Prólogo
La noche tiene el color de los hematomas viejos y el sabor amargo del humo barato que se aferra al fondo de la garganta. A mis veinticuatro años, el mundo ya me ha enseñado que las promesas se pudren más rápido que la carne al sol. Mi padre, el ilustre decano Lucian Larzon, cree que puede comprar su conciencia ausente firmando cheques y fingiendo que mi madre no se pudre bajo una lápida fría desde que yo era apenas un niño. Crejé entre esquinas oscuras, aprendiendo a golpear antes de ser golpeado, respirando el óxido de los talleres clandestinos y el perfume pesado de las mujeres que solo sirven para calentar una cama vacía hasta que el sol emborrona el horizonte.
No necesito salvavidas, y mucho menos necesito una familia nueva que venga a limpiar la mugre que con tanto orgullo he acumulado en las palmas de las manos. Pero el destino, con su ironía sádica, decidió que era buen momento para sacudir los cimientos de mi maldito imperio personal. Cuando mi padre soltó la bomba de su inminente matrimonio, creí que soportaría el golpe como siempre lo he hecho: con una mueca de desdén y un trago de bourbon quemándome las entrañas. No contaba con el apéndice de esa unión. Una hija. Una sombra extraña que estaba a punto de instalarse bajo mi mismo techo, respirando mi mismo aire, obligándome a mirar de frente todo aquello que juré destruir. Ella no sabe quién soy ni el tipo de monstruo que habita detrás de esta fachada de chico malo, pero va a averiguarlo muy pronto. Y cuando lo haga, ninguno de los dos sobrevivirá al incendio.








