─⊱⋅🌻Triste pasado.⋅⊰─
Escuchó por primera vez el lloriqueo de un bebé,más bien de su bebé.
La enfermera le entregó al pequeño envuelto en una delgada sábana que tenía estampado de juguetes para niños, Toji lo tomó y vio. El bebé chupaba su pequeño pulgar, haciendo pequeños quejidos. Lo tranquilizó mientras lo meneaba de un lado a otro ligeramente, pero algosalió mal.
Esa misma noche, la madre de Megumi falleció.
Para Toji fue algo sumamente fuerte, se sintió devastado que incluso pensó en que ya nada sería igual, su esposa lo había dejado con su hijo recién nacido en brazos, se le juntó muchas emociones, muchos pensamientos y muchas tragedias. Pero su hijo, quien abrió sus ojos dejando ver esos zafiros, supo que no debía darse por vencido por él.
Le recordaba a ella, tanto a ella.
Se sentó en la orilla de la cama, dejando a Megumi en su cuna, el pequeño se había quedado dormido y en cuanto les dieron de alta en el hospital, sabía que tenía que llevar a su hijo a descansar.
El mayor se había reprimido tanto sus lágrimas, tocando el colchón de la cama donde incontables veces habían dormido y demostrado su amor, —que incluso de ello nació el pequeño— soltó aquella tristeza que le carcomía por dentro, lloró tanto hasta el punto de deprimirse,se le había ido su esposa, su vida, su todo.
No pudo pelear ni hacer nada en ese momento puesto que tenía al bebé en brazos, no quería asustarlo o que llorase, un doctor le dijo de forma calmada que todo saldría bien.
“—Lamento su pérdida, señor Fushiguro, nosotros le llamaremos para cuando su difunta esposa se encuentre en la funeraria, descanse”.
Fue cuando Toji regresó a su casa, no tenía un trabajo estable, tampoco el apoyo de su clan Zen’in —y una de las razones por la que se cambió su apellido por el de su difunta esposa—, ni siquiera sabía cómo iba a criar al pequeño o alimentarlo,no sabía nada.
El clan Zen’in lo maltrató, humilló y castigó por no ser suficiente, por no tener energía maldita.
En aquel entonces, se armó de valor y fuerza, escapándose, abandonando el clan. Estaba tan harto de todo aquello, que comenzó a vivir en la calle los primeros días, luego fue tomando trabajos ilegales provenientes de personas que visitaban bares.
Al tiempo conoció a la madre de su hijo,pero no fue más allá de ver nacer al pequeño.
A los días, el teléfono de la casa suena, eran las personas de la funeraria. Toji se arregló con vestimenta oscura, tomó en brazos al bebé y lo cubrió con una sábana. Megumi chupaba el chupón que tenía un osito en medio, sus manitas en forma de puño y sus ojos cerrados.
Tenía sus mejillas rosadas puesto que no dejaba de llorar por las noches, la ausencia y olor de la misma madre causaba que el pequeño no cesara su llanto. El mayor hizo lo que pudo pero fue en vano, una enfermera del mismo hospital donde el bebé nació le había enseñado a cambiarle el pañal, darle su respectiva leche, la fórmula para cada biberón y demás.
Apenas con eso pudo Megumi sobrevivir.
Llegando al velorio, pocos familiares y amigos cercanos a ellos la visitaron, Toji aún cargaba al bebé en brazos, con su semblante serio fingiendo ser alguien fuerte —y que por dentro estaba derrumbado— se acercó al ataúd de su difunta esposa, la vio ahí, dormida como si todo fuese un sueño, tan tranquila.
Sintió un nudo en la garganta, Megumi se removió en su lugar y el azabache mayor lo acurrucó y da golpecitos en su espalda con la palma de su mano. Su corazón se estrujó, el mundo se le vino encima y no se sintió capaz de poder contra todo. Después de que la enterraron, ambos azabaches fueron los últimos en despedirse de ella de forma privada; el mayor se arrodilló.
“—Prometo cuidar bien de Megumi.”
El pequeño de ojos azules empezó a llorar, soltando el chupón de sus labios y dejando salir lágrimas de sus orbes. Era hora de retirarse.
Al poco tiempo, el azabache mayor contrató a una anciana, era casi su vecina; sabía un poco de la situación y quiso ofrecerse a ayudarle ya que siempre Toji salía de su casa con una cara alargada, poco le importaba lo que los demás decían, las mujeres se le arrimaban y él las rechazaba.
No se sentía bien, aún aquel dolor seguía en su rutina de siempre.
El mayor optó por buscar trabajos ilegales, ya sea matando a alguien más o exorcizando maldiciones.
Ninguna de las dos le interesaba, sólo quería el dinero.
Claro estaba que a la anciana le pagaría, no le gustaba deberle nada a nadie.Salvo por su hijo.
En todo ese tiempo, la vieja señora hacía los quehaceres de la casa como también alimentar y atender a Megumi. No fue tan cercana a él, casi no le enseñó nada ni tampoco Toji; él desaparecía incluso por días, todo por aquellos trabajos.
La anciana sólo hacía las cosas anteriores y hasta ahí, no había ningún tipo de conexión o lazo con el pequeño, cosa que para Megumi, empezó a desarrollar un tipo de aislamiento, excepto por su padre.
—Papi.— apuntó Megumi a la televisión.
El mayor estaba sentado en una silla cenando, viendo al pequeño ya que llamó su atención, bufó y rodeó los ojos levantándose y acercándose al sofá para tomar el control remoto y encenderle la televisión.
El pequeño sonrió y tomó asiento en lo acolchonado.
Toji regresó a lo que estaba haciendo, la anciana se había retirado por completo, renunciando.
Para ese entonces, Megumi tenía apenas tres años.
El mayor claramente se molestó, ya nadie podría ayudarle con el niño, el trabajo le exigía días y no tenía con quien dejarlo. Vio a su hijo sentado disfrutando de las caricaturas, el hambre se le fue e hizo de lado su plato con el dorso de su mano.
—Mierda, tendré que llamarle a aquella puta, necesito el maldito dinero.— susurró para él mismo.
Había empezado hacía medio año a salir con mujeres, le pagaban por su compañía yalgo más.
No iba a dejar solo a su hijo, tampoco encontraba con quien dejarlo, su única opción, era esa.
O eso creía.
—Tendré que rechazar asesinar una vasija de mierda, ¿Qué rayos haré contigo, Megumi?— musitó.
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Estando sentado en una silla dentro de las instalaciones de la asociación de vasijas del tiempo, esperaba a la persona que le ofreció tal trabajo, mirando alrededor pero más por el ventanal gigante que dejaba a la vista la ciudad.
Las puertas se abrieron dejando ver a un hombre de ojos rasgados y poco bigote, con su traje formal.
—¡Toji! Qué gusto verte, ¿Qué te trae por acá?— le preguntó una vez se acerca al vidrio estando parado —¿Cómo está Megumi?
El azabache se levantó quedando de la misma posición que él pero a su costado, con una distancia considerable.
—Está bien.— contestó.
—¿Qué me dices, Zen’in? ¿Aceptarás el contrato?— le vio llevando su cabeza a su dirección.
Toji sacó el aire que estaba reprimiendo, quería ganarse el dinero que le había propuesto, era mucho y podría incluso invertir en las apuestas de caballos que tanto le gustaban pero no podía darse el lujo debido a Megumi.
—No, no lo aceptaré Shiu.— dijo —Por cierto, no pertenezco a esa familia, me cambié el apellido por el de mi ex esposa, ahora soy Fushiguro.— le aclaró.
El nombrado asintió entiendo la situación, supo lo de su ex esposa fallecida y era por ello que le había ofrecido un contrato con buena paga, no tenía dinero.
—Le prometí cuidar de Megumi, ese contrato me toma días y no sé quién podría cuidarlo, en este momento lo dejé en una guardería que me cobran más que la comida en la calle.— comentó.
Luego de despedirse de Shiu y haberle rechazado el trabajo, llamó una vez afuera de la empresa a la mujer quién le pagaría momentáneamente por algún trabajo en específico, aprovechando que dejó al pequeño en aquel lugar. No le gustaba estar con las mujeres, sino el dinero, todo por el dinero.
Se encontró con ella una vez acordada la ubicación y hora, entrando al motel con un semblante frío.
—¿Podríamos pasar tiempo juntos sin hacer nada?— le preguntó de forma seduces aquella mujer de cabellos negros sin ropa.
Toji se levantó de la cama, desnudo caminó hasta su ropa que se encontraba en el suelo, las tomó y comenzó a vestirse. Habían terminado de tener sexo.
—¿Tienes más dinero?
—No, pero...
—Entonces me largo, págame de una vez.— le interrumpió.
—Por favor, soy una mujer sola con mucho dinero, podría mantenerte.— sugirió. Pero él negó.
—No me interesa.— ya vestido tomó la bolsa de aquella mujer sin ninguna pizca de vergüenza, tomando casi todo su dinero —Tomé un poco de más por haberte hecho sexo oral.
Sin dejar que objetara algo la de cabellos negros, salió dando un portazo.
Cuando tenía paga de más, iba al urólogo a checarse, le daba asco tener que hacer ese tipo de cosas con mujeres desconocidas y libertinas.
Y con libertinas se refiere a que están con cualquier hombre sin importarles su salud sexual. Pero a Toji no le habían diagnosticado ningún tipo de enfermedad. Estaba agradecido por ello.
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El pequeño estaba tan entretenido con los juguetes que la chica de la guardería le había entregado, era de los últimos niños que llegaron a recogerlo. Su padre se dejó mostrar por la puerta principal del lugar, con algunos hematomas en su cuello por la sesión sexual anterior.
—Vengo a recoger a mi hijo Megumi.— le dijo a la recepcionista. Ella asintió con una media sonrisa, el rostro de Toji estaba serio sin ninguna facción, pero transmitía problemas en su vida.
Otra puerta se abrió, dejando ver a la misma chica que atendió al azabache mayor y al pequeño Megumi, viendo a su padre feliz con sus brazos arriba y estirados.
—¡Papi!— exclamó caminando a él.
Pequeños pasos sonaron por el lugar, Megumi era tan bajo que a su edad no entendía muchas cosas de lo que alrededor sucedía.
Para él todo era un juego y diversión.
Pero para el padre era algo muy serio, estrés y dolores de cabeza, enfrentarse a la vida con responsabilidad como tener un hijo, era algo muy pesado.
Lo cargó en su brazo, saliendo del lugar no sin antes despedirse se quienes trataron bien al pequeño.
Y lo había notado porque Megumi seguía igual de feliz, cualquier niño hubiese llorado y mostrado miedo a las personas del lugar.
Caminando por la acera en dirección a un establecimiento de comida, el pequeño abrazaba a su padre desde el cuello con sus cortos brazos, escondió su rostro en el hombro del mayor y miró aquellas manchas púrpuras.
—Papi.— le señaló.
—Me picó un mosquito muy odioso.— contestó a la interrogativa de su hijo.
Toji entendía lo que su hijo señalaba o intentaba preguntar sin necesidad de hablar tanto, había aprendido un poco a entenderlo.
Más no le estimulaba el habla.
Por lo que el pequeño tuvo problemas al momento de comunicarse en la guardería, el mayor les dijo que simplemente señalaba y decía palabras cortas.
Entrando al local, hizo fila para su turno, después de esperar algunos minutos le atendieron, pidiendo carne condimentada y con un poco de verduras.
—¿Qué vas a querer, Megumi?— le hizo dar dos pequeños brincos con su brazo para llamar su atención, ya que veía a otro lado.
El de ojos azules zafiros vio al frente, mirando un tazón lleno de ramen, era un pedido para otra persona.
—Ese.— señaló con su pequeño dedo índice, su vocecita era tan linda que la chica que los atendía sonrió de ternura.
—¿Ramen?— frunció su ceño. Megumi asintió con una sonrisa. —Llevaré uno de esos, por favor.— pidió.
Pagó cuando su pedido estuvo empacado, saliendo del lugar con una bolsa en mano y con la otra cargaba aún del niño.
Llegando a casa, sirvió la comida en la mesa, le encendió la televisión dejándole mostrar las caricaturas, ya ni siquiera veía él sus noticias o algún entretenimiento, el único televisor parecía ser más de su hijo que de él mismo.
Toji empezó a comer, Megumi intentó agarrar con su pequeña mano los fideos, apenas alcanzaba a mirar debido a que la mesa estaba alta para su estatura, pero se quejó una vez se quemó.
—¡Ahhh!
—Megumi, está caliente.— le retiró el tazón. —Mierda.
Metió un dedo meñique al caldo de la ramen para verificar que tan caliente estaba, para él era moderado pero el pequeño se asustó que agitaba su mano y empezó a llorar.
Lo tomó en sus brazos y llevó al fregadero, abriendo la llave para que se mojara la mano y bajase un poco el susto. Su piel no mostraba signos de quemaduras ni tampoco estaba rojiza, simplemente se había asustado.
Toji lo meneó de un lado a otro cuando terminó de lavar su pequeña mano y cerró la llave, quitándole las lágrimas que tenía en sus mejillas al igual que sus ojos, sus pestañas estaban mojadas por las gotas de agua que había dejado salir.
—Tranquilo, no te quemaste.— le dijo.
Megumi volvió a agitar su mano y le sopló, mirando después a su padre y acercándole la mano a su rostro. Él negó rodeando los ojos, dejó un beso en el dorso y su hijo pareció sentirse mejor. Se había calmado.








