Te echo de menos
MÍA
El amor es el principio de todo lo mágico que existe. Es una emoción que no puede expresarse con palabras. Es un sentimiento que nunca se acaba. El amor es una magia muy poderosa que te rescata del infierno.
Alex fue el ángel que me salvó. Con una ternura infinita, me mostró cómo darle a nuestro lienzo pinceladas de amor.
Nuestro amor creó magia.
Eira fue la magia que iluminó nuestro mundo
28 de noviembre de 2018.
Eira está dormidita sobre mi pecho. Llevo horas sin moverme, sintiendo sus latidos mezclándose con los míos. No puedo evitar que se me dibuje una tierna sonrisa, me quedo hipnotizada mirando al amor de mi vida, observando esos mofletes rosados que me muero por besar todos los días de mi vida.
Eira duerme profundamente, llena de paz y por unos instantes, se me olvida que estamos en la UCIN (Unión de Cuidados Intensivos Neonatales), dónde llevamos dos semanas. Nuestra pequeña sufre una neumonía neonatal que está debilitando sus pulmones.
Eira es nuestra pequeña guerrera, se aferra a la vida con fuerza, luchando por sobrevivir.
—Eira ha heredado tu ternura —susurro con una sonrisa, mirando a Álex que acaricia la manita de nuestra princesa. Eira abre sus ojitos lentamente, mirando a su padre con una ternura infinita.
—Es la mezcla perfecta de los dos. —Mi marido besa mi frente con dulzura, haciéndome sentir ese dulce amor que siempre nos ha unido.
Alex se aleja de nosotras y busca en la bolsita de Eira su mantita rosa crepúsculo con un estampado de estrellitas y se la pone por encima con una dulzura que me abriga el corazón.
—¡Aaaaaah! —balbucea nuestra princesa.
No puedo evitar morirme de amor al verla hablándonos en su idioma. Me encanta escuchar esos dulces sonidos que emite. Necesito grabar esos balbuceos en mi memoria.
Esa siempre será mi melodía favorita, su voz.
—Mi muñequita hermosa. —Sonrío con dulzura, mirándola a los ojitos. Acaricio su pequeña manita, memorizando su infinita ternura, deseando que este momento sea eterno.
Eira me mira a los ojos, nuestras miradas se conectan de un modo mágico. No puedo dejar de sonreír mirando a esa pequeña que ha llenado mi vida de luz desde el primer latido de su corazón.
Eira sonríe por primera vez, pintando un arcoíris con colores infinitos, llenando nuestro mundo de luz.
—Te amo, mi princesa eterna. —Beso ese tierno moflete rosado.
—Te amo infinitamente, mi pequeña guerrera —murmura Alex con los ojos llenos de lágrimas.
Miro a mi pequeña enamorada, abrazándola con un nudo eterno en el corazón. Alex acaricia la manita de nuestra niña con dulzura y ella cierra sus ojitos poco a poco, quedándose dormidita.
Un último suspiro y yo siento que todo mi mundo se derrumba.
Eira se ha convertido en nuestro ángel de la eternidad.
Camino abrazada a Alex por Lake View Cemetery con el corazón en mil pedazos.
Ha pasado un año desde que nuestra pequeña extendió sus alas dejándonos paralizados en el tiempo.
Decirle adiós a nuestra pequeña nos ha dejado una herida tan profunda que el tiempo jamás podrá cicatrizar. El día que Eira voló al cielo, se llevó con ella un pedacito de nuestro corazón.
Me faltan razones para conservar la sonrisa, todo mi mundo se ha derrumbado.
La melodía “Te echo de menos” de Beatriz Luengo, le pone voz a mis sentimientos.
♪ Allí donde solo me queda tu abrazo,
persigo las huellas que dejan tus pasos.
Donde tú estés, está mi hogar ♪
Llegamos al viejo roble. Me quedo observando la pequeña lápida de nuestra hija. Tiene una escultura de un angelito con una corona de flores que yo misma creé para ella. Una vez más, leo esa dedicatoria que me rompe el corazón en mil pedazos.
Mi princesa eterna.
No, no estaba preparada para decirle adiós. Ninguno de los dos lo estábamos.
Aún puedo escuchar su tierna risita, ese dulce sonido siempre será nuestra melodía favorita.
Te echo de menos, mi princesa eterna.
Eira Bellamy
22 oct 2018 - 28 nov 2018
«Fuiste nuestra estrella fugaz,
algo mágico y eterno».
♪ Trato de no pensar que no estás a mi lado
y que llorar no te hace regresar.
Fuiste el guardián de todos mis abrazos ♪
Recuerdo esos primeros días como los más dulces de mi vida. Me pasaba horas eternas mirándola dormir en su cunita, llena de paz.
Nunca imaginé que algún día debería dejar marchar a ese pedacito de mi corazón que siempre me ha llenado de luz y que cuando llegara ese momento todo mi mundo se convertiría en una profunda oscuridad. Si hubiese sabido que Eira solo sería un suspiro de amor en nuestras vidas, habría deseado que esos momentos fueran eternos.
Aún puedo sentir su tibio cuerpecito sobre mi pecho, el dulce momento en que nuestros corazones se unieron creando la melodía perfecta. No puedo dejar de recordar su rostro angelical mientras dormía entre mis brazos, escuchando ese sonido que solo ella sabía cómo sonaba desde dentro, los latidos de mi corazón.
En este instante, desearía viajar al pasado y que el tiempo se detuviera en esos momentos eternos que siempre llevaré tatuados en el corazón.
Si pudiera hacer algo para que Eira regresara, lo haría sin dudar.
Prefiero vivir un instante a su lado, que una eternidad sin ella.
Eira siempre se dormía entre mis brazos, amaba ser su cuna. Desearía que esos momentos fueran eternos y permanecieran siempre en la memoria de mi corazón, de donde sé que nadie jamás podrá arrebatarme sus recuerdos. Nunca imaginé que tenerla entre mis brazos por primera vez me iba a enseñar el verdadero significado del verbo amar.
Aún puedo sentir el calorcito de su cuerpo sobre mi pecho, el latido de su corazoncito junto al mío, su respiración relajada mientras emite esos sonidos de bebé tan adorables.
Eira era todo mi mundo.
—Mi pequeña querubín, te echo tanto de menos…
—Eira, siempre serás nuestra luz, una luz que jamás se apagará en nuestros corazones —susurra Alex conteniendo las lágrimas mientras deja sobre su tumbita un ramo de rosas blancas y rosas mezcladas con flores de alelí, que inspiran esa alegría que ya no brilla en nuestra vida.
Acaricio la imagen de mi pequeña, cierro los ojos unos instantes soñando que vuelvo a tenerla entre mis brazos, nuestros latidos se mezclan mientras nos miramos enamoradas como el primer día. Acaricio su carita con ternura y por un breve instante, vuelvo a sonreír al sentir ese dulce aroma a ternura.
♪ Eres perfecto ruido en todos mis silencios ♪
—Mi dulce muñequita, nunca olvidaré el momento en que pude abrazarte por primera vez. El momento más feliz de mi vida. Ese fue el instante en el que comprendí que los ángeles existían, lo supe en cuanto te vi. Entonces, abriste tus ojitos, me miraste y en ese instante, comprendí lo que significaba el amor eterno porque tú, mi niña, siempre serás mi eternidad.
—Mi princesa eterna, encendiste una llama en nuestro corazón que siempre formará parte de nosotros.
Alex no puede controlar sus emociones y rompe en un llanto infinito. Lo abrazo rodeando su cintura, él me aprieta fuerte contra su cuerpo y dejamos que el dolor nos consuma.
La noche cae sobre Seattle. Entro en la habitación de Eira, le acerco a su cunita y cojo el cisne de mi pequeña, abrazándolo contra mi pecho. A través de la ventana, miro el cielo sintiéndome mamá de las estrellas porque ahora mi pequeña es una hermosa estrella que ilumina mi mundo.
Eira se ha convertido en mi estrella eterna.
Necesito buscar su lucecita, impregnarme de su luz, deseando que pueda escuchar mis palabras y sienta que jamás voy a olvidarla. Eira siempre vivirá en mi corazón.
«Nuestra estrellita no estaba preparada para enfrentarse a esta guerra, aun así, ha luchado con la fuerza de una auténtica guerrera hasta su último suspiro».
Las palabras de Alex resuenan en mi mente, reviviendo una vez más el momento más doloroso de mi vida.
Aunque una parte de mí sabía que mi pequeña había dejado de sufrir, mi corazón de madre necesitaba que Eira regresara. Una lágrima se pierde por mi mejilla al recordar el momento en que mi pequeña dio su último suspiro entre mis brazos. Recuerdo ese instante como si fuera ayer, abracé a mi hija sintiendo cómo mi corazón se rompía en mil pedazos. No fue fácil soltarla, sabía que debía dejar que se marchara, pero quería seguir cuidándola, protegiéndola.
Necesitaba abrigarla, sentirla mía.
—No llores, princesa. Me parte el alma verte tan triste.
Alex me abraza acariciando mi cabeza intentando calmarme, pero no hay nada que pueda detener el dolor de una madre que se ha quedado con los brazos vacíos.
—No puedo dejar de necesitarla, es mi pequeña —susurro con la voz rota—. Quiero seguir sintiendo su calorcito en mi pecho. Necesito seguir abrazándola, besándola, protegiéndola.
—Lo sé, cariño. Ojalá pudiera hacer algo para que recuperáramos nuestra luz de esperanza.
—¡Necesito a mi bebé!
—Yo también la necesito —susurra llorando en silencio sin soltarme.
Abrazados, contemplamos cómo esas pequeñas luces parpadean en el cielo. Es como si Eira quisiera que una pequeña luz de esperanza se instalará en nuestro corazón. Ver brillar su estrella, me hace sentirla más cerca de mi corazón.
Alex ve la mantita rosa de estrellitas de Eira en el sillón. Coge la manta que abrigó el corazón de nuestra niña y con un leve suspiro la deja en la cunita, aún conserva el olor de nuestra pequeña.
Miro el brillo de las estrellas, mi marido aparta mi cabello y deja un pequeño beso en el hueco de mi cuello. Sus manos acarician mis brazos y descienden hasta abrazarse a mi cintura. Cierro los ojos unos instantes y, en cuanto lo hago, diviso la mirada de mi bebé. Un nudo familiar se forma en mi garganta.
—Princesa, saca esa guerrera que habita en tu interior.
—Creo que esa guerrera de la que hablas, ya no existe.
—Siempre serás mi guerrera.
Una pequeña sonrisa se dibuja en mis labios, Alex me besa con ternura y no puedo negarme a sentir amor.
Él fue el ángel que besó mis cicatrices. Me rescató de un infierno en el que llevaba años de lucha interna, me enseñó que tras las tinieblas había un hermoso mundo por descubrir.
Apoyo mi frente contra la suya soltando un leve suspiro, siento que nuestro dolor sigue intacto. Alex posa sus manos en mi espalda baja, apoyo mi cara contra su pecho y me impregno de la paz que me transmite su alma.
—Te amo, mi princesa guerrera.
Él es mi fuerza, esa fuerza que me convierte en un ave fénix capaz de renacer de mis propias cenizas.
Siento como si el mundo hubiera dejado de existir, como si todos los relojes del mundo se hubieran paralizado esa noche. Lo único que no se ha paralizado es este dolor que cada segundo se hace más fuerte. Estoy cayendo en un profundo abismo del que nadie me podrá rescatar.
—Quiero que tengamos un bebé —me confiesa dejándome sorprendida. Sé que hay miedo en sus palabras, pero puedo ver brillar la luz de la esperanza en esa mirada avellanada.
—No quiero vivir con miedo a perderlo.
—No vamos a perderlo, vamos a tener un niño precioso que nos volverá locos con sus pequeñas travesuras.
—Un mini Alex. —Alex asiente, lleva sus labios a mi frente y me da un beso lleno de ternura.
Miles de estrellas brillan con fuerza mientras acaricio el collar que llevo alrededor de mi cuello. Una estrella bañada en oro blanco con un diamante en forma de corazón de color rojo pasión. Recuerdo que, junto a ese hermoso collar, había una pequeña tarjeta en forma de corazón que decía: «No importa qué lejos pueda estar, siempre estaré contigo. En esta estrella está mi corazón y en su resplandor siempre estaré a tu lado».








