El Cuento De Las Camelias Rojas por ValeGemina en Inkitt
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El cuento de las camelias rojas

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Sinopsis

Una historia de Dana Coleen Chevalier . . . El niño que lloraba cada noche tras la partida de su madre, pasó a vivir cada día en las letras y los poemas, hasta que llegó un momento en el que, luego de tanto crear personajes e historias, pasó a ser uno. La tinta reemplazó la sangre, el papel se volvió piel, la imaginación floreció como un alma y la esencia como un corazón. Ese nuño, quien ya no lo era tanto, se atrapó a sí mismo dentro de cada verso, se escribió y cambió la historia, cambió su vida retratada en ella. Amó. Odió. Lloró. Lloró mucho. Y por fin, un día, cuando hubo llorado suficiente, amado sin condiciones, odiado hasta perdonar y escrito sin parar, por fin, respiró tranquilo, por última vez

Genero:
Drama,Action
Autor/a:
ValeGemina
Estado:
Completa
Capítulos:
32
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

06 DE ABRIL DE 1926

La dirección que venía anotada al final de la carta que encontré en la maleta, junto al resto de papeles, era de una casa de dos pisos en un vecindario tranquilo de California. Pintada de un color azul pálido, la casa combinaba bien con el cielo; había un jardín y una cerca, que encerraba ese jardín junto a la construcción en el centro.

En el porche estaba colocada una pequeña mesa de té con tres sillas, en una de ellas se encontraba sentado un niño, quien usaba un saco que le quedaba muy grande y escribía en un cuaderno, a su lado, una mujer con pendientes de oro le guiaba en su tarea. Él niño reía cada poco rato y la mujer suspiraba, sobando sus sienes adornadas con un tocado de dos trenzas matizadas entre el negro de la juventud y el blanco puro que traía consigo la vejez.

Me quedé observándolos largo rato, sin moverme, atrapado por la familiaridad que encontraba en ellos y por las lágrimas sin fin que se acumulaban en mis ojos, bajando hasta alcanzar mi mentón y luego la muerte en el suelo.

—Buen día. —La mujer se puso de pie, acercándose con el niño siguiéndola detrás—. ¿Puedo ayudarlo en algo?

—¿Es usted la señora Cecilia Gonzáles?

Se detuvo en el último escalón, reanudando su camino con más desconfianza, el niño, en cambio, se quedó en las escaleras que conectaban la casa con el jardín, mirándome con suspicacia (igual que hacíaélcuando notaba algo que no le gustaba).

—¿Quién es usted?

—Mi nombre es Dana Chevalier —su expresión cambió, suavizándose un poco, miró detrás de mí a la calle vacía y luego de vuelta a mi rostro, ya no estaba tan tranquila, en el interior de sus ojos cayó una tormenta de nubes cargadas que desató un torrencial—. Hace un tiempo que quería... —Sacudí la cabeza—. Queríamos visitarla. Me da gusto finalmente conocerla.

Alzó la mirada, observó un tiempo las nubes y el sol sobre nosotros. Era medio día.

Inhaló despacio y cerró los ojos, permaneció así otro minuto; cuando asintió, había conseguido cambiar las lágrimas por una sonrisa triste.

—El gusto es mío, Dana. —Llegó a la puerta de la cerca y la abrió, utilizando una de las llaves que llevaba colgadas en su cintura—. Permíteme ayudarte. —Tomó una de las maletas y se hizo a un lado para que pasara primero—. Por favor, vamos dentro, prepararé té para que podamos charlar a gusto. ¿Cómo estuvo el viaje? ¿No tuviste problemas para llegar?

—No. Todo gracias a una carta de él, que, casualmente, encontré entre mis papeles de trabajo. Fue un buen viaje, estoy seguro de que está feliz ahora.

—Me hablaba mucho de ti. —Acarició la cabeza del pequeño al pasar a su lado, incitándolo a subir primero—. También me escribía mucho de ti —dijo, sacando una carta reciente de uno de sus bolsillos.

Fue una puñalada limpia y directa al corazón de un hombre herido.

—Bueno —la voz me tembló un poco al hablar—, ahora permítame a mí ser quien le hable y le escriba de él.

—Por supuesto. —Cerró la puerta detrás de nosotros—. Cuéntanoslo todo. ¿Qué travesuras nuevas hizo mi terrible hijo en todo un año y medio?

Bajé la maleta, coloqué el ramo de camelias en uno de los sofás y la abracé. Ella se quedó estática, su mano soltó la segunda maleta, que se abrió, dejando la ropa regada sobre la alfombra, correspondió por inercia, pegándome a su pecho sin dejar de llorar.

—Lo siento —dije—. Lo siento mucho.

—No te preocupes —susurró sin soltarme—. Dana, gracias por haberlo traído de vuelta, así fuera una última vez.

Dejé de soportarlo y me rompí en pedazos, sabiendo que, al igual que ella, fuese como fuese, volvería a reconstruirme.

Volvería a estar bien.


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