EROS

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Sinopsis

Zack, un pobre desgraciado que tuvo la mala suerte de conocer a las personas equivocadas, estar en el lugar equivocado en el momento menos indicado. Pero, todo esto cambiará al conocer a Jack, un chico peculiar, y Gina, una joven huérfana que es adoptada por su familia, los Andersten. Junto a ellos ¿Conocerá el amor, el odio, la traición, la lujuria? ¿o tal vez solo la oscuridad de su propia mente?

Genero:
Erotica/Romance
Autor/a:
_Susje_
Estado:
En proceso
Capítulos:
12
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

ZACK

Era un día cualquiera, de esos en los que el sol entra sin pedir permiso, las aves cantan como si tuvieran algo que celebrar, y todo parece estar en su lugar. Me encontraba en mi habitación, tirado frente a la pantalla, metido en los videojuegos, sin pensar en nada más, nada me molestaba, nada me preocupaba.

Un día tranquilo… sin tareas, sin drama, sin gente jediéndome por cualquier tontería. El tipo de día que parece diseñado para no sentir nada, solo para existir mirando una pantalla. Eso me gustaba, mi vida iba en piloto automático, sin sobresaltos, sin emociones. Todo estaba bien…o al menos, eso creía.

Porque, cuando todo parece perfecto, es cuando el mundo decide darte una patada en los huevos. Tocaron la puerta, justo en el peor momento, estaba en la parte más jodida de la partida, con los dedos sudando y el corazón acelerado. Me molestó, me levanté rápido, con ganas de gritarle a quien fuera que no tenía tiempo para estupideces.

Abrí y me quedé en silencio…frente a mí estaba parada una chica de unos catorce años tal vez, no se le veía mayor. Su piel blanca, mirada firme, cuerpo que te dejaba sin aire… no era alta, quizás de un metro sesenta, pero sus piernas parecían esculpidas por los dioses. Tenía curvas que gritaban atención: delantera generosa, trasero perfecto. Parecía una muñeca, una modelo, una fantasía que no debía estar en mi puerta. Era de esas chicas que solo vivían en mi imaginación, ayudándome a llegar al clímax en esas frías noches.

Me costó procesarlo, no sabía si era real o si mi cerebro me estaba jugando una mala pasada. Nunca había visto a alguien así en frente de mí, un escalofrió recorrió todo mi cuerpo, eso me jodió más de lo que debería, porque si algo tenía claro, era que las mujeres hermosas eran un problema. Presumidas, arrogantes, crueles. Lo peor que puede tener un ser humano, pero siempre pasado por alto por ser una cara bonita. En mi experiencia, todas ellas eran víboras disfrazadas de princesas, esperando el momento justo para morderte y dejarte pudriéndote por dentro. Y esta, por muy perfecta que se viera, de seguro era igual o peor.

—Zack, te presento a Gina, se quedará con nosotros a partir de ahora. Trátala bien, será como una hermana para ti —dijo mi padre, con esa sonrisa estúpida que pone cuando cree que todo es fácil.

¿Trátala bien? ¿Así de simple? ¿Como si meter a una mujer en mi casa fuera como adoptar un gato?

No dijo más, solo se quedó ahí, sonriendo, como si no tuviera ni idea de lo que estaba haciendo. Como si no supiera lo que significaba para mí tenerla cerca. Como si no recordara lo que las mujeres me habían hecho.

Siempre estuve solo, sin hermanos, sin novia, sin nadie que me entienda. Las pocas chicas que conocí fueron un asco: vanidosas, frías, crueles. Expertas en jugar contigo, en reírse de tus debilidades, en hacerte sentir menos. ¿Para qué querría vivir con una? ¿Para repetir la misma mierda?

Las mujeres solo traen problemas, te miran como si fueras inferior, te usan, te desechan. Y ahora una va a vivir conmigo. En mi casa, en mi espacio…como si eso no fuera una bomba a punto de estallar.

—Está bien, pero no la quiero cerca de mí —solté, y cerré la puerta sin aviso.

Pero justo antes de que la puerta se cerrara, Gina habló.

—No te preocupes, Zack, no necesito que me quieras cerca— dijo decidida, mirándome a los ojos.

Su voz era suave, pero tenía filo. Me quedé quieto por unos segundos, con la mano aún en el picaporte. ¿Cómo carajos pasó esto? ¿Por qué tiene que vivir en mi casa? ¿Qué clase de broma enferma es esta?

Todo va a cambiar, lo sé, ya no podré caminar en calzoncillos, ni usar el baño cuando quiera, ni tener mi espacio sin que alguien lo invada. Solo pensar en eso me revienta la cabeza, me estresa, me jode.

Discutir con mis padres no sirve de nada, cuando toman una decisión, es como hablar con una pared. No escuchan, no ceden, solo sonríen como si supieran lo que hacen. Así que no queda otra, solo resignarme, tragarme el fastidio. Aceptar que mi vida tranquila acaba de irse al carajo y todo por esa mujer que no conozco.

Volví a sentarme frente al juego, pero ya no podía concentrarme. La imagen de Gina seguía ahí, metida en mi cabeza como un virus. Cada vez que parpadeaba, la veía. Cada vez que respiraba, la sentía cerca.

Mi cuarto era lo único que me quedaba, mi refugio, y ahora ni eso era seguro. Ella estaba ahí, en la otra habitación. Respirando, caminando, tocando cosas que no eran suyas.

No quería tenerla cerca, no quería verla, no quería pensar en lo que había sentido al mirarla. Pero mi cuerpo no opinaba lo mismo y eso me jodía más que cualquier otra cosa.

Al día siguiente desperté temprano, más por costumbre que por ganas. Me puse el uniforme, desayuné como si el mundo no fuera un asco y salí rumbo al colegio. El sol brillaba con descaro, las brisas eran suaves, y los pájaros cantaban como si no supieran en qué mundo vivían. Por un momento, todo parecía estar bien, demasiado bien... hasta que los vi.

Entre la multitud, como una mancha en el paisaje, estaban ellos. Ese grupo de imbéciles con complejo de manada. Se burlaban, empujaban, golpeaban en la cabeza a cualquier estudiante que tuviera la desgracia de cruzarse en su camino. No discriminaban: todo lo que respirara era blanco fácil.

Y yo, claro, tenía que pasar por ahí, no había otra ruta si quería llegar a tiempo, tenía que atravesar su territorio como quien cruza un campo minado. Solo me quedaba apretar los dientes y aguantar sus estupideces, maldita la hora en que decidieron parirlos.

—Hola, Zack. Seguro que hoy también la pasaremos bien —dijo Mirian, acercando su rostro al mío, con esa sonrisa psicópata que parecía tatuada en su cara.

A veces me pregunto cómo alguien tan jodidamente hermosa puede tener una mente tan torcida. Es alta, con ese cabello ondulado que parece moverse con intención propia. Sus manos son delicadas, casi hipnóticas. La falda le queda como hecha a medida, resaltando un trasero que parece diseñado para provocar. Y la camisa, siempre un poco más ajustada de lo necesario, como si el uniforme se rindiera ante ella.

Es la envidia de muchas, sobre todo de las chicas de cursos superiores. Ha desarrollado más rápido que la mayoría, y lo sabe, lo usa, lo explota.

Pero detrás de esa fachada hay algo que no encaja. No es solo cruel, es distraída, caótica, siempre metida en líos. Y la fama que arrastra... bueno, no es precisamente de santa, algunos la llaman zorra. Yo prefiero pensar que es un desperdicio de mujer, no por cómo se ve, sino por lo que elige ser…a simple vista, parece una diosa. Pero basta con que abra la boca para que el hechizo se rompa.

—¡Sí, Zack, dejaré que sigas jugando con este bombón! —exclamó Dylan tocándole el trasero en vista de todos.

El cabrón es grande, fuerte, un troglodita con complejo de dios griego. Nunca perdía la oportunidad de golpearme o burlarse de mí. Estaba acostumbrado a tener lo que quería, cuando lo quería. No le importaba sobrepasarse con las chicas, ni meterse en problemas. Su papá siempre estaba ahí para salvarle el trasero, como si fuera su guardaespaldas personal.

Me dejaron pasar sin golpearme. No por compasión, claro, fue porque justo apareció el entrenador de Dylan. Aproveché la distracción y me escabullí como un ladrón en la noche, mientras él se entretenía hablando de músculos y partidos, yo desaparecí.

Unas horas más tarde, después de sobrevivir como un campeón al tedio de las clases de historia, las ganas de ir al baño me torturaban. Literalmente, sentía que mi vejiga iba a declararse en huelga. Pedí permiso al vejestorio que teníamos como profesor, ese canalla que disfrutaba vernos sufrir. Al principio se hizo el difícil, pero mi cara de angustia debió convencerlo, me dejó ir.

Corrí al baño como si me persiguiera el mismísimo diablo. La vejiga a punto de estallar, el corazón latiendo como si quisiera salirse del pecho. Abrí la puerta sin mirar, y ahí estaba ella. Mirian, apoyada contra el lavamanos, con esa postura que gritaba peligro. Su falda corta, su mirada afilada, esa sonrisa torcida que parecía saber todos mis secretos.

Quise darme la vuelta, salir corriendo, pero mi vejiga gritaba. No había tiempo para elegir, no había tiempo para huir. Verla ahí fue como ver un incendio en cámara lenta, sabía que debía correr, pero no podía, de verdad necesitaba un baño. Ella única persona, aparte de Dylan, con la que no quería cruzarme. ¿Es que el universo se divertía jodiéndome?

—¿No hay otro baño en todo el maldito colegio? ¿Por qué tiene que estar justo en este? —murmuré, sin atreverme a mirarla directamente. Esa mujer está loca y lo peor es que lo sabe.

—Hola, Zack. Te veo angustiado, tu cara lo dice todo —comentó entre risas, acercándose sin prisa, como si disfrutara cada paso que acortaba la distancia entre nosotros.

Su dedo índice se deslizó desde mi abdomen hacia abajo, lento, calculado, hasta rozar justo donde no debía. Lo hizo sin vergüenza, sin permiso, sin piedad.

Me la puso dura así, sin más. Pero también me torturaba, estaba al borde de orinarme encima, y ella lo sabía, lo disfrutaba.

—¿Qué pasa, Zack? ¿Te excita o te desespera? —susurró, con esa voz que parecía hecha para romper voluntades.

Y entonces, como si el universo decidiera que mi humillación no era suficiente, entró Dylan.

—Sí, Zack, parece que nos darás un espectáculo —dijo con su tono burlón, seguido por sus amigos: un grupo de idiotas que lo seguían como perros sin correa.

No tenían nada. Ni cerebro, ni estilo, ni propósito. Solo músculos y tiempo libre. Dylan los había reclutado por eso: grandes, disponibles, y lo suficientemente estúpidos como para obedecer sin preguntar.

Mirian no se inmutó. Al contrario, se giró hacia ellos con una sonrisa aún más perversa.

—¿No es adorable? Nuestro Zack, atrapado entre el deseo y la desesperación— dijo entre risas

Yo quería desaparecer. Pero mi cuerpo, traidor, seguía reaccionando y ellos lo veían, riendo, señalándome.

Intenté salir lo más rápido posible, con la esperanza de ser lo suficientemente veloz para evitar un destino cruel. Incluso las ganas de ir al baño desaparecieron en ese instante. Pero mi suerte, como siempre, era una broma de mal gusto.

Jair me detuvo.

Ese maldito obseso con cara de estúpido, brazos como troncos y la delicadeza de una excavadora. Me alzó como si fuera una bolsa de basura y me tiró al piso. No se le hizo difícil, yo era una muñeca de trapo a su lado.

El golpe me sacudió todo, las ganas de orinar volvieron con venganza, estaba atemorizado. Por primera vez, me quedaba a solas con ellos. Nadie sería testigo de mi trágico final, pobre de mí, moriré por múltiples golpes y, para agregar, orinado en los pantalones. Seré un mártir, un chiste eterno.

—Creo que Zack no conoce de modales, ¿verdad chicos? Eso de querer irse corriendo está feo... ¿O es que no disfrutas de nuestra compañía? —preguntó Mirian, sacando un chupetín de su bolsillo con una sonrisa que me heló la sangre.

La muy zorra solo quería verme sufrir, nunca le hice nada, nunca intenté acercarme ¿Por qué es así conmigo? Tal vez está en su naturaleza, después de todo, es mujer.

—Es verdad, hay que enseñarle modales a este pobre diablo. Es una gran falta de respeto no disfrutar de nuestra buena compañía. Cualquier otro se moriría de ganas por pasar tiempo con nosotros. Ahora estoy triste —respondió Dylan, haciendo puchero como si fuera un niño mimado.

—¡Tristísimo! —remató Miguel, imitando el puchero de Dylan con exageración. —Yo ya estaba planeando una fiesta de bienvenida para Zack, con globos, pastel y una piñata con su cara.

Ambos se rieron como si fueran los únicos en el mundo. El dúo perfecto del tormento, los mejores amigos. Miguel no necesitaba instrucciones: sabía exactamente cuándo intervenir, cómo amplificar la burla, cómo hacer que doliera más.

Y entonces empezó.

Los puños, las patadas, me rompieron la camisa, me la arrancaron como si fuera papel mojado. Se reían mientras escribían “PERDEDOR” con marcador en lo que quedaba de tela.

Yo solo podía cubrirme el rostro, me dolía todo, intentaba pensar en otra cosa. Contar ovejas, ir a mi lugar feliz, engañarme, fingir que esto no estaba pasando.

Pero mi cuerpo no cooperaba. Estaba tan perdido en mis pensamientos que no me di cuenta cuando empecé a orinarme. Sentí el calor húmedo en mis pantalones. La humillación me atravesó como una lanza.

—¡Rayos, chicos! Creo que ya me entraron ganas a mí también —exclamó Miguel, presionando sus mejillas como si fuera un niño a punto de hacer pis. —¿Qué opinas, Dylan? ¿Nos orinamos todos en solidaridad?

—Solo si lo grabamos —respondió Dylan, sacando su celular con una sonrisa demente.

Pero fue Mirian quien se adelantó. Se colocó frente a mí, con el chupetín entre los dientes, y me levantó la barbilla con la punta del pie.

—Mírame, Zack. Quiero ver tus ojos cuando llores, eso me excita— dijo sacando su celular, lo puso a grabar apuntándome a la cara

—Esto merece ser recordado. Sonríe, Zack. Vas a ser famoso— agregó Dylan entre risas.

Y ahí, algo se quebró.

Me reí.

No fuerte. No como un loco. Solo una risa seca, rota, como si mi alma se hubiera rendido.

Mirian se detuvo, dejó de grabar. Me miró con curiosidad. Como si algo en mí hubiera cambiado. Como si ya no fuera tan divertido.

Pero Dylan no lo notó. O no le importó.

—¿Qué pasa, Zack? ¿Te parece divertido? —preguntó, burlón, mientras me daba una patada en el costado. —¿O te estás volviendo loco?

—Tal vez se está excitando —añadió Miguel, siempre listo para rematar el chiste. —¿No sería gracioso que se corriera mientras llora?

Ambos se rieron. El dúo perfecto del tormento. Jair también se unió, con su risa cavernosa, como si no entendiera el chiste, pero igual lo celebrara.

Y entonces, como si fuera la escena final de su obra maestra, Dylan se bajó la bragueta.

—Vamos a darle un recuerdo inolvidable —dijo, con tono festivo, como si estuviera anunciando fuegos artificiales.

Miguel lo siguió sin dudar, Jair también y los demás, como perros amaestrados, lo imitaron. Pero Mirian no lo hizo, no quiso participar, se hizo a un lado, deslizó el celular en su bolsillo sin que nadie lo notara, y se fue a una esquina a observar.

—¿Qué pasa, Mirian? ¿Te vas a perder la experiencia? —preguntó Dylan, sin dejar de apuntar.

—Solo no quiero ensuciarme. Tal vez salpique, y soy demasiado bonita como para oler a orina de orangutanes como ustedes —respondió, con una sonrisa de desprecio.

—Bueno, tú te lo pierdes. Quédate allá y no nos interrumpas —replicó Dylan, sin molestarse en mirarla. Entonces me rodearon. Apuntaron hacia mí. Y orinaron encima.

Reían sin parar, como si fuera algo normal. Como si yo no fuera una persona. Como si esto fuera parte del juego, una broma más en su rutina de enfermos.

El líquido caliente me empapaba la piel, la ropa, el alma. Cerré los ojos. No por vergüenza, sino por rabia. Por impotencia. Por odio.

¿Por qué no me defiendo? ¿Por qué no grito? ¿Por qué no les arranco los ojos? Tal vez merezco esto. Tal vez soy exactamente lo que dicen: un perdedor. Un insecto. Pero si soy un insecto, entonces puedo aprender a picar. A envenenar. A arrastrarme por sus malditas gargantas.

Malditos enfermos. ¡Ojalá se pudran en el infierno! Algún día pagarán por esto. Y espero verlo. Espero estar ahí cuando se arrastren, cuando pidan perdón, cuando lloren. Y no les daré nada. Ni una mirada. Ni una palabra. Solo silencio. El mismo que me dieron hoy.

—¡Bueno! Eso fue divertido, vayamos a entrenar, me siento motivado —dijo Dylan, sacudiéndose como si acabara de mear en un árbol. Se giró hacia mí con una sonrisa alegre, como si todo esto fuera una travesura entre amigos—Ah, y recuerda esto, Zack: ni una palabra… o te cortamos tu salchicha y se la enviaremos a tu madre en navidad.

Todos rieron, como si mi cuerpo, mi dignidad, mi existencia, fueran solo material para su espectáculo. Se fueron sin más, felices, campantes. Intenté pararme, creyendo —inocentemente— que todo había acabado.

Pero aún estaba ella…Mirian, seguía en esa esquina, estaba ahí… sonriente, mirando, disfrutando del desastre que dejaron en mí. Comía su dulce con lentitud, se escuchaba el crujir del caramelo dentro de su boca. Cada mordida era como una burla silenciosa, como si saboreara mi miseria. No dijo nada, no tenía que hacerlo, su mirada lo decía todo: esto era arte para ella… y yo, su lienzo roto.

—También me dieron ganas, después de ver todo esto… cualquiera se antoja, ¿no crees? —dijo, empujándome contra el suelo.

Se acercó con lentitud, como si disfrutara cada paso. Se posicionó a la altura de mi rostro, se quitó el calzón con una elegancia cruel, y se agachó.

Podía verlo todo…una vagina cuidada, rosada, rasurada. Y aunque sabía lo que iba a hacer, aunque todo en mí gritaba que esto era bizarro, humillante, inhumano… no podía dejar de admirarla. Me daban ganas de tocarla.

—Seguro que es la primera vez que ves una, ¿verdad? Eres tan patético… Por lo menos alegraré tus noches cuando te toques pensando en mí —dijo entre risas, mientras me sostenía del cabello.

Orinó encima de mí, acercándose cada vez más y más… sentí sus labios —los de abajo— rozando la punta de mi nariz. Es verdad, nunca había visto una en la vida real, solo en videos…y no pude evitarlo. Me puse duro…su textura, su calor, su olor… todo era tan delicado, tan excitante, tan perversamente hermoso.

—Vaya, vaya… ¿Qué tenemos aquí? —murmuró, mientras me tocaba entre las piernas. Bajó mi bragueta con lentitud, como si estuviera desenvolviendo un regalo.

Aún tenía esa sonrisa de psicópata, pero sus mejillas estaban rojas. Verla así me hizo sentir extraño, algo se rompió en mí. Mi fortaleza mental, mi rabia, mi vergüenza… todo se volvió confusión. No me había dado cuenta del daño que me habían causado… hasta ahora.

—Por favor… ya déjame ir —supliqué entre lágrimas.

Estaba adolorido, humillado, solo quería irme a casa, era suficiente por hoy. Quería dejar de existir, escapar de esta horrible realidad.

—Ver a un hombre llorar… siempre es excitante —dijo Mirian, con una sonrisa que me heló la sangre.

Sacó una navaja del bolsillo, no me había dado cuenta de que la tenía. En ese momento supe que esto iba más allá de lo normal, esta mujer estaba más loca de lo que pensé, quedé paralizado una vez más. El miedo me congeló los músculos, quería correr, gritar, desaparecer, pero mi cuerpo no obedecía. Era como si me hubieran desconectado del mundo, no había nada que pudiera hacer para remediarlo.

Ella me tocaba, me respiraba cerca al oído, besaba mi cuello y yo… yo solo existía. Mi cuerpo la deseaba y al mismo tiempo mi mente la odiaba. Y entre ambos, yo me perdía ¿Cómo se escapa de alguien que te excita y te destruye al mismo tiempo? Por primera vez, alguien me miraba como si valiera algo, alguien me deseaba y no solo me veía como un chiste que no valiera la pena tocar. Aunque fuera solo para romperme, era mejor que ser invisible, era mejor que solo promesas falsas, de crueles burlas, que no verme como hombre, que solo ser un pobre diablo que pueden ilusionar… y dejar.

No era valentía, era instinto, como un animal que se rinde ante el depredador, esperando que eso acabe rápidamente con su agonía. Me dejé llevar, me dejé romper y a los segundos, se levantó con rapidez caminando hacia la puerta. La abrió apenas, verificó que no hubiera nadie, precisa, cautelosa. Mientras yo seguía en el suelo sin poder moverme, atónito, mi alma había abandonado mi cuerpo, como si ya no hubiera nada que pudiera reaccionar.

—Cambié de opinión —dijo, cerrando la puerta con suavidad —Haremos esto rápido, hoy te volveré un hombre. Siéntete dichoso de perder tu castidad con una mujer como yo—agregó. Se amarró el cabello con una ligereza inquietante, como si fuera a entrenar, como si esto fuera rutina.

Me bajó el pantalón, luego el bóxer, sin inmutarse por lo húmedos que estaban. Me sostuvo con firmeza, ahí abajo, donde la piel ardía. Estaba erecto como un poste, duro como un árbol, palpitante como si tuviera vida propia. Y entonces, sin aviso, comenzó… su boca se deslizó lentamente desde la punta hasta la base, como si saboreara cada centímetro, como si mi cuerpo fuera un manjar que merecía ser degustado con devoción. Su lengua jugueteaba con la punta, suave, casi reverente, mientras sus ojos me perforaban con miradas cargadas de lujuria. Sus manos no se quedaban atrás: apretaban, frotaban, marcaban el ritmo como si conocieran el mapa exacto de mi deseo. Sus labios presionaban justo en el borde, donde el placer se volvía insoportable, donde el cuerpo ya no obedecía a la mente. Yo era suyo, no por fuerza, sino por rendición y en ese instante, entendí que el deseo también puede ser una forma de sometimiento.

No entendía lo que me pasaba, ella me toca y mi cuerpo se rinde, como si nunca hubiera tenido voluntad. Me jode, me jode que me guste porque yo no soy así, no soy ese tipo que se deja llevar por una mujer, pero ahí estaba, temblando, deseando, como un idiota. Y eso me jodía más que cualquier otra cosa, había jurado no ceder otra vez ante los encantos de una mujer, no después de lo que me hicieron, no después de cómo me dejaron.

Pero todo lo que ella hacía me volvía loco, mi cuerpo se relajó, vi la luz una vez más, mi mente quedó en blanco, víctima del placer. Era como si el sol naciera en el horizonte después de un día interminable de lluvia. La sostenía y escupía frecuentemente, como si marcara territorio, y volvía a devorarme como si fuera una escena porno sacada de una película. Lo hacía tan bien, tan intensamente, que no pude resistir, sostuve su cabeza y la llevé contra mí, hasta que la punta de su nariz tocara mí piel…me corrí en lo más profundo de su boca. Sin aviso, fue una descarga brutal, como si mi cuerpo hubiera estado reteniendo todo durante décadas. Ella no se detuvo, solo me miró, con esa sonrisa torcida, como si hubiera ganado algo más que mi cuerpo.

—Botaste mucha —dijo con una sonrisa satisfecha, mientras aquel liquido blanco chorreaba por la comisura de sus labios.

Lo tragó lentamente, sin apuro, luego chupó sus dedos, uno por uno, como si fueran dulces que no quería desperdiciar. Nunca había sentido tanto placer y dolor al mismo tiempo, era retorcido, contradictorio tal vez, demasiado confuso tal vez. Ella fue mi tempestad, mi verdugo y, al mismo tiempo, mi sol al amanecer.

—No te sientas especial —dijo, sacando su navaja una vez más —Lo hago con cualquiera que se me antoje— sonrió acercándose —Además, toca marcarte, porque ahora eres mío—añadió observando la punta la hoja.

El miedo volvió a mí, mi cuerpo se tensó y al mismo tiempo se resignó a lo que venía. Observó detenidamente donde mi soldado había caído noqueado por semejante derechazo después de resistir como un campeón, como un guerrero que, aunque vencido, no se rinde sin dar batalla.

Apoyó la hoja cerca de la base del abdomen, y empezó a dibujar una “M”. La sangre brotó al instante, ella la lamió, despacio, como si estuviera limpiando una obra de arte, como si mi piel fuera su lienzo. Esa mujer estaba enferma…y lo peor… es que parecía gustarme…me tapó la boca con su mano para que no gritase, esta se sentía cálida, firme, impiadosa. Me mantuvo así hasta terminar su creación, mis ojos se abrían a más no poder por el dolor… Al obtener lo que quiso, simplemente se fue, no sin antes mostrarme su sonrisa perversa mientras guardaba su calzón en el bolsillo de su falda.

Salí del baño con el uniforme hecho mierda, la camisa rota, el pantalón empapado, la marca ardiendo como si me hubieran quemado por dentro. El pasillo estaba vacío, el timbre de salida aún no había sonado. Todos en clase, concentrados, intentando aprender algo para sus insignificantes vidas Era ahora o nunca, caminé como un ladrón, pegado a las paredes, evitando los ventanales, los ecos, a cualquiera que podría aparecer de repente. Crucé por el depósito de limpieza, encontré una bolsa negra de basura, me envolví con ella como si fuera una capa improvisada, tapando lo que podía, no era dignidad, era supervivencia. Corrí por el patio sin mirar atrás, trepé el muro por la ruta secreta, esa que solo los que han huido alguna vez conocen.

Al caer del otro lado, la ciudad me tragó, las calles estaban vivas. Gente caminando, carros pasando, vendedores gritando. Y yo ahí, con el uniforme escolar, la bolsa de basura pegada al cuerpo, los zapatos mojados haciendo ruido con cada paso. Me crucé con una señora que me miró extrañada junto a un tipo que pareciera querer preguntarme algo, pero que el olor en mis pantalones lo detuvo. Lo vi fruncir el ceño, retroceder medio paso, y seguir como si yo no existiera.

Me escabullí por calles angostas, por pasajes donde el sol no llegaba, evité las avenidas principales, caminé por donde nadie mira dos veces. El ruido de los buses, de los cláxones, de la vida que seguía como si yo no existiera. En una esquina, vi a un policía, me escondí detrás de un puesto de periódicos y esperé a que se fuera. No podía explicar nada, no quería que nadie me tocara.

Cuando llegué a casa, no había nadie…gracias a Dios. No habría soportado preguntas, miradas, juicios. Corrí directo al baño, dejé que el agua me cubriera, examiné mi cuerpo, los moretones, raspones y esa marca seguía ahí, tan viva, con restos de sangre.

Y lo peor… es que no quería que se borrara, me sentía parte de ella, su propiedad, alguien me quería suyo, alguien me había hecho suyo. Me acosté, pero no dormí, mi cuerpo dolía y mi cabeza no se callaba. Me sentía sucio, pero también… extrañamente feliz.