Quien carece de rumbo
Entre la multitud se podían escuchar murmullos y numerosos pasos. Cualquiera podría decir que cada individuo presente en la muchedumbre tenía prisa por retornar a sus hogares después de concluir con sus estudios o labores diarias. Numerosos Dahares y Libuthes continuaban con sus itinerarios, y él seguía allí sin un rumbo fijo. ¿Se podría decir que era parte de su rutina? Casey Lemstroc lo meditaba mientras seguía la corriente, si no desviaba su curso iría directo al bosque y tal vez encontraría un sitio donde descansar. No es como si tuviese que temer de las bestias e insectos, de todos modos, la mayoría preferían mantener su distancia.
—Parece que va a llover —escuchó a un vendedor que pertenecía a su misma especie, pero tan diferentes físicamente como lo son dos seres humanos no emparentados.
Fue natural que dirigiera su mirada hacia el cielo, y detalló que ese hombre no mentía, preferiría que fuesen falsedades. Odiar la lluvia era normal, después de todo estaba mezclada con esas pequeñas medusas que provocaban un ardor indescriptible. Ese joven sacó de su bolso esa sombrilla vieja que lo había acompañado cerca de cuatro años, y la mantuvo en su mano para emplearla cuando el anunciado aguacero diera inicio.
Al momento en que el chaparrón se desató ya se había distanciado del resto de transeúntes, pues cada uno fue hacia su destino en donde otras personas deberían estar esperándolos, pero él solo siguió caminando hasta el bosque. No recordaba la ruta que lo conduciría al techo bajo el que se cubrió alguna vez, tampoco los rostros de aquellos que compartieron ese espacio con él, así que no tenía más opciones.
Paso a paso escuchó el crujido de ramas y hojas, al igual que el correteo de las criaturas que estaban tomando su distancia al tiempo que también iban a sus refugios. Guardó silencio, pese a que en unos momentos quería dejar salir algunas palabras; pero al final se contenía, ya que, en un lugar como ese no había quien escuchara, y no quería recurrir a hablar solo. Incluso cuando la planta de uno de sus pies fue empapada por el agua mantuvo su boca cerrada, por más que sintió el piquete de esos fastidiosos seres que estaban presentes en la lluvia. El dolor se extendió, y se aceleró a cubrir sus manos con un par de bolsas para despojarse de su calzado. Sintió alivio al momento de retirar esa media y escurrirla librándose así de las pequeñas medusas. Poco a poco el malestar desaparecería, y en espera de ello permaneció bajo la protección de ese frondoso árbol sin cerrar su paraguas, pues no deseaba arriesgarse a entrar en contacto nuevamente con esos seres.
Su mirada se enfocó en el movimiento de las hojas y la rugosidad de la madera. Así lograba de alguna manera tranquilizarse, pudo escuchar que sus latidos disminuyeron su frecuencia hasta regresar a la normalidad. El joven de negros cabellos sintió que ya estaba fuera de peligro, por unos instantes podría tal vez cerrar sus ojos y permitir que el sonido de la lluvia lo arrullara. Valoraba esos minutos de armonía, ya no existía dolor o preocupación, eso no saldría por un tiempo, lo dejaría en paz.
Horas después fue sorprendido por el crepúsculo matutino, tenía problemas para dormir de forma ininterrumpida, así que ser consciente de que tuvo una noche de sueño profundo le trajo una dosis de felicidad. Se puso de pie con una lentitud que no era producto del agotamiento, sino de esa tranquilidad que tanto deseaba que se prolongara. Sintió satisfacción al realizar sus estiramientos, tomó una flor silvestre, y se puso en marcha para regresar a la ciudad que lo vio crecer.
De nuevo se encontró en medio de la abundancia de trabajadores, que iban desde los vendedores de bebidas hasta aquellos servidores del estado que se distinguían por sus uniformes, que ante muchos los hacían merecedores de respeto. En parte sentía envidia, incluso aquellos de los trabajos menores remunerados y apreciados tenían algo que aportar a esa movida sociedad. Parecía como si todos fuesen piezas fundamentales de una máquina, que, si bien no era perfecta, funcionaba lo suficiente y lograba sostenerse pese a los golpes provenientes del exterior. En su caso sentía que no ejercía algún papel, su condición lo hacía verse como un sobrante, preferiría considerarse una imperfección más, pero le resultaba imposible.
Quería regresar a aquella época que lograba recordar, en donde escuchaba que florecería de una forma magnífica y sería capaz de aportar a la comunidad la que pertenecía. No es que hubiese deseado la grandeza, su corazón estaría tranquilo siendo incluso uno de esos humildes vendedores de periódicos; aunque prefería desempeñarse en esa labor para la que había especializado su luz. Como cualquier Dahar tenía una que otra capacidad, e invirtió su energía y tiempo en desarrollar una de ellas; pero desde aquella tarde poco a poco ese brillo que emitía se fue debilitando, anunciando que iba a desaparecer. Pensar en eso lograba agitarlo, miraba a uno que otro hacer uso de aquella fuerza que guardaban en su interior y no podía dejar de comparar… Mientras los caminantes iban a sus destinos, y otros ya estaban laborando, esa extraviada joven promesa buscaba el momento para usar su decadente don para hacer aquello que despreciaba, pero que a la vez necesitaba para sostenerse.
Si todo fuese diferente sería como cualquiera de esas personas, no estaría mezclándose entre la multitud, tampoco estaría esperando el instante en que aquel Libuth de piel color lima estuviese distraído para actuar. Su corazón latía con fuerza, al punto en que sabía que de seguirse agitando aceleraría la reaparición de la molestia que lo atormentaba, por lo que tenía prisa. Se concentró e hizo que aquella pequeña y delicada flor lila se extendiera con sutileza hacia aquel desconocido, para que al final esos bellos pétalos se terminaran manchando con la sangre que brotó del dedo recién cercenado. Escuchó los gritos de aquella persona que jamás volvería a ver, sentía que la culpa hacía presión en su pecho entre más fingía la sorpresa que manifestaban los demás. Sostuvo en sus manos la que ahora era una lamentable flor que había cerrado sus pétalos para ocultar su crimen, y se apartó sin mirar atrás. A eso se vio reducida su vida.
Al llegar a un punto en donde el gentío se había disipado escaló hacia uno de los tejados, por fortuna era una actividad común en los jóvenes así que no era algo cuestionable. Muchos lo hacían para ver el precioso paisaje compuesto por las coloridas casas pintadas, el suelo adoquinado, la vegetación ornamental, el bello cielo despejado con sus preciosas aves y por último cada individuo que circulaba. Lamentablemente él era la excepción, solo subió para ocultar lo que le avergonzaba y al tiempo necesitaba. Cuando los pétalos se abrieron observó las falanges, el daño que hacía era para obtenerlas. Suspiró y tocó la planta, su belleza se había esfumado por su culpa, fue utilizada y dañada; su suavidad fue reemplazada por resequedad y con su toque se estaba reduciendo a partículas.
Su mano tembló y comenzó a ensuciarse con polvo, volvería a ocurrir si no actuaba de inmediato. Tomó la falange distal, y como si de una píldora de sabor desagradable se tratase, la introdujo en su boca y la ingirió. Bebió agua mientras estaba al tanto de que la suciedad no siguiese apareciendo, contó los segundos y minutos que tardó en hacer efecto para que aquello dejase de intentar salir a la luz. Lo había logrado, a costa del sufrimiento de un tercero, pero no se pondría mucho peor.
Con prisa guardó esos huesos en una bolsita de tela que cargaba y la dejó con nula delicadeza en su bolso. Se tomó unos minutos intentando distraerse con el paisaje para tranquilizar sus latidos y respiración, aunque en su interior no podía dejar de pensar en lo horrible que era, que debería darse por vencido en lugar de intentar luchar. No quería justificar sus acciones, aunque no encontró otra manera una vez los huesos de las bestias libires dejaron de funcionar. Hacía unos cuantos meses había cruzado la línea, y eso le generaba rechazo. ¿Quién diría que quien fue un chico enfocado en la magia de plantas terminaría siendo el responsable de tantos dedos de libuthes perdidos? Seguramente las personas que lo conocieron, y que estaban desapareciendo de su memoria, estarían decepcionadas y molestas con sus acciones. Esos pensamientos eran dolorosos, pero tal vez eso le ayudaba a pagar sus delitos de alguna manera, pese a que no deseaba ser perseguido por la culpa y debía seguir adelante.
Casey descendió del tejado y caminó por el suelo adoquinado mientras intentaba ordenar sus pensamientos, al tiempo en que estaba pendiente de su reloj de bolsillo, pues era muy importante, no solo porque fue un detalle de alguien que no deseaba olvidar; lo necesitaba para algo más que saber la hora. Podría ser sutil o tosco, el caso era que el consumo de huesos de libuthes tenía un efecto secundario en su organismo, uno que experimentó también con los de libires; el cual era rejuvenecer en cualquier instante. Una vez notó que su único par de botas comenzó a quedar muy grande hizo uso de ese preciado obsequio, y logró revertir parte del efecto. Observó el número que apareció en su interior, pues señalaba la edad de su cuerpo y mente en ese instante, se podría decir que estaba de regreso en sus 16 años, la misma en que su tormento dio inicio. Sin embargo, no tenía un desprecio por aquel tiempo, consideraría absurdo detestarlo cuando estaba escrito en su libreta que fue una época feliz, en dónde podía reír y descansar sin verse en la situación que lo llevó a herir para subsistir.
Continuó caminando mientras tenía su reloj y libreta en mano. Tal vez fuese algo exagerado, pero se veía en la necesidad de leer lo que había escrito de sí mismo y aquellos que fueron parte de su vida, así su condición que intentaba arrebatarle la memoria tardaría más en cumplir su misión. Lamentablemente solo quedaban descripciones y otros datos de personas que amó, aquellos rostros y voces ya habían desaparecido por más que se esforzaba en recordarlos, convenía contentarse con lo que tenía. Solo debía leerlo para no convertirse en un lienzo en blanco, era necesario con el fin de no olvidar que aquella versión suya fue amada. Era algo que le daba moral, y de vez en cuando provocaba que sus ojos se pusieran vidriosos.
Su lectura se vio interrumpida al sentir un movimiento extraño, un repentino tirón en su bolso provocó que voltease a ver de qué se trataba. Logró ver a un dahar de cabello platinado correr como si estuviese siendo perseguido por una jauría. La mente de Casey quedó en blanco por un breve instante, hasta que asimiló lo que ocurrió: fue hurtado. Sintió un hormigueo recorrer su cuerpo, e intentó ir tras él, pero ya no estaba a la vista. Con lentitud revisó, para ver qué había perdido, pues no es que llevase muchas cosas de valor; siendo honesto solo tenía unas cuantas monedas que había pensado en gastar en algo de pan. Seguían allí, su dinero permanecía en su sitio, el ladrón le arrebató su bolsa de huesos. Comenzó a sudar, pudo escuchar los latidos de su corazón y percibió cómo sus manos temblaron.
—¿Señor, se encuentra usted bien? —escuchó la voz de un niño dahar que se percató del temor en su rostro, en particular en sus ojos violetas.
Casey observó al estudiante en silencio, quería decir que no se encontraba bien, estaba aterrorizado, no solo porque podría ser descubierto, también puesto que los necesitaba. Se encontraba tan asustado que su estómago se revolvió, sentía que debía huir.
—¿Señor… pido ayuda?
—No, gracias. Solo estoy algo agotado. Estaré bien —habló pese al nudo en su garganta—, no te preocupes por mí, solo continúa tu camino a la escuela, la campana sonará en unos minutos.
—De acuerdo, que te mejores —se limitó a decir el niño antes de alejarse.
Casey notó que el jovencito miraba hacia atrás en algunas ocasiones, le sonrió cada vez hasta que decidió enfocarse en lo que ahora debía de hacer. Intentaba tranquilizarse pensando en que no era tan grave, de haber sido arrebatado su reloj o libreta podría verse en un gran lío, aunque debía reemplazar los huesos tan rápido como fuese posible. El temor aceleraba el proceso al punto en que el efecto de aquella falange que tragó duraría menos, lo supo porque no siguió rejuveneciendo y en cambio parecía que estaba regresando poco a poco a su edad real. Desconocía qué hacer exactamente, ¿qué pasaba si el ladrón terminaba informando a las autoridades? Era muy arriesgado ir en búsqueda de más dedos de libuthes. ¿Qué sucedería entonces? ¿Tal vez ese otro criminal podría convertirse en héroe si daba la información suficiente para que los psíquicos pudiesen dar con su rostro? ¿Debería huir de su ciudad? Pero tal vez no tendría el tiempo necesario antes de que volviese a ocurrir. Comenzó a agitarse y notó que sus manos se ensuciaron de nuevo con ese irritante polvo. No podría estar ocurriendo algo así, estaba a punto correr de regreso al bosque al percibir que no tenía escapatoria. Cuando sostuvo su bolso con fuerza sintió algo pequeño, duro y alargado. Con prisa introdujo su mano y buscó de manera desesperada en el interior; el polvo seguía apareciendo, ya estaba en sus hombros y antebrazos, eso era muy malo.
Sintió un alivio indescriptible cuando pudo comprobar que la fortuna le había sonreído en esta oportunidad, sí se trataba de una falange. Puso una mano en su pecho, sintió el viento agitar sus cabellos y acariciar sus mejillas. Casey se percibió dichoso, aunque desde hacía cuatro años era lo opuesto a ello. En completo silencio ingirió el hueso y caminó hacia la fuente pues deseaba limpiar sus manos un poco.
Detalló su reflejo en el agua, aprovechó para empapar su cabello y peinarlo como era usual. Su imagen no era la mejor por sus ojeras que se negaron a desaparecer pese a haber dormido decentemente, sus ojos estaban perdiendo su viveza que escribió algún día en su libreta. No fue el tipo de joven obsesionado con su belleza, pero la había descuidado demasiado y le incomodaba. Frunció el entrecejo, no quería sentir lástima por sí mismo, no deseaba ser ese tipo de persona, tal vez estaba en un callejón sin salida, pero haría lo posible por lidiar con esa amenaza hasta que sus opciones se agotaran. Suspiró y metió su mano al agua para sacar unas cuantas monedas, cuestionando en su mente por qué el condenado ladrón no las tomaba en lugar de arrebatarle cosas a quienes circulaban.
—Joven, ¿sabes que podrías ser maldito por hacer eso? Cada moneda tiene depositado un deseo que proviene del corazón de alguna persona y les estás faltando el respeto —, interrumpió una mujer de mediana edad.
Intentó no mostrar molestia, ¿qué más daba? Tal vez si ella estuviera en sus zapatos lo entendería en vez de involucrarse en lo que no le importaba, pero no era así, en su lugar parecía ser alguien de altos recursos o eso decía su porte elegante y joyería que presumía con cada movimiento. La señora retrocedió al sentirse incómoda por su mirada, aunque al tiempo el actuar del joven le resultó un insulto.
Casey se retiró una vez contó que tenía el dinero suficiente para poder comprar algo de comer, no lograba vivir solo del agua, pan y huesos. Caminó y volvió a activar su reloj cuando se percató que había vuelto a rejuvenecer, al menos eso era una molestia manejable, desde que no se hiciera tan joven era capaz lidiar con ello. De momento pensaba en alimentarse, debía funcionar para darle más claridad a su mente mientras pensaba en qué hacer, podría ser descuidado de su parte, pero con tanto estrés y temor necesitaba un pequeño escape.
Mientras buscaba algún restaurante, o puesto de comida que tuviera algo que le apeteciera, su reloj cayó de su bolsillo. No fue consciente de ello por estar enfocado en la necesidad que sentía; sin embargo, su hombro fue tocado por alguien que lo notó y tomó el objeto. Volteó, y fue grande su sorpresa al identificar a la dueña de esos ojos azulados, cabello castaño y ondulado; encajaba con la descripción, no tenía duda alguna de que se trataba de ella.
—Casey… Ha pasado mucho tiempo —habló con asombro, sosteniendo entre sus manos el reloj plateado y poniéndose en puntas de pie por un instante.
—Hola, Avaline.
No podía creerlo, sintió alegría al verla, refrescó su lamentable memoria, estaba seguro de que si se esmeraba en conservar una imagen mental de su rostro no se desvanecería. Fue agradable escuchar esa melodiosa voz, pero ya era momento de despedirse, después de todo ella era parte de un pasado feliz que ya no volvería. Se había terminado, y estaba muy ocupado en mantenerse de pie como para involucrarse otra vez con la joven Rizonate. Pensó en decirle que tenía prisa, sería una excusa válida para desaparecer, pero antes de poder hacerlo ella se apresuró a tomar la palabra:
—Pensé que habías muerto ese día, y mis esperanzas murieron cuando no recibí algún mensaje, llamada o carta. Solo… desapareciste, nadie dio razón de ti.
Casey notó que la joven miró al suelo, mientras que con su mano dominante retiró las lágrimas que alcanzaron a escapar. Hubo silencio, pues él no sabía que decir, no recordaba mucho de aquella fecha, más allá del temor que sintió y que salió corriendo lo más lejos que fuese posible de aquel escenario de escombros, polvo y sangre. Sabía que se había alejado a propósito de cada persona que tenía escrita en su libreta, su corazón latió con fuerza y apareció nuevamente el impulso de huir. Su felicidad fue efímera, el arrepentimiento y dolor ocuparon su lugar sin obstáculo alguno. Todos debieron creer que estaba muerto, hubiese sido lo mejor que así fuesen las cosas, pero ahora ella sabía que se trató de una mentira que les provocó dolor.
—¿Qué ocurrió? —habló Avaline mientras lo sujetó de la muñeca y le entregó el reloj—. No entiendo por qué no regresaste, y quisiera comprenderlo.
¿Qué podría decir? Era cierto que ya tenía la respuesta, pero en realidad no quería darlo a conocer. No es que solo quisiera haber desaparecido, resultaba complicado de explicar, y también tenía miedo de hacerlo. Sus manos temblaron, y Avaline hizo contacto visual de nuevo; ella notó que su mirada había cambiado, transmitía tristeza, temor e incertidumbre; supo que algo estaba mal, no eran los lindos ojos violetas que recordaba. Con lentitud acercó su mano al rostro de quien era un preciado viejo amigo, y acarició su mejilla por un instante. Eso bastó para que las lágrimas comenzaran a brotar por un par de segundos, hasta que él logró detenerlas.
—Lo siento, estoy algo… sentimental —se disculpó.
—Bueno, siempre lo has sido —interrumpió Avaline—. Pero... En fin… ¿Qué tal si conversamos y nos ponemos al día? ¿Quieres ir a mi casa?
En realidad, no era eso lo que quería, sin embargo, aceptó. La había extrañado tanto, se limitó a leer una y otra vez lo que escribió de ella en un intento por recordarla. Quería tener más que redactar sobre la joven con la que fue a la escuela, aunque no eran parte del mismo nivel ni curso. ¿Qué tanto cambió en esos cuatro años?