The Mistakes We Make
Hannah
«Tienes unos pies espectaculares; además, saben deliciosos». Sergio Bianchi, un hombre italiano corpulento, gime mientras pasa la lengua por el empeine de mi pie. Si hace un año me hubieras dicho que acabaría dejando que gordos italianos se corrieran chupándome los pies, me habría reído en tu cara.
No es el rumbo que imaginé para mi vida. Pero cuando tienes un hijo de tres años que depende de ti, no hay nada que no hagas. De ahí mi situación actual. Ahora probablemente te preguntes: ¿qué hago yo para que los hombres me toquen los pies?
Hola, soy Hannah McKay, también conocida como Chastity. Y si no lo has adivinado ya, soy escort. Trabajo para una agencia de lujo en Nueva York llamada Exclusivity. Es la mejor de las mejores. Los clientes son hombres respetuosos, bien vestidos, pulcros, educados y cultos de entre veinticinco y cuarenta y cinco años. La mayoría son agentes de bolsa de Wall Street, abogados, directores ejecutivos, gestores de fondos de inversión y altos ejecutivos.
Muchos son solteros, pero de vez en cuando te toca un cliente casado. Algunos solo buscan compañía. Otros quieren una chica joven y guapa que luzca bien de su brazo en galas y eventos de empresa. Algunos pueden verme con mi vestido rojo ajustado que termina a mitad del muslo y mis Manolos de doce centímetros y pensar que soy una prostituta. Nada más lejos de la realidad. Verás, hay una diferencia. Las prostitutas cobran por follar con hombres, mientras que las escorts tenemos la opción de elegir. Una de las razones por las que trabajo para Exclusivity es precisamente por esas opciones.
No soy virgen. Después de todo, tengo un hijo. Así que, obviamente, no soy ninguna santa, pero no pienso follar con un hombre por dinero. Exclusivity contrata chicas para cubrir todas las necesidades que un hombre pueda desear. Compañía, sexo o, en el caso de Sergio, fetiches. Yo marco las casillas de compañía y fetiches. No me importa complacer a un hombre con pies en la cabeza. Pero pongo el límite en eso de disfrazarme de gata o que me encierren en una jaula para la gratificación sexual de un hombre. Sí, he oído historias de terror de algunas de las otras compañeras.
Lo cierto es que nunca vi mi vida yendo por este camino. Era feliz hasta que Fletcher Remington apareció.
Tres años antes
«Hannah, necesito que vayas a la mesa cinco. Milani se está cagando viva en el baño otra vez. Necesito que la cubras». Mario, el dueño de Barbetta’s, un popular restaurante italiano, me grita mientras me encaja una bandeja de tiramisú en el costado. Milani es una italiana de ciento cincuenta kilos y cuarenta y tantos años. Es una mujer encantadora, pero te juro que solo come comida picante. Por eso se pasa la mitad del turno en el váter. Y me deja a mí para cubrirla. Oye, no me quejo. Son más propinas para mí.
Empecé a trabajar aquí en Barbetta’s hace seis meses. Es un pintoresco restaurante italiano situado en el distrito de los teatros de Nueva York.
«Joder, tía, ¿por qué siempre te tocan a ti los magnates sexys? Mientras yo estoy aquí atrapada atendiendo a estas amas de casa aburridas que no tienen nada mejor que hacer que rajar de las putas con las que se acuestan sus maridos», dice Dana, poniendo los ojos en blanco.
Conocí a Dana Davidson hace seis meses, cuando empecé a trabajar aquí. Es toda una caja de sorpresas. Con su larga melena pelirroja, sus ojos verde brillante y su cuerpo esbelto, tiene a todos los hombres pendientes de ella. Yo soy lo que considerarías normal. Pelo castaño chocolate, ojos verde oscuro y demasiadas curvas para mi gusto.
Mis ojos siguen la mirada de Dana hacia la mesa cinco. Dos hombres de negocios con aspecto impecable están enfrascados en lo que parece una conversación intensa. Ambos gritan dinero y poder.
«Han, ¿sabes quién es ese?», chilla Dana con emoción señalando al hombre de pelo castaño rizado. Me entran ganas de pasar los dedos por su pelo mientras él lame cada centímetro de mi cuerpo. Ni se te ocurra, Hannah. Un hombre así nunca se fijaría en una mujer como yo. Va vestido con lo que parece un traje de Armani. ¿Son esos zapatos de vestir de Gucci?
Al mirar hacia abajo, veo mi blusa blanca manchada de salsa de tomate, que una niña pequeña me salpicó en la mesa anterior. La llevo con una falda de tubo negra que compré en una tienda de segunda mano de la ciudad. Mis Vans blancas están sucias de tanto estar de pie durante horas. Llevo el pelo recogido en un moño. Y estoy bastante segura de que tengo comida en él. Sí, soy un desastre.
Miro a Dana con cara de confusión. «¿Es alguien importante o qué?». Espero a que me lo explique, pero echa la cabeza hacia atrás y se ríe. ¿Qué hace tanta gracia? Sus ojos se posan en mi blusa manchada. Antes de que pueda decirle nada, mete los dedos en los tres botones superiores. Y los arranca en el proceso.
«Al menos enseña un poco de escote. A esos dos les encantan las tetas. Y tía, tú tienes unas perfectas. No las escondas. Deja que respiren esas bellezas. Ahora ve a por todas, guapa», dice Dana, mientras se aleja no sin antes darme un buen azote en el culo.
Con el tiramisú en la mano, me dirijo a la mesa cinco. Dios, son aún más guapos de cerca. Estoy a unos diez centímetros de su mesa cuando tropiezo con mis propios pies, haciendo que el tiramisú salga volando por los aires. Y aterriza justo en el regazo del sexy magnate. Me cago en todo.
Su socio, sentado al otro lado de la mesa y que parece rondar los cuarenta, empieza a reírse a carcajadas ante esta situación tan humillante. Qué gran primera impresión, Hannah. «Señor, lo siento muchísimo», murmuro nerviosa.
No voy a llorar.
«¡Pero qué coño haces, mujer! Mira por dónde co...». Al levantar la cabeza, sus palabras se cortan y sus ojos recorren mi cuerpo. Le gusta lo que ve porque su mirada se suaviza. El dueño, Mario, elige este momento para correr hacia allí con un paño de cocina elegante en la mano. Grita algo en italiano. No estoy segura de qué. Empiezo a ayudar, pero Mario hace un gesto con la mano.
«No pasa nada. Un poco de tiramisú encima de alguien nunca mató a nadie», dice el dios del sexo de ojos azul oscuro con una sonrisa.
«Podría compensar este pequeño numerito vergonzoso lamiéndotelo de la polla, Fletcher», dice su arrogante socio soltando una carcajada.
Mis mejillas arden ante la sugerencia. El hombre al que ahora conozco como Fletcher sonríe con suficiencia. «No, preferiría ser yo quien se encargue de lamer». No puedo evitar sentirme húmeda entre las piernas.
«Hannah, ve a por otro tiramisú». Cuando estoy a punto de obedecer al dueño, Fletcher me agarra de la muñeca.
«Hannah. Un nombre precioso para una mujer preciosa. Olvídate del postre. Puedes compensármelo dejando que te invite a salir». Se levanta, se inclina y me besa la mejilla suavemente mientras desliza una tarjeta de visita en mi mano. «Mi número está al dorso. Llámame; te prometo que no te arrepentirás».
Ojalá esas palabras fueran ciertas. Debería haber hecho caso a mi intuición. Aceptar esa tarjeta de visita fue mi primer error, y no sería el último cuando se trata de Fletcher Remington.