1. El cuerpo en el altar
Los rayos del sol naciente iluminaban el pequeño pueblo de Bibury, la lluvia ligera típica de la región comenzaba a mojar los techos de las pequeñas casas de piedra, sus callejones y sus calles, poco a poco el día iba llegando y con él, los hombres y mujeres madrugadores y más fieles salían de sus casas desde temprano, nadie se había percatado aún de lo que se mostraba dentro del gran templo que adornaba la plaza principal, el sacristán abrió la pequeña puerta del campanario y tomando con fuerza la cuerda, la jaló hacia abajo, haciendo resonar las campanas, las cuales anunciaban que la misa dominical de las siete de la mañana estaba por comenzar, se quedó esperando el tiempo necesario para tener que hacer su labor las tres veces que ocasionales necesarias.
Las alumnas del colegio “St Pete” ya se prepararon para deleitar a todos los presentes con sus melodiosas voces en el coro principal, era bien sabido que las niñas y jóvenes que ahí estudiaban eran unas mujeres prodigio en cuanto a la música y el arte, además eran hermosas, encantaban a todos con su voz y su belleza, parecían seres perfectos, ángeles creados por los dioses como a los que se veneraban en ese pequeño lugar.
El pueblo de Bibury, permaneció a casi dos horas de Londres y era considerado un lugar perfecto para vivir o vacacionar en verano, las casas eran pequeñas y acogedoras, cada una con su chimenea, puertas y ventanas de madera y sus amplias habitaciones, era característica por sus pequeños ríos y lagos, los puentes amplios, sus enormes áreas verdes, arboles grandes y frondosos, con la sombra perfecta para descansar debajo de él en un día soleado, el único problema es que no había muchos días soleados, la niebla y la lluvia permaneció en el pueblo por las mañanas y por las noches, debido a eso, los restaurantes y negocios locales cerraban temprano, lo único que siempre estaba abierto era la Iglesia, otro lugar característico del pueblo, además del colegio anexo al templo, por consiguiente , todos los habitantes, eran extremadamente religiosos,creyentes a la fe, se confesaban cada semana para ir a comulgar el día de la misa, aquellos que cometiera algún pecado era condenado al más horrible de los castigos, claro, que no todos los pecados eran castigados...
Johan, el sacristán, después de tocar las tres campanadas, bajó de su puesto de trabajo y al abrir las puertas del templo, los ya muchos impacientes asistentes quedaron congelados con la horrible imagen que tenían frente a ellos, Arthur Boyle, el sacerdote de la parroquia se encontró completamente desnudo, de brazos extendidos a un poste al centro del pasillo del templo, el cual tenía forma de cruz, sus manos sangraban debido a los tornillos con los que estaban clavados al duro pedazo de madera y sus pies estaban en la misma posición, era casi un retrato de la crucifixión de Jesucristo, salvo que el padre Arthur no llevaba una corona de espinas ni era un santo
—¡SANTO DIOS! — gritaba una de las más fieles mujeres al ver la escena tan horrible que se mostraba ante ellos, algunas personas se acercaron rápidamente para auxiliarlo, bajándolo de la cruz mal hecha de madera, pero por desgracia, el hombre se encontraba muerto
—¿Quién lo habrá hecho? — preguntaba un hombre regordete que lo cubría con una manta que Johan habían traído de la pequeña habitación que se encontraba a un costado del atrio principal
—esto es una obra de Dios, los pecadores deben ir al infierno, el padre Arthur abusó de una de las hijas de la señora Mary, la chica murió hace unos días en el hospital cercano— la mujer que hablaba era una de las muchas que se creía la más devota del pueblo, aunque en el interior, solo era una arpía más, una pecadora vestida de mujer buena
—yo supe que ambos se escaparían al anochecer, profesándose amor eterno, ambos eran igual de pecadores— una mujer más joven se acercaba a ellos, sembrando la semilla de la duda en todos los presentes
—entonces no se merece que lo estemos ayudando, busquen una fosa común y entiérrenlo ahí— un hombre de duro carácter se cruzaba de brazos mientras se acomodaba de nueva cuenta su sombrero
—debemos cuidar más a nuestras hijas e hijos entonces, ya nadie es confiable, no puede ser que al hombre que más le teníamos confianza, nos haya defraudado de esa manera— otra mujer más vieja, igual de creyente, se mostraba totalmente furiosa
—Ahora debemos buscar a un nuevo sacerdote, no podemos tener la iglesia descuidada, esta vez tiene que ser uno más confiable— Keren, la encargada de los asuntos administrativos de la iglesia se mostraba preocupada por la situación en la que se quedaría el templo, pero más le preocupaba no recibir su ayuda mensual con la que cuenta por llevar el dinero de la iglesia
—mañana llega al colegio un sacerdote nuevo, podríamos pedirle a él que nos ayude también con la Iglesia— Marcus, el joven director del colegio, que recién llegaba al templo con algunas de las niñas del coro, veía con desinterés a los pueblerinos preocupados por ese absurdo lugar, él era un hombre sumamente creyente, pero un verdadero monstruo ya que solamente dirigía el lugar para estar cerca de las atractivas chicas que llegaran a estudiar ahí, para después usar a la cayera ante sus palabras dulces, prometiéndoles buena vida, buenos estudios o alguna tontería, Marcus había sido la persona que se había encargado de esparcir todos esos rumores sobre el sacerdote y esa insignificante chica que solo le había servido por una noche, los escuchó hablando en la capilla, haciendo planes para escapar juntos, no podía creerlo, ellos habían cometido el peor de los pecados, estaba seguro de que él tenía que hacer justicia divina, los sacerdotes son hombre de fe, son leales a ellos mismos, son sabiduría, son la representación de Jesucristo en la tierra y Arthur Boyle había fallado
—eso sería de mucha ayuda Marcus, gracias— decía Keren estrechando su mano, Marcus sonrió de medio lado, cruzándose de brazos y sin quitarle la mirada al cuerpo sin vida del padre Boyle
—¿Qué haremos con el cuerpo del padre Arthur? — preguntaba Johan, quien ya sollozaba un poco, el padre Arthur lo había ayudado mucho con su adicción a las drogas, le había brindado refugio, comida y trabajo, ahora se quedaría desempleado y solo en la casa del sacristán.
—llévenlo al panteón cercano y entiérrenlo ahí, hablaré más tarde con el encargado, usaremos dinero del fondo para emergencias de la iglesia, pudo haber sido un pecador, pero solo Dios juzgará en su reino y esperemos que Arthur haya llegado— Hugh, el presidente de la policía, llegaba hasta la escena del crimen, era lo más terrible que había visto en muchos años, cuando lo mandaron a Bibury creyó que sería demasiado aburrido, pero ahora podía notar que no sería siempre así.
—por el día de hoy no habría misa que celebrar, es mejor que vuelvan a casa, Marcus hablará con su nuevo profesor y en cuanto tengamos respuesta se las haré llegar— los habitantes de Bibury asintieron, ellos obedecían solo a dos personas, al sacerdote y al presidente de la policía
Entre varias personas, cargaron al padre Boyle, lo cubrieron con una sotana que Johan había conseguido en su casa, limpiaron su cuerpo y cerraron sus ojos, al terminar, lo llevaron rumbo al panteón.
La gente poco a poco fue regresando a sus casas, el día había comenzado de una manera horrible, lo que no sabían, es que estaban por suceder, cosas peores…








