Elián levanta una nube de vapor frente a su rostro al suspirar con pesadez, empero, no opina, ni siquiera me contempla.

—Si vamos a tomar una decisión, que sea ahora, por lo menos en lo que seguimos con vida —titubea Yannick, que se mueve de forma impaciente.

Todos terminan, finalmente, mirándome en total silencio y con expectación.

Detesto que hagan esto; esperar a que yo dé órdenes, como si fuera una especie de líder, por qué no lo soy.

Digo, sí, fui yo la mente principal de este plan, que yace casi completo en mi mente. Me verían como un loco si les dijera absolutamente todo lo que me pasa por el cerebro. Sin embargo, atisbo que ya lo hacen.

»—Está loco, nos matará si continuamos de este modo.

»—No sé por qué acepté venir, en primer lugar. ¡Esto es una porquería!

»—Patrañas, ni siquiera debe estar seguro de dónde estamos.

Las palabras retumban en mi cabeza. Tienen la misma voz que Yannick, Elián y Mirt, pero con una entonación venenosa, en un susurro y arrastrando las palabras. Supongo que no es muy raro viniendo de Elián, pero los otros dos...

Sacudo la cabeza para deshacerme de estás y muchas más oraciones que preferiría no poder oír. Ni siquiera tengo idea aún de dónde he sacado eso, al igual que otras cosas más.

Se encuentra cada vez peor, lo sé. Se le ve aturdido y algo avergonzado. Advierto que tengo razón, no tiene idea acerca de nuestro paradero, y eso no es conveniente. Nadie sabe de las voces, ni Iol; Killian no ha querido contarle.

Es como si lo hubiera dicho en voz alta, lo cual estoy seguro de que no hice, porque Killian me vislumbra repentina e inquisitivamente. Mis mejillas se sonrojarían aún más, espontáneamente, si no fuera por lo rojas que ya deben de estar, de por sí. Aparto mis ojos de los suyos, castaños oscuros, pequeños y brillantes.

La voz de Mirt se intensifica en mi cabeza, agitada.

»—Alerta. Alerta. Alerta...

Escucho. No me enfoca ni mucho menos. Estoy dispuesto a hablar. Mas es en ese mismo instante en que algo se remueve bajo el gorro afelpado de Mirt. Sus dos orejas de zorro, que contrastan con el color de su cabello, se tensan repentinamente y permanece en estado de alerta.

»—Alerta. Alerta, alerta. Alguien, en el bosque. Intrusos.

Ya no es la voz de Mirt, (la cual es silenciada por esta nueva), en lo más remoto, ni semejante a la voz de alguno de mis colegas. Si no, más bien, es tosca y grave, y no distingo si de un hombre se trata o denlo otro.

»—Mátalos, mátalos ahora. El bosque, debemos proteger el bosque.

Musita, pero ya no es tan bajo, se acerca, se aproxima a nosotros. Y no soy el único que lo advierte; Yannick deja de frotarse las manos y agudiza el oído. Mira al blanco alrededor. Yo lo imito, por instinto. Los demás me siguen.

Los árboles susurran cosas. Nos dicen que nos alejemos, que no somos bienvenidos. Los escucho, a todos. No nos quieren aquí, no nos han aceptado aquí desde el inicio.

»—Aléjense, aléjense. Forasteros, fuera, fuera. No son bienvenidos.

Oigo un sonido metálico y fijo inmediatamente los ojos en Yannick a mí lado. Desenfunda su gran espada con tanta rapidez que corta el viento por un momento, como hace Iol. La espada liberta mide poco más de un metro.

Desconozco de qué está hecha, pero lleva un gran rubí incrustado justo al centro y otros seis, más pequeños, en la empuñadura. Cuenta con dos curvaturas que aprisionan la piedra roja, pronunciadas y filosas.

Lo que sucede luego no demora ni dos segundos; el rubí del centro brilla, acompañado de los otros seis; de los bordes emergen flamas, que delinean el arma. Estas no son, en lo absoluto, parte de la gama de colores común del fuego. Esta es más bien magenta, junto con violeta y un tono sangría.

Sus ojos también optan por el color magenta y emite un gruñido gutural, mostrando todos los dientes.

A Yannick se le alargan los colmillos y las murmuraciones en mi cabeza se intensifican.


»— ¡Fuego, fuego! Incendio. En el bosque. Heredero de fuego. En el bosque.