El Dosier Vassilenko

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Sinopsis

Mijail Grigoriev, jefe de la Sección de Actividades criminales de la policía rusa recibe un inesperado pedido: Oleg Vassilenko, un peligroso criminal que él ayudó a capturar años antes y que purga una condena de reclusión perpetua, solicita su presencia en la infame prisión de Cisne Blanco. Desea confesarle, antes de morir, crímenes que cometió, de los que nunca se supo, así como los detalles de la matanza del puerto de Murmansk del cual fue principal responsable Grigoriev duda, justo en esos días habrá un importante cambio en la cúpula de la policía y él será uno de los candidatos a propuesta de su jefe máximo, el jefe de la institución. El protagonista viaja hasta Solikamsk, lugar de la prisión y durante cuatro días escucha una confesión de alto impacto que cambiará su vida para siempre.

Genero:
Thriller/Drama
Autor/a:
Gonzalo
Estado:
Completado
Capítulos:
33
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Moscú, 28 de septiembre de 2001.

Mijail Grigoryev salió de la estación del metro y el aire inusualmente fresco de la mañana lo golpeó en pleno rostro. Varios pasajeros se apresuraron a pasarlo mientras terminaba de subir los últimos escalones. La gente vivía cada vez con más prisa pensó. Caminó las pocas cuadras que lo separaban de su oficina entre una muchedumbre de trabajadores, vendedores ambulantes y grupos de jóvenes que iban a la escuela.

El viejo edificio del Ministerio conservaba algo de su gris original, símbolo de otra época. Le gustaba ese tono de decadencia, de pasado con grandes historias perdidas en la memoria de los más viejos. Nunca faltaba alguno, un visitante, un viejo policía, que recordaba anécdotas de cuando gobernaba el Partido; ni el nostálgico que extrañaba los aquellos tiempos.

Varias personas se dieron vuelta al verlo caminando decidido en su uniforme de teniente general ya cerca de la puerta. Por un momento, lo cegó la luz del sol; no traía puestos sus anteojos negros, Los bocinazos se mezclaban con el rumor de la gente; todos los sonidos le resultaban familiares.

En la entrada, un grupo de colegas conversaban y fumaban. La historia que contaba uno debía ser entretenida porque los demás reían de buena gana. Cuando lo vieron, pararon a hicieron el saludo de rigor. Empujó una de las hojas de la puerta de madera con vidrio mientras respondía según el protocolo.

Supo que el director lo estaba buscando apenas lo vio venir por el pasillo, en el segundo piso de la oficina central de la Politsiya. Reconoció de lejos la hoja membretada con su firma y el sello de la División que Dobrovolsky traía en la mano. Por la cara, no esperó que fueran buenas noticias.

―Teniente general, ¿qué es esto?

Usó el rango y el trato de usted, cosa que lo sorprendió. Iba a responder cuando el jefe lo tomó del brazo con su mano de dedos gordos y lo apartó hacia un rincón, pasando los ascensores.

―No hablemos acá, Mijail.

Grigoryev tomó nota del cambio de tono y de trato, pero no se engañaba: iba a tener que pelear a capa y espada.

Todos los ascensores estaban en uso. A regañadientes del director, subieron por las escaleras. Grigoryev iba un escalón detrás. Dos pisos más arriba su jefe estaba exhausto.

La oficina era grande, reformada poco después de la caída, como si alguien hubiera querido borrar su pasado. Los sillones eran cómodos, de cuero marrón oscuro, y la alfombra mullida ya lucía desgastada y sucia. El escritorio del jefe era largo y ancho, en madera también oscura y había tres bibliotecas con muebles con puertas y una computadora de última generación. Un lujo para personal jerárquico. Los demás tenían modelos viejos y en alguna secretaría todavía se usaban máquinas de escribir. Mijail se preguntó cuándo habrían bajado el cuadro de Stalin, si enseguida de la caída y lo reemplazaron por el de Yeltsin o si lo dejaron un tiempo más. Ahora presidía el del presidente, en ese y en todos los ministerios.

El jefe lo invitó a sentarse en uno de los sillones y él se sentó al lado en otro, no detrás de su escritorio. Se jactó de que eran los más cómodos del ministerio, y que el ministro había tratado de arrebatárselos alguna vez. Antes, fue por su caja de habanos, sacó uno y le convidó a Grigoryev.

―General, sabe que no fumo.

Dobrovolsky se disculpó. Nunca se acordaba cuál de sus funcionarios fumaba y cuál no, dijo para excusarse. Mijail lo vio encender el habano cuidadosamente, tomándose su tiempo. La expresión de la cara le cambió con las primeras dos pitadas. No había con qué competir con los cubanos, dijo, y se largó con una pequeña explicación de por qué las hojas de tabaco allí eran las mejores del mundo. Alguna vez, muchos años atrás, había estado destinado en La Habana. Mijail ignoraba en calidad de qué.

El director miró hacia la ventana que daba al frente, sobre la calle Zhitnaya 16, dentro del Ministerio de Asuntos Internos del cual dependía. Iba a ser otro día fresco, comentó y luego guardó silencio durante varios segundos. De pronto se levantó, abrió la puerta y ladró un par de pedidos a su secretaria, sobre todo café.

―¿Qué locura es esta de irte hasta la región del Perm Krai, Mijail? ―preguntó apenas regresó y se sentó de nuevo en el sillón―. No es un buen momento, creeme, para un capricho.

Grigoryev agradeció en silencio que justo entrara la secretaria con una bandeja, dos tazas de café y un plato con galletas dulces. Puso todo sobre la mesita que había entre los sillones y salió rauda.

―General, no es un capricho, es una necesidad profesional.

Una bocanada del cigarro de su jefe le llegó de pleno y tuvo un ataque de tos. Odiaba a los fumadores compulsivos y este lo era, pero también era el director. Se la tuvo que aguantar.

―A ver si logro entender qué necesidad profesional vas a satisfacer visitando a ese psicópata de Vassilenko ―respondió Dobrovolsky.

―Tiene viejos crímenes que confesar de los que nunca …

―¡Que se los confiese a la policía de Solikamsk! ¿Para qué viajar casi dos mil kilómetros a escuchar lo que tenga que decir?

Cuando el jefe empezaba a gritar era porque levantaba temperatura.

―Admito que es algo personal. Hay asuntos que me quedaron pendientes de aquella época en Murmansk. Quizás pueda aclararlas.

―Mijail, finalmente lo encerraste para siempre. Ya está. Lo demás que haya hecho no nos importa.

―La matanza de agosto del 95 …

―Ya no importa, repito. Aunque la confiese, ya no sale más. Y si de hecho está muriendo, mejor. Además, entre nosotros, nos hizo un favor.

Grigoryev lo escuchaba y tenía que admitir que tenía toda la razón. Su deseo de escuchar a Vassilenko iba contra toda lógica, sobre todo la policíal. El problema era que ni él mismo estaba del todo convencido. Al principio, desechó la nota enviada por alguien que firmaba como el director del penal más infame de toda Rusia. Vassilenko y él ya no tenían nada que ver. Su captura le valió su puesto de jefe del Departamento de Investigaciones Criminales, nada menos. ¿Qué objeto tenía acceder a su pedido de verlo? Pensó en una respuesta rápida, convincente.

―Un chiquito de tres años … ―empezó a responder

―Horrible, un crimen infame, pero es historia. Libraste al puerto de dos bandas criminales, un logro increíble por el que estás aquí, te recuerdo.

Mijail tomaba nota de los tonos y las palabras. Necesitaba seguir discutiendo el tema, aunque se sentía acorralado y no sabía bien por qué. Algo en toda esa historia lo hizo volver atrás. Tenía cuentas pendientes con Oleg Vassilenko. No era institucional, era personal.

―Misha, sé razonable. Tu lugar está aquí. Además ... ―dejó en suspenso la oración y se acercó a la puerta para chequear que estuviera cerrada― hay otro tema.

Dobrovolsky no se sentó, empezó a caminar por la oficina sin parar de echar humo del puro. Grigoryev se movió incómodo en el sillón.

―Te necesito aquí, al lado mío. Van a suceder cosas …

El teléfono interrumpió al director y sobresaltó a Mijail. Su jefe miró por un instante, desconcertado, y luego tomó el tubo del aparato. Su rostro se había transformado.

―¡Irina, le dije que no quería …! ―le gritó a su secretaría en el teléfono.

Iba a seguir, pero algo lo contuvo. La secretaria le estaba dando alguna explicación. Inclinó un poco la cabeza hacia atrás, más calmado esta vez.

―Ah, está bien, pásemelo ―respondió y no esperó, puso la mano en el tubo y miró a Grigoryev―. Es el ministro. Me vas a tener que disculpar, Mijail, seguimos más tarde.

El teniente general entendió que debía salir de la oficina. Hizo un gesto con la cabeza, lo saludó con una venia y se retiró. Justo en ese instante el director comenzaba a hablar con su interlocutor.

―¿Te necesita aquí? ¿Qué cosas van a suceder?

El que preguntaba era Piotr Pavilov, su segundo en la división y amigo personal. Grigoryev sacó la botella de vodka del cajón inferior derecho de su escritorio y sirvió dos copas, hábito prohibido por reglamento que ningún oficial superior cumplía. Pavilov lo miraba desde el otro lado del escritorio, el rostro flaco apenas picado de viruela y un bigote que le bajaba por la comisura de ambos labios y que disimulaba una pequeña cicatriz del lado izquierdo

―No tengo idea.

Mijail tomó un trago muy corto, mirando más allá de su compañero, como si todavía estuviese pensando en las palabras de su jefe. El sol se ponía sobre Moscú y los rayos del atardecer le daban un cierto aspecto de misterio a su oficina; una parte en luz y otra en sombras. Pavilov tarareaba en voz muy baja una canción que los cadetes de la policía solían cantar durante el entrenamiento en el campo.

―No sé cómo convencerlo de que me deje ir a Cisne Blanco ―dijo Grigoryev, de pronto.

―Yo tampoco te dejaría ir a esa pocilga. ¿Sabés bien cómo es, Mijail?

Por supuesto, respondió su colega, conocía todas las prisiones de Rusia, algunas las había visto en persona, otras, como la llamada Delfín Negro, en los manuales. Sabía todo, o casi todo, sobre los penales para los delincuentes más peligrosos. Recordó su satisfacción al saber que Vassilenko había sido condenado a pasar del resto de su vida en la prisión en Solikamsk. Sí de él dependiese lo habría condenado a muerte.

―Explícamelo de nuevo, a ver si entiendo mejor ―continuó su amigo.

Grigoryev comenzó por Murmansk, desde el principio. Pavilov conocía la historia, Se había hecho famosa en la fuerza, pero también por las cosas que le fue contando Mijail. Unos años antes entró a servir bajo sus órdenes y se hicieron más cercanos. Confesiones de copas en un bar de strippers le dieron más información

―Mucho antes de que yo tomase a mi cargo la conducción de la investigación sobre los grupos criminales, Vassilenko y su gente ya estaban bien establecidos allí. Cuando llegué a Murmansk supe que iba a ser muy difícil. No eran los únicos, tenían un competidor: la banda conocida como Los Lobos, más antiguos que ellos en el puerto.

Pavilov se sirvió otra copa, después de pedirle permiso a su superior. Esa parte de la historia no la había escuchado: los orígenes. Más que el alcohol, deseaba un té, pero no lo quería interrumpir. Veinte años atrás, continuó Grigoryev, tres pandillas se disputaban los doques y los muelles, dos de ellas vinculadas a políticos y jefes policiales locales y una con fuertes conexiones con una poderosa mafia de San Petersburgo. Pavilov escuchaba atento;deseó con todas sus fuerzas que Mijail tuviera las mismas ganas de algo caliente.

―¿No bebés?

―Prefiero oir tu relato.

Un personaje llamado Leonid Ivanov se había iniciado en el crimen como soldado en la organización. Por su actuación “meritoria” aterrizó en Murmansk para dirimir el poder en ese puerto.

―Fue exitoso, dejó que las otras dos se liquidaran entre ellas y luego se encargó de absorber los restos que sobrevivieron al período de caos. Estaba en eso cuando aparecieron los hermanos Oleg y Sergei Vassilenko. Se le hizo cada vez más difícil a Ivanov sacárselos de encima.

―Hasta que todo terminó en la masacre de agosto del 95 ―intervino Pavilov.

―Exacto y lo peor es que nunca se la pudimos probar a Oleg. Esa es una de las razones que me tientan de todo esto.

―¿Por qué decís a Oleg y no mencionas al otro hermano?

―Esa es la otra razón.

Grigoryev tomó el teléfono y pidió que trajeran una jarra de agua, té y un termo con café. Su amigo sonrió y agradeció por dentro. Mijail estaba por continuar cuando tocaron la puerta. Dos agentes de la división traían información sobre una de las investigaciones en curso. Les pidió que volviesen en una hora.

―¿Conocés el caso de Yuri Lypska?

La información lo tomó desprevenido. Miró a su comandante esperando saber cosas que nunca había escuchado del asunto. Éste contó la historia del topo que había logrado infiltrar en la organización de Vassilenko, un exdelincuente, a cambio de la conmutación de su pena. Lypska era maestro de escuela, acusado de estafas con créditos.

―Lo entrenamos lejos de Murmansk, para no despertar sospechas, y lo plantamos a principios del 94.

―¿Qué tan lejos?

―Aquí en Moscú

Su colega escuchaba atentamente, mientras combinaba un trago de vodka con una taza de té.

―Lypska desapareció a fines de diciembre del 94 ―continuó Grigoryev.

―Lo descubrieron y lo liquidaron.

―No sabemos. El tema es más complicado.

Pavilov lo miró sorprendido. En ese momento volvieron a tocar la puerta de la oficina y Grigoryev se levantó, molesto. Su amigo lo escuchó despachar a alguien pidiendo que no lo interrumpan más, casi con gritos, hasta que terminara su reunión actual. Cerró la puerta con vehemencia y volvió puteando en voz baja a sentarse detrás de su escritorio.

―¿Dónde estábamos? ―preguntó Mijail, todavía molesto.

―Yuri Lypska y su desaparición.

―Ah, sí, diciembre de 1994. Unos días antes Yuri tuvo una reunión con su enlace dentro de la fuerza en Kirkenes, Noruega. Los Vassilenko habían armado una operación en Sudamérica para traficar droga colombiana. El centro de la operación iba a estar en Argentina.

Piotr quedó con la taza de té a mitad de distancia entre la bandeja y su boca. Dudó si había escuchado bien.

―¿Argentina?

―Eso fue lo que dijo. Partía el 22 de ese mes con Sergei Vassilenko y varios hombres más en uno de los barcos de la organización: el Princesa Olga. Despues de eso no lo vimos más. Lo raro no es que no hubiera regresado con el buque, lo raro es que después de eso tampoco volvimos a ver a Sergei.

Grigoryev se dio vuelta y tomó una carpeta voluminosa de la biblioteca que tenía a sus espaldas. Le mostró a su amigo la etiqueta: “Murmansk”. La abrió y buscó en los folios. Sacó un par de fotos. En la primera, dos tipos vestidos de poleras oscuras y gorros de lana fumaban y parecían conversar junto a un galpón en un muelle. Uno de ellos era alto y bastante voluminoso. Oleg Vassilenko, le indicó Grigoryev. El otro era su hermano. Pavilov supo de inmediato que eran fotos de seguimientos con cámaras a distancia. La siguiente era de Yuri Lypska, un tipo también alto, de ojos claros, una cabellera rubia escasa, con entradas a los costados, que anticipaba una calvicie en ciernes. Ucraniano hasta la médula, pensó Papilov.

―Primero pensamos que se quedaron allá o en algún otro destino que fuese posible mercado para la droga. Después del silencio de semanas de nuestro hombre, supimos que algo había ocurrido.

―¿No interrogaste al hermano?

―No en ese momento. No quisimos volar la cobertura de Yuri, por si todavía seguía vivo.

Pavilov se quedó pensando qué hubiera hecho en su lugar. Si el barco regresó, probablemente allanarlo. Se alegró de escuchar que su jefe había hecho exactamente eso, en febrero de 1995. Sin embargo, no encontraron nada, salvo un cargamento de granos, le dijo Grigoryev.

―Cuando por fin le pudimos caer a Vassilenko con pruebas a finales del 96, durante uno de los interrogatorios le pregunté dónde estaba su hermano. No me contestó. Bah, en realidad me dijo que lo averiguara por mí mismo.

―Y obviamente no pudiste.

―Nada. Ni sobre Sergei ni sobre Yuri.

Pavilov se puso de pie, se molestó al ver que se había manchado el pantalón con una gota de té y dijo que necesitaba estirar las piernas.

―Ahora entiendo ―le contestó a su jefe, que frunció el ceño―. Lo de Cisne Blanco.

Grigoryev sonrió y se puso de pie también. Caminó hacia la ventana. Afuera ya estaba oscureciendo. Se dijo que no debía olvidarse de comprarle comida a Misha antes de volver a su casa.

―Vassilenko se quedó con secretos. Me los quiere contar a mí. Tiene que tratarse de alguna de estas cosas que estuvimos hablando. Espero, por ahí me equivoco. Al menos, la matanza de Murmansk, el crimen de la familia Ivanov y de sus hombres.

―Pero tenés que convencer al gran jefe, que te quiere cerca, no sabemos para qué.

―Sí, espero saberlo mañana, no creo ya que hoy me llame de vuelta. El día se está terminando.

―Quizás tenga que ver con Okrai. Desde hace tiempo que no se quieren. En los pasillos se habla…

―¿De qué? ―preguntó Mijail

―Ya sabés, de que le quiere serruchar el piso … esas cosas.

La siamesa saltó del aparador y fue a recibirlo apenas escuchó la llave abriendo la puerta. Le reclamó atención enseguida, refregándose en sus piernas y con maullidos quejosos. Grigoryev dejó las bolsas del supermercado, la levantó, le dió un beso en la nariz y comenzó a acariciarla donde sabía que le gustaba, debajo del mentón. Geisha empezó a ronronear.

Al rato, la tenía sobre su falda mientras miraba televisión en el sofá del living. El noticiero mostraba al presidente Putin con un mandatario extranjero. Mijail no prestaba demasiada atención, mientras terminaba la pasta con albóndigas recalentadas que le dejó la señora que cocinaba para él. Geisha recibía pedacitos de carne, esperando que su dueño dejara el plato para lamer los restos.

Cuál sería el problema en la Dirección de la fuerza, se preguntó. Afuera, en su calle, pasó la sirena de un auto a toda velocidad. Mijail la reconoció enseguida: era uno de ellos. Moscú todavía tenía varios problemas de inseguridad por las noches. Geisha le golpeó suavemente la mano con su pata. Sabía lo que quería. A pesar de que ya se había terminado toda su comida más temprano, tenía debilidad por todo lo que tuviera carne o pescado. Grigoryev se levantó y llevó el plato a la cocina. Detrás, a los maullidos, la gata lo siguió relamiéndose.

Volvió al sofá con una lata de cerveza en la mano. En el noticiero todavía seguían con la sección de noticias internacionales. Un personaje al que presentaron como especialista en temas de política exterior hablaba de que Occidente no salía todavía de la conmoción de los ataques terroristas a las Torres Gemelas y el Pentágono. Con aires académicos sostenía que los siguientes pasos que a debería tomar el gobierno norteamericano tenían que ser los mismos que Rusia: firmeza contra el terrorismo.

Miró su reloj: eran apenas pasadas las diez, hora a la que solía ir a acostarse. Le gustaba dormirse temprano y levantarse antes de la salida del sol para hacer sus ejercicios. Apagó el televisor, abrió la hendija de la ventana para que Geisha hiciera sus rondas nocturnas, y se dirigió al baño. Se estaba lavando los dientes cuando sonó el teléfono. Se detuvo como paralizado unos segundos. Un llamado a esa hora sólo podían ser malas noticias del trabajo o alguno de los poquísimos familiares que le quedaban. Se sorprendió de escuchar la voz de Dobrovolsky cuando levantó el tubo.

―Disculpa la hora, Mijail. Sé que ya debés estar en la cama.

―Buenas noches, general. ¿Qué pasó?

―Lo de siempre. Demasiada política le hace mal a la fuerza, pero ninguna le hace peor ―agregó.

Grigoryev no entendía a dónde quería llegar. Quizás los rumores sobre un enfrentamiento inminente con su segundo eran ciertos, pensó.

―Como te dije esta tarde, te necesito cerca. Es importante.

Mijail lo interrumpió, quería que fuera al grano directamente, le dijo.

―Sabés que entre Toplev y yo hay un enfrentamiento.

Lo de Okrai Toplev, el segundo en la línea de mando no era nuevo. Él y Dobrovolsky venían de al menos dos años de desencuentros, especialmente por el tema del presupuesto de la policía. Ninguno estaba muy seguro de a qué jugaba el ministro en estas internas.

―En los pasillos se habla de ello ―respondió Mijail

―Me imagino. Lo menos que quiero es a Okrai de jefe de la fuerza. No creo que sea bueno para la fuerza.

Grigoriev se sentó. Hubo un silencio, como si ninguno tuviera nada que decir.

―Hay algo que quiero que sepas, pero prefiero contártelo en persona―dijo el jefe.

¿Para qué lo llamaba si no le iba a contar la razón?, se preguntó Mijail. Su jefe podía ser exasperante, a veces, con esa tendencia a hacerse el misterioso.

―Por ahora es una cuestión de estado y el teléfono no es el medio más seguro. Mañana a primera hora en mi oficina.

Mijail asintió, a las nueve lo buscaría en su despacho, respondió. Su jefe musitó una explicación que no llegó a entender del todo, pero la cita se corrió a su propia oficina. Dobrovolsky se despidió, aduciendo que todavía, a pesar de la hora, tenía un par de reuniones.

Cuando cortaron, Grigoriev supo que le iba a costar dormir.