Justicia
Luego de derramar lágrimas, sudor y sangre, al fin llegó a aquel sitio que por meses lunares buscó. Era tal cual se lo habían descrito: sombrío y brillante a la vez, como si la muerte y la vida coexistieran amigablemente.
Madeleine cayó de rodillas frente al fluorescente río. Una calma inmensa la arrulló por unos breves segundos, porque había logrado su objetivo: hallar el nacimiento de aquel milagroso manantial violeta, la fuente vital de todos los pueblos.
—Realmente creí que morirías en medio del trayecto —le dijo una silueta oscura a su lado—. Tu persistencia no los salvará.
—¡Estas aguas le pertenece a mi pueblo, a todos! —le gritó, desenvainando su espada tan dorada como su armadura—. ¡Bloqueaste su curso natural y por tu culpa los habitantes están muriendo!
—En este mundo hay intereses muchos más grandes que sus insignificantes vidas —mencionó sarcástico el hombre de fría armadura gris.
—Si he llegado al nacimiento de esta fuente bendita, conseguiré lo que me propuse, te guste o no —lo desafió la joven mujer, sin rastro de temor en su semblante.
—Desearás no haberte cruzado en mis planes —la amenazó, levantando telepáticamente decenas de cuchillas alrededor de la joven.
—¡Y tú desearás no haber traicionado a mi familia!
Madeleine contrarrestó con su espada los filosos ataques y, a la vez, esquivó el resto de las cuchillas con ágiles movimientos. Ella conocía cada uno de sus trucos, porque él mismo la entrenó. Ocho años solares marcaba la diferencia entre ambos y ahora algo peor que la edad los distanciaba: sus ideales.
—¡¿Cómo pudiste, Ghael?! —le recriminó con cada estocada que él respondía con precisión—. ¡Eras el héroe de un pueblo que ya casi no existe por tu propia ambición!
—¿Sigues culpándome por esa peste? ¿Crees que soy el único responsable de todo esto? —preguntó insistente, con su espada platinada tan cerca que podía rebanar el cuello de su contrincante.
—Claro que lo eres —lo encaró, temblando de impotencia.
—Se lo advertí a tu padre, pero jamás me escuchó. A él no le importaba prevenirla, Madeleine. ¡Le convenía que su pueblo enfermara!
—¡No es cierto! —gruñó, atacándolo de nuevo.
Un certero golpe en sus costillas izquierdas fue suficiente para que la joven cayera al suelo, sin oxígeno que respirar. Ni la armadura la protegió. En ese momento, supo que Ghael todavía no la mataba simplemente porque no quería.
—Vives ciega, porque lo amas. Es tu padre. Lamento que él no sea lo que aparenta. —Se inclinó a su lado, quitándose el casco.
—Tú te corrompiste, no él… —lo interrumpió, comenzando a llorar al recordar ese momento.
—No, él se corrompió antes que yo y esta fue mi manera de detenerlo.
—¡Cállate, vil mentiroso!
—¡Iba a vender el manantial! —Se puso de pie, furioso—. Cuando supo de la peste y que solo esta agua la curaba, iba a hacer negocios con ella. Solo los adinerados tendrían acceso a su fuente curativa ¿y los demás? Ahora nadie la tiene y a eso se debe su desesperación.
—No —sollozó, poniéndose de pie lentamente—, tú desviaste el cause natural porque…
—¿Por qué? —le preguntó cuando ella dudó estando justo frente a él. Como Madeleine no habló más, Ghael continuó—: No tuve opción. Él simplemente iba a usar la peste como excusa para deshacerse de quienes están en su contra, de los “miserables”. Créeme. Cuando supe de su plan, tomé mis propias medidas.
—¡Debiste decirme! ¡Eres un desconsiderado! —exclamó rabiosa, dándole la cachetada de su vida—. ¡Soy la heredera! ¡Merezco saber la verdad y no que tomes decisiones estúpidas tú solo!
Debió reclamarle por el golpe, mas se contuvo. En parte sentía que lo merecía, que personas inocentes habían muerto por intereses ajenos al valor real de las vidas afectadas. Él no era inocente, pero al menos deseaba ser justo: que el mismo rey sufriera en carne propia lo que quiso evitar cobrando sin criterio alguno.
—¡¿No entiendes todo el daño que provocaste?! ¡¿Todo el caos que existe?!
—Fue la única manera que tuve para intentar que tu padre entrara en razón.
—¿Y jamás se te ocurrió pensar en mí? —lo criticó, todavía con el corazón roto por su partida.
—Eres fuerte. Sabía que podrías con todo esto, aunque me sorprendió verte llegar aquí. Te enseñé bien. —Sonrió orgulloso.
—De admirarte cada día, pasé a odiarte cada segundo. Tantas muertes innecesarias, Ghael. ¿Por qué? —se lamentó de nuevo, sin desear seguir con la pelea entre ellos.
—Preferí que me odiaras por esto a que tu padre envenenara tu mente con invenciones sobre mí. Cualquier historia creada por él me deshonraría para que yo no contara su secreto. Él quería alejarme de ti. Sabía que hablaba en serio, que diría toda suerte de barbaridades para hundirme. Si me odias, que sea por una cruel verdad y no por una mentira.
—Libera el río, por favor —suplicó fervientemente ante su perfil. Entonces se quitó el casco y tomó su mano. Mirándolo a los ojos, añadió—: Si es verdad lo que me dices, haz que el río vuelva a fluir con plena libertad. Dale vida a tu gente y derrocaremos juntos a mi padre.
Aquel hombre observó en la púrpura penumbra cada detalle de aquel hermoso perfil de niña que se había convertido en mujer. Él la amaba, aunque nunca alcanzó a decírselo. Solo el rey lo notó y lo condenó por ello. Ahora comprendía que ella estaba en lo correcto; debió buscar su consejo.
Ghael caminó un lapso de tiempo considerable rodeando el manantial. Madeleine lo persiguió.En ese momento, ella vio el cause principal obstruido por enormes rocas.
—Hazlas pedazos. Tú eres la nueva heroína ahora —la alabó Ghael.
—Lo haré y luego vendrás conmigo. Delataremos a mi padre y me ayudarás a tomar el poder, ¿de acuerdo?
Las palabras de la joven eran firmes y de gran convicción. No obstante, Ghael la conocía muy bien. Siempre logró discernir en ella las intenciones tras sus irrefutables opiniones. Le bastó contemplar esos duros ojos turquesas para reconocer a una pequeña decepcionada de su mayor ejemplo a seguir.
—Por supuesto. Serás una excelente gobernante. Y no temas por lo que el pueblo pueda decir sobre mí. Merezco que me odien.
—Tener tan altas expectativas solo hará que te avergüences de mí cuando me equivoque —admitió desanimada, aunque debía estar feliz de ver el río fluir otra vez.
—Jamás cometerás tanto errores como yo —murmuró a su lado, deseando intrínsecamente su perdón.
—Quiero a mi héroe de regreso —solicitó con esa benevolencia que solo le demostraba a él.
—¿Crees que eso sea posible? —preguntó inseguro, y Madeleine volvió a esbozar una sonrisa generosa—. Lo intentaré. De todos modos, haremos justicia. Lo prometo.