«Te he estado buscando por más de mil años». Parte 1
Davino todavía podía sentir la sangre entre los dientes cuando tomó el primer trago de cerveza.
No estaba muy seguro de qué hacía allí. Nada decía que conseguir un puesto en un barco que lo llevara al «Nuevo Mundo» iba a reducir las persecuciones a las que ya sobrevivía día tras día.
Tampoco necesitaba otra dosis hasta la mañana siguiente, a diferencia de la mayoría de sus compañeros de mesa que, además de discutir cómo, dónde y cuándo zarpar, desviaban ojos hambrientos a cada rincón de la taberna en busca de una presa.
La oscuridad no era un problema, y la bebida en sus sistemas solo hacía la sangre más ligera. Y, a la inmortalidad, mucho más contagiosa.
«Idiotas», pensaba Dav. Así era menos nutritiva, pero no es como si valoraran esa cualidad.
«Inexperimentados», corregiría Supqua si estuviera. Era de los pocos inmortales que podía inmiscuirse en pensamientos ajenos.
No, Dav no podía seguir amarrándose al pasado mientras planeaba una nueva vida, una extensión renovada de esa línea sin fin, o como sea que debiera llamarle.
Habían pasado casi quinientos años y seguía imaginando cómo sería seguir a su lado.
Tenía que escuchar a la lógica (y a cualquiera que hubiera escuchado su historia) y reconocer que nunca volvería encontrar a Supqua.
Aunque, claro, muchos decían que Vinland no existía y, por lo tanto, Supqua tampoco habría podido ser real. Pero lo era, tan real como los colmillos de Eirík. No, de Davino.
Si podía olvidarse del nombre que le asignaron al nacer, podía olvidarse de quien lo convirtió en inmortal.
Siguió bebiendo hasta que un respingo casi lo hizo atragantarse.
O su imaginación se había disparado esa noche por la nostalgia de dejar el continente (poco probable) o la bebida tenía algo que nunca había probado (solía pasarle). Pero en la barra estaba Supqua. O, cuando menos, lo veía parado hablando con el cantinero.
—Dav. Dav. ¡Davino! —reclamó Francisco, jefe del grupo al que más o menos pertenecía desde su llegada a España.
—¿Eh?
—¿Que si estarás en el turno de noche-día o en el de día-noche?
—¿Turno para qué? —preguntó con los ojos fijos en el ser que seguía en la barra y cuyo tono de piel no podía distinguir en la oscuridad.
—¡Davino! —se exasperaron sus congéneres—. Para sobrevivir el viaje, pútrido cadáver, ¿crees que la carabela estará libre de inquisidores?
—Noche-día —respondió. No necesitaba el maltrato para entrar en contexto; pero sí, entendía que todos estuvieran de los nervios por zarpar.
Nada les decía que los católicos los dejarían en paz al otro lado del océano, pero era la vía de escape más rápida.
Davino esperaba encontrar camino al norte una vez que pisaran tierra, a ver si podía llegar a su tierra natal sin tener que esperar otros quinientos años para que alguien lo llamase Eirík. Aunque era poco probable que quedara alguien que supiera su verdadero nombre.
O si de casualidad se encontraba la tierra de Supqua, haría una parada. Tal vez él hubiera regresado allí. Y no había forma de que Supqua se hubiera olvidado de Eirík, ¿verdad?
Siguieron en la conversa, alejándose de los planes y aparentando una seguridad que ninguno sentía. Unos cuantos dejaron la mesa para complacer sus instintos, y Davino se mezcló entre ellos hasta llegar a la barra, donde una versión española del hombre que había conocido en su vida pasada continuaba hablando con el tabernero.
Dav no creía en las rencarnaciones, pero no hallaba otra explicación para la existencia de ese mortal.
—… es que todavía no sé si sumarme —estaba diciendo la reencarnación de Supqua—, tengo asuntos pendientes… —su voz se desvaneció cuando el tabernero fijó los ojos en Eirík (no, Davino. Ya tenía años usando su nuevo nombre), y se dio la vuelta, quedando entre Davino y la barra.
Tenía ojos relucientes, pero mucho más oscuros. Ese marrón meloso de Supqua era irreproducible por la sangre europea, Dav lo sabía bien, aun así, la mirada del desconocido le causó vértigo, sensación poco propia de un ser que podía volar.
—Supongo que puedes olvidar esos asuntos pendientes por esta noche, ¿no? —Los mortales podían llegar a ser entretenidos, siempre y cuando no los espantara primero—. ¿O estás aquí para otra cosa?
Dav acercó sus rostros.
—Porque me parece que no has bebido.
El mortal bajó la mirada para recorrer a Dav, y terminó por subirla para mirarlo a los ojos. No eran los de Supqua, no podían serlo.
—No, no vengo a asaltarte —Sonrió con suavidad. No se arriesgaba a mostrarle los colmillos, pero se ubicó a su lado dándole espacio para huir si era lo que pretendía. Dav le hizo una seña al tabernero, y un minuto después los dejó a solas con dos vasos llenos—. ¿No tomas?
—Llámame Isidoro —dijo y se volteó para dar un largo trago.
Los vasos se vaciaron y volvieron a estar llenos para cuando Dav logró que el mortal bajara las defensas. Pero no parecía intimidado, sino despertaba cosas en Dav que no había probado desde Supqua, antes de ser inmortal.
Isidoro le habló de su familia, su trabajo, cómo todo había cambiado con la movilización a las costas… Dav apenas le prestaba atención. Su voz era mucho más interesante que lo que decía: suave, baja, y se abría camino a través del bullicio de la taberna para llegar a los oídos de Dav, cuya sensibilidad no podía enfocar a voluntad.
El mortal era mejor compañía que cualquiera de sus compañeros, excepto por el detalle de que se le empezaba a hacer más apetitoso que su bebida.
Davino se había inclinado tanto que prácticamente tomaba la cerveza de los labios de Isidoro.
—¿Y qué hay de ti? —preguntó el campesino.
Por poco le dijo que lo llamase Eirík.
—Puedes pensar en mí como…
Cierto, el idioma que usaba ahora no tenía una palabra adecuada para describir a los de su estirpe.
—Si me permites… —Dav afincó sus colmillos en los labios del mortal, no lo suficiente como para reventarlos—… podría hacer que la velada no acabara, y así tendríamos suficiente tiempo para que te lo explicase.
Aunque, claro, tendría que conseguirle sangre pronto o moriría antes del amanecer.
Definitivamente, la cerveza debía tener algo raro. ¿Cómo se le estaba pasando por la cabeza condenar a un pobre mortal a una existencia como la suya?
No le duró mucho tiempo, de todas formas. Isidoro lo besó y Davino blindó sus colmillos con la lengua, un acto que se había vuelto tan instintivo como una vez lo había sido respirar.
Los besos no eran lo suyo. O en realidad sí.
Lo ofuscaban y encendían a partes iguales. No podía concentrarse con su boca tan cerca de la sangre. Sí que le gustaban, y más éste en específico.
Vaya que el campesino besaba bien. Besos tan buenos que los habría inmortalizado.
Y justamente por eso tenía que romperlo. Olvidarse de quedárselo. Alejar la boca del mortal.
Pero no por eso el resto de su cuerpo.
—Vamos.
—¿A dónde?
Lo jaló de la manga, asegurándose de no sentirle el pulso. Aun así, estaba seguro de que podía oírlo. En realidad, oía los de cada mortal en la taberna. Sus sentidos ya alertados eran aún más difíciles de centrar.
Atravesaron el tumulto, pero para cuando Davino llegó a la puerta, entre sus dedos solo quedaba un trozo de tela.
Y amaneció antes de que pudiera encontrar a su mortal.
No importaba.
Iba a quemarse por no haber llegado a su refugio temporal. O lo atraparían e intentarían exorcizarlo y cosas peores. Ya vería cómo llegar a Vinland.
Pero tenía que encontrarlo. Ya había perdido a Supqua una vez. No volvería a pasar.








