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Cuando era más chico, Raúl acostumbraba a subir a los micros* con un libro, un poco después del inicio del recorrido, en la plaza de Quilicura, hasta el final en Santiago Centro. Escuchaba música en un personal estéreo heredado, y miraba por el vidrio hacia afuera, un paisaje repetido pero reconfortante.
Todo eso fue cuando tenía poco menos de 16 años. Poco antes de conocer a Carmen, poco antes de que todo se volviera un infierno momentáneo, que terminó por transformarse en un pequeño infierno interior en que solo una persona le daba calma.
La ama demasiado como para arrepentirse de sus decisiones. La ama demasiado como para pensar en cambiar sus acciones, a pesar de los múltiples huracanes que trajeron consigo. Y es consciente de que un solo momento, una sola palabra podría haber hecho de sus paseos en micro algo mucho más duradero, mas, ya no tiene 16 o 17...
Ahora tiene 28, y cuando vuelve a casa ya no viene del colegio, ni de la universidad, sino del trabajo, leyendo un libro en una nebulosa de música y movimiento. Baja de la micro, camina por la vereda un par de cuadras, abre la reja de calle y al entrar a la casa, está ella, con una sonrisa y un beso contenido durante todo el día, corre la carrera desde la puerta de su pieza y lo envuelve con sus pequeñas manos, lo obliga a bajar un poco, colgándose de su cuello y deposita el beso en su mejilla.
Él se permite a penas una sonrisa, la mira y empieza una conversación casi ensayada:
—¿Qué aprendiste hoy?
—División de fracciones y texto narrativo.
—¿Qué comiste hoy?
—Garbanzos con arroz, galletas y pan con manjar.
—¿Y de colación?
—Manzana y... — la niña mira hacia su pieza, y luego a su papá. Una mujer mayor aparece, sonriendo a través de las magdalenas y las arrugas. –Un manjarate.
El hombre se quita la mochila, y antes de dejarla en el sofá, la pequeña la toma, haciendo gala de su fuerza, insertándola en la parte más baja del perchero.
—¿Cómo te fue hoy? – La anciana mira al hombre y a la niña alternando.
—Bien, nada nuevo que contar. ¿Cómo se portó la Valentina?
—Como siempre, un siete, aunque no es tan ordenada como tu. – el hombre ingresa tras una cortina de cuentas y abre el refrigerador, saca un jarro de jugo y sirve un vaso.
—¿Podemos regar las Maravillas? – la mirada de la niña delata un ritual, una actividad cotidiana que comenzó hace mucho tiempo atrás.
—Obvio, no le has echado agua desde el sábado, ¿no cierto?
—No pos, sí sé que se pueden morir si hago eso.
Raúl toma una regadera mediana de debajo del lavaplatos, le saca la tapa y la llena de agua hasta la mitad. La niña sale corriendo hasta el patio trasero, donde se encuentra la huerta de su abuela y el jardín que comparten con su papá, entra en el invernadero especial de las flores, que usan para protegerla del frío y espera.
Cuando Raúl la alcanza, le pasa la regadera y la mira mientras deja caer el agua sobre las hojas y las raíces. Las flores están grandes, pero por la hora, sus pétalos están cerrados y su cabeza está encorvada.
Cada vez que mira a su hija, una calma indecible le inunda el pecho, aunque cada día que pasa puede ver cómo se van marcando más los rasgos de su mamá. Entonces su estómago se aprieta un poco.
—Hay que prepararse para dormir, Vale.
—Sí sé, papá... —la niña lo mira con gesto de fundida, y él sabe qué significa eso.
—Sabís que podemos ver un capítulo, el día no acaba si no lo vemos, no pongai esa cara.
Entran a la casa, Valentina se va al baño, a ducharse y a lavarse los dientes, mientras su papá se sienta a la mesa y su mamá le sirve un plato de comida.
—Gracias, mami.
—De qué pues. –por un instante, la señora Ginés piensa en preguntar a su hijo por su día, por su expresión facial tristona, pero la idea dura medio segundo, porque sabe que no le gusta que le pregunten esas cosas, y que, en realidad, esa es su cara la mayoría del tiempo. Mal que mal, sabe que le ha tocado difícil, y que aún con toda la ayuda que trata de prestar, hay cosas que no puede arreglar ni cambiar.
Él come en silencio, mientras hace un sudoku del libro que le regaló la Vale y su mamá ve las noticias en la tele. Valentina llega un rato después, ya vestida con pijama y cara de sueño, se queda parada al lado de la mesa y mira fijamente a su papá, hasta que repara en su presencia y le dice:
—¡Ya pos, papá, o me voy a quedar dormida!
—Ok, Ok, ya voy. Prende la tele de tu pieza por mientras.
—Ya. –la niña sale corriendo con una sonrisa y un minuto más tarde, Raúl da las gracias por la comida y la sigue.
Al entrar, mira la pantalla del televisor, busca la numeración del capítulo y dice, de verdad sorprendido.
—¿Vamos en el 430 ya?
—Sí, y es de los últimos del arco.
—¿Y eso lo dices por?...
—Por si queda muy bueno el final. —Valentina pone la cara de travesura que siempre logra desesperar a su papá.
—Te vas a quedar dormida muy...
—Hoy es viernes, ¿Qué tiene? –los ojos de Raúl suben por unos segundos.
—En realidad... ya, ponle play.
Valentina aprieta el botón en el control remoto, y mientras suena la canción de inicio, se mete en las sábanas, Raúl la sigue y la niña se le acerca.
1. Autobus