Prólogo
Sus manos temblaban ante el repentino papel delante de sus ojos. No necesitaba leer para saber de qué se trataba: ya que lo había visto venir hace unos cuantos días.
— Tú...
— Quiero que lo firmes... Sabes que no está funcionando.
Era cierto. No hacía falta ser estúpido para darse cuenta de lo mal que estaba yendo su relación.
Incluso sus amigos más cercanos se habían percatado y habían recomendado que ambos se alejaran porque continuar era demasiado doloroso.
— No... No quiero..
— No compliquemos las cosas y fírmalo, ¿sí?
— Dame una semana... solo haz lo que pida en una semana y lo firmo.
Para él era justo, al fin y al cabo era algo que creía que le debía después de tanto tiempo de monotonía y poco afecto.
Habían sufrido tanto, aunque era muy obvio quién lo tenía más pesado.
Los últimos meses habían sido un desastre. Las constantes fallas y excusas baratas que ambos se daban fueron creciendo hasta el punto de que ya ni se veían dentro de casa. Ese lugar estaba vacío durante los días y de noche solo se sentía una persona deambulando. A veces era el mayor y otras ocasiones el menor.
Muy rara vez ambos se encontraban ahí y si lo hacían, las cuatro paredes se llenaban de un silencio sombrío que era difícil de soportar.
— De acuerdo.
El contrario recogió los papeles para ponerlos en una carpeta manila y entregárselos al chico.
— Ya tiene mi firma. Cuando te decidas solo llámame y entrégamelos.
Su presencia desapareció por la puerta de dónde antes era hogar de ambos haciendo que el individuo restante se desmoronara por completo.
Aún lo amaba, a pesar de lo poco que se veían y el nulo afecto, pero lo amaba y le era difícil dejarlo ir.