Prefacio: Dos siglos de guerra
Hace más de doscientos años, unas velas grandes como alas de arcángel se abrieron a los vientos del mar infinito y se lanzaron contra los bordes del mundo, solo para encontrarse con que, al otro lado del horizonte, no había otra cosa que horizontes nuevos.
Los viajeros pertenecían al imperio de Ébrica, y acaban de arribar a un continente inexplorado. Sus habitantes lo llamaban Eztlal. Era un mundo de riqueza y maravilla: las selvas eran de un verdor ilimitado, las lagunas eran turquesas iridiscentes, las aves tropicales vestían trajes de fiesta, y las manadas de animales se extendían de un lado al otro del firmamento.
Aunque la tierra ya tenía nombre, los ébricos acostumbraban a bautizar las cosas de nuevo. Así, como emergiendo de aguas sagradas, el continente pasó a llamarse Ícora. En sus altas montañas los colonizadores fundaron la ciudad de Alcazor, y así se dio inicio al Siglo de Oro.
Los locales tenían otro nombre para esta época. La llamaron “el Siglo de Humillación”.
Xochitlán, el anterior dueño de la tierra, había sido un imperio de sangre, jade y obsidiana. Orgulloso y ancestral, tenían calendarios más exactos que los de los viejos Santos y pirámides más altas que las de los faraones de los ancestrales desiertos. Tras generaciones de dominar a sus vecinos, sin embargo, les había llegado el turno de sufrir el yugo de la opresión.
Y jamás iban a olvidarlo.
Nunca en la historia de Ébrica fluyó tanta riqueza entre los dedos de su gente, ni tanta sangre. Todos los años mil barcos viajaban del viejo mundo al nuevo, y volvían tan cargados de riquezas como podían sin hundirse. Las venas de la tierra se abrieron y las manos de sus trabajadores también.
Pero un día todo cambió. El día que llegó el Juicio.
Nadie en Alcazor tiene la certeza de cómo ocurrió, ya que nadie queda vivo del Viejo Continente para contarlo. Pero se dice que un día, sin aviso alguno, los cielos se abrieron. Las campanas redoblaron. Las catedrales se sumergieron. Los ángeles descendieron. Y al final, Ébrica fue consumida por el incendiario fulgor del retorno de Dios.
Nunca un barco ha vuelto con noticias de supervivientes.
Alcazor, en sepulcral silencio, se había convertido en la última colonia ébrica del mundo. Ya no eran parte de un imperio en el cual jamás se ponía el sol; eran el enclave restante, abandonados en una tierra en la que no eran bienvenidos.
Los ojos de todos los pueblos que habían sometido se volvieron hacia ellos con frialdad y dureza, y ambos bandos entendieron que una sola cosa quedaba por hacer.
El Siglo de Oro dio paso al Siglo de Sangre.









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