1 Petrícora
Está lloviendo. Gotas de agua golpean contra el gran ventanal de manera uniforme, como un ruido de fondo. El ambiente se ha vuelto húmedo y frío, el cielo de media tarde lo ha envuelto todo en penumbra sobre el Castillo y por sobre todas las cosas huele a petricor... luego cuando cese la lluvia olerá más.
A todo el mundo le gusta ese olor pero a mí me gusta el pack completo.
Todos mis sentidos se dan un festín con este regalo de la naturaleza y empiezo a pensar que soy adicto a ella. Debería estar haciendo una redacción de no menos de un metro en referencia a la asignatura Historia de la Magia, pero se puso a llover y me acomodé como un gusanito dentro de mi cama y de cara al ventanal.
Lo malo de este momento casi perfecto es que me da tiempo para pensar. Y divagar se convierte en navegar profundo y cuando me doy cuenta me deprimo.
No soy una persona feliz... tampoco infeliz. Tengo mis momentos como todo el mundo y al final solo es cuestión de acumular momentos. Es inmisericorde estar en medio de nada... nunca me permito hundirme, pero tampoco salgo a flote de verdad. Amo a mi familia. Somos toda una marca personal; honestos, humildes y valerosos. Puedo añadir infinidad de cualidades más, pero saltan a la vista. En mi opinión personal son la familia perfecta que todo Mago y Bruja debería tener; cariñosos, comprensivos, genuinos en carácter, entregados, trabajadores… estoy divagando.
Pero si hay un pequeño, casi minúsculo, detalle que los haga no tan perfectos es dar las cosas por sentado. Hacer juicios de valor y adelantarse a tus ideas, gustos y pensamientos por la simple razón de que creen conocerte. No son malintencionados no... no, la honestidad de nuestro carácter es el causante de dicha presunción.
Me he convertido en un maestro del silencio. Más que un Gryffindor debería replantearme el cambio a la casa de los Ofidios que, sin menospreciarlos, saben mucho más de estas artimañas.
Quien calla otorga y yo llevo otorgando desde Quinto curso cuando me hice Prefecto.
Todos asumieron que estaba enamorado de Emily Tyler y yo callé... y seguí la charada, la propicié y aumenté. Ahí comenzó mi caída.
Era joven e ignorante, sin posibilidades de conocerme a mí mismo como se debe. Cuando la situación se alzó por los aires mi mente derivó a otra persona; Jacob. De estar enamorado, seguramente sería de él. No fue un gran impacto ni tampoco una crisis de identidad, simplemente lo descubrí y lo acepté. Mis padres me querrían igual, lo sé. Mis hermanos lo aceptarían, pero no era lo suficientemente estúpido como para sacar a todo el mundo de su error.
El mundo Mágico así como el Muggle, era rígido en sus principios y prejuicioso. Una declaración como esta limitarían mis posibilidades en el mundo real, el futuro de mis hermanos sería escarpado y la sombra de la injuria sobre mis padres perpetua. Yo, más que a mí mismo amo a mi familia y soy leal a ellos. Antes que homosexual o bisexual o lo que sea, soy un Weasley y es por ellos que callo, los silencios son los que no me permiten ser feliz, pero nadie dijo que el amor iba de la mano de la felicidad.
No soy un mentiroso ni un hipócrita, soy una versión distorsionada de mí mismo forzada a actuar por amor a los míos. Todo el mundo que me importa me ama, y otros me aprecian y admiran. Todo el mundo cree conocerme pero nadie, absolutamente nadie, me conoce realmente. El peso de este secreto me acompañará por siempre como si de una disfunción física se tratara. Condenado a sentir la sombra de la tristeza enmascarada en una sonrisa fácil y una seguridad casi real.
He tomado mi decisión y no me arrepiento. No creo hacerlo en un futuro, soy un Gryffindor y somos los especímenes perfectos para las promesas y lealtades. Asumo el sacrificio autoimpuesto y es por ello que me regalo estos momentos de paz donde puedo apreciar el clima. Nadie goza de la lluvia como yo, en sus cinco sentidos. Es mi pequeño vicio secreto junto con la fantasía de un verdadero primer beso bajo ella.
Ése sería el momento perfecto de mi vida. La humedad y el frío haciendo estragos en mi piel, el ruido de fondo como música natural, el agua colándose por mis labios y el olor a petricor mientras unos labios calientes, decididos e impetuosos asaltan los míos. El contraste de sensaciones me fríe el cerebro.
Cerré los ojos y me sumergí en ésa escena irreal y perfecta aligerando un poco el peso de mi anhelo.
En ese cuarto compartido, ahora vacío, me embarqué en fantasías exageradas y deseos lujuriosos bajo las mantas de la cama escuchando la lluvia y sintiendo el frío.
Todo el mundo amaba y admiraba a Bill Weasley, pero nadie, absolutamente nadie me conocía.
Hogwarts; Colegio de Magia y Hechicería.
Torre de Astronomía.
—¡Huye! huye, caperucita roja... —Fenrir visualizaba a su próxima presa como si de un manjar se tratase.
Había tormenta torrencial que golpeaba ferozmente los inmensos ventanales de la torre. La batalla entre ambos se estaba haciendo pesada. Eran dos contrincantes a tener en cuenta. Bill respiraba agitado con la mente en marcha buscando la forma de derrotar al hombre lobo. Muchos de los hechizos habían sido inútiles por los reflejos y la dureza de esa bestia. En más de una ocasión esquivó por lo pelos un ataque verbal sin varita, esto lo descolocó.
El pelirrojo era un gran amante de la defensa contra las artes oscuras y seguía el sistema de estrategia: Defensa agresiva, donde tenía que soportar ofensivas y resistir lo más posible para cansar a su oponente. Sus movimientos estaban destinados a crear el escenario perfecto para generar un fallo en el lobo. Una grieta, una distracción y el golpe final. No estaba funcionando. El lobo seguía sus propios patrones, salvajes, brutales y caóticos. A estas alturas estaba siendo acorralado y cansado, su propia estrategia contra él y lo peor... sin haberse dado cuenta.
—¡Jamás! MONSTRUO —tenía que ganar tiempo y pensar—. Yo no retrocedo ni para tomar impulso.
La risa grave y pedregosa de Fenrir retumbó a la par que un relámpago. Fue definitivamente escalofriante. Bill, ofuscado y confundido, buscaba su varita desesperadamente, pero parecía prodigar magia con las garras desnudas.
—Eres una caperucita roja muy altanera y no soporto a los altaneros. —sus pasos retumbaron cuando avanzó hacia el joven con la sonrisa desquiciada y la mirada ávida.
Un movimiento fluido de varita por parte del rompe-maldiciones creó un haz de luz roja directa hacia el Licántropo. Éste, una vez más, lo esquivó con frustrante facilidad y Bill sintió las uñas de la derrota hundirse en su corazón. El joven retomó la compostura y otra breve batalla se desató.
—¡Ascendio! —recurrió a la simpleza para desorientar al enemigo elevándose por el aire sin destino aparente.
Una mano enorme apresó su tobillo y con fuerza imposible luchó contra el hechizo y lo derribó al suelo, cortándole momentáneamente la respiración. El salto por parte del Licántropo había sido enorme y rápido, sin oportunidad de escape. El pelirrojo jadeó en seco y se ahogó buscando aire, el rostro de la bestia se acercó y lo olió con vicioso deleite. Sus ojos eran dos pupilas agrandadas buscando adaptarse a la penumbra cual depredador, y los iris destellaban en ámbar según diera la escasa luz. Ojos de cazador, ojos de bestia.
Un gran estruendo los desestabilizó a ambos; los cristales se desperdigaron como un manto por toda la estancia, los truenos eran ensordecedores y el aguacero incontenible. La lluvia prorrumpió despiadadamente sobre los dos, bajando la temperatura del lugar y eliminando casi cualquier otro sonido. Era su momento y no lo desaprovechó. Le lanzó un 'Desmaius' con la varita torcida en mala posición, pero antes de darle a la bestia ésta le torció la muñeca y lo desarmó. La varita giró en círculos alejándose de su dueño y con ella, sus escasas posibilidades de vivir.
—¿Sabes? —preguntó la bestia muy cerca de su rostro. El olor a sangre, sudor y mugre golpeó el olfato de Bill— Serías un buen lobo... creo que te voy a transformar.
Ambos estaban calados hasta los huesos, el ambiente helado y el ruido de la lluvia a su izquierda lo inundaba todo. Sus miradas conectaron, nunca dejaron de hacerlo. Fenrir sostenía de la pechera al pelirrojo y observó con detenimiento su rostro; piel pálida salpicada de pecas, pestañas claras surcadas de gotas, perfil agradable y facciones varoniles. Mirada de un claro azul desafiante, pupilas agrandadas y... labios generosos, mullidos y tal vez rojizos atenuados por el frío.
El lobo se relamió imperceptiblemente los labios y desplazó su garra por la nuca del muchacho apresándolo. Lo atrajo unos centímetros hacia él y respiró de nuevo su aroma, el olor del amoniaco provocado por el miedo no pudo opacar el de la tierra mojada, hierba y... algo más.
Bill trabajaba en su mente una salida del férreo agarre del lobo, parecía levemente aturdido y barajó internamente los posibles hechizos que podrían derribarlo. Los intermitentes flashes de luz pintaban sobre el rostro de la bestia un cuadro más terrorífico del que era posible. Lo evaluó y el joven se dejó hacer mientras su olor pestilente lo inundaba. Empezó a odiar el olor de la sangre, el sudor y la mugre adherida en él, pero algo sí que lo reconfortó en ese lapsus de horror y frío; el calor... un calor abrasador que pulsaba en su nuca y en su cuerpo debido a la cercanía del monstruo.
Lo acercó y Bill apretó los puños cuando un hechizo vino a su mente embotada.
—Impedim —sus palabras fueron abruptamente cortadas por unos labios firmes y salvajes.
El calor lo arrasó todo a su paso por encima del pánico que estaba ahí, aturdido y sin poder ni querer corresponder, su boca fue asaltada y en abordaje saqueada hasta el último rincón. El peso de su oponente y la fiereza sobre sus labios lo forzaron a inclinar la cabeza hacia atrás. El agarre de su mano se aflojó y la piel callosa y peluda empezó a masajear su nuca y acariciar su cabello.
Era una boca despiadada que no pedía permiso y lo robaba todo. Sabor a sangre y humedad, ardor y mucho calor con colmillos que herían su lengua y sus labios para después ser barridos con ansias por el apéndice húmedo del lobo. El Licántropo gruñó y la reverberación del sonido viajó por el Mago desde su boca hasta la punta de sus pies, la piel se contrajo aún más y el vello le cosquilleó, un escalofrío de placer lo tenía solidificado en el lugar sin moverse.
Fenrir cambió el ángulo y empezó a tomar especial cuidado para dejar de herirle y juguetear con sus labios, mil tambores de guerra hicieron marcha dentro de Bill, era demasiado para soportarlo. Otro gruñido bajo en su ardiente boca y un brazo rodeando su espalda lo terminaron de derribar por completo. Gimió y no de dolor precisamente, respiró de manera errática y empezó a corresponder.
Apenas dos escasos segundos después, unos pasos sonaron cerca de donde se hallaban y Fenrir cabreado y excitado, rompió el contacto para defenderse. Un error, una distracción y Bill supo aprovecharla para ponerse de pie y conseguir distancia, se deslizó diestramente sobre su varita y recuperó posición de ataque.
El lobo giró de nuevo hacia el pelirrojo y sucumbió al frenesí ante la escena.
—¡¡Tú!! —un rugido partió el aire y se abalanzó sobre Bill dispuesto a matarlo, a convertirlo... a algo.
El garrazo que le asestó derribó al pelirrojo y una desagradable sensación de malestar se alojó en su pecho.
—¡Bill! —se acercaron en pánico al pelirrojo y lo encontraron tendido en el suelo con el rostro destrozado.
Cuando en su momento Fenrir lo atacó, el terror lo paralizó y supo que no había escapatoria. Un dolor lacerante traspasó su cara y cuerpo como un rastrillo al rojo vivo. El grito que profirió fue inhumano. Al caer al duro suelo de piedra y creyendo a la parca cerca, pensó en su amada familia, su hogar de infancia, sus amigos y sobre todo en Fleur.
Estaba oscureciendo y la humedad y el frío calaban en él, el olor de la lluvia le encantaba. Unos labios calientes y firmes bajo ese clima eran el momento perfecto que tan celosamente guardado tenía Bill. Pero lejos de eso, su primer verdadero beso había sido feroz, con sabor a sangre y ardiente.
"Cuidado con lo que se desea, puede ser que finalmente se cumpla, y no del modo en que uno espera"