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ELE

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Sinopsis

Ele siempre ha ido introvertido y un tanto extraño, a sus cuarenta y tantos años de edad, se ha enamorado de una joven y bella actriz que no solo no le corresponde, sino que juega cruelmente con su amor. Una mañana, el cadáver de la actriz es encontrado en su camerino en lamentables condiciones y el escritor se ve involucrado de inmediato en el hecho.

Estado:
En proceso
Capítulos:
14
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

1. Todos los caminos llevan a Ele




Sala de interrogatorios de la Fiscalía General del Estado


Ele sabía que podía ser peligroso presentarse a declarar sin asesoría legal. Peligroso y estúpido, pero no tenía nadie que pudiera ayudarlo en ese sentido, no ganaba lo suficiente para tener un abogado a su disposición. En todo caso tendría que conformarse con uno de oficio y en su opinión, eso y nada, venía siendo exactamente lo mismo.


El agente Joel Trejo lo miraba con mucha atención, analizando cada palabra, cada movimiento y hasta cada respiración del hombre que tenía enfrente.


No lucía nada especial. Estatura promedio, tez blanca, pecas debajo de los ojos, cabello castaño cobrizo —según una compañera qué conocía de tintes capilares—. En resumen, alguien qué se perdería fácilmente entre una multitud.


De entrada, ya le había caído mal, además de que parecía ansioso y por momentos, tenía la mirada extraviada.


—Adelante, puede comenzar —Indicó la detective Huerta.


—Sí...


Eleodoro puso especial cuidado en mirarla a los ojos mientras contaba su versión de lo ocurrido.


—Conocí a la señorita Davina Gascón hace cinco años en mi lugar de trabajo —comenzó así su declaración.


—¿En dónde trabaja, señor Sánchez? —cuestionó la agente Gloria Huerta.


—En la Televisora del Noroeste. Soy escritor guionista.


—¿Cuál era su relación con la actriz? —continuó Joél Trejo, un agente joven de reciente ingreso, quien era el que haría la mayoría de las preguntas.


—Ninguna.


—¿Ninguna? —interrogó de nuevo con incredulidad.


—No, ninguna —afirmó tajante—. Solo éramos compañeros de trabajo.


—¿Qué edad tiene, señor Sánchez?


—Cuarenta y seis años.


—Es raro que diga que mantenía una relación exclusivamente de trabajo con la víctima, cuando todos los compañeros a los que hemos entrevistado, han dicho justo lo contrario.


—Deben estar confundidos. Yo nunca tuve una relación más allá de lo laboral con Davina —aclaró, procurando que no lo traicionara la amargura qué esa pregunta le producía.


—Continúe, señor Sánchez —instó la detective Huerta mientras revisaba unos documentos dentro de un folder guinda.


—Yo... —Titubeó un segundo—. Yo estuve enamorado de ella por mucho tiempo, y llevamos una relación parecida a la amistad, pero solo eso. Nunca hubo nada más. Solo me usaba cuando le convenía —murmuró al final.


—¿De qué forma?


—De muchas en realidad. Pero la peor de todas, fue haber publicado como suyo algo que yo escribí.


—¿Y por eso la asesinó, Señor Sánchez?


—No, yo no la asesiné. Estaba por denunciarla y meter una demanda en su contra cuando la mataron. A mí de nada me sirve muerta.


—¿De nada «le sirve»? ¿Y cómo para qué quería qué le sirviera la señorita Gascón, Sánchez?


—Quise decir el hecho de que haya muerto, ha echado por tierra meses de trabajo al no poder demostrar que el libro lo escribí yo.


—Muy bonita historia, Eleodoro, pero no me convence —comentó Trejo—. No olvide qué sus huellas están por toda la escena del crimen, señor Sánchez. Sabemos qué estuvo ahí. Todo lo incrimina.


—Eso no es posible —sonrió, afirmando con seguridad. De sobra sabía que los policías solían mentir para amedrentar a los sospechosos hasta hacerlos dudar de la verdad misma. Pero no lograría jugar con su mente de esa forma tan burda e ilógica..


—¿No? —Joél alzó las cejas mirándolo atónito.


—No —afirmó una vez más.


—¿Por qué dice que no? ¿Me está diciendo mentiroso?


—Digo qué no, porque soy inocente y por eso estoy seguro de que no puede haber huellas mías ahí.


—¿Ahí dónde? —indaga.


—Ahí, donde dice que las hay —respondió.


—Dígame, Eleodoro...


El escritor golpeó la superficie de la mesa con las palmas de forma repentina.


—¡Jesucristo, por favor, ya no me llame así!


Su reacción desproporcionada sobresaltó a ambos agentes.


—¿Entonces cómo? Aquí dice qué su nombre es... —dijo Joél.


—¡Ele! —interrumpió aún agitado, pero luego prosiguió con más calma—. Solo Ele, por favor.


—¿No le gusta su nombre? —preguntó Huerta algo divertida.


—Es obvio que no —respondió, intentando modular la voz de manera qué no fuera tan evidente su molestia. Aunque sabía que después de esa reacción, nada de lo que dijera sería convincente.


Pero en verdad odiaba su nombre, lo odiaba con toda su alma. De hecho, lo consideraba la primera prueba del odio de su progenitora hacía él y para colmo, no tenía otro para alternar.


Muchas veces pensó en cambiarlo, pero si algo odiaba más que su nombre, eran los trámites legales qué le resultaban engorrosos, fastidiosos, una pérdida de tiempo y dinero qué no se podía permitir, así que mejor lo recortó para fines prácticos.


Se reprochó mentalmente por reaccionar cómo lo había hecho, pero era tarde. Únicamente se limitó a tranquilizarse y responder con calma lo próximo que le preguntaran.


—Sabemos qué tuvo un enfrentamiento con uno de sus colegas por ese motivo.


—Es verdad, pero no veo que tenga que ver con lo demás.


—Todo tiene que ver, señor Sánchez —agregó la detective Huerta, sin apartar la vista de los papeles qué tenía enfrente-. Todo es importante.


—¡Se lo advertí! —montó en cólera de nuevo— ¡Le dije que dejara de llamarme así, pero se quiso hacer el chistoso y me hizo perder la paciencia!


Huerta y Trejo intercambiaron miradas. Sabían perfectamente qué no había sido ese el motivo de la riña, pero era extraño que les siguiera el juego.


—¿Y pierde la paciencia muy seguido por ese motivo, señor Sánchez? —sondeó Gloria.


—Mire, yo suelo ser un tipo muy tranquilo. Pero ese imbécil llevaba semanas burlándose de mí enfrente de todos. Se lo pedí por favor muchas veces, pero hay gente que no conoce la diferencia entre el humor y el acoso. Pérez es un cretino qué llegó a mi límite.


Jueves 3 de octubre, camerino de Davina Gascón, 5:00 am.


—¿Juan? ¿Qué haces aquí a esta hora? —preguntó extrañada Fanny, la encargada de la limpieza.


—Vengo a hablar con Davina ¿Sabe si ya llegó?


—Probablemente. Parece que hoy tenía llamado.


—Voy a ver.


—Pasa, Juanito.


La empleada se retiró para continuar su labor en otra área y Juan entró al camerino notando que la puerta estaba entreabierta y Davina estaba sentada dando la espalda a la entrada.


Desde ese ángulo, solo podía apreciar la cabellera rubia de la mujer, quién parecía estar descansando un momento. Pérez se acercó caminando de puntillas para no hacer ruido y darle la sorpresa a su amante tapándole los ojos, pero la sorpresa se la llevó él cuándo al aproximarse más, vio en el reflejo que sus cuencas estaban vacías y le faltaba la parte inferior de la quijada.


Sus gritos de terror hicieron eco en todo el pasillo. Pero esa horrible visión no fue lo más aterrador de toda su vida, pues clavado en el pecho con un cuchillo de cocina, estaba un letrero escrito con sangre que decía: «Sigues tú».



Sala de interrogatorio, viernes.


—Siéntese, Juan ¿Juan Pérez Sandoval?


—Sí, así es.


—¿Qué tipo de relación mantenía con Davina Gascón? —empezó el interrogatorio la detective Huerta.


—Amigos.


-—Amigos... —repitió fingiendo tragar el cuento- ¿Desde cuándo?


—Desde hace mucho. La conocí en el estudio cuatro, cuando era parte del elenco de «Todo para todos».


—¿A qué se dedica usted, Juan? -continuó.


—Soy escritor —respondió.


—¿En dónde trabaja? —prosiguió sin alzar la vista y sin dejar de hacer anotaciones.


—En la Televisora del Noroeste.


—¿Conoce a Eleodoro Sánchez, entonces?


La tensión en su mandíbula al escuchar ese nombre, respondió antes que él.


—Sí, somos compañeros desde hace mucho —balbuceó sin ganas.


—¿Hace cuánto? ¿Lo recuerda?


Levantó la vista esta vez, después de preguntar.


—Sí. Unos cinco años.


—¿Y se llevan bien? -Tocó el turno a Trejo.


—No, ya no —respondió con cierta molestia, jugueteando nerviosamente con los dedos.


—¿Ya no? ¿Por qué? ¿Qué ocurrió?


—Él ha cambiado. Solía ser un tipo muy amable, muy agradable, pero se ha vuelto muy agrio, todo le molesta.


—¿Tiene idea de por qué? -


—No, no lo sé. Y la verdad prefiero mantenerme lejos de él.


—¿Ha tenido algún enfrentamiento con su compañero?


—No, no, todo tranquilo.


—Pues qué extraño, porque aquí dice que estuvo en el hospital hace unos meses debido a una pelea con Eleodoro Sánchez. Incluso, usted lo demandó por daño moral y lesiones.


—Bueno, no pueden culparme por querer olvidar ese momento.


—Es que en este momento, no es conveniente que trate de olvidar absolutamente nada, señor Pérez. Más bien, nos ayudaría mucho si recordara cualquier detalle que pudiera ayudarnos.


—¿Eleodoro es sospechoso? —preguntó ansioso, incluso emocionado—. Porque, ya que insisten, puedo contarles varias cosas de ese maldito maniático.


—Adelante...


—¡Sí, ese loco me golpeó y me mandó al hospital! ¿Y saben por qué? ¡Por ardido! ¡Porque nunca aceptó que Davina me eligiera a mí!


—Tranquilo, Pérez...


—Hasta hoy no puedo hacer bien del baño ¡Me jodió! ¡Me jodió para siempre!


—Regresemos a la madrugada en la que descubrió el cadáver, por favor —sugirió Huerta.


—¿No quieren saber de Eleodoro? ¿No estoy aquí para eso? —Se levantó—. Porque ya les dije que puedo decir muchas verdades de ese maldito loco.


—Por favor, únicamente responda a lo que le preguntemos. Y siéntese, por favor.


—Bueno, como quieran —bufó, dejándose caer sobre la silla.


—¿Cuál es su hora de entrada, Juan?


—A las nueve de la mañana. ¿Para qué va a servirles eso?


—¿A las nueve? ¿Y qué hacía a las cuatro de la mañana en ese lugar?


—Fui a visitar a mi amiga. Era su cumpleaños y quería darle la sorpresa.


—¿A esa hora?


—Padezco insomnio. Y ansiedad, desde que ese salvaje me golpeó. No es un crimen ¿O sí?


—¿Padecer insomnio, o madrugar tanto para ir a ver a su «amiga» y felicitarla?


Visiblemente molesto por el tono que Huerta utilizó, Juan se removió en su asiento desviando la vista.


—¿Hace cuánto qué está casado, señor Pérez?


—Siete años.


—¿Vive con su esposa?


—No, ya no.


—¿Desde cuándo?


—Desde hace unos meses.


—¿Tiene hijos?


—No.


—¿Su esposa sabía qué mantenía una relación de «amistad» con la actriz?


—No lo sé.


—¿Cree que su esposa pueda aclararnos esa parte?


—¡No metan a mi esposa en esto, ella no tiene nada que ver!


—Gracias por su tiempo, señor Pérez. Por favor, permanezca en la ciudad, posiblemente necesitemos de su ayuda más adelante.


—¡No es a mí a quien tienen qué investigar, es a ese maldito orate de Eleodoro! ¡Es más, deberían revisar su casa, a lo mejor hasta tiene partes de cuerpos en el refrigerador!


—Gracias, señor Pérez. Tendremos en cuenta su sugerencia, hasta luego.


Trejo exhaló agotado.

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