Prólogo
Hospital do Coração, Lisboa – Portugal
En la sala de emergencias ingresó un hombre adulto, inconsciente, con signos vitales inestables, según los datos es IAM (Infarto Agudo de Miocardio).
El director del hospital, el doctor Iván Hentz, fue llamado para atender a dicho paciente, donde todo estaba siendo una correría.
—Oxígeno, betabloqueante, VP, vamos Jazmín, Susan, preparen la sala para el ecocardiograma. Luis, necesito conteo de enzimas cardiacas ¡ahora! —gritaba el doctor Iván que debería ser profesional ahora más que nunca.
Luego de todos los procedimientos y de realizar los estudios correspondientes. Se logró estabilizar al paciente.
—Jaz, por favor, prepara la sala del área vip. Llevaré a Arthur ahí, debe permanecer unos días en observación —anunció el doctor con un nudo en la garganta mirando a su hermano.
—¡Oh cielos, Iván! Lamento está situación. Gracias al Señor de arriba y a ti no pasó nada —expresa su amiga y asistente, la enfermera Jazmín.
Se acerca a él y aprieta su hombro.
—No puedo entender como ocurrió —se lamenta Iván—. Nunca pensé que algún día lo tendría este estado. Siempre fue muy sano, practica diversos deportes, se alimenta bien, no veo la causa Jaz. Si bien, tiene un nivel de estrés muy alto —termina admitiendo.
—Tal vez ahí está la respuesta de todo este caos —acusó la enfermera.
—Puede ser —concordó—. Lo peor es que, no va a querer quedarse aquí, mucho menos descansar en su departamento, no dejará de trabajar.
El doctor niega con la cabeza, conoce a su hermano.
—¿Y qué pretendes hacer? ¿Atarlo a la cama? Mira, sé que amas a tu hermano, pero ya es un adulto, debería aprender a cuidarse sólo ¿sabes?
El paciente no era para nada del agrado de la enfermera y eso no era secreto para nadie.
—Sé que no lo soportas, Jaz, hasta ahora no entiendo el porqué, pero te aseguro que él es un hombre que sabe cuidarse. Lo único que no va a querer es quedarse en un lugar. —Aclaró, la cogió del codo con suavidad—. Vamos, luego vendré a verlo, ahora ya no hay nada que hacer.
Así, Arthur paso todo el día sedado, al siguiente también, postrado en una cama del mejor hospital del país.
Después de 72 horas cuando despertó, se sobresaltó al ver donde se encontraba, quiso levantarse, pero sus piernas le fallaron, se asustó. Los monitores pendientes de sus signos vitales alertaron al personal de enfermería.
Jazmín se fue corriendo a la sala para averiguar lo ocurrido, al entrar se encontró con un hombre furioso intentando quitar todos los cables conectados a su brazo y pectoral.
—Señor Hentz por favor cálmese, su tensión está subiendo por la alteración. —La enfermera trato de apaciguarlo.
—¿Quién te crees que eres para hablarme de control? No siento mi pierna, ¡mierda! —gritó el hombre.
—¡Cálmese! Y no me hables así porque gracias a esta mierda, su vida está a salvo —bramó Jazmín—. Es normal que no sienta aún sus piernas. No has ingresado en muy buen estado, sigues muy sedado por los medicamentos.
—No quiero escucharte, no sabes nada. Llama a Iván ahora ¡ahora! —exclamó furioso.
—Deja de gritarme señor Hentz. —La enfermera también estaba perdiendo su paciencia—. El doctor ya está en camino —informó.
Momento exacto en el que recordó que esa era la causa de su disgusto por él hombre guapo frente a ella.
Era él, un hombre arrogante, que se creía el dueño del mundo, pero malditamente sexy, todo un HOMBRE con mayúsculas. Ella iba pensando en todo eso mientras administraba los medicamentos para controlar a semejante paciente.
Un tremendo hijo de puta, pensó ella mientras él seguía reclamando.
Minutos después llega el doctor solicitado. Apenas abrió la puerta, el paciente problemático habló.
—¡Mierda Iván! ¿Por qué carajo dejaste que ésta me atendiera? ¿Por qué no le mandaste a Tania? —inquirió Arthur Hentz.
Tania era otra enfermera de ese hospital, era mujer hermosa, rubia con un cuerpo lleno de preciosas curvas, melena corta, ojos azules y unas piernas kilométricas, muy diferente a la que estaba rechazando como su enfermera, Jazmín, a pesar de su estatura baja, era la mejor en su área.
La querían, por su trato amable y el rostro de niña buena que no perdía aunque tenga ya sus 27 años, con su pelo rizado, ojos verdes aceituna, piel clara con unos pocos kilos demás (porque la comida era su adoración), pero que estaba bien distribuido por todo el pequeño cuerpo.
Iván, luego de escuchar el reclamo de su hermano, sonrió. Se dio cuenta que él volvía a ser el mismo perro bravo de siempre.
—Me alegra verte bien hermano —aseguró mientras lo abrazaba, Arthur respondió con el mismo gesto.
Este último no era de demostrar afecto hacia otras personas, excepto con su hermano, lo adoraba.
—Gracias mano, me salvaste la vida. Pero aún no me dices ¿qué hace ésta aquí? —miró a la mujer cerca de su cama.
El doctor sabía de su aberración hacia ella.
—No te estreses, sigues delicado —expresó el doctor.
—Quiero hablar contigo, pero solos —solicitó Arthur fulminando con la mirada a la pobre chica.
—Estás siendo un imbécil con ella —aseveró el doctor que ya no pudo soportar la prepotencia de su hermano—. Sabes perfectamente que ella es como mi hermana, que la quiero como tal, aparte de eso, su trabajo es impecable. Así que la aguantas porque sí, y punto. Este es mi maldito hospital y aquí mando yo —añadió Iván Hentz con enfado.
Jazmín al ver cómo le defendió, dio a su paciente una sonrisa y una mirada de: “conmigo no puedes".
El doctor aún no satisfecho siguió riñendo a su hermano:
—Sabes que en la mano de Tania hubieras muerto en 3, 2, 1. Maldito el día que me convenciste de contratarla, la pobre no sabe ni la diferencia entre los sueros. Por eso está lejos de los pacientes.
Pasó las manos por su rostro frustrado. Al escuchar eso Arthur, volvió a estar tenso.
—Iván, no sé qué decirte, creí que era buena profesional, su papá es un buen hombre —dijo avergonzado.
—Bueno, ya es suficiente, olvidemos el tema. El punto aquí es que, por esta vez te salvaste por puro milagro. —Soltó un suspiro antes de continuar—. Hay algo muy importante que debo saber mano.
—¿Qué sucede? —interrogó su hermano alarmado.
—Preguntaré sólo una vez esto Arthur y responde con toda calma y sinceridad.
—¡Ya habla maldita sea! —ordenó el tenso paciente.
—¿Consumes algún tipo de sustancias ilícitas? —interrogó con mucha calma.
—¿Me estás preguntando si me estoy drogando es eso? —contratacó.
—Responde —pidió el doctor con suavidad.
—Mierda Iván, eres mi hermano, siempre estuvimos juntos, me conoces a más de 28 años y me preguntas eso. —Él niega con la cabeza antes de continuar—. ¡Claro que no!
—Se encontró anfetamina en tu sangre —soltó sin más.
—Eso no es posible —declaró sin creer.
—Lo es, la anfetamina estimula la producción de la catecolamina, que es la hormona que produce la adrenalina, la noradrenalina y la dopamina, eso hizo que tu corazón trabajara más de lo normal, la dosis que consumiste fue muy alto, haciendo que se elevara la presión arterial —explica Iván.
—¡Joder! ¿Qué parte de que no consumo nada no entiendes? —estaba muy furioso.
Arthur no podía creer semejante absurdo. Ni siquiera cuando vivía en las calles no pensó drogarse y menos haría ahora que era un arquitecto respetado a nivel internacional. Lo último que recuerda es que desayunó en el restaurante café de siempre.
—¿Cuándo salgo de aquí Iván? Necesito mandar investigar lo antes posible —volvió a decir Arthur.
—Erick ya está a cargo, desde el mismo instante que lo pusé al tanto de la situación.
—No puedo quedarme aquí, lo sabes —expuso Arthur con evidente frustración—, y no puedo mover mis piernas, maldita sea.
—Es sólo temporal Arthur, los estudios demuestran que no hay daños severos, entre esta tarde o mañana ya caminarás de nuevo.
—Al menos eso es una buena noticia —soltó un bufido.
—Hay algo más —advierte el doctor.
—¡No! ¿Qué pasa ahora? —Echó su cabeza sobre la almohada.
—Al salir de aquí, te vas a llevar una enfermera para controlar tus signos vitales y los medicamentos a horario. —Iván informó, su hermano lo fulminó con la mirada—. No me mires así, aquí el doctor soy yo, y lo vas cumplir Arthur.
—¡Mierda! ¿Y quién será mi niñera? —indagó burlón.
—Jazmín —respondió el Doctor con una sonrisa, mientras los dos contestan al unísono.
—¡No!
...
Bienvenidos a esta novela.
Espero que les guste ❤