RESCATE
—¡Corran! No se detengan —gritó Carlos Cortéz a quienes iban por delante. Otra explosión retumbó tras de él, sintió como si se le reventaran los tímpanos, le tomó un par de largos segundos continuar por el pasaje lleno de humo.
Las llamas cubrían casi todos los pasajes subterráneos del sector oeste de la base Castellum. Carlos fue quien dio la señal de alarma y en ese momento seguía arengando la salida de todos a su paso, llegó a un salón de descanso donde encontró a varios de sus compañeros rezagados. Terminaba de evacuarlos cuando un estallido detonó sobre ellos; él tambaleó bajo la puerta y vio dos vigas caer sobre alguien en medio del caos, atravesó el fuego y humo para rescatarlo, lo haló de entre el acero y lo llevó consigo.
—¡Vamos, resiste! —dijo el improvisado rescatista al inconsciente soldado sobre su hombro.
Avanzaron así hasta llegar frente a la compuerta de salida del subnivel, pero esta estaba por cerrarse, entonces, tras la compuerta apareció un hombre cubierto con mantas mojadas y que tenia sangre recorriendo su ojo izquierdo, la detuvo y les gritó.
—¡Pronto, pronto, o el fuego llegará a la bóveda¡
—¡Deténganla, espérennos! —gritó Carlos, segundos después logró cruzar la compuerta.
El hombre cubierto en mantas cerró con violencia la compuerta, y el fuego golpeó el acero con tal potencia que pareció la derribaría. Un equipo médico llegó para atender al soldado inconsciente. Carlos se arrodilló exhausto, y una de las doctoras, que se acercaba con apremio, le preguntó.
—¿Cómo estás?
—Estoy bien, estoy bien —respondió Carlos con palabras vacilantes. Sintió que un ardor le quemaba el vientre, y lo señaló entre estertores.
La doctora vio con horror el metal que le atravesaba el abdomen de lado a lado y le acometió con gasas, donde el uniforme blanco se había empapado de sangre, intentó recostarlo sobre el frío piso de acero.
—Díganles a mi hijo y a mi esposa que los amo. —Carlos cerró los ojos y se desplomó desvanecido.
Enfermeros, soldados, médicos, iban y venían atendiendo a todos quienes se refugiaron en la colosal bóveda blanca donde permanecía Torem, el robot omega de Occitum. Durante horas las sirenas continuaron sonando desde el interior del pasaje donde se originó el incendio. Equipos de socorro externos pudieron llegar para cuando el fuego ya había sido contenido, sólo para tomar registros de los heridos y de los daños en la infraestructura militar.
El evento fue conocido como la Explosión del Invierno, ocurrió durante una de las peores tormentas registradas sobre la zona de las montañas Fratrum, siete montañas extensas de más de mil metros de altura cada una, tan juntas una de otra que se consideraban una sola. Salvo tres edificios, la base Castellum estaba subterránea bajo las incontables pistas de aterrizaje, entre densos bosques y agrestes valles que la hacían imposible de acceder por tierra.
El tiempo transcurrió incesante y dinámico hasta que por el destino o sin él, las piezas volvieron al tablero para sellar esta historia.
—Ocho años han pasado desde el fatal accidente que arrebató una vida y destruyó todo un sector de esta base —dijo el gobernador de Occitum, Jean Barco, quien presidía desde una pequeña tribuna la ceremonia militar vestido de su sempiterno traje de leva negra, con una camisa blanca bastante ajustada que remarcaba su atlética imagen—. Como símbolo del sacrificio y de la esperanza hemos elegido este lugar y este día, para recibir a los treinta aspirantes que competirán por pilotear a Torem en el siguiente Torneo de Naciones.
A las espaldas del gobernador Barco estaba el robot omega: setenta metros de capas de aleación de acero y estaño, una sobre otra; era de gris resplandeciente, con ojos de fibra plástica de un metro de grosor. Luego de los fervientes aplausos y vítores de los asistentes al evento, el gobernador se dirigió a los aspirantes que estaban de pie a diez metros frente a él, a la vanguardia de los casi dos mil integrantes militares de Castellum formados a la perfección.
—Tienen dos años y medio para su entrenamiento; los mejores podrán formar parte del equipo de apoyo en la División de Combate Omega, y el mejor de entre todos ustedes será el piloto y capitán de la División, tendrá la responsabilidad de llevarnos al torneo, y a la victoria. Esperamos encontrar en ustedes a los futuros campeones. Es la base más avanzada en tecnología militar; con oficiales y soldados escogidos de entre toda la nación. Confío en que tienen al mejor robot de combate del planeta y, que con el mejor piloto será invencible. —Esperó unos segundos para que los aplausos terminaran—. Hay mucho por trabajar así que a partir de ahora los dejaré comenzar y les entrego el mejor de los deseos.
Todos en la ceremonia aplaudieron o vitorearon emocionados, tanto invitados oficiales, como todo el que se hallara en la bóveda. Esta era de blancas paredes perfectamente lisas de cien metros de altura; el piso de acero ranurado era de un gris similar al de Torem, aunque más oscuro; la profundidad de la siempre iluminada bóveda, penetraba quinientos metros en la primera y más pequeña de las Montañas Fratrum.
El gobernador bajó la pequeña tribuna de madera desde dónde dio su discurso, y caminó a tomar su asiento junto a la comandante de la base Castellum, la coronel Angela Marx. Cinco hileras de diez sillas, todas ocupadas por altos oficiales, y por cuatro miembros del Consejo Público, quiénes asistieron en calidad de observadores. La coronel se levantó y dirigió con paso calmado hacia la tribuna y le dijo a los aspirantes frente a ella.
—Soy la coronel Angela Marx, comandante de Castellum, el teniente Isaac Ramírez sentado en el tercer asiento que pueden ver, es el director de operaciones y segundo al mando luego de mí; es la persona a quién llegarán sus reportes y evaluaciones. Cadetes, pidieron esta oportunidad, y de entre millones de postulantes fueron ustedes los escogidos mediante mecanismos rigurosos de selección y pruebas. —Su voz era seca, sin acento ni exaltación que moviera el cuidadoso peinado de su largo cabello castaño, hablaba como recitando las palabras sacadas de su memoria, pero con una mirada firme y un semblante de autoridad incuestionable. Señaló al teniente Ramírez y luego a quién estaba junto a él—. El oficial con quién llevarán su entrenamiento, y quién es su instructor, es el teniente Ral Marcus.
Sin decir más palabras ni gestos, volvió a su asiento con el mismo paso calmado que había realizado antes, esto mientras el teniente Isaac Ramírez caminaba para dar su discurso.
—Como ya han escuchado hay mucho trabajo por hacer, estoy agradecido de que tomen toda la atención en las siguientes instrucciones que les dará el teniente Marcus —dijo con voz pausada y clara. Como todos los oficiales, llevaba una gabardina blanca impecable con bordes grises, que le llegaba hasta las relucientes botas negras—. Cuenten conmigo siempre, estoy aquí para que nuestra nación tenga al mejor piloto y al mejor equipo de apoyo, y sé que los encontraremos en ustedes. Bienvenidos, es hora de comenzar. Éxitos.
Una ráfaga de aplausos resonaron en la bóveda; los invitados se pusieron de pie y comenzaron a darse la mano y a repartir sonrisas y palmadas; se despedían y se retiraban por las cuatro compuertas que daban a los pasajes interiores, y de ahí hacia los numerosos ascensores que los llevarían a la superficie para partir, dejando la base Castellum en su autonomía extrema y exclusiva.
Cuando los invitados comenzaron a perderse en la brillantez de los pasajes, el teniente Ral Marcus se levantó y caminó con paso ligero hasta ubicarse frente a los aspirantes, allí les hizo un gesto con la mano para que permanecieran en sus posiciones. Una vez se retiraron todos los invitados y militares presentes, quedando sólo los treinta jóvenes y él, dijo.
—Síganme. —Comenzó a caminar hacia una de las compuertas como si contara los pasos que daba.
Los aspirantes le siguieron en forma algo desordenada y emulando su paso lento; tras varios segundos uno de ellos se detuvo: su aspecto era delgado y con cierto rasgo de languidez en su rostro; era de baja estatura, en comparación con sus compañeros hombres que lo sobrepasan por más de un palmo. El joven tomó la dirección opuesta de la que iban sus compañeros, y fue directo hacia Torem, como atraído a los gigantes pies de acero del robot omega; detuvo su aletargado caminar a unos diez metros de este y, abstraído, extendió su mano derecha hacia él como si lo quisiera tocar.
Marcus alcanzó a ver al joven que permanecía atónito frente a los pies de Torem; lo miró detenidamente desde donde estaba, por unos segundos dudó de que alguien con aquel semblante débil, haya podido pasar las pruebas de selección. Los demás cadetes detuvieron sus pasos cuándo Marcus lo hizo, vieron a su compañero y algunos lo imitaron acercándose a Torem también. Apreciaron cuántos mas detalles pudieron de aquel a quién solo habían visto en imágenes durante sus salvajes peleas en el torneo, y que ahora tenían a su alcance y era el objetivo de su entrenamiento. Marcus caminó hacia el cadete que mantenía su mano estirada, ya a unos pasos de él le dijo con voz clara y tono alto.
—No creo sea la mejor forma de comenzar el entrenamiento, desobedecer una orden directa puede sacarte del programa.
—Le pido disculpas, señor, no volverá a ocurrir —dijo el cadete, mientras se colocaba en firmes con mirada al frente.
El instructor Marcus pasó la mirada al resto de sus estudiantes alrededor y dijo con el mismo tono de hacia un momento
—Todos tendrán su oportunidad. Ahora, todos en marcha.
Marcus retomó su paso y guió el camino de sus estudiantes por los resplandecientes pasajes; paredes, pisos y techos iluminados emitían luz blanca que resultaba en una claridad más intensa que la mañana.
En el trayecto se escuchaban murmullos susurrantes entre los jóvenes: críticas al compañero por quien se había llamado la atención del instructor, o palabras de admiración por lo que atestiguaban de la inexpugnable base Castellum.
—Es impresionante, debe ser invencible —dijo para si mismo el joven que se había detenido al inicio de la caminata, lo dijo pensando en voz alta y apenas audible.
Uno de los aspirantes cerca de él, uno muy alto y con musculatura abultada cubriendo su cuerpo, alcanzó a escucharlo y dijo.
—Pues, perdió de forma humillante la última vez.
—Seguro no fue por él —respondió con rapidez el delgado joven que había provocado al instructor Marcus—. Es imposible que un robot así pueda perder.
—Espera ver a los otros así de cerca -replicó una de los aspirantes a su izquierda. Era delgada como de su altura, con cabello largo y negro, tenía el ceño fruncido y no quitaba la áspera mirada del frente.
—Mi nombre es Prolim —dijo el joven cadete con tono gentil tras dos segundos de observarla, y esperó una respuesta que nunca llegó.