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Solo es una Ofrenda de Paz

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7h ago
Chapters
6
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n/a
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16+

Hero

En los reinos, no podían faltar las leyendas conocidas. Brujas, monstruos, demonios, etc.... La única diferencia, es que si era real.

En un castillo cerca del reino había vivido un esqueleto antes de que los humanos empezaran a vivir en el reino. Nunca les hizo nada, pero le temían. Era un monstruo, después de todo. Pero él había hecho una promesa de jamás lastimar a los humanos que, después de todo, habían invadido involuntariamente su reino.

Pero ellos no lo aceptaban. Así entonces, le pidieron ayuda a una bruja. Ella aceptó con una condición, que no la quemaran, pero ellos solo querían librarse del esqueleto. Melania, la bruja, fue a visitarlo, proponiéndole un trato. Lo encerrarán en su castillo por 30 años, sin poder salir ni él ni su magia. A cambio, cuando pasen los 30 años, los humanos debían enviarle uno de ellos. Una ofrenda de paz.

Después de aceptar dicho trato, el esqueleto llamado Skel fue encerrado, pero los humanos son crueles y acabaron quemaron a la bruja. Solo entendió que los verdaderos monstruos eran ellos, pero no pretendía hacerles daño. No iba a ser como ellos.

Esos 30 años fueron una eternidad para él. Aunque pudiera escoger cuándo morir, quería esperar a la ofrenda. Se aprendió de memoria todos los libros que tenía en su castillo. Hasta descubrió salas de su hogar que ni conocía. No tenía sirvientes, ni doncellas ni una corte. Solo él y su magia. Era todo lo que necesitaba.

Aun así, tenía fe de que los humanos cambiarían un poco en esas 3 décadas. Que ser iluso tan equivocado. Aun así, no sabia realmente como eran.

En esos 30 años, la humanidad no cambió mucho realmente. Las clases altas, medias y bajas seguían iguales. Matrimonios arreglados, pobreza y enfermedades por doquier. Y allí entraba la clase baja, donde Ayla pertenecía. Vivía en un orfanato de clase baja, donde apenas les daban de comer y tenían ropa vieja y desgastada, alguna donada y otra encontrada por la calle.

Algunos de los huérfanos tenían que robar cosas sobrantes de los mercados solo para sobrevivir. Era comida casi podrida, pero comestible. Y allí entraba Ayla, de 16 años, que volvió al orfanato con dos manzanas, una para ella y otra para su amiga Emma, quien llevaba días sin comer, al igual que ella.

Al llegar, ignoró a las cuidadores que le preguntaban donde había estado y se dirigió a la gran habitación donde dormían todos en camas rotas y viejas, con manchas extrañas en colchones que provocan picores.

-¿Emma? Traje comida- anunció, dirigiéndose hacia su cama, donde ella estaba algo enferma, pero parecía estar recuperándose lentamente. Al oír la voz de su amiga, la nombrada se sentó con una sonrisa.

-¿Te enteraste? Simón murió anoche en el baño- dijo, agarrando la manzana e invitando a su amiga a sentarse a su lado, a lo que Ayla aceptó.

-No es el primero, tampoco lo conocía mucho, pero nadie se lo merece, ¿Qué edad tenía?

-Dicen que no había llegado ni a los 12 años, murió muy joven, pero creo que ese es nuestro mejor destino.

Ayla le pellizcó la mano al oírle decir eso, aunque no era mucha mentira. Su destino sería ser sirviente o doncella con mucha suerte, o prostituta, que era lo más probable, como les había pasado a más chicas cuando abandonaron el orfanato.

-No digas eso, tal vez nuestras vidas mejoren- dijo, tratando de subir el escaso optimismo que existía en ese sitio, aunque sabía que no serviría de absolutamente nada.

-¿Como mejoraran?- preguntó la rubia, con el ceño fruncido y acabando la manzana- Nuestra solución sería casarnos con alguien de clase alta, y eso es imposible, no somos como ellos. Nuestras vidas no importan nada.

-Importaría si tuviéramos dinero y familia...

Un rayo las interrumpió. Últimamente había demasiadas tormentas y algunas casas del campo ya habían sido destruidas por los fuertes vientos, árboles caídos o incluso rayos.

-Es verdad, va a cumplirse la leyenda- dijo Emma cerrando la ventana, a lo que Ayla respondió:

-¿De verdad crees en eso? ¿Un esqueleto viviendo en el reino?- dijo escéptica, pues obviamente no creía en esas historias de monstruos irreales.

-¡Si! Y ya han pasado los 30 años, pronto le darán la ofrenda.

-Ilumíname, ¿Cómo vive un esqueleto en la montaña?- preguntó la castaña, moviéndose y estirando más cómodamente en la cama.

-Se dice que es un castillo mágico e invisible. ¿A quién crees que escogieron de ofrenda?

Ayla, al ver que su amiga no iba a ceder en que esa historia no era real, le siguió el cuento.

-No se, y no me importa sinceramente.

-¿Te imaginas que fuéramos nosotras?- preguntó Emma, imaginando un mundo donde ellas nunca se separaran.

-Espero que no- respondió Ayla. -No quiero separarme de mi única amiga de este mundo.

Siguieron con sus risas y bromas hasta que fueron llamadas a la entrada del orfanato, donde había mensajeros del rey buscándolas.

-¿Ellas dos son las más mayores?- le preguntó a una cuidadora, señalando a Ayla y Emma.

-Si, señor.- respondió mientras hacía una seña hacia ellas dos.

Ayla y Emma se acercaron algo asustadas hacia el mensajero, quien llevaba la típica peluca de la corte.

-Me llevaré a ella- dijo señalando a Emma- El rey pidió la más pura.

-¿Para que?- preguntó Ayla, sujetando el brazo de su amiga, obviamente no queriendo que se vaya.

-Para la ofrenda, señorita. Sígame.

Antes de seguirle, la rubia abrazó a su amiga con todas sus fuerzas y ella respondió, sabiendo que jamás volverían a verse.

-No me olvides- sonrió.

Las siguientes noches y días fueron un infierno para la castaña. No saber qué le pasaba a su amiga le mataba, y saber que iba a ser una ofrenda para un esqueleto solo empeoraba la situación. No sabía que pasaría con ella y ese era su mayor temor, no quería que acabase muerta a manos de ese monstruo. Las cuidadoras le decían que la olvidase, que jamás volvería a verla, ni en vida ni en muerte. Y se lo creyó por meses.

Hasta que Emma volvió con lágrimas. La empujaron del carruaje y Ayla corrió a abrazarla. Emma le contó la verdad, que no tenía la “pureza” que ellos pedían, que había estado con un chico antes y por eso no era la ofrenda perfecta. Ahora lo era Ayla.

Sin poder procesar la situación ni despedirse de su amiga, la subieron al carruaje y caminaron hacia palacio. Durante el camino, pudo contemplar la ciudad donde había vivido toda su vida, pero sobre todo los barrios ricos, llenos de gente de alta casta, viviendo tranquilamente su vida mientras ella iba a hacia su posible muerte.

Una vez allí, fue entregada a los reyes Neil y Amara. Ambos evaluaron el físico de la muchacha y ordenaron que las doncellas la bañaran. Claro, Ayla no se había bañado en meses, y era incomodo que las doncellas la lavasen. El agua estaba fría y la esponja estaba dura y áspera, lo único bueno era el olor a rosas de jabón.

Una vez fuera, la envolvieron en un vestido blanco y la llevaron a una habitación donde estaba la reina hablando con la modista, rodeada de doncellas. Al ver a la chica con la piel y el pelo limpios, su sonrisa falsa aumentó.

-Hola, querida, vamos a probarte vestidos, ven aq-

-Disculpe, Majestad, pero, ¿Qué está pasando?

La sonrisa de Amara no bajó, pero tampoco aumentó mientras avanzaba hacia ella.

-Eres la ofrenda del esqueleto, y tenemos que prepararte para él.

-¿Prepararme?

-Calla y ven.

La empujó hacia la modista, quien empezó a tomarle medidas y probar colores con ella. Al final se decidió por un azul marino que llevaría días para confeccionarlo. De mientras, en esos días, los reyes le enseñaron los modales básicos en comportamiento y demás. Pero no le enseñaron a bailar, coser, leer ni escribir, pues ellos creían que el esqueleto la mataría para vengarse de la humanidad que lo encerró por tantos años.

Y el dia llego. Le entregaron el vestido azul marino. Era demasiado extravagante para una huérfana de clase baja y muy apretado pues le costaba respirar al principio. Las doncellas la peinaron y le pusieron poco maquillaje, pues la reina no creía que la cara fea de Ayla pudiera ser arreglada de ninguna manera. La envolvieron en joyas pesadas a juego con el vestido y apretaron sus zapatos tapados por la gran y larga falda.

Le hicieron un repaso de los modales que le habían enseñado con exhaustividad los últimos 10 días en ese castillo.

-Recuerda estar siempre agradecida con él- recordó la reina- Nuestro destino depende del nuestro.

-¿Y el mío?

-El tuyo no importa, niña. No eres nadie, y deberías darnos las gracias de darte tantos lujos antes de ir con él.

-Claro, porque solo quieren salvar sus asquerosos t-

Una cachetada de la reina la interrumpió, pero Ayla hizo como si nada. No reclamó ni nada, solo se dio la vuelta y caminó hacia el carruaje, que ya la esperaba. El viaje fue tranquilo pero algo estresante para ella. No sabía nada de lo que iba a pasar, no le habían explicado absolutamente del esqueleto, ni su nombre ni su pasado.

Por arte de magia, llegaron a un castillo oscuro y gótico. Grande y negro, con ventanas amarillas que parecían brillar ante la lluvia. El jardín estaba lleno de flores negras y plantas venenosas y dañinas. Mientras cambiaba por el camino de piedra hacia el castillo, notó que el carruaje se iba, dejándola sola con el esqueleto que no conocía.

Antes de poder llamar, las puertas de madera oscura se abrieron, dejando ver un castillo iluminado con fuertes velas mágicas. Notó que no parecía haber guardias ni sirvientes o doncellas en ese castillo. No había cuadros en las paredes, solo pura oscuridad en ellas. Hasta que oyó pasos.

Al subir la mirada a las escaleras, vio al esqueleto tan esperado. Dos leves luces brillaban en sus cuencas negras. Llevaba un traje negro con una capa negra que parecía moverse con vida propia. Un sombrero igual negro sin muchas decoraciones. Era demasiado alto, Ayla sentía que le doblaba la altura, que necesitaba dos de ella para llegar a su altura. No desvió su mirada de ella mientras bajaba por las escaleras hacia ella.

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