Un Pilar de la Sociedad

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Sinopsis

En Marzo de 1940 el doctor Martín Herder yace en su lecho de enfermo, en la ciudad de Buenos Aires. Sabiendo que su estado es terminal, decide contar el secreto que mantuvo guardado durante décadas. Escribe durante semanas una historia de terror, sangre y muerte. Su abogado y albacea recibirá el encargo de la última voluntad de su cliente: enviar la memoria de los crímenes dentro un arcón donde, además, yacen pruebas macabras que dan sentido al relato. Destino: el otro lado del Atlántico, al detective de Scotland Yard que supone sabrá qué hacer con todo aquello. Sin embargo, recién comenzada la Segunda Guerra Mundial, Londres es una ciudad bajo constante bombardeos. El baúl, con todo su contenido, y las memorias de Herder duermen en los sótanos del Yard hasta que el detective menos pensado los rescata treinta y tres años después. Contra todas las posibilidades, decide investigar la historia y confirmar qué de cierto en ella. Brendan Scott, nieto de un viejo y respetado jefe de la policía, recorrerá Berlín, Ámsterdam, París y su propia ciudad siguiendo el derrotero de sangre y horror por el que lo conducen las memorias del argentino hasta recalar en un destino impensando: la tumultuosa Argentina de los años 70s. Las revelaciones serán mucho más impactantes de lo que pensó encontrar.

Genero:
Mystery/Romance
Autor/a:
Gonzalo
Estado:
Completado
Capítulos:
40
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

PRÓLOGO

De la tormenta que entre el gris asoma

Y del oscuro nubarrón que toma

(Cuando el resto del cielo azul destila)

La forma de un demonio en mi pupila

(“Solo”, Edgar Allan Poe)

El reloj Junghans de pie, el objeto que más atesoraba de sus días en Berlín, marcó con precisión alemana las 18 horas. Seis campanadas perfectas, limpias, tan sonoras que llenaban toda la casa y llegaban hasta su habitación en la planta alta. Era como si sonaran al lado y siempre le producía una sensación indescriptible, de tibieza dulce, de seguridad. Si cerraba los ojos en ese momento, su cabeza se llenaba de rostros, nombres, imágenes, sensaciones. Hasta podía sentir el olor de la madera del cuarto que durante meses fuera su refugio en aquella ciudad.

En el pasado, cuando se sentaba en el living a leer y fumar un cigarrillo negro, o un cigarro, solía dedicar largos minutos a contemplar esa pieza del ingenio creativo germano que tanto admiraba. Cinco décadas después, aún con los retazos de memoria que le quedaban, recordaba el pequeño negocio en la esquina de Adalbert Strasse y Naunyn. Justo enfrente de la Heinrich Platz, donde solía parar y sentarse en un banco a descansar y a admirar la tranquilidad de una ciudad que se le hacía casi perfecta. ¡Cuánto odió tener que dejarla así, tan a las apuradas! Una furtiva sombra apurando el paso durante la noche para salir de allí y ya no regresar jamás.

Extrañaba Berlín. Extrañaba especialmente su majestuosidad y su sencillez ordenada, la convicción de su gente, orgullosa de sus poetas y sus filósofos, sus científicos y sus héroes, de su imbatible tenacidad para enfrentar desafíos.

Recordó el concierto de tic tacs que regalaban los relojes de pie y de pared mientras regateaba con aquel judío enjuto y de modales refinados que le vendió el modelo más moderno. Eso había sido en sus “años salvajes”, como los llamaba en secreto.

La muerte le estaba por llegar, no tenía esperanza y no había cura. Durante meses tuvo la sospecha, confirmada por el diagnóstico crudo, pero certero, de estudios y radiografías. Sus amigos y colegas le hablaron de los nuevos tratamientos que estaban probándose en París, con limitado éxito, pero grandes esperanzas. Lo urgieron a dejar todo y apurar el viaje, antes de que su cuerpo no fuera capaz de resistir la travesía. Los tranquilizó y consoló a todos Prefería disfrutar los últimos meses rodeado de sus cosas y de su familia, de su cálido hogar de la Avenida Callao, poblada de todos los objetos coleccionados y recolectados a lo largo de su vida, en sus viajes por Europa y el mundo. Disfrutar de su consultorio y la clínica; y de su amada hija, Victoria Manuela, la niña de sus ojos. Sobre todo, de ella. Quería que lo amara por última vez con ese amor tan profundo y lleno de admiración que le tenía, antes de que lo odiara y despreciara para siempre, como seguramente sucedería.

Intentó sentarse derecho contra el respaldo de su vieja cama y, no sin cierta dificultad, acomodar las almohadas para que su espalda estuviera lo más mullida posible. No quiso pedirle ayuda a su criada, bastante tenía con la certeza de su propio fin como para agregarle la humillación de sentirse un inútil, un incapacitado. Lo más difícil fue inclinarse para recoger la pluma y el papel que se le habían caído cuando se quedó dormitando, meciéndose suavemente en los recuerdos al compás de las campanadas del antiguo Junghans. Estirarse fue un instante de tortura física, le dolían las entrañas y los pulmones si los forzaba a movimientos bruscos. Pero tenía una historia que terminar.

Le llevó meses decidirse a escribir. Debatió mucho consigo mismo, no podía hacerlo con nadie más. Sopesó todos los ángulos posibles; todas las aristas del análisis, así como las consecuencias. Dudó y dudó, y finalmente resolvió dejar al mundo sin respuesta, tirar todo al río: la caja, los recortes, los instrumentos. Hasta organizó el cómo y el cuándo: algún día frio y preferente lluvioso de julio o agosto, de esos en que anochece temprano. Su chofer lo llevaría a la costa del rio, afuera de la ciudad. Si, tenía todo resuelto. Y luego su sentido de la perfección pudo más que su corazón y su mente.

Comprendió que no moriría tranquilo con la pieza mayor del rompecabezas que había conservado todos esos años, más de cincuenta, guardada para siempre. Lo más lógico, lo adecuado, era contar, la confesión. Pero había algo más, también: un poderoso deseo de mostrarle al mundo cómo lo había engañado.

Pensó en sus amigos, sus colegas. ¿qué dirían, qué imaginarían? ¿Creerían ciertas sus revelaciones? Los conocía bien: algunos pensarían que había enloquecido por la enfermedad y el tratamiento. Otros debatirían si no era uno de sus habituales juegos que tanto los confundía, otra broma a su costa. Pero lo que más le importaba era Victoria, qué pensaría ella. Sintió el dolor anticipado de su hija, su negativa inicial a creer todo aquello y luego su indignación, la profunda herida y finalmente el desprecio por él y por todo lo que lo había amado, admirado, venerado. Se conmovió hasta las lágrimas, pero supo que ya no podía hacer nada. Había escogido el orden al final y eso tenía un precio. De alguna manera, sería una forma de justicia. Le quedaban unos meses de vida, suficiente para hacer lo que tenía que hacer.

Semanas atrás, apenas tomó la pluma e intentó escribir, se dio cuenta enseguida de lo difícil que iba a ser resumir los detalles más perversos de su secreto, de su determinación por seguir pareciendo un ciudadano normal, un cirujano prestigioso y padre de familia.

Era consciente de por qué había elegido contar su historia en horas de la tarde-noche, tenía sentido existencial y también artístico. El suyo sería un relato oscuro, una novela de horror y miserias. Su escenario: las calles más miserables y opresivas, plagadas de olor a sumidero y desechos en mal estado, de las ciudades más opulentas y hermosas del planeta. Calles, cementerios, hospitales, tugurios, bares de mala muerte, prostíbulos. La degradación humana también tenía su trazado urbano y su arquitectura.

Le costó empezar. Tenía que ser en inglés. Aún lo hablaba casi como primera lengua, igual que el alemán y el francés, por su formación y sus viajes. Otra cosa era escribir; se había deshabituado. Rompió varias hojas antes de encontrar en su cabeza el camino que lo llevó hasta aquella tarde de frío invierno cuando, sentado en la estación de Kremmen, tuvo la revelación casi mística de su vocación por la muerte, mientras esperaba el tren que lo llevaría a Dalldorf, el distrito del loquero.

¡Pobre Dalldorf! Pocos años atrás habían decidido cambiarle el nombre, según supo casi de casualidad por un colega suyo recién llegado de Alemania. Al principio pareció una confusión propia de chistes que se cuentan en velorios. Su asociación con la locura, con aquellos seres encerrados para siempre en su manicomio, había derrumbado su prestigio, junto con los precios de sus propiedades. Muchos preferían no detenerse en ella de noche. Su alcalde y su gente, luego de mucho batallar en los tribunales y en los pasillos de la dieta provincial, finalmente lograron lo que parecía imposible, darle un nombre limpio, Wittenau, como si el pasado pudiera borrarse cambiando de nombre. Pobre Dalldorf, muy pronto descubriría hasta qué punto era horrenda su historia.

Aunque sabía que debía continuar, se dejó llevar. Allá estaba, de nuevo en Berlín, con veinte años y esa vorágine pasional que lo había hecho dejar la comodidad financiera y familiar del hogar paterno en Buenos Aires. La libertad, la forma más pura de libertad que había conocido en toda su vida. Ocurrió en aquellos años y aquellos lugares tan lejos del ambiente de opresión y secrecía que fuera su casa. Su cuerpo entero parecía revivir, aún en la certeza de estar transitando sus últimos días, cuando algo –las campanadas, por ejemplo- lo transportaba en trance al pasado, a la aventura de la vida plena, sin límites, sin restricciones materiales, y mucho menos morales. A las calles, los bares, las bibliotecas, los barrios suntuosos de los palacios de los viejos nobles y las mansiones de los burgueses exitosos. A los miserables, sucios, malolientes vecindarios pobres y de clase trabajadora. Y aquí y allá, en unos y otros, los muertos y sus agonías tan curiosamente llenas de sentido para él.

Recordó, con algo de dolor en el pecho, la pena silenciosa en los ojos de su madre y la indignación de su padre, el hacedor de monstruos, resonando en sus oídos, cuando les reveló sus planes. Otros hubieran estado orgullosos de un hijo médico. Él no, a pesar de que se lo había impuesto. No importaba que hiciera apenas cuatro meses la universidad lo distinguiera con Medalla de Oro al otorgarle oficialmente su título. No importaba tampoco que su tesis fuera a ser publicada, ni las felicitaciones de sus profesores y los augurios de un futuro brillante de las autoridades de la facultad. Esa vez, la última que le concedió, no hubo golpes. El viejo era igual de eficaz derrumbando la autoestima de su familia con palabras lacerantes que con los cachetazos, que tan abundantemente les prodigaba a todos. Su madre le temía, sus hermanos también; él lo odiaba.

Despertó de los recuerdos familiares. Aunque se resistiera a admitirlo, le hacían mal, pero tenía que terminar de poner la realidad en orden, hacer que la última ficha encajara en el tablero. Sonrió al recordar qué inocente había sido las primeras semanas después de su vuelta a Buenos Aires, luchando a brazo partido para resistir la tentación de soltar aquel torbellino brutal que lo consumía. Aplacarlo, esconderlo, como si todo lo que hizo en Europa hubiese sido apenas un juego. No lo consiguió. Tuvo que aprender a convivir con su propio Mr. Hyde. Mal no le fue, se dijo con una mueca socarrona.

Durante semanas escribió con metódica determinación, tratando de no olvidar nada, de incluir cada detalle e hilvanar causas con consecuencias, para que los lectores conocieran la historia completa en toda la dimensión de su horror, el placer secreto que le despertaba la descripción de cada ceremonia de muerte infligida con tanta pasión.

Leía, releía, volvía sobre lo escrito, tachaba, agregaba, y todo con una devoción especial por el estilo literario. Su confesión tenía que dejar un testimonio épico. Cuando se cansaba, usualmente ya cercana la madrugada, dejaba la pluma, la tinta y el papel adentro del cajón de su mesa de luz, a resguardo. Sólo retomaba el relato a la noche siguiente, cuando ya su hija y su criada dormían. Podía desanudar los recuerdos inspirado en la conciencia de la noche, al calor de las llamas del hogar de su habitación y arropado por las esperadas y matemáticas intrusiones de los sonidos del reloj allá abajo, en el living.

Se sorprendió del modo en que regresaban los recuerdos, las imágenes, los diálogos; pero sobre todo las sensaciones: tan claras, tan vivas. Sintió ráfagas de inmortalidad; tan intensos eran los sentimientos que se agolpaban en su pecho y se transmitían al papel. Lo había reprimido todo a partir de que supo de su enfermedad, había dejado escurrir la pasión que le provocara matar. Hasta allí llegó con su secreto intacto, para qué arriesgarlo en una última aventura que no podría consumar.

Escribir pareció devolverle la vida, tanto que sus médicos pasaron de la sorpresa a la confusión. Una tarde, después de la habitual visita semanal, su colega Eduardo Márquez se retiró al caer la noche preguntándose seriamente si no habrían equivocado el diagnóstico. Se lo veía tan vivo que dudó seriamente si no deberían hacerle todos los estudios nuevamente.

En aquellos años se había sentido inmortal. Le vino a la mente una imagen: él, apoyado contra la baranda del muelle en Irongate Wharf, mirando el río, la luz del amanecer revelando las primeras siluetas de las construcciones enfrente, en el Shad Thames. En sus barracas se acumulaban las toneladas de té, café y especias que inundaban los mercados pobres y las tiendas ricas de la ciudad. Algo más lejos, la puntiaguda torre de la capilla de Saint John Horseleydown. Se vio, con los brazos extendidos, los ojos al cielo y la boca tan abierta como podía tragando cada ráfaga del intenso y fresco viento de otoño. Su cuerpo entero temblaba de emoción, exaltado, incapaz de pegar un ojo después de una de aquellas noches de memorable carnicería.

Terminó una mañana bien temprano, totalmente exhausto, semanas más tarde desde que tomara la pluma por primera vez. Le pareció gracioso, aunque lógico, que acabara el relato exactamente en el momento en que el reloj daba las siete. Toda su vida había sido así de metódica, ¿por qué iba ser distinto en el final? Pensó en eso mientras lo vencía el sopor.

Durmió un día entero sin darse cuenta, hasta que la criada lo despertó con el desayuno, por orden de su hija. Revisó el correo del día y aprovechó para leer el periódico, simplemente como entretenimiento. Nada de lo que sucedía en su país tenía relevancia, ya. Se interesó por las noticias internacionales. Sonrió con placer al leer que ingleses y franceses estaban atrapados en las playas de Dunkerque. Era cuestión de tiempo, pensó, para que Alemania fuera dueña de toda Europa. Lástima que no lo iba a ver, pero igual la idea le produjo una oleada de satisfacción.

Las hojas con sus notas, que esa mañana, a último momento, decidió encabezar con el título pomposo de Memorias de un Monstruo yacían sobre su regazo, apoyadas sobre el cartapacio que Obdulia, su ama de llaves, se lo mandó más temprano con la criada cumpliendo con sus directivas, cuando le llevó el desayuno a la cama. Miró aquellos últimos papeles. Tuvo un momento de duda. Pensó en el dolor que la iba a causar a la única persona que amó en su vida; pero fue sólo un momento. Toda su vida fue un tipo de enorme temple y determinación. No iba a cambiar ahora.

Sopló las hojas para asegurarse que la tinta fresca no corriera, no manchara la hoja. Volvió a leer todo para asegurarse, una vez más, de que estaba satisfecho. Sólo una cosa lamentó: no tener tiempo para contar toda la historia. Le faltaba una parte importante, la del regreso. No tenía muchas más fuerzas y necesitaría varias semanas más para ello. Dejaría alguna pista, para que los investigadores allá recogiesen el guante, el desafío de seguir el reguero de sangre en su país.

Con cuidado, tomó las hojas, la tinta ya seca, las agrego al resto y las introdujo en el sobre color madera. Mojó la pluma en el tintero y escribió: “Para el Dr. Armendáriz”, en letra mayúscula. Luego, más abajo, en letra más pequeña y entre paréntesis, las instrucciones. Armendáriz, su abogado y amigo, cumpliría al pie de la letra su último deseo.

Sabedor de que el fin estaba cerca, metódico y detallista como era, hacía meses que había puesto sus asuntos en orden. Con el notario pasó largas horas para que sus papeles personales y sus negocios no cayeran en manos inescrupulosas. Nombró albacea a Armendáriz, su hija no quedaría desprotegida cuando él se fuera. Hasta tuvo un par de días para dedicarle a Feijoó, su joven discípulo del hospital, para dejar su legado profesional en manos de alguien confiable.

No iba a poder evitar que los colegas lo juzgaran ni que lo recordaran como un monstruo, pero al menos podía hacer que le reconocieran haber sido un buen médico. Había salvado la vida de hombres y mujeres, de madres a punto de perder su embarazo, de niños con sus apéndices a punto de explotar, de jóvenes y viejos aquejados por infecciones malignas, heridas de bala o cuchillo, o simples gripes complicadas por exceso de confianza, debilidad física o malas praxis de curanderas ignorantes.

Faltaba el último paso, el más ansiado: hizo llamar a su amigo, el padre Feliciano. Con la inocente complicidad de Aguirre, el gallego de la vuelta que se las arreglaba bien como albañil. Había hecho bajar de la bohardilla el arcón que contenía las pruebas de sus crímenes: los instrumentos, los recortes, las libretas donde registrara, con su meticulosidad obsesiva, los nombres y señas de cada uno de aquellos desdichados y desdichadas y los detalles de su sacrificio, de las escenas finales. Y, sobre todo, la más preciada: el collar con camafeo. Usó todo ello para escribir y ahora pensaba desplegarlo ante el cura, no quería olvidarse de nada.

El día anterior le pidió al párroco que dispusiera de toda una tarde sólo para él, para escuchar su confesión. La criada volvió trayendo el consentimiento de su viejo amigo y un chiste garabateado en una esquela, para serle entregada en mano: “Hombre, ¿tantos y tan grandes son tus pecados? ¿De qué me he perdido?” Sonrió, imaginando la reacción del cura.

Llamó a Obdulia para que lo ayudara a levantarse y sentarse en el sillón. Estaría más lúcido para contar y para explicar, para consolar a su confesor y compañero de banco en el colegio. Sabía cuál sería su reacción mientras lo llevaba de la mano por las calles oscuras, los callejones hediondos, las estaciones de tren vacías por las noches, los puentes y campos santos de todas aquellas ciudades. Sabía de la revulsión que le causaría el escuchar los nombres de tantos espíritus desdichados y sin descanso; la historia de Darius Katz y los fantasmas del Distrito del Loquero; la de Olga Svedlov y sus dos amigas polacas abandonadas al vicio en el muelle de Oostelijke Handelskade; la del vagabundo alcohólico y desquiciado de la Rive Gauche; la de las miserables e impúdicas meretrices del East End.

Tomó otro papel y escribió la última esquela, cuyo texto pensó y repensó durante días.

Buenos Aires, 28 de junio de 1940

Al Honorable Comisionado Adjunto George Abbis

Policía Metropolitana de Londres-Scotland Yard

Victoria Embarkment, City of Westminster

Estimado señor,

El baúl que le envío contiene las pruebas de una serie de crímenes atroces que cometí durante mis años en Europa, el siglo pasado. Tales crímenes tuvieron lugar en el Reino de Holanda, Francia, Alemania (entonces el Imperio Alemán) y en su propio país. Estoy seguro de que los últimos serán de gran interés para Ud. y la fuerza que dirige.

Para cuando reciba esta información ya habré dejado este mundo. Sinceramente espero que mi confesión, que incluyo junto con las demás pruebas, ponga punto final a los misterios no resueltos durante años. Como podrá ver, Comisionado, el crimen perfecto existe. Sólo hace falta inteligencia y determinación para ejecutar un acto (o varios, en mi caso) tan bárbaro y cruel.

Y bien, estimado Abbis, hasta aquí mis peripecias de sangre por la vieja y querida Europa. Espero que no dude de mi palabra. En cuanto a lo demás, quedará para su sucesor o sucesores, que seguro tendrán más habilidad o suerte que sus colegas de este lado del mar.

Ya es hora de irme. Le pido que haga buen uso de lo que le proveo. Se lo debe a la memoria de mis víctimas.

Sinceramente suyo,

Martín Herder

“Un pilar de la sociedad”

Leyó, releyó y corrigió la carta hasta que quedó satisfecho y la guardó en el correspondiente sobre. Sus instrucciones al abogado eran claras acerca de cómo debía llegar adosada junto con el baúl al destinatario. Cerró los ojos y dio un largo suspiro. Todo había terminado, por fin. Sólo le faltaba el último acto a su obra: repetirle todo a su confesor.

Miró alrededor del cuarto, su penúltima morada. Ya no tenía fuerzas para bajar hasta la planta baja a tomar un cognac o fumar tranquilo en su estudio. Recién entonces se dio cuenta de que afuera llovía. El primer trueno sonó pocos segundos después y las gotas empezaron a golpear más furiosas contra su ventanal. Rio al recordar la tormenta que sirvió de preludio a la primera tragedia: la muerte de su padre. La piedra fundacional de su largo recorrido de terror y sangre.