Siete inviernos

Sinopsis

Siete situaciones en las que dos seres completamente diferentes descubrían de lo que estaban hechos. Fanfic creado para la SukuFushi Week de 2021 (15 de Diciembre - 22 de Diciembre) Prompts elegidos • Día 1: "Aside from him, I truly don't care" • Día 2: Size difference🔞 • Día 3: Domestic • Día 4: Free day • Día 5: Somnophilia🔞 • Día 6: Hanahaki & Sugar daddy • Día 7: Fantasy & Biting • Día 8: Birthday & A/B/O

Genero:
Fantasy/Romance
Autor/a:
Valdemirt
Estado:
Completado
Capítulos:
9
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

Prólogo

Megumi fue cauto y ágil. Puso cada fibra muscular en acción y se guio con todos y cada uno de sus sentidos atentos a los más superfluos detalles. Había salido durante las nevadas —siguiendo las huellas de su padre—, y cazado algunos zorros de nieve pequeños por su cuenta cerca de casa.

Tal vez su error fue alejarse demasiado o tener esperanza de que podría derribar un zorro adulto con sus propias fuerzas, pero la ambición lo cegó y una de sus patas traseras terminó prensada en una trampa para oso.

Abrió sus pequeñas fauces de cachorro y recordó que su padre le había mencionado que nunca hiciera ruido cuando estuviera atrapado. Podía haber cazadores cerca y el sonido los alertaría. Le dijo también que los lobos eran lo suficientemente hábiles para ir en auxilio de los suyos al oler la sangre, así como cautelosos para alejarse de la zona y evitar peligros adicionales si sus narices no reconocían al herido. Sólo alguien de su familia, su manada, tendría el valor y la responsabilidad de acudir en su ayuda.

Al inicio no dolió. Conforme pasaban los segundos y la sangre se deslizaba por el metal, manchando la nieve. El corazón de Megumi comenzó a acelerarse producto del terror y el suplicio de la carne desgarrada y el hueso roto.

¿Y si nadie iba por él? ¿Y si su padre no lo encontraba? ¿Moriría? ¿Allí? ¿En medio de la nada?

Por si fuera poco, era un lobo negro, por lo que camuflarse con el entorno no era una opción.

Un gimoteo lastimero emergió de su garganta cuando intentó usar los dientes y su otra pata trasera para aflojar la trampa. Sólo se hizo más daño, profundizando bajo la piel y levantando un trozo de pelaje.

Se echó. Era muy pequeño para poder usar su forma licántropa y volver a ser humano lo dejaría, aparte de vulnerable, expuesto a morir de hipotermia.

—Oh, qué desafortunado.

Una voz a sus espaldas le hizo ponerse alerta. Volteó en todas direcciones, la respiración agitada, mas no encontró nada.

¿Acaso había alucinado? ¿Sería por la falta de sangre?

Cuando regresó la mirada al frente, se topó con un sujeto que no estaba allí hace unos segundos. Jamás lo escuchó acercarse.

Pegó un brinco, provocando que la trampilla se jalara y lacerara más su pata.

Chilló de forma patética.

—¡A-Ah! ¡Lo siento! ¡Lo siento!

El sujeto movió las manos sin saber qué hacer con exactitud. Acto seguido, se las puso encima, aplastándolo para que dejara de moverse, sin el afán de hacerle daño.

—Debí espantarte, ¿no es verdad?

Megumi analizó al sujeto. Era lo único que podía hacer. Tenía cabellos rosas, los ojos ámbar, la piel muy pálida, no despedía aroma —por eso no lo detectó—, tampoco visualizaba el vaho característico que de su propia nariz sí salía. Sin mencionar su vestimenta poco abrigadora y que sus manos se sentían casi tan frías como la propia nieve.

«¿Acaso es…?»

Había escuchado de los vampiros por su padre. Nunca había visto uno. Se decía que poseían afilados colmillos y ojos carmesí, y que por sus cuerpos no corría ni una sola gota de vida. Básicamente, eran muertos andantes. Unos de un tipo muy peligroso a causa de su libre albedrío y habilidades sobrenaturales; no eran como los ghouls, estúpidos e inútiles; o como los wendigos, que pese a ser más agresivos seguían sin tener raciocinio.

No obstante, ese sujeto tampoco parecía vampiro. Megumi los imaginaba sádicos y espantosos. Él lucía, más bien, amable, como la clase de persona a la que su padre solía estafar en los mercados.

—Voy a sacarte de ahí, ¿está bien?

«¿Sacarme?» Megumi se extrañó. ¿No fue él quien puso las trampas? ¿O no sabía lo que era en realidad y lo confundía con una cría de lobo cualquiera?

—Pero debes permanecer quieto hasta que abra la trampa, de lo contrario te dolerá mucho.

Poco a poco comenzó a levantar las manos, viendo que el cachorro se mantenía en su sitio.

Entonces, abrió los dientes de metal como quien separa la mandíbula de un caimán. De su rostro no resbaló ni una sola gota de esfuerzo. A Megumi le sorprendió la facilidad con la que lo hizo. Si lidiaba con una trampa de manera tan despreocupada, no sería problema que se deshiciera de él, por lo que debía fingir ser un animal más de los que conformaban la fauna y huir.

Se levantó con dificultad, ignorando el dolor. Su pata trasera arrastró, dejando un camino de sangre. No podía moverla. ¡No podía moverla! Se espantó por unos instantes, hasta que reparó en que aún podía sentir el frío que la nevisca dejó a su paso.

La regeneración de los hombres lobo era envidiable; sin embargo, Megumi no sabía por qué no se estaba curando. La sangre que se derramaba no brotaba a chorros como debería, aunque tampoco se detenía. A los pocos instantes comenzó a sentirse mareado. Las patas delanteras se le durmieron y cayó de nuevo, esta vez, junto con sus párpados, que no fueron capaces de mantenerse abiertos.

Perdió la consciencia.

El sujeto de cabellos rosados ignoró al cachorro durante breves momentos en los que se miró las palmas de las manos. Exhibían quemaduras que se extendían por los lugares donde estuvieron en contacto con el metal.

Se acercó a la trampilla para analizarla con cuidado. La parte interior tenía varias runas que evocaban la señal de Yrden, parecida a un reloj de arena encerrado en una estrella de cuatro picos. Los cazadores la utilizaban para lidiar con vampiros y encerrarlos en barreras. Ahora las heridas tenían razón de ser.

Asimismo, un brillo plateado y cenizo cubría los dientes. Sacó un pañuelo y lo pasó por encima. Eran dos polvos diferentes, el de color plata debía ser lo que llamaban «ceniza lunar», una mezcla de limadura de plata con aceite de verbena; el que parecía hollín…

Dirigió su vista al cachorro tendido en la nieve. Se acercó para revisarlo. Lucía bien tieso, pero aún tenía temperatura y respiraba lento. Un animal normal, con una herida como la que tenía, habría muerto en poco tiempo por pérdida de sangre. En cambio, esa cosita no se estaba desangrando. Le movió la pata, se sentía como gelatina y tenía la carne expuesta.

«Ah, un hombre lobo» dijo para sus adentros. ¿Qué otro ser con apariencia canina podía frenar una hemorragia así?

Miró el pañuelo.

«Debe ser ceniza de serbal o tal vez de acónito.» No tenía manera de saberlo, pero era lo único que podía causarle graves daños a un licántropo.

Cerró los ojos y aguzó el oído. A un par de kilómetros se hallaba un grupo de cinco cazadores. Terminarían encontrando al pequeño y vendiéndolo como para pudrirse en oro y nunca más tener que trabajar. Capturar a un hombre lobo con vida era extraordinariamente complicado y sus niños eran un botín único en su clase. Dado que no estaban despiertos aún. Un hechicero capacitado podía convertirlos en esclavos. Los desdichados resultados de ese tipo de experimento eran conocidos como «lobos domésticos» u «hombres perros» por razones obvias.

Cualquiera en su lugar no habría acudido a los cazadores, hubiese tomado la oportunidad para vender al chico, pero él…

Suspiró.

Él era un ser sobrenatural único en su clase. Unos lo llamarían «de buen corazón», otros, «idiota». Dependía del ángulo en que se mirase.

Dobló el pañuelo y lo guardó. La capucha de su gabardina de terciopelo negro era desmontable, así que la utilizó para envolver el cuerpo del cachorro y abandonar el lugar lo más pronto posible.


—Sukuna va a matarme —murmuró frente a su hogar, restándole importancia.

Había ocurrido en anteriores ocasiones; una espada atravesando su pecho, una lanza pasando de costado a costado, una daga desgarrando su cuello, una mano atravesando su torso para arrancarle los intestinos y desperdigarlos por el suelo. La lista era interminable.

Él y su armonioso hermano gemelo residían en un pueblo perdido y olvidado, por donde Dios no pasó ni saltando. Cerca de la mitad de las casas habían sido reducidas a escombros por los ocasionales ataques de ira de Sukuna, el resto estaban abandonadas y se caían por sí solas.

Lo único en pie y con mantenimiento apropiado era el castillo del frente norte, donde encontraron montones de huesos, libros y suministros de gente que pereció durante una gran pandemia. El lugar fue tachado como maldito y la civilización más cercana estaba a cientos de kilómetros. Perfecto para un par de vampiros jovenzuelos en busca de un hogar.

No percibió la presencia de Sukuna.

«Seguro está divirtiéndose por ahí.»

Bajó a la sala de experimentación para colocar el pañuelo manchado sobre la mesa y no perderlo o lavarlo por accidente. Sería útil más tarde. Puso agua a hervir y despertó su sentido del tacto. En cuestión de segundos su pálida piel adquirió el color de un joven sano que rondaba entre los dieciocho y los veinte años.

Más que ser muertos vivientes, los vampiros eran entes sobrenaturales que podían hacer hibernar sus órganos y sentidos a voluntad. Por eso no tenía sentido clavar una estaca en sus corazones a menos que conocieras qué partes de él estaban despiertas o dormidas. En caso de que lo supieras, tampoco te serviría de nada. Siempre y cuando tuvieran el cerebro intacto continuarían «vivos».

Así como con los hombres lobo y muchas otras criaturas, podían ser envenenados, frenados, aturdidos, capturados. Matarlos era un asunto muy puntual.

Retiró la olla de la estufa cuando el agua se calentó lo justo y necesario. Lavó la pata del cachorro con cuidado y la desinfectó previo a vendarla. Después, dejó que esa misma agua hirviera y la vertió en una bolsa impermeable elaborada con el estómago de una oveja, que colocó bajo las cobijas de la cama antes de dejar ahí al pequeño para que descansara.

Él, por otro lado, salió de la habitación, recordando que había salido a cazar al primer animal que encontrara para abastecerse con su sangre. Por esa ocasión debería matarlo, ya que ahora tenía a un ser postrado en cama que seguro necesitaría comida al despertar.


Megumi abrió los ojos. Un inusual cansancio recorrió cada célula de su cuerpo, incluyendo las que conformaban el pelaje y las uñas. Se acurrucó, dispuesto a seguir con la siesta cuando cayó en cuenta de que no estaba en un lugar conocido.

Levantó el hocico para olisquear en busca de algún aroma familiar. Era como si el cuarto hubiese estado cerrado y deshabitado por años donde sólo la madera hacía acto de presencia, también había un toque, casi imperceptible, de hierbabuena y azahar.

Bajó de la cama, sorprendido por el maltrecho estado de su pata.

¿Por qué seguía herido?

Su principal objetivo habría sido huir de no ser por el vendaje. Seguro había sido ese sujeto de pelo rosa. Debía encontrarlo.

La puerta estaba emparejada, así que la empujó con la cabeza. No obstante, fue abierta desde el otro lado. Volvió a chillar al recibir un pisotón en una pata delantera.

¡¿Por qué el universo se ensañó tanto con sus pobres patas ese día?!

El chico de pelo rosa cayó de rodillas al suelo.

¡Woah!

Cargaba una bandeja en ambas manos, por eso no logró ver el suelo. Su contenido apenas se derramó. De alguna manera, logró mantenerlo en equilibrio.

—¡Ah! ¡Lo lamento! ¡No te vi! —exclamó buscando en todas direcciones.

Megumi echó a correr como pudo hasta meterse bajo la cama.

—Espera un poco. —Dejó la bandeja en el piso—. Sal de ahí. Te preparé algo rico.

Se agachó, divisando un par de ojos verde esmeralda entre la oscuridad. Metió la mano, intentando alcanzar al pequeño.

—¡Ah!

Recibió una mordida.

Se puso de pie. No quería parecer rudo, pero no tuvo de otra. Levantó la cama desde la base, por un extremo, con una mano. En un rápido movimiento pescó al animalito del cuero. Éste escondió la cola entre las patas, echó las orejas hacia atrás y le gruñó.

—Sí, sí. Compórtate todo lo huraño que quieras, pero primero come. —Soltó la cama, originando un ruido violento al caer al suelo—. Si quieres curar esa pata tienes que reponer energías.

Megumi comenzó a calmarse cuando le vio sonreír. Era tan… brillante de alguna manera. Giró la cabeza hasta toparse con la bandeja que despedía un olor increíble. En poco tiempo se le hizo agua la boca y, esta vez, el «grrr» provino de sus tripas.

—Soy un excelente cocinero, ¿sabes? —anunció el sujeto, bajando al cachorro cerca de su creación culinaria.

Megumi no se sentía cómodo del todo, pero decidió confiar un poco más en él. Es decir, alguien que te quiere hacer daño no te curaría las heridas ni te prepararía una buena comida.

Dio los primeros mordiscos con calma y no supo si fue el hambre voraz que se cargaba o los instintos de lobo que no conseguía controlar —a veces— en esa forma, pero regresó en sí cuando notó un cuenco vacío volcado mientras terminaba de roer un hueso con el que parecía estar jugando.

El otro chico miraba en su dirección con una expresión de satisfacción, algo bobalicona para su gusto.

—¿Ves? Te dije que era un excelente cocinero.

Tenía ganas de preguntarle por qué no tomaba su forma humana. Sería bueno hablar un poco, aunque quizá una mejor opción sería no presionarlo.

—Por cierto, mi nombre es Yūji. Itadori Yūji.

Megumi respondió con un corto aullido.

Yūji no supo que significaba.

—Encantado de conocerte.


Transcurrieron unos cuantos días en los que ese par se hizo más cercano. Yūji no paraba de hablar. Megumi jamás mostró su forma humana, seguía creyendo que el otro desconocía su verdadera naturaleza y planeaba dejarlo ir cuando sanara por completo, pero su herida seguía abierta y sin signos de mejoría. Yūji debía limpiarla cada día para que no se le infectara. No obstante, aquello no duraría por siempre. Una caótica noche su vida dio un giro, tanto para bien como para mal.

La puerta principal se abrió con toda la delicadeza que una patada podía otorgar. Un vendaval se colocó dentro del castillo.

Megumi se encogió sobre las piernas de Yūji por el frío repentino. Estaban frente a la chimenea y por la altura del respaldo del sofá, sólo Yūji pudo ver a la figura alta y esbelta, envuelta en una gabardina aristocrática color ocre, que dejaba entrever un par de piernas bien torneadas ocultas tras unas botas altas manchadas con remanentes de sangre que la nieve no había alcanzado a limpiar.

—Oh, al fin llegaste —dijo Yūji apenas se cerró la puerta.

Sukuna miró a Yūji con todo el desprecio del mundo aglomerándose en sus ojos carmesí. Tener una o más habitaciones calentándose al fuego sólo podía significar que Yūji había metido al castillo alguna alimaña de sangre caliente.

Sin meditarlo demasiado, sacó una de las dagas que cargaba en la cintura y la lanzó contra su cabeza.

Yūji esquivó con elegancia y una sonrisa orgullosa, producto de tantas veces que eso se había incrustado en su cráneo. Megumi analizó cómo el filo impactaba en una escultura de manera que tenía varias rajadas. Eso parecía ser cosa frecuente.

Esa nueva persona se acercó lo suficiente para ser analizado.

—Qué lindo. Un perrito —escupió Sukuna con ironía.

«Lobo.» Megumi frunció el entrecejo.

—Sí, verás… Hay algo que quiero pedirte —dijo Yūji, sobándose la parte trasera del cuello.

—Me niego. —Con sólo ver la pata vendada ya sabía lo que le iba a pedir.

—Vamos, Sukuna. —Colocó a Megumi en el sofá y se apresuró a ir tras él—. Será tu buena acción del siglo.

—Prefiero seguir acumulando años como estoy.

—No te cuesta nada.

—Tiempo y energía nada más.

—Pero te quedaría a deber un favor.

—Me debes veinte.

—¿Qué te parecen veintiuno?

En esta ocasión, Sukuna tomó una de las hachas empotradas en la pared y la arrojó contra su hermano. Si tenía suerte, le impactaría justo en la boca y no podría hablar por un rato. Por desgracia, golpeó un lateral del sillón, desplazándolo con violencia y haciendo que Megumi saltara con dificultad hacia la mesita frente a la chimenea.

—¡Oh, ya sé! —exclamó Yūji, inventando una conclusión—. Seguro te bastó sólo una mirada para adivinar la naturaleza de la lesión y al ser la primera que el gran y poderoso Sukuna no podría tratar, te excusas diciendo que es una molestia. —Tomó su propio mentón entre el dedo índice y el pulgar, asintiendo—. Sí, eso debe ser.

«¿De qué está hablando este imbécil?» dijo Sukuna para sus adentros.

—Bien, iré a la villa más cercana. Seguro encuentro algún brujo mejor que tú.

Yūji no fue capaz de ir por Megumi y tomarlo entre sus brazos. Sukuna pasó por un lado, rozando su hombro. Agarró al animal por la cabeza y lo levantó.

—Que algo te quede bien claro. Nadie es mejor que yo en nada —remarcó.

—Oye, no lo trates así.

Sukuna colocó a Megumi sobre la mesa. Una de sus uñas experimentó un rápido crecimiento hasta terminar en punta y con un movimiento que los ojos de Megumi no lograron seguir, el vendaje se hizo girones.

La uña regresó a la normalidad.

Al ver el músculo expuesto y oler la sangre, Sukuna supo que se trataba de un hombre lobo. Que no pudiera sanar le redujo la serie de posibilidades, pero lo más importante era averiguar cómo terminó en manos de su gemelo.

Las manadas de hombres lobo no eran muchas ni numerosas. Al ser una especie jodidamente longeva tampoco era común que tuvieran muchas crías. Él contaba con una serie de informantes dedicados y hábiles que no dejaban pasar el nacimiento de uno de esos. Eran su presa favorita. Su propia naturaleza los obligaba a pelear, así supieran que no podían ganarle. Saboreaba el pánico en sus miradas, sus oídos se regodeaban ante crujir de huesos.

Su rostro se desencajó en una macabra sonrisa al imaginar cada escenario posible. Se le hizo agua la boca; los bebés eran un desperdicio, pero los niños un poco más desarrollados contaban con una mayor distribución de líquidos corporales, por lo que no eran un mal aperitivo. Había vuelto saciado de su último viaje, pero la gula no se le negaba a nadie.

Megumi tuvo un mal presentimiento. Se le erizaron todos los pelos del cuerpo y en un abrir y cerrar de ojos adoptó una posición de ataque, ignorando su pata magullada.

Yūji se interpuso entre ambos, dedicando una mirada severa a su hermano. No dejaría que nada le ocurriera al pequeño. Pondría su existencia en juego de ser necesario. Había hecho un gran amigo en ese tiempo y por nada del mundo se arriesgaría a perderlo.

La sed de sangre era sofocante. Pocas veces Megumi experimentó algo similar. Habría cedido a la hiperventilación de no haber tenido antecedentes de ello.

Una risa gutural y maligna, que poco a poco se tornó jocosa y violenta no tardó en resonar por toda la habitación. A Sukuna le fascinaba ver esos ojos en Yūji. Cuando intentaban matarse mutuamente era cuando más vibraba su interior en éxtasis. Sin embargo, otra cosa le intrigaba. ¿Cómo no sabía de la existencia del pulgoso ese? Cabía la posibilidad de que tuviera más hermanos de los cuales no estaba informado. Jugaría al bueno un rato.

—¿De dónde lo sacaste? —Su aura se aplacó con bastante rapidez.

—Me lo encontré por ahí —respondió, encogiéndose de hombros.

«Idiota descartado.» La única opción de Sukuna era sonsacarle algo a la otra alimaña.

—Vuelve a tu forma original.

«No hablo perro» pensó a modo de complemento.

—¿Es necesario? ¿No puedes hacer algo mientras está así? —preguntó Yūji. Esperaba que Megumi tuviera la confianza de hacerlo por su cuenta. No quería obligarlo.

—Es más fácil curar a un hombre lobo en su estado original. Estoy más familiarizado con formas humanas que con bestias mugrosas.

El corazón de Megumi comenzó a bombear como loco. ¿En qué momento…? No, ¿cómo descubrieron lo que él era? Jamás dio pie a ello. Además, ¿cómo es que Yūji también lo sabía? ¿Por qué nunca le habló al respecto? ¿O acaso se estaba burlando de él? ¿Lo vio como una ridícula mascota todo ese tiempo? ¿Y cómo se atrevía ese tal Sukuna a llamarlo bestia mugrosa?

No quería transformarse. Su versión humana era la más vulnerable, pero necesitaba respuestas, además de que parecía ser que el loco podía curarlo.

«No tengo elección...»

A espaldas de Yūji se escuchó algo similar a una tela siendo rasgada. No era más que el pelaje cayendo mientras se formaba y estiraba nueva piel humana.

Ante los ojos de ambos, sobre la mesa, apareció un niño que no llegaría a los diez años, de piel nívea y aporcelanada, los mismos ojos verdes, intensos, que la versión animal poseía, y un cabello lacio, negro y alborotado.

Su mirada era seria, casi monótona, de no ser por la vergüenza que le generaba ser el único desnudo allí.

—Bien, empecemos.

Sukuna no sólo lastimó al chico al sostener su pierna herida para colocarla sobre la madera, dejándolo en una posición aún más vulnerable.

—¡Hey! Shuus, shuus. —Yúji acompañó sus sonidos con mímica—. ¡¿Cómo lo vas a abrir así de piernas?! —Extendió los brazos y se inclinó hacia un lado en un intento de cubrir al niño con su cuerpo—. ¡Está desnudo!

Sukuna retrocedió un paso, divertido.

—¿Y? He visto cosas más grandes que ese par de bellotas. —Inclinó el rostro para buscar el del mocoso—. Dame algo de esperanza y di que tienes frío, ¿quieres?

—¡¿Esperanza de qué?! —Yūji le volvió a cubrir el «paisaje» con su presencia.

Megumi cubrió su entrepierna con ambas manos. ¡¿Cómo logró vivir tanto tiempo alguien sin sentido común?!

Yūji vestía una camisa blanca, una especie de corsé negro y un juego de pantalones y botas iguales a las de su hermano. No tenía nada para cubrir al chico, así que volteó en todas direcciones y fijó su atención en una manta que dejó doblada sobre el sofá en caso de que Megumi necesitase más abrigo.

Con dos dedos señaló sus propios ojos, luego los de Sukuna y viceversa. Se movió con cautela para ir por la cobija. Sukuna aprovechó para relamerse los labios con lujuria y lanzar un beso al niño.

Los escalofríos de Megumi fueron evidentes, así como su cara de asco.

—¡Ya! —Yūji empleó cierta velocidad para envolver el cuerpo de su protegido, de modo que sólo la pierna maltratada quedara al descubierto.

Sukuna se centró en las heridas, era como si la regeneración hubiese sufrido parálisis.

—¿Tienes algún nombre o debería llamarte simplemente roñoso?

Megumi quiso pegarle, pero se contuvo y apretó la cobija en su lugar.

—Megumi.

—Megumi… —Con el apellido podría rastrear su origen y sería benevolente, le daría una bendición como el sagrado alimento que era.

—Sólo Megumi. —Su padre le había comentado que nunca mencionara su apellido o el de su anterior clan y que, bajo ninguna circunstancia, fuese a decir el nombre de él. Era mejor fingir ser huérfano a que las palabras «Fushiguro Tōji» salieran de su boca. Sólo podía pronunciarlas con otros lobos. Con nadie más.

—Muy bien, Megumi Pulgas (será tu nuevo nombre de bautizo, de nada), tienes suerte de haber caído en mis manos. Cualquier otra persona te habría amputado la pierna. ¿O quieres que te la arranque? Así podremos observar tus habilidades de regeneración en vivo y en directo.

La sonrisa de ese tipejo ponía mal a Megumi. Le revolvía el estómago y sentía una incómoda presión en la vejiga.

—Fue por una trampa para oso modificada —explicó Yūji, cambiando el rumbo de la conversación con los detalles—. La señal de Yrden grabada por dentro; los dientes estaban cubiertos por ceniza lunar y otra cosa que no identifiqué. Traje un pañuelo con la muestra. Esperaba que la pudieras identificar.

Sukuna era capaz de curar al chico sin necesidad de saber qué era esa otra sustancia, pero quería divertirse, así que…

—Tráelo.

—¿No vas a bajar al laboratorio? —Se colocó el índice cerca de la comisura de la boca e inclinó la cabeza.

—Sé lo que te digo. Trae el pañuelo.

—Muy bien… ¡Pero no vayas a hacerle nada a Megumi! O si no…

—Sí, sí, sí —interrumpió—. Apúrate.

Por producto de la aleatoriedad, un vampiro puro tenía un poder inherente a sus capacidades físicas. El más fuerte de los hermanos era Sukuna; si no se había deshecho definitivamente de Yūji era porque necesitaba un conejillo de indias.

Ambos poseían una peculiaridad. Yūji era capaz de crear potentes cortes que le permitían enfrentar a varios enemigos a la vez; Sukuna, por su parte, durante décadas creyó tener la habilidad más patética e inútil de todas, era capaz de curar cualquier tipo de herida, deformidad o enfermedad. Dependiendo de la gravedad de la afectación solía terminar más o menos exhausto, el caso de Megumi no representaría el mínimo inconveniente.

Los sanadores eran escasos en cualquier raza, por lo que eran codiciados. En los casos en los que provenían de familias pobres y mediocres, inclusive eran usados como mercancía para salir de la miseria. Con el tiempo se descubrió que ese tipo de seres poseían un maná descomunal con una alta tasa de recuperación. Casi nadie nacía con un cuerpo capaz de soportar esa cantidad de energía.

El ego de Sukuna se inflaba cada que recordaba aquello, así como se decepcionaba al saber que era un poder de porquería. Salvo las contadas excepciones en las que lo usaba para torturar por horas a una presa en específico al no dejarla morir con facilidad, no servía para nada; es más, Yūji lo usaba para salvar animalitos.

El destino era estúpido y la naturaleza se equivocaba. Él debía poseer la habilidad de su hermano y viceversa.

—Aquí está. —Apareció Yūji con pañuelo en mano.

Sukuna se lo arrebató. Sin dar tiempo a que ninguno reaccionara, cubrió con éste la boca y la nariz de Megumi. Con el brazo libre mantuvo firme el cuerpo que, en comparación al suyo, parecía diminuto.

—¡¿Qué demonios estás haciendo?! —bramó Yūji, lanzando un puñetazo directo al rostro opuesto.

Sukuna esquivó, ignorando el ridículo forcejeo del mocoso.

—¿Qué no lo parece? Descubro qué sustancia es lo que esto contiene.

Sukuna se divertía de lo lindo al ver a Yūji desesperado por arrebatarle al chico sin poder atacar en serio por temor a herirlo en el proceso. Cuando el susodicho dejó de moverse, Sukuna lo soltó.

Megumi cayó de rodillas al suelo. Agradeció para sus adentros ser liberado y poder respirar aire fresco. Sin embargo, la dicha duró poco. Su visión se nubló. Unas horribles náuseas lo asaltaron y en lo que dura un parpadeo se encontraba vaciando el estómago con lo que alguna vez fue una rica cena mezclada con jugos gástricos. Se desmayó, la mejilla estampándose directo sobre el vómito.

Yūji lo levantó, limpiando su cara con la manga de la camisa.

—Mira, resultó ser ceniza de serbal —aclaró Sukuna—. Con el acónito habría convulsionado.

La subsecuente risa burlona colmó la paciencia de Yūji.

—¡Sukuna! —bramó desde lo más profundo de su garganta.

Tensó los dedos en garra, como si estuviera a punto de desgarrar algo y lanzó un zarpazo en dirección al nombrado.

Sukuna evadió los cortes invisibles y supo cuán enojado estaba el otro porque la gruesa pared de roca voló en pedazos.


Megumi despertó al día siguiente vistiendo un camisón de lino en color azul que le llegaba a las pantorrillas. Conocía esa cama, era en la que solía pasar la noche con Yūji. Colocó ambos pies en el suelo y notó al instante que podía levantarse por su cuenta.

Tomó el camisón y lo levantó. Logró verse las piernas para descubrir que estaba como nuevo. Ni una sola cicatriz o marca. Por el olor que desprendía su propio cabello pudo deducir que había recibido un baño.

A los pies de la cama encontró ropa perfectamente doblada y una nota que ponía lo siguiente:

La ropa es tuya.

El desayuno está en la biblioteca porque abajo hace mucho frío.

La sala está en reparación.

—Yūji (^▽^)

Megumi se cambió por unos pantalones invernales, botas altas, un suéter de cuello redondo y una chamarra con capucha. Muy acogedor el conjunto. Todo en color negro salvo la chamarra, que era azul marino.

Salió de la recámara para buscar la biblioteca. No sabía que tenían una. Le encantaban los libros. Lástima que casa sólo tenía siete de esos y las hojas habían comenzado a gastarse por lo viejos que eran y la cantidad de veces que los había releído. Su padre le compraba uno por año. Cada cumpleaños sin falta.

Abrió dos puertas desconocidas. Ninguna dio al lugar que buscaba. Luego, se sintió ridículo por no utilizar su olfato para ello. Aún era malo interpolando sus habilidades como lobo cuando estaba en su forma humana, pero para localizar comida nunca le habían fallado.

«¡Lo tengo!» Avanzó a toda prisa cuando detectó el aroma de algo sabroso y en poco tiempo se encontró al pie de una habitación que parecía sacada de un cuento de hadas.

Estanterías repletas de libros por donde quiera que mirase. Sin una sola mota de polvo o suciedad. Su corazón se aceleró tanto, que el otro ser que se encontraba allí lo escuchó fuerte y claro, como si retumbara en sus oídos.

Sukuna cerró el volumen que revisaba en busca de un dato relevante y una sonrisa maliciosa oscureció sus facciones.

«Sería una pena que algo le pasara al chico mientras el otro idiota anda fuera» pensó.

No obstante, algo en él lo obligó a frenar. Era muy extraño que un hombre lobo no fuera capaz de detectarlo en un espacio tan reducido. Se mantendría a la expectativa de lo que el niño hiciera. Si le aburría o resultaba estar defectuoso, se desharía de él de una buena vez.

Megumi ignoró el hambre. Sus pupilas se mantuvieron dilatadas mientras se aventuraban en esa jungla de cuero, pegamento y papel. En primera instancia buscó alguna novela, hasta que más o menos regresó a la realidad y supo que debía aprovechar para indagar sobre vampiros.

Encontró un montón sobre criaturas mágicas y no mágicas, pero nada sobre vampiros.

A sabiendas de lo que buscaría cuando lo vio meterse en la sección destinada a flora y fauna —los gemelos no eran muy correctos agrupando cosas—, Sukuna retiró todos los libros que coleccionaba sobre su raza. Parecía no haberse equivocado.

Megumi agarró con resignación un libro sobre la licantropía. Con sólo revisar el índice descubrió que no había nada que no hubiera visto de su padre o que éste no le hubiese dicho ya.

Una pequeña caminata más tarde y producto de la casualidad, un lomo de color violeta brillante llamó su atención. «Historia de la alquimia» era lo que ponía con letras plateadas. El libro contiguo colocaba «Historia de los elementales» y el siguiente, «Historia de la magia». Y así sucesivamente.

Que hubiera tantos colores como el arcoíris fue lo que llamó su atención, por lo que siguió avanzando hasta que se topó con un libro lúgubre que ponía «Magia de las sombras».

Acercó la escalerilla para bajarlo. Lo revisó sobre el piso, poniéndose de rodillas. «Fundamentos» y «Conjuros básicos» eran los primeros temas. En ellos se describía que, si bien, no era una magia muy poderosa en comparación al resto de artes oscuras, resultaba ser problemática para los oponentes y su efectividad dependía del estado mental y la concentración del conjurador.

Megumi decidió probar. Las primeras lecciones consistían en manifestar animales pequeños o insectos sin ninguna función específica. Su objetivo era iniciar a la persona en el mantenimiento de seres corpóreos hasta que se familiarizase con la sensación.

Siguió las indicaciones al pie de la letra, incluso cerró los ojos para concentrarse mejor. Buscó en sus recuerdos una memoria estable que le sirviera de catalizador y juntó sus manos, haciendo un hueco entre las mismas.

«Abraxas» pronunció para sus adentros, que era la palabra que marcaba en el libro.

Sukuna se mantuvo divertido a la distancia, viendo el proceso de fracaso y desilusión; por desgracia, recibió una dura bofetada mental cuando el chiquillo separó las manos y vio salir de estas a una pequeña mariposa negra que revoloteó en círculos.

«Imposible...»

Era bien sabido que, con excepción de los seres humanos, sólo los druidas y las ninfas eran capaces de manifestar cualidades mágicas.

Los druidas eran raros de encontrar y las ninfas eran casi un mito. Hombres lobo y vampiros eran incompatibles con ese tipo de cosas; los primeros por repeler de manera natural algunos tipos de encantamientos y los segundos porque, bueno, estaban muertos.

«¿Quién carajos es este chiquillo?»

Ahora, más que nunca, sabía que tenía delante a una oportunidad entre el millón y no podía dejarlo escapar por nada en el mundo.

Sin demorar un sólo segundo. Se acercó de manera brusca, quedando en pie detrás del chico.

—¿Divirtiéndote con mis libros?

La mariposa de Megumi se deshizo tras el impacto que le produjo escuchar esa horrible voz. Se levantó de un brinco, sosteniendo con firmeza el volumen contra su pecho.

—¿Nunca te enseñaron que no debes tomar lo que no te pertenece?

—No planeaba llevármelo —replicó con el entrecejo fruncido, a la defensiva.

—Temo decirte que lo que sale de tu boca no concuerda con lo que haces.

En un abrir y cerrar de ojos, usó su velocidad inhumana para situarse detrás del niño otra vez.

—¡Deja de aparecer a mis espaldas!

Cuando Megumi giró, se topó cara a cara con ese despreciable sujeto, quien se había puesto en cuclillas para quedar a su altura. Era la primera vez que podía apreciar con lujo de detalle sus ojos, intensos, carmesí, a juego de aquella blanquecina e inquietante dentadura.

—Si tanto quieres ese libro, te lo daré.

Megumi se emocionó sólo por una fracción de segundo, así que no alcanzó a manifestarse del todo en su rostro.

—A cambio de algo de igual valor —complementó Sukuna.

Las esperanzas del niño se desvanecieron. Llegó con las manos vacías y se iría con las manos vacías. Era obvio que sólo quería jugar con él.

—A diferencia de los humanos, tu raza pulgosa se regenera muy rápido. Y, al igual que tú, yo también necesito comer.

Megumi se llevó una mano al cuello.

—¡No voy a ser tu comida!

—Veo que sí eres capaz de usar eso que tienes dentro de la cabeza. Además…

Hizo una breve pausa en la que el libro salió volando y el chiquillo terminó inmovilizado en el suelo, con Sukuna presionando su pequeño cuerpo.

—Deberías agradecer que estoy siendo amable y te doy un trato más que justo.

Megumi forcejeó sin éxito. Sólo consiguió lastimarse las muñecas, que estaban sostenidas sobre su cabeza. El corazón le iba a mil por hora y no había escapatoria.

—Te propongo algo más aparte de la biblioteca, cachorro.

—No, gracias.

—Es de sabios escuchar lo que otros tienen que decir.

No había forma en que Megumi escuchara a ese tipo, aunque quizá fue más intenso su deseo de tener a su disposición tantos libros, porque una parte de él dejó de resistirse. No por eso su mirada se suavizó.

—Sin importar la situación —continuó Sukuna—, sólo necesitas decir mi nombre y yo acudiré a ti.

—¿Y eso de qué me va a servir?

—Bueno, sabiendo que te gusta caer en trampas para lobo envenenadas, yo diría que te servirá para mantenerte vivo muchos años.

A Megumi no le gustó para nada la forma grave y burlona con la que le dijo eso. Eso sí, debía admitir que tener a alguien como Sukuna de su lado podría ser una buena idea. Preferible tenerlo de amigo, que de enemigo.

—Sólo debo darte de comer, ¿cierto?

—Bueno, quizá necesite algo más… Veremos eso cuando seas un poco mayor.

Megumi asintió de manera casi imperceptible.

—Entonces tenemos un trato.

Una serie de marcas aparecieron sobre el rostro de Sukuna. Megumi mentiría si dijera que no se puso nervioso con eso.

Sukuna le estiró la ropa para exponer su cuello, donde fue lamido y besado durante varios instantes. Sus manos dejaron de ser prisioneras y se aferraron a los costados de la ropa ajena. Su mente divagó. Sintió el cuerpo caliente y le asustó desconocer el por qué respiraba con agitación.

Sukuna debía acelerarle el pulso de alguna manera para que la velocidad de irrigación sanguínea hiciera más fácil y rápido el proceso. Aquello funcionaba con mujeres, curioso que también lo hiciera con el mocoso.

—Ya…

Le escuchó quejarse.

Se reprendió a sí mismo por estar metiendo mano en más zonas de las que debería, desordenado la ropa contraria, succionando una piel tan suave y nívea, plantando marcas rojizas que no tardarían en borrarse.

Era extraño disfrutar tanto de eso… Los niños eran ruidosos, molestos, frágiles y estúpidos, pero ese en específico le gustaba demasiado. Deseaba saber qué tanto podría mostrarle. Lo ansiaba. Lo necesitaba. Y sabía que lo suyo apenas estaba por comenzar.

—No vayas a moverte demasiado, Pulgas. O va a…

—¡Megumi! —interrumpió—. Me llamo Megumi.

Allí estaba de nuevo esa mirada fiera que le arrebataba la sanidad.

—Muy bien, Megumi —susurró contra su oído, lamiendo el lóbulo antes de continuar—. No te muevas o te dolerá.

De un momento a otro, Megumi sintió un terrible ardor. Como si le hubieran clavado un puñal. Tensó los músculos del brazo por reflejo y un grito lastimero brotó de su garganta.

Percibió un leve entumecimiento en la parte baja de la nuca. Dentro de un par de horas se volvería consciente de la marca que había surgido en esa zona, la misma que Sukuna exhibiría a partir de ese momento en la frente; símbolo inequívoco de que tenían un pacto.

Luego de eso, comenzó a costarle trabajo mover los dedos y el dolor se esfumó. En su lugar, un sueño intenso amenazó con cerrarle los ojos y Sukuna supo que debía parar cuando sintió al chico completamente relajado bajo su cuerpo.

—Mierda —musitó, molesto.

Le cerró las heridas a la par en la que se preguntaba cómo pudo haber olvidado que no podía quitarle tanta sangre a un niño. Estuvo a nada de darle una muerte tranquila.


Megumi despertó con dificultad, mareo y dolor de cabeza. Se sentía débil, exhausto. Tomó asiento sobre el sofá en el que se hallaba acostado. No le fue difícil suponer quién lo llevó hasta allí, en especial porque se acercaba hacia él con un vaso en mano.

—Ten.

Megumi lo agarró sin energías y lo posó sobre sus piernas.

—¿Qué es?

Sukuna espero de brazos cruzados.

—Leche. De tu desayuno. —Señaló la mesa con los ojos.

—No huele a leche. —No estaba echada a perder, tan sólo tenía un aroma distinto al que recordaba.

—Qué pena. Tómatela.

Megumi podía ser un niño, pero no era estúpido y recordaba muy bien todas aquellas veces en las que su padre le dijo que no aceptara cosas sospechosas de extraños, ya que no se haría responsable de lo que pudiera suceder.

—¿Qué le echaste?

—Maldita sea —habló entre dientes.

Acto seguido, le arrebató el vaso, tomando un trago de esta. Se la regresó al mocoso después del primer trago.

—¿Satisfecho?

«No» quería responder, pero su estómago protestó y le parecía de mala educación desperdiciar lo que Yūji había preparado sólo para él.

La bebió rápido. Al momento de finalizar la última gota, algo en su cuerpo palpitó con fuerza. Su atención se dirigió a Sukuna, quien se tocó la frente con una mano.

—Bien. Yo tomé tu sangre. Tú tomaste la mía. El pacto está completo. Felicidades. Ahora vamos a aclarar algunas cos…

Interrumpió sus palabras al esquivar el vaso vacío que se dirigía hacia su cara.

Con eso dicho, Megumi concluyó qué era lo que se había bebido en realidad.

—¡Eso fue asqueroso! —Tuvo el reflejo de una arcada y se llevó una mano a la boca.

—¿Te la habrías tomado de buena gana? (Si vomitas, tú limpias)

—¡Por supuesto que no! ¡Qué asco!

—En cualquier caso. —Se señaló la marca en su rostro—. ¿Ves esto?

En lugar de responder, Megumi lo asesinó con la mirada.

—Tienes una igual en la parte trasera del cuello —le comentó.

Megumi llevó la mano a la parte indicada. Se sorprendió al notar que llevaba una bufanda puesta. Era roja con franjas negras.

—No dejes que nadie vea la marca —agregó Sukuna—. Nadie conocido, al menos. A otras personas siempre puedes decirles que es un tatuaje o algo así. Y no des explicaciones, ¿entendido?

—Oh, Megumi —dijo Yūji al pie de la puerta—. ¿Cómo te encuentras?

La desafortunada interrupción obligó a los otros dos a guardar silencio.


Los días en los que Yūji reparaba el castillo, Megumi los usó para aullar —en su forma animal— y saber si su padre lo estaba buscando. En realidad, sólo preguntaba por el paradero de Fushiguro Tōji, pero siempre recibía la misma respuesta de leyenda:

«Se trata de un cazador inigualable que trabajaba para cualquiera por dinero. Vive cientos de kilómetros al suroeste.»

Desde el inicio avisó a los gemelos que estaba pidiendo direcciones para volver con los suyos. Mentir le dejaba un mal sabor de boca… Mentirle a Yūji, al menos. Con otras personas le daba igual.

Una vez que el muro fue reconstruido, Yūji empacó algunas cosas y salió con Megumi para volver a casa. El punto de partida fue el lugar en el que se conocieron. Desde ahí, Megumi intentó volver sobre sus pasos con una tasa de éxito nula, hasta que una noche escuchó un aullido familiar. Traducido al lenguaje humano significaría algo como «¡Maldita sea, Megumi! ¡¿Dónde carajo te metiste?!»

En efecto, ese era su padre.

A Tōji se le pasó el coraje y hasta se rió de él cuando le resumió que se perdió por intentar cazar un zorro.

Gracias al sonido supo qué dirección tomar al despertar y no tardó en encontrar el río —congelado por esas fechas—, que quedaba cerca de casa. De ahí en adelante sería imposible que se perdiera.

Más temprano que tarde, un lobo negro de tamaño descomunal emergió de entre los árboles. Yūji se congeló en su sitio. Nunca lo había visto de frente, pero claro que conocía los rumores sobre un licántropo de ojos verdes y cicatriz distintiva, con excepcionales habilidades para la caza de criaturas sobrenaturales.

—Padre, no adivinarás lo que… —aulló Megumi.

—Hazte a un lado.

El niño miró de reojo a Yūji, a quien Tōji no le había apartado la vista.

—Él me ayudó todo este tiempo. Es mi am…

—¡No te pedí explicaciones!

Yūji no entendía nada de lo que decían por razones obvias. Se limitó a soltar el equipaje. Todo le pertenecía a Megumi; ropa que le regaló, un par de libros, comida para el camino, entre otras cosas.

—Creo que aquí nos despedimos, Megumi —habló bajo, y le dedicó una última sonrisa antes de salir de ese lugar a toda velocidad.

Tōji no dudó en abalanzarse en su dirección para atraparlo. Fue parcialmente detenido por Megumi, quien le mordió la cola cuando pasó por un lado. No lo frenó, mas sí tuvo que detenerse para sacarse al chiquillo de encima con una patada.

Los segundos que perdió fueron valiosos para el otro, pues no logró alcanzarlo ni seguirlo.

Regresó con calma por si encontraba a alguien más de camino. No era usual que un vampiro saliera acompañado o trabajara en equipo, aunque no descartaba la posibilidad. Por algo contaba con peligrosas cicatrices que su cuerpo nunca pudo sanar.

Al llegar a casa, Megumi se hallaba vestido, lavando algunos platos sucios.

Tōji gozaba de excelentes sentidos, por lo que no pasó desapercibido el suave aroma a durazno. Adoptó su forma humana para atrancar la puerta, en lugar de sólo cerrarla como una persona normal.

Acto seguido, olisqueó el cuello de Megumi.

—Apestas.

El chico se cubrió aquella zona con las manos. Por un instante le preocupó que su padre hubiese notado la marca. Lo cual era imposible, ya que usaba un cuello alto y, hasta donde sabía, aún no adquiría la habilidad de ver bajo la ropa.

Por si fuera poco, Tōji notó la ínfima descarga de nerviosismo. Había entrenado a su hijo para no turbarse. Una destreza que podría salvarle la vida en combate. Sabía que los vampiros eran mucho más explosivos e irreverentes dado que estaban muertos y su liberación de sustancias fisiológicas estaba alterada; seguro aquel tipo había estropeado a su muchacho.

—¿Por qué te asustas?

—Estás desnudo —utilizó como pretexto lo primero que se le ocurrió—. Me tomó por sorpresa.

—Eso no solía importarte antes.

Megumi encogió los hombros.

—En cualquier caso, deshazte de esa ropa —indicó Tōji.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Tiene olor.

—Mañana la lavaré. Me aseguraré de que no huela a nada.

Era imposible. Lo sabía. Ellos llamaban «lavar» al proceso de impregnar las cosas con una infusión de hojas y cortezas que los camuflaban con los alrededores.

—¿Y bien? —Tōji se dejó caer sobre una de las sillas cercanas—. ¿Al menos aprendiste algo?

—No todos son tan malos como crees.

Tōji se levantó y puso una mano sobre la cabeza opuesta. Se agachó a la altura de su oído y le habló con una voz carente de cualquier tipo de empatía o emoción, a juego con sus ojos gélidos, desprovistos de brillo y humanidad.

—No dirías eso si hubieras sido tú quien hubiera encontrado el cadáver de tu madre y visto todo lo que esas putas cosas son capaces de hacer.

Megumi lo apartó con un manotazo. Se sacudió el agua y lo encaró.

—¡Él no es así! Y aún si lo fuera… ¡Tú no eres el único que ha perdido algo!

Cruzó la sala corriendo y fue escaleras arriba a encerrarse a su cuarto.

Tōji estaba tan perplejo como Megumi por dentro. Se guardaba muchas cosas para la edad que tenía, incluso había aprendido a restarle importancia y centrarse en sus asuntos, pero por alguna razón, en ese momento sintió una ira irracional.

Ira, tristeza, decepción, dolor, inquietud… Era tanto que quería llorar y al mismo tiempo no podía.

Sukuna jamás le explicó que terminarían vinculados de manera íntima hasta que alguno muriera. No era sólo un aspecto físico, sino también emocional. Ese detalle le permitiría saber a uno cómo se encontraba el otro; era útil cuando una de las partes experimentaba un peligro de vida o muerte, así el otro podría acudir de inmediato como apoyo.

Toda la frustración, el nerviosismo y la incomodidad del niño estaban llegando a Sukuna, quien, en respuesta a que turbaran su paz, se había puesto como energúmeno. Toda esa molestia y odio rebotó hacia Megumi, por eso no sabía por qué tenía tantas emociones mezcladas y difíciles de controlar. La mitad no eran suyas, para empezar.

Tōji no era un padre modelo. No era un lobo modelo ni un humano modelo. Lo único que sabía hacer bien era matar y comer. No obstante, no era un idiota. Sólo era un fallo.

No lo podía remediar, pero mínimo terminó de lavar los platos.


—¿Por qué no lo traes a casa? —preguntó Tōji, después de casi una semana de que padre e hijo no se dirigieran la palabra.

—Porque sería peligroso para un lobo común y corriente —repitió Megumi con fastidio.

Estuvo jugando con un cachorro desde la mañana. Como no se relacionaban con nadie y el pueblo más cercano quedaba lejos, de vez en cuando, Megumi encontraba manadas de animales normales que iban de paso y si estaba de buen humor y el grupo decidía descansar cerca, aprovechaba para jugar con los más jóvenes.

—No hablo de eso.

Megumi lo volteó a ver con una interrogante en el rostro.

—El tipo que mencionaste.

Megumi seguía sin saber de quién hablaba.

—El vampiro que vino a dejarte. —Rodó los ojos y pateó algo de nieve en el proceso.

Megumi abrió los ojos en sorpresa y luego los entrecerró.

—¿Es una clase de trampa?

—Tal vez —respondió con la verdad—. Si tienes razón, te dejaré ir tan lejos como quieras siempre que te acompañe tu amigo fenómeno, pero si yo tengo razón, lo voy a matar —finalizó con un pulgar arriba y una sonrisa.

—Lo pensaré.


Semanas más tarde, Megumi cruzó el río donde se despidió de Yūji por última vez. No sabía cómo regresar al castillo. Conocía más o menos el camino. Como cruzaron una tormenta de nieve, temía desviarse y perderse de nuevo.

En ese instante, a saber cómo lo recordó, pero a su memoria llegaron unas palabras molestas dichas por una persona molesta.

«Sin importar la situación, sólo necesitas decir mi nombre y yo acudiré a ti.»

Sukuna era un dolor de cabeza y también una forma práctica de llegar a Yūji.

—Sukuna —pronunció en voz baja.

Pasaron los minutos y nada. Hasta hizo una cadena de angelitos de nieve, que después enterró.

—Sukuna —no sólo elevó la voz, también levantó el rostro al cielo.

Esta vez, intentó caminar sobre el río congelado. Pasó más tiempo tratando de volver a tierra firme, que divirtiéndose en el hielo.

Intentó por última vez, enojado.

—¡Sukuna! —Puso las manos alrededor de la boca como amplificador improvisado y gritó con todas sus fuerzas.

El eco se perdió a la distancia.

—Estúpido mentiroso —murmuró y se rindió, pateando la nieve.

—¿Quieres dejar de gritar?

Apareció el susodicho a sus espaldas. Cosa que desde lo ocurrido en la biblioteca le sacaba de quicio.

—Ya te oí. ¿No puedes ser tantito paciente? —Chasqueó la lengua—. Mocosos.

—No es mi culpa que seas tan anciano, que no puedas moverte más rápido.

Una venita de molestia apareció sobre las sienes de Sukuna.

—Pedazo de… —Se sobó el puente de la nariz para calmarse. Lo dejaría pasar por esa ocasión—. ¿Y bien? No veo que te estés muriendo ni que necesites ayuda. ¿Para qué me llamaste? ¡Oh! —el ánimo le cambió de manera repentina—. ¡Querías verme! ¿No es así? ¿Tanta falta te hago, encanto?

Se abalanzó hacia el otro para tomarlo entre sus brazos, pero éste se escabulló antes de que lo atrapara.

—Necesito que traigas a Yūji.

La cara de Sukuna se deformó por el más puro hartazgo y, para sorpresa de Megumi, asimiló esa emoción como suya.

—¿Qué clase de broma ridícula es esta? ¿Quieres ponerme celoso?

Megumi lo ignoró. En su lugar, se miró las manos y tocó su propio pecho, buscando algo no corpóreo.

—¿Qué? ¿Tienes pulgas? —bromeó, sintiendo satisfacción por recibir la molestia del chiquillo.

—Bueno, ¿puedes traerlo? —Cambió el tema.

—Seh… Pero no quiero. Si eso era todo lo que…

—¡Dijiste que harías lo que te pidiera! —reclamó.

—Error —corrigió—. Dije que acudiría a ti. No que sería tu esclavo. —Acto seguido le dio la espalda y se despidió con la mano.

—¡Espera! —Aún tenía algo bajo la manga—. Te… Te daré un abrazo.

Sukuna volteó por encima del hombro.

—¡D-dos abrazos! —ofertó de nuevo, esta vez, levantando las manos en posición para recibirlo. No le agradaba mucho la idea, pero el otro tipo parecía apreciar el contacto físico. Su contacto físico.

Sukuna sonrió con las intenciones dudosas que siempre demostraba tener. De un momento a otro soltó la carcajada.

—Oye, oye, ¿qué clase de ridículo orgullo es el que tienes? ¿Qué te hace pensar que un triste abrazo tuyo vale mi desgaste?

Megumi se mantuvo firme y Sukuna acortó la distancia entre ambos, bajando una rodilla al suelo.

—Un beso.

—¡¿Hah?!

—Es eso o una mordida. Tú eliges.

Ambas cosas sonaban fatales para Megumi. Una dolía mucho y lo dejaba inconsciente; la otra, nunca la había intentado. En una situación normal, se habría largado de allí desde hacía bastante; no obstante, tenía algo que probarle a su padre, así que no se echaría para atrás ahora.

Tragó saliva. Colocó las manos sobre los hombros de Sukuna y acercó el rostro lentamente a la mejilla opuesta. No esperó que el otro girase el rostro para quedar de frente. Se detuvo a causa de ello y redirigió los labios hacia la otra mejilla. Sukuna volvió a girarse.

—¿Qué haces? ¿Vas a querer tu beso o no? —Frunció el entrecejo. De por sí perdió la paciencia mientras esperaba.

—Te lo estoy poniendo fácil. Tú eres quien parece no querer darlo. —Inclinó un poco el rostro, divertido con la situación.

Megumi acercó su rostro de golpe al contrario. No sentía la respiración de Sukuna. Un escalofrío le recorrió la columna al entrar en razón y recordar que los vampiros son gente muerta que sigue dando guerra por ahí. Sin embargo, Sukuna no se movió, sólo mostró su sonrisa chesiriana.

Pocas veces había visto a personas que unían sus labios y probó rozando los suyos con los ajenos.

Sukuna lo tomó por sorpresa al ir un poco más allá. Le pasó una mano por los cabellos y le ordenó abrir la boca.

Megumi cerró los ojos al sentir como la lengua de ese hombre se metía en su boca y se enredaba con la suya. Aquello le gustaba y no le gustaba al mismo tiempo, resultado del rebote de emociones que aún desconocía.

Si de él dependiera, diría que no lo odiaba; quería ahorcar a Sukuna la mayor parte del tiempo y por eso resultaba contradictorio no querer responderle con una patada.

Se sentía… suave y algo frío. Similar a comer helado, un helado que producía mariposeo y coloreaba tus mejillas.

Se separaron con lentitud al cabo de unos minutos. Megumi se limitó a desviar el rostro luego de analizar la manera en la que Sukuna se relamió los labios. Por alguna razón le gustó verlo hacer eso. Así como le había gustado el beso.

—No tienes permitido hacer esto con nadie más, ¿entiendes? —habló Sukuna en un toco un poco amenazante.

—¿Por qué lo haría? —Agarró la bufanda y se la subió, cubriendo la parte inferior del rostro.

Imaginarse haciendo eso con Yūji o con su padre… Ugh. ¡Ni hablar!

Sukuna era un bastardo, chantajista, insoportable. No lo dejaría salirse con la suya.

—Tú tampoco tienes permitido hacerlo con nadie más.

Cuando lo dijo Sukuna, sonó a alguien que enseña a un niño sobre el bien y el mal, pero Megumi lo hacía con una mezcla de capricho y algo muy similar a los celos.

—¿Por qué lo haría? —contestó Sukuna, buscando sacar de quicio al otro.

Por desgracia, cuando vio al chico acomodarse la bufanda, no pudo evitar pedir más.

—Ya hice mi parte. Ahora te toca traer a Yūji.

—Muy bien, muy bien. —No soltó al chiquillo ni se levantó—. Pero, sabes algo, Megumi. Últimamente no he comido bien.

—Ah, no, no, no. ¡Olvídalo! ¡Ese no fue el trato!

En un forcejeo que obviamente perdió. Megumi terminó sobre la nieve, inmovilizado. En momentos como ese anhelaba demasiado ser adulto. Cuando se convirtiera en alguien grande y fuerte como Tōji, pondría a Sukuna en su lugar.

—¿Quién dijo que no fue el trato? Evitaste ser mordido dos veces. Te felicito por eso. Eres un mocoso más sabio ahora.

—¡Eres un…! ¡Ah!

Al menos había una ventaja de estar vinculados. Sukuna recibía un poco de su propia medicina al percibir el dolor del chico. También conocía el momento adecuado para parar y no dejarlo inconsciente.

Como pudo, Megumi dio un par de toquecitos a Sukuna cuando comenzó a sentirse mareado y ese fue el momento de parar.

Las heridas de Megumi comenzaron a cerrarse gracias a la regeneración propia de su raza. Se acomodó la ropa de mala gana.

—El mocoso salió desde ayer —explicó Sukuna—, así que vuelve aquí en tres días.

—Vale.

Megumi volvió a casa con un hambre tremenda.


Pasaron los tres días y, tal y como prometió Sukuna, ambos aparecieron en el lugar indicado. Por razones obvias, Sukuna se largó de allí. Él sólo haría que los mataran a todos. Su personalidad era horrenda y se prestaba para eso.

Yūji desconfió al inicio. Se calmó un poco cuando Megumi le explicó la situación. Para buena suerte, Tōji salió temprano por la mañana, por lo que ambos tuvieron el tiempo suficiente para aclimatarse y pasar el rato.

Cuando el susodicho volvió, no se acercó sin más a saludar. Se mantuvo atento a la distancia, analizando el comportamiento de los dos. Por largo rato no hicieron más que subir una colina nevada y deslizarse trineo abajo; una y otra vez.

Se mostró renuente al inicio, pero la sonrisa de aquel fenómeno de pelo rosa le causó una nostalgia inenarrable. Le recordaba a alguien que no volvería. A un espacio que entre más crecía, más dolía.

Megumi parecía divertido. No sería el señor sonrisas, mas su rostro lucía sereno y despejado. Quizá… Quizá su muchacho tenía algo más en mente…

Sacudió la cabeza.

«Imposible.» Seguro sólo eran alucinaciones suyas.


La situación se volvió incómoda al hacer la primera presentación. Yūji luchaba por mantener una buena cara frente a alguien potencialmente letal. Tōji, por su parte, no hacía nada respecto a su rostro serio y apático.

Fue gracias al empujoncito que Megumi dio a una de las piernas de Yūji, que éste se atrevió a hablar.

—¡Buenas! —extendió la mano de manera casi mecánica, tanto, que escuchó a sus articulaciones rechinar—. ¡Mi nombre es Itadori Yūji! ¡Y me gustan las chicas con un gran trasero!

Megumi se golpeó la frente. Tōji soltó un bufido a modo de risa y en lugar de estrechar su mano a modo de saludo, le puso sobre la palma una pequeña bolsa de tela que contenía algunas hierbas.

—Restriégalo en tu cuerpo. Apestas a durazno.

Entró a la casa sin mediar una sola palabra más.

—Bueno, fue mejor de lo que esperaba —comentó Megumi.

Tenían un plan B por si las cosas salían mal. Como todo resultó decente, seguro que el resto ayudaría a sumar puntos. Megumi vivió de primera mano las habilidades culinarias de Yūji, por lo que no existía posibilidad de que su padre no cayera por eso también.

Más tarde, pese a que Tōji comió en cantidad descomunal, su humor era el mismo que de costumbre. No obstante, Megumi supo que Yūji pasó un primer filtro cuando, antes de caer la noche, su padre aseguró puertas y ventanas, comunicando que caería una tormenta y que no aceptaría ver nada abierto hasta el día siguiente. Lo que significaba que la sanguijuela chupasangre se quedaba.

Transcurrieron varios días. El clima no se aquietaba y Yūji no estaba preparado para pasar tanto tiempo sin comer. Creyó que sería cosa de un día o dos. De regreso al castillo podría cazar algún animal. No se comparaba a la sangre humana, pero era una buena alternativa. Lo había mantenido con vida durante décadas.

En definitiva, no podía mantenerse mucho más tiempo en esa casa. Tampoco es como si fuera a perder el control por falta de comida; lo que sí, podía tener comportamientos extraños y difíciles de explicar.

Tōji no era ciego y en más de una ocasión notó el cambio de color intermitente en los ojos de su inusual inquilino, amén de otros detalles, como cuando se hacía bolita a medio día en un intento por guardar energía.

—Megumi —llamó al chico, que se encontraba tumbado sobre la gran alfombra de la sala, cerca de la chimenea, revisando un libro negro—. Quiero que vayas a tu habitación y te encierres un rato.

Petición extraña, pero que no reprochó.

Colocó un separador entre las páginas que leía y se adelantó al sofá para despertar a Yūji.

—No hace falta —dijo Tōji—. Déjalo ahí. Necesito hablar con él cuando despierte.

Las sonrisas de su padre siempre hacían a Megumi sospechar. Además de que le recordaban a cierto gemelo insoportable que llevaba bastante sin ver.

—¿Qué vas a hacerle?

—Nada, nada. Tendremos una simple charla de adultos.

No se fio de la explicación. Subió, pero no cerró la puerta de su cuarto. La dejó entreabierta para bajar de inmediato en caso de que algo se salera de control.

El lado positivo fue que no ocurrió nada grave. De paso, aprendió una valiosa lección: nunca más dejar las puertas abiertas durante la noche. Una de las razones eran el par de calenturientos de la sala; otra de ellas era Sukuna, aunque eso lo viviría dentro de unos cuantos años.

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